Crónicas de la nerd entusiasta: Lo bueno, lo malo y lo feo de “Roma” del director Alfonso Cuarón.

Toda película es un alegato sobre ideas complejas, a pesar de la sencillez de su propuesta e incluso, la aparente banalidad de su trasfondo. Los primeros minutos de Roma (2018) de Alfonso Cuarón son sencillos y quizás, por ese motivo, profundamente significativos. La cámara sigue a una mujer que limpia el suelo de losas en silencio. No hace nada llamativo ni tampoco, otra cosa que concentrarse en la pequeña rutina. El reflejo del agua va y viene, mientras los títulos se combinan y se mezclan con el lento goteo hasta que simplemente desaparecen al contraluz. La percepción de lo cotidiano está allí, pero también, de una concepción sobre el detalle que se extenderá durante el resto del argumento. Para Cuarón, Roma es una mirada a la anécdota pero también, una búsqueda incesante de significado en las pequeñas cosas. Entre ambas ideas, la película se sostiene en un delicado equilibrio entre el amplio tapiz de las historias que cuenta y el trasfondo emocional, anudado a la identidad de un país — quizás, un continente — que se mira a sí mismo con rudeza y la mayoría de las veces, desde una impecable dureza. Cuarón, crea una extensión de retazos de historias, opiniones y la particular visión de la individual de su país, pero también medita sobre el tiempo como un silencio enorme y engañoso, escondido entre los prejuicios, los dolores y pesares de una cultura que se desdibuja en medio de sus pequeñas tragedias cotidianas.

Se dice que el cine es autorreferencial por necesidad. Lo que vemos en pantalla, es sin duda, la opinión — visión — de quien se encuentra detrás del lente, el que toma las decisiones argumentales y construye un mundo a la medida de toda una serie de pequeños elementos subjetivos. Porque no hay un solo fotograma en ninguna obra cinematográfica que no esté impregnado de la personalidad de su autor, incluso las muestras más comerciales y anodinas. O eso parece sugerir la evidencia, esa muestra clara y definitiva de arte íntimo que hay en cada expresión cinematográfica. Un espejo que refleja la versión del mundo de su realizador. Y para Cuarón sin duda lo es Roma es una pieza que reflexiona sobre todo tipo de ideas sobre lo individual, lo colectivo, las heridas culturales y sociales, sin intentar racionalizar la idea más allá del amplio lienzo de personajes y situaciones que presenta. Ambientada en la ciudad de México de 1970 — con todos su violencia y su aire de reinvención perpetua — Roma centra la historia en quizás uno de los clichés más antiguos del cine latinoamericano: la criada silenciosa e invisible que forma parte de la familia, al mismo tiempo que no lo es. El clasismo es sutil pero presente y también, la búsqueda de significado a ideas muy antiguas, alambicada a la percepción sobre México con la que el director juega con mano diestra. Cuarón asume con el estereotipo desde todas sus consecuencias — la criada es una mujer indígena interpretada por la debutante Yalitza Aparicio — pero en lugar de apelar a los inevitables lugares comunes como recurso inmediato, utiliza el tópico para crear una narración con varios niveles de profundidad y una dimensión nueva sobre lo familiar. Para Cuarón, el hogar arquetípico mexicano es el punto de partida hacia una ola expansiva que abarcará una época, un país, sus dolores, miserias, esperanzas e incluso, el rostro de la violencia. Con una prodigiosa habilidad, utiliza la historia de una familia Mexicana blanca que se desmorona con lentitud, para contar a su país con una sensibilidad inaudita que desconcierta por su capacidad para señalar lo que se esconde bajo lo obvio. Cuarón narra a su país y lo hace siguiendo la tradición de los mejores escritores de los que sin duda, asume la visión caleidoscópica de su película: hay mucho de Juan Rulfo y Amparo Dávila en la minuciosa mirada del tiempo, en la descripción exhaustiva de los personajes, en el plano subjetivo que convierte a la película en una versión del gentilicio mexicano que debe atravesar las grietas de todas sus tragedias heredadas con paciencia y un dolor que se adivina al margen. Cuarón observa, deambula de un lado a otro y convierte la casa, la calle, la vida de una familia cualquiera en un espejo de lo que ocurre en el México vivo a su alrededor.

