Crónicas de la Nerd Entusiasta:

Lo bueno, lo malo y lo extraño en “Good Omens” de Amazon Prime.

En una ocasión, Neil Gaiman dijo que estaba casi convencido que su libro American Gods no podría ser adaptado a ningún formato visual. Lo dijo sin malicia alguna pero sobre todo, luego que en varias ocasiones, la novela intentara convertirse en un guión cinematográfico o televisivo, sin lograrlo. Ya para el 2010, HBO había mostrado interés en una versión serial de la historia, pero por diferentes razones — sobre todo las diferencias creativas entre el autor y los guionistas — llevaron al proyecto a un punto muerto. Tendrían que transcurrir casi seis años para que el canal STARZ (conocido por haber llevado a la pantalla chica productos de excelente factura como Spartacus y Black Sail) retomara el testigo y decidiera crear lo que es quizás uno de los proyectos más ambiciosos de la cadena con extraordinarios resultados. La novela Neil Gaiman — llamada en ocasiones Los Vengadores de la mitología- es más que una cuidada recreación sobre mitos y dioses de diversas culturas. Se trata de una búsqueda de significado de la fe y la creencia, pero sobre todo un recorrido por la Norteamérica profunda y su personalidad desconocida. Los Dioses de Gaiman no sólo luchan entre sí por la supervivencia — en una conmovedora batalla contra el olvido y el dolor del desarraigo — sino que se enfrentan por el control espiritual del Centro del Mundo moderno: dioses antiguos y tradicionales con fuertes raíces mitológicas en el Viejo Mundo y los contemporáneos se disputan el privilegio de la fe en una batalla invisible de consecuencias imprevisibles.

Algo semejante ocurre con el libro Good Omens (1990), esa maravillosa rareza firmada por Gaiman y el escritor británico Terry Pratchett, en una colaboración que brindó sustancia a una historia singular que toca varios de los puntos preferidos de ambos autores: se trata de un recorrido caleidoscópico por los motivos de la fe, la esperanza, el asombro, el miedo, la bondad y lo siniestro, todo bajo el cariz de una mirada inclasificable a la amistad de un ángel y un demonio. En una mezcla improbable entre la fantasía, lo filosófico y también, lo puramente existencialista, Good Omens resume funciona sobre un delicado equilibrio simbólico. Se trata de una novela que resume las líneas esenciales del trabajo de ambos autores y a la vez, muestra la evolución de sus diferentes puntos de vista sobre la vida, la muerte, el bien y el mal. ¿Podría algo semejante ser llevado a pantalla? Por casi décadas, el proyecto pasó de mano en mano sin cristalizar y hasta hubo una versión — o la posibilidad de una, en todo caso — cuyo piloto sería dirigido por Terry Gilliam con guión de Terry Jones. Ahora, de la mano de Douglas Mackinnon, con guión de Neil Gaiman y gracias a la plataforma Amazon Prime la adaptación tiene todas las posibilidades de convertirse en un fenómeno de audiencia y de crítica. ¿Logra un resultado satisfactorio?

No tanto como podría pensarse. La versión televisiva edulcora la historia original y le resta el espíritu anárquico y singular que hace de Good Omens una de las obras más originales de las últimos décadas. El resultado es una comedia que no pretende serlo y a la vez, un recorrido argumental muy divertido por las vicisitudes de dos personajes antagónicos, encarnados por los maravillosos Michael Sheen y David Tennant. No obstante, la historia de Amazon Prime carece del instinto provocador de la obra de Gaiman y Pratchett y se echa en falta, la capacidad subversiva de una narración cuyo objetivo es el cuestionamiento, lo cual no deja de ser desconcertante siendo que Gaiman es el encargado de adaptar la historia. ¿Se trata de un intento del escritor por suavizar las aristas de una de sus historias más provocadoras? Para la televisión Good Omens perdió el humor burlón a cambio de uno más comercial y mucho menos duro, lo que convierte a las preguntas sin respuesta sobre la raza humana, el poder de la vida, el dolor y la maravilla en pequeños puntos intrascendentes de una trama más interesada en divertir que en intrigar. Para bien o para mal, Gods Omens fue una obra adelantada a su tiempo que debe enfrentarse a la idea general de la políticamente correcto y lo hace sin demasiado brillo o contundencia.

Por supuesto, uno de los puntos altos del primer capítulo es la evidente química entre Michael Sheen y David Tennant: ambos actores logran un diálogo de genuino interés en pantalla y es su actuación, lo más relevante en esta extraña fauna en la que el mal y el bien son pequeños matices de algo más elaborado. El ángel Aziraphale (Michael Sheen) es casi dolorosamente humano, enamorado de las pequeñas fragilidades del hombre y el mundo que le rodea. Por su parte, el demonio Crowley (David Tennant) es la encarnación del cinismo, con generosas dosis de un humor negro casi retorcido. Tanto uno como el otro, comparten una larga historia de encuentros y desencuentros: fue Aziraphale quien protegió las Puertas del Paraíso cuando Crowley tentó a Eva, en la apariencia de una serpiente. Desde entonces, ángel y demonio parecen inextricablemente unidos por un raro lazo de amistad, contradicciones y discusiones. Ahora, son un dúo extraño que mantiene una amistosa convivencia casi cómplice y deben enfrentar el último gran desafío de la humanidad: la llegada del Armagedón, en el que Crowley tiene un papel tan destacado como inevitable. Este demonio que olvidó como serlo, debo buscar hogar al joven anticristo con una acaudalada familia norteamericana y luego esperar, que cumpla su objetivo. Sin embargo, tanto Crowley como Aziraphale han decidido evitar la conflagración definitiva por el método sencillo de educar al futuro líder del mal como un niño común. Con una única salvedad: Ambos protegen al niño equivocado mientras que el verdadero sigue creciendo (y haciéndose malvado) y la cuenta del reloj del Apocalipsis, funcionando con aterradora precisión.

Una historia semejante pudiera resolverse como una comedia burlona sobre la fatuidad de algunas buenas intenciones carentes de objetivo, pero la serie se decanta por algo más superficial y quizás, ese es su mayor fallo. El humor está allí y también, los extraordinarios personajes imaginados por dos de los mejores escritores de fantasía de nuestra época. Pero Good Omens no logra remontar la cuesta de la serie de intrigas torpes con toques sobrenatural y termina siendo más conveniente de lo necesario con sus puntos más bajos. De modo que la imprevisible amistad entre un ángel y un demonio, termina siendo lo más importante, en mitad de una historia que se olvida muy pronto del reloj que avanza sin pausa hacia el fin. Aziraphale y Crowley sostienen largas discusiones sobre teología, filosofía y existencialismo y lo hacen en un tono cariñoso que termina haciendo del todo ambigua su amistad, un añadido de la serie que no se analiza lo suficiente a las primeras de cambio. La relación entre ambos es ambigua, extraña pero sobre todo afectuosa y es ese vínculo (profundamente dulce por momentos, en otros tan intenso que resulta conmovedor) lo que sostiene una serie que no parece encontrar su verdadero sentido de la ambivalencia moral con mucha facilidad. Sheen y Tennant crean una mirada sobre el amor hacia el mundo que les rodea llena de tintes fatalistas y melancólicos, mientras el apocalipsis se acerca con temible rapidez y el tiempo parece jugar en su contra.

Pero a diferencia de otras series que usan el elemento sobrenatural para meditar sobre la naturaleza humana, Good Omens carece de la inteligencia afilada y crítica que permitiría asumir su mirada omnisciente sobre el género humano, como algo más extravagante y duro de asumir. En realidad, la serie parece determinada a mostrar la bondad desde cierