Crónicas de la oscuridad:

Los espacios temibles y radiantes en la búsqueda del consuelo. (Parte II)

(Puedes leer la parte I aquí)

Los dolores del tiempo perdido.

En 1976, el filósofo Jean Améry escribió en su colección de ensayos Sobre el suicidio, que lo que conduce al deseo de la muerte puede ser una combinación entre sentir que todo lo que se pudo hacer en la vida está hecho — lo que llamó “la cúspide de la vida” — y también, la convicción que en realidad, ya no queda nada qué decir, puesto que no tiene sentido continuar, a pesar de los esfuerzos. Según el escritor, no se trata de miedo, cobardía, ni una decisión consciente, sino de un truco de la mente en busca de lo único que puede controlar. Sólo que al final, es el riesgo, la posibilidad de acabar todo sufrimiento lo que termina por ser incontrolable. La trampa se abre, sujeta, no deja escapar. Si hay recapitulación — cualquiera que sea — ya es muy tarde para retroceder. Porque la muerte es una tentación enorme y la vida, una pequeña grieta entre opciones inquietantes. Al final, no hay nada qué decir, nada que expresar, nada qué hacer, nada que decir. La muerte lo es todo y eso es mucho más reconfortante que la simple idea de enfrentarse a ella.

Tres meses antes de morir, Sylvia Plath escribió en su diario: “Necesito insatisfacción”. No añadió qué buscaba, que abarcaba esa única aspiración. Tampoco escribió otra cosa sobre esa angustia existencial que abarcaba un tipo de miedo profundo difícil de analizar. En realidad, Plath se refugió en la escritura como nunca antes y lo hizo, por una necesidad de completar una búsqueda interior que era incapaz de describir. Escribió doce poemas (cuando ella misma se había quejado de su lento proceso de escritura”) e incluso revisó con vistas a una posible publicación Sheep in Fog, un poema de diciembre de 1962, para que la estrofa final imaginara “un cielo / sin estrellas y sin padre, un agua oscura” en lo que Ted Hughes, meses después de su muerte, insistiría era un aviso de lo que Plath soportaba, del silencio interior cada vez más inabarcable, más duro, más desesperado.

Después de su muerte, The Bell Jar se volvió una novela de culto, algo que incluso llegó a afligir y a molestar, a Ted Hughes, siempre en equilibrio entre su ego de escritor y su figura como esposo doliente. De pronto, copias piratas del libro aparecieron en Nueva York y Esther se convirtió en la heroína de mujeres muy jóvenes, deprimidas, angustiadas, desconcertadas. Los mismos editores que habían rechazado el libro por morboso, triste, débil y enfermizo, ahora se peleaban por sus derechos por las mismas razones. Esther era una mujer tangible, una mujer poderosa en su fragilidad, era un símbolo del dolor. Y también el último legado de un mujer que había muerto en medio de una elegía de sufrimiento inexplicable para la mayoría de sus lectores. En realidad, Plath era ahora un mito. Su propia Lady Lazarus. Su Fénix renacido, ya no en sus cenizas, sino en la obra que sostendría su nombre más allá de la muerte.

La muerte y la aspiración al amor.

Querido:
Siento con absoluta seguridad que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Yo sé que esta vez no podré recuperarme. Estoy comenzando a oír voces, y me es imposible concentrarme. Así que hago lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que uno puede ser. No creo que haya habido dos personas más felices que nosotros, hasta que ha venido esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Sé que lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo a ti toda la felicidad que he tenido en mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo — todo el mundo lo sabe. Si alguien hubiera podido salvarme ese alguien hubieras sido tú. Ya no queda en mí nada que no sea la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas puedan ser más felices de lo que lo hemos sido tú y yo.
V.

Virginia Woolf siempre supo que moriría siendo aún muy joven y quizás de manera trágica. Veintiséis años antes que ocurriera, publicó su primera novela en la que la protagonista muere justo de esa forma. Una predicción inquietante sobre lo que la esperaba unas décadas después: la historia de Rachel Vinrace podría ser la suya propia. Escritora y personaje reflejándose una a la otra en la crítica, la ruptura de todo tipo de esquemas sociales, literarios y culturales pero sobre todo, esa noción de la fugacidad de su vida. Una percepción dura y pura sobre su incapacidad para afrontar la negrura del dolor íntimo que la atormentaba a diario.

Por supuesto, Woolf tenía la envidiable capacidad de mirar desde la distancia sus propio sufrimiento y convertido en algo más poderoso. En arte, casi siempre. En ocasiones, en pura expiación del miedo y de la angustia. Era una mujer frágil y autoritaria, que dudaba de su talento pero al mismo tiempo, lo celebraba como su mayor conquista. Y lo hacía con una leve convicción sobre la trascendencia. Woolf escribía para sobrevivir — sobrevivirse, sin duda — pero también, por batallar contra la nada caótica que se extendía más allá de su mente. Pero también escribía por una férrea convicción que podría restañar las heridas de su mente y su espíritu a través de la palabra. Quizás por ese motivo, antes de morir, escribió una carta. Una despedida a medias no sólo al marido que amó — a su manera y con esa indestructible fortaleza suya — sino también de sí misma. Escribió para destruir el mundo, para cortar todo vínculo con la realidad. Y la palabra, que tantas veces la rescató de la angustia del dolor, esta vez la empujó al abismo.

Con 59 años, Virginia era aún una mujer joven y lúcida: de alguna forma esa fue su mayor condena en medio de un persistente cuadro depresivo que la hundió en un tremendismo violento del que no pudo escapar. A Leonard le diría que se suicidaba porque ya no soportaba su locura ni quería que la soportaran otros. Pero también, porque ya era incapaz de redimirse a través de la palabra, como tantas veces lo había hecho. Agotada, exhausta y rota, Woolf de pronto se encontró con una pared blanca, un silencio interior que no pudo superar. Por décadas, utilizó la escritura como un método para contarse su propia historia, para interrogarse sobre el pasado y también, analizar su incierto futuro. Y quizás fue esa percepción de los alcances del miedo — “tengo tanto miedo de un día perder el control de mi mente” escribió en su diario en 1938 — lo que la llevó a convencerse que perdida la capacidad para traducir la realidad en metáforas y alegorías, había llegado el momento de abandonarse a la oscuridad. Como una sufriente y endurecida Ophelia, Virginia asumió la muerte como un despertar pero también, como una puerta abierta hacia una última expiación del taladrante sufrimiento que por años había soportado en silencio.

Del asombro a la nada: El tránsito inevitable hacia la muerte.

Virginia Woolf escribía a toda hora. De cualquier tema y desde todos los puntos de vista. Para publicar y para consumo privado. Pero el hecho es que siempre tradujo la realidad a través de la mirada literaria. Lo hizo además con una fortaleza y talento que convirtieron cada uno de sus libros en grandes aventuras misteriosas. También escribía para exorcizar el miedo, para avanzar toda prisa hacia la lucidez, para escapar de la oscuridad remota que cada día de su vida amenazó con devorarla. Para Woolf escribir era una forma de exorcizar demonios en los que nos creía, pero también, una búsqueda sincera de la redención. Nunca llegó a lograr ninguna de las dos cosas — “el pesar de la escritura es una herida” — pero aún así, logró escapar del caos gracias a su nítido talento para crear el mundo a través de la literatura. Para la escritora, nada era sencillo, mucho menos comprensible. Y quizás mucho de esa complejidad que subyace en el medio de todas las cosas — de la ambición, del deseo, de la avaricia, el amor y la alegría — es lo que alentó su necesidad para crear. Esa frontera entre el desastre mínimo que la esperaba a la medida de un dolor inexpresable.

Lo cierto es que Virginia siempre luchó contra la oscuridad con todas las armas a su alcance: fue editora, animó a otros a escribir o a pensar, se enamoró muchas veces — soltera o ya casada, fue bastión del grupo de Bloomsbury. Virginia nunca estaba satisfecha, nunca podía descansar de las infinitas variaciones de esa necesidad suya de continuar avanzando a pesar de llevar a cuestas un sufrimiento invisible. Para el resto del mundo, Virginia era una figura granítica, indomable, poderosa. Para sí misma, era una mujer que intentaba llevar a cabo la labor titánica de sobrevivir, sin saber si lo lograría.

Virginia estaba convencida que iba a morir de manera trágica. Lo estuvo desde su adolescencia — “la muerte parece en ocasiones más comprensible que la vida en todo su esplendor” — y al llegar a la adultez, encontró en la posibilidad de la muerte un motivo para luchar contra las largas crisis de dolor emocional que padecía. Batalló contra el temor que le provocaba la idea a través del ejercicio creativo y forjó una carrera literaria que sobrepasó los cómodos límites de lo que se esperaba de una mujer en su época. Virginia descubrió que escribir era una forma de independencia invaluable y como tal, la ejerció como un raro poder que le permitió reconstruir su mundo interior con una inusitada belleza.

En una ocasión, Virginia Woolf comentó que toda su vida había tenido la sensación que estaba desvaneciéndose de a poco, como si su identidad se desplomara en pequeños fragmentos anónimos. En una fotografía que conserva la National Portrait Gallery esa persistente obsesión suya parece rebasar su mente para crear una imagen concreta: en el retrato mira a sus padres, que leen en el fondo del salón. Ella es una figura difuminada al fondo, que parece confundida entre los objetos del salón y los colores desvaídos del papel tapiz. La alegoría es obvia y la percepción sobre la pérdida de la identidad — que sólo lograba conjurar a través de la escritura — también.

Virginia estaba obsesionada con la muerte en la misma medida que con la locura y por las mismas razones de fondo. La pulsión existencial que la hacía desconfiar de su cordura — de su capacidad para mantenerse en pie en mitad de las tormentas existenciales que padecía — la llevó a construir toda una hipótesis personalísima sobre los alcances de la mente y sus entresijos. Quizás por eso, una de las anécdotas más extrañas de su vida, sea su reunión en 1936 con un Sigmund Freud, que llegó agonizante a Londres y que la escritora se empeñó en conocer. Se trató de un raro encuentro donde el célebre psiquiatra habló poco — sufría cáncer en la garganta — pero en el que Virginia tuvo la oportunidad de analizarse desde una perspectiva nueva. De pronto, no se trataba sólo de la reconocida personalidad pública, sino una mujer en busca del origen de su espléndida individualidad. Y aunque no encontró una respuesta obvia — se dice que Freud insistió que su depresión era miedo a sus profundos deseos inconfesables — fue un encuentro decisivo sobre la manera en cómo la escritora comprendía su circunstancia. Virginia estaba habitada por luz y oscuridad, por la contradicción y la vulnerabilidad. Y el psiquiatra austríaco le permitió comprender esa constante persecución del dolor y el miedo como una idea perenne con la que tendría que lidiar una y otra vez. No llegó a salvarle la vida — quizás nada lo haría — pero sí le permitió asumir el peso de la angustia existencial como parte de su obra y forma de vida.

Mucho después — más cerca de la muerte — Virginia insistiría que la conversación Freud le permitió mirarse en un espejo distorsionado que le mostró quizás a la mujer oscura y misteriosa que siempre había evitado reconocer en su reflejo. Una metáfora que le obsesionó por años.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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