A la obra de Cuarón podría llamársele “autobiográfica”, aunque sería reducir sus alcances a la experiencia personal del director, que no es el caso e indudablemente, no pretende serlo. Cuarón cuenta la historia con la misma naturalidad de un observador casual, pero se esmera en lograr que Roma combine la versión panorámica y en rápida expansión sobre México, en algo más puro y sincero de lo que se adivina en primer lugar. De la misma manera que en su oportunidad lo hizo Federico Fellini — quien usaba sus películas como un valle inmenso, desconcertante y surreal de sus pulsiones y obsesiones, pero siempre brindándole un espacio específico a la estética como mensaje— la Roma de Cuarón analiza el espacio, el tiempo y a sus personajes desde una concepción conmovedora pero también, levemente confusa. Cuarón tiene la habilidad de reconstruir a cada personaje de escena en escena, hasta lograr una mirada atrayente sobre no sólo lo que se narra, sino también, lo que sostiene a nivel cognoscitivo a la historia. La película está impregnada de esa noción del peso existencial, de las dudas y complejidades inevitables con las que se debate todo espíritu humano. De allí la predilección de Cuarón por reflexionar sobre lo humano, lo divino, lo mundano y lo invisible a través de todo tipo de símbolos y sobre todo, de un acercamiento irreverente al espíritu de la época. De la misma manera que Fellini — que no respetaba nada, no creía en nada y a la vez, rendía devoción a todo — Cuarón toma la decisión de sostener a Roma sobre su percepción del país espectral, el que existió y se escindió hasta convertirse en otra cosa. Roma es un reflejo pero también un retrato y una mirada incisiva sobre el yo que aniquila cualquier espacio sin nombre. Para Cuarón, México existe gracias a los mexicanos, pero también, a pesar de la historia y el país. Y esa dicotomía confusa y por momentos devastadora, lo que brinda a la película sus mejores momentos.

Cuarón — su estilo y capacidad narrativa — ha madurado a través de las últimas décadas y es evidente, que se ha nutrido no sólo de los directores que admira, sino de una mirada mucho más sugerente sobre el país que le vio nacer, que se convierte en Roma en fuente total de inspiración y sobre todo, en una cuidada pieza de orfebrería visual en la que el director incluye elementos de diversas índoles y orígenes. Del director joven y transgresor de Y tu mamá también — un road trip a través de un país muy joven, seductor y lleno de heridas— a Roma con toda su carga alegórica, la concepción sobre el cine del director parece haber encontrado un punto medio de enorme consistencia. La película medita sobre temas trascendentales y las obsesiones de Cuarón — el México disociado y roto — pero en esta ocasión lo hace desde una construcción cuidadosa que comienza desde lo mínimo. Cleo (la criada y punto focal de la historia) es no sólo una metáfora evidente — y analizada desde lo evidente — sino también, una ventana para mirar al México racista y clasista. Cuarón no deja de romantizar la pobreza y la servidumbre, pero su discurso no está basado en la condescendencia. La Cleo de Yalitza Aparicio (un resumen de todos los dolorosos clichés latinoamericanos sobre la exclusión), también es una percepción novedosa sobre la forma en que se contempla a la latinoamérica mestiza, violenta, profundamente arraigada en usos y costumbres que se ensalzan como una normalidad afligida. Cuarón usa varios tipos de discurso visual — planos medios seguidos de varios muy amplios, una cámara subjetiva que después se detiene para el análisis casi frío — para crear un recorrido interior por la vida y procesos mentales de los personales de prodigiosa contundencia. Nada es casual en la búsqueda de sentido, forma de Cuarón sobre el México que intenta retratar. Desde el uso de un claroscuro profundo y muy marcado, hasta las escenas silenciosas de enorme carga poética, Roma es un espejo en el que puede verse reflejado un país sino también, un continente entero.

Hay mucho de Andrei Tarkovski en la obra de Cuarón. No sólo en el compás del silencio como un metrónomo incidental o en las escenas muy marcadas en que la emoción desborda por su crudeza. También es evidente las referencias al estilo del director en la elaborada propuesta espiritual e intelectual que parece subvertir esa insistente necesidad del cine actual de construir un discurso fácil, digerible. Incluso accesible. Para Cuarón, Roma es algo más que una historia ensamblada en imágenes deslumbrantes: se trata de una propuesta simbólica donde la necesidad de reconstruir la visión del espectador y dotarla de una expresión incómoda y casi hiriente, es mucho más evidente que la del complacer la mera concepción del cine de autor. Roma no es una película sencilla aunque lo parezca. Tampoco una excentricidad estilística. Cuarón encontró el punto más fuerte de su narración en un depurado discurso de imágenes que construyen historias mínimas, que casi podrían juzgarse como en extremo sencillas. Y no obstante, es el argumento mesurado que las sostiene — inquietante y a la vez subjetivo — lo que alimenta esa visión desigual esa búsqueda del motivo visual que sustenta la argumentación del diálogo narrativo. Una pieza que calza con otra a la perfección y crea a su vez, una visión mucho más amplia e inquietante. Un diálogo interno entre el mensaje que se transmite — se elabora cuadro a cuadro — y algo más denso, que yace al fondo de la propuesta. Un misterio dentro de un misterio.

Roma debe su nombre a una calle en Ciudad de México, pero también, a la idea general de una percepción de sumisión y servidumbre que tiene alguna relación con la versión histórica de una esclavitud amable, muy parecida a la Romana. Cleo es quién se ocupa por completo de una familia a quién sostiene sobre sus hombros desde el menor detalle de su vida cotidiana hasta los más importante. Es Cleo que quien cocina, ordena, lava y plancha. Y lo hace desde cierta asimilada pasividad que tiene una relación evidente con la mirada del México que Cuarón pretende mostrar. Pero allí donde Cuarón podría haberse mostrado condescendiente — y tocado el melodrama tan común en narraciones parecidas — hay una inteligente contención que transforma la narración en algo profundo y extraño. Con algunos paralelismos casi invisibles con El discreto Encanto de la Burguesía de Buñuel, Cuarón logra combinar la mirada de Cleo (que resume toda la vieja tradición Mexicana de criadas y la servidumbre asimilada por familias de clase media) en algo que rompe el sentido estilístico para analizar algo más incómodo. Como Buñuel en su oportunidad, Cuarón que divide lo cotidiano y lo habitual, que lo desborda y lo erosiona. Pero mientras el director español usó el absurdo y lo surreal, Cuarón se decanta por la mirada alegórica. Varias de las escenas más duras y angustiosas de Roma tienen lugar dentro de la casa (que según admitió el mismo director es una recreación de sus propias vivencias personales) y juntas, elaboran un recorrido a través de cada espacio íntimo como una extensión de la narración. De alguna u otra manera, Cleo y Adela (la actriz Nancy García) la cocinera de la casa, son prisioneras dentro de esta construcción de techo abierto, pero de ventanas y puertas cerradas. Cuarón no pierde la oportunidad de incluir además, pequeños detalles que no sólo rompen el cliché de la criada Universal popularizadas por melodramas televisivos, sino que lo depura hasta alcanzar un nuevo nivel, mucho más elaborado y consistente. Cleo y Adela provienen de Oaxaca, por lo que entre ellas, hablan español y también mixteco. El detalle enriquece la sensación de búsqueda de significado, forma y sentido (sobre todo en los momentos en que comparten pequeños chismes familiares) y de pronto, ambas mujeres no son recursos argumentales para justificar la noción de la película como pieza étnica, sino algo mucho más controvertido. Sobre todo Cleo, con su rostro imperturbable y su feroz discreción, tiene el sentido de una figura esfinge, que muestra el movimiento y equilibrio interno de la película con una transparencia conmovedora.

La película está basada en catástrofes: pequeñas, domésticas, pero que se acumulan una sobre otras hasta crear una situación insostenible, trágica y agotadora. Incluso hay un incidente político que el director no señala directamente, pero que permite analizar el sentido visceral del ambiente que recrea el argumento. La Masacre de estudiantes de Corpus Christi en 1971, se muestra apenas como una sucesión de escenas en brillante blanco y negro que resultan espeluznantes y hermosas, una rarísima combinación con la película juega con habilidad. Poco a poco, Cuarón descubre a esta casa que es un mosaico del México vivo y a esta familia, que es un tablero para comprender su época. Lo hace con el buen pulso de un director veterano pero también con el refinamiento de un observador consecuente — Cuarón también es el director de fotografía de la película — , lo que transforma a Roma en una búsqueda insistente sobre las particulares percepciones de latinoamérica como centro y núcleo de historias dolientes y de abrumadora belleza.

Se ha criticado a Roma por aparentemente carecer de una historia concisa, un nudo argumental evidente o incluso, una concepción sobre lo latinoamericano alejado del cliché tradicional de los pobres de solemnidad, la servidumbre inevitable y la celebración de los rasgos clasistas de México, tan semejantes a los de cualquier otro país del continente. No obstante, el secreto del magnífico ritmo de Roma es justamente la capacidad de la película para hablar sobre los espacios invisibles y dolorosos de nuestra cultura en una reconstrucción lenta y metódica de la identidad compartida. Cuarón habla sobre la mujer — sin hacer proclamas morales sobre el machismo — pero el punto es tan claro como violento. También sobre una cultura sesgada y rota por el colonialismo, sin hacer otra cosa que mostrar de manera muy cercana la vida cotidiana de una mujer que vale por muchas, que refleja a una cultura al completo y sostiene una noción sobre el rol de una manera casi dolorosa. Para el director, la percepción sobre el bien y el mal moral está aparejada sobre el sufrimiento que apenas se adivina pero que sin duda, es el que sostiene a Roma como argumento y como idea visual consistente.

Cuarón dedica la película a Liboria Rodríguez, la mujer que educó al director y que bien podría ser la Cleo en pantalla. Pero sea o no, Roma es un homenaje a la historia íntima de México, a los pequeños trasiegos de una cultura adolescente y a la belleza intangible de una sociedad que crea su propia manera de ser comprendido. Y quizás, allí radica su verdadero mérito.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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