Crónicas de la “Nerd” entusiasta:

De JoJo Rabbit de Taika Waititi al Tambor de Hojalata de Volker Schlöndorff. La peligrosa sombra del poder en el cine.

Una banalidad peligrosa.

Por supuesto, el Führer fantástico de Johannes, permite que el guion atraviese los delicados y complicados engranajes de una metáfora sobre el bien y el mal moral, que deja traslucir la intención del director de construir un discurso profundo mientras hace bromas casi infantiles con la Gestapo, los campos de entrenamiento de las juventudes nazis y el retorcido sentido patriótico del Tercer Reich. En medio de todo lo anterior, Jojo Rabbit brilla en su capacidad para correr el riesgo de asumir que su discurso anarquista con toques pop, roza lo doloroso y lo temible. En medio de los chistes disparatados y las escenas de un Hitler con una notoria panza saltando en un bosque de Otoño, los horrores de la guerra no son solamente más notorio, sino que se entremezclan en una atmósfera tensa que de vez en cuando, atraviesa el filtro de la imaginación de Jojo para llenarlo todo. Waititi no olvida — tampoco deja que el espectador lo que haga — que el nazismo es una amenaza cercana y mientras su colorido grupo de personajes ridiculiza el pensamiento único y el miedo como una forma de reflexión moral, también deja claro que la sangre corre y la muerte es una amenaza constante. Antes o después, el monstruo que se esconde detrás del hombre sonriente que Jojo imagina mostrará su verdadera naturaleza y cuando lo hace, el resultado es desgarrador, espeluznante y poderoso.

Un Árbol enigmático.

Waititi es un artista perspicaz que analiza la ideológico desde sus raíces más profundas: A diferencia de Roberto Benigni que utilizó en La Vida es bella (1997) el mismo recurso de la inocencia infantil para reflexionar sobre el horror pero con menos tino y un talante mucho más edulcorado, el director neozelandés, incorpora a su discurso una idea más profunda y violenta sobre la forma en que el totalitarismo se perpetúa a sí mismo. Y mientras Benigni estaba más preocupado por la lágrima fácil y crear una fabula bienintencionada sobre la inocencia aún en las circunstancias más desgarradoras, Waititi construye un insólito recorrido hacia la manera en que se manifiesta el discurso del poder corrompido a través de la futilidad y la crueldad intrínseca del ser humano. Hay algo inquietante, en la forma que el Jojo Rabbit muestra los destrozos y estragos de la guerra al margen de las escenas, como si la violencia fuera una abstracción que de pronto se hace tan retorcida como angustiosa. Mientras Benigni insistió en proteger a su hijo de los horrores del Holocausto a través de un gran juego entre lo absurdo y lo conmovedor, los personajes de Waititi miran a la muerte de frente, con una extraña decisión por comprender sus alcances. Cuando la madre de Jojo le obliga a mirar las víctimas colgadas en la plaza del pueblo, le sujeta de la cabeza con mano firme pero implacable. “¿Qué hicieron?” pregunta el niño. “Lo mejor que pudieron” responde la madre.

En medio de los diminutos dolores:

Burlarse del podre y sus consecuencias no es algo novedoso en el cine, pero siempre ha conllevado una serie de riesgos más o menos complicados, relacionados de manera directa con el tono y la forma del discurso que se utiliza para reflexionar sobre los horrores latentes. En 1964, Charles Chaplin analizaba en su autobiografía, los motivos que le llevaron a parodiar a Hitler y su megalomanía en su celebrada película “el Gran Dictador”. Pero para sorpresa de muchos, no se vanagloriaba de haberlo hecho, sino que lamentaba haber trivializado no sólo el poder que ejerció el tercer Reich sino sus posibles implicaciones “Si llego a saber de los horrores que tuvieron lugar en los campos de concentración nazis, no hubiera hecho El Gran Dictador. Jamás hubiese bromeado con la locura homicida de los nazis” escribió para sorpresas de muchos, el actor y director. Para nadie era un secreto, que por décadas Chaplin había defendido su intención de burlarse de poder a través de una de sus películas más reconocidas, a pesar de las críticas y la oposición que debió enfrentar por atreverse a encarnar en uno de sus largometrajes a un dictador sospechosamente parecido a Hitler. No obstante, con el correr de las décadas, el que fuera considerado el icono de la comedia y la risa por casi un siglo, no sólo reflexionó sobre lo que puede ocultar la burla — o en todo caso disimular — y mucho más aún, el peligroso juego que puede ocasionar — o provocar — la risa que distorsiona el peso real del peligro que satiriza.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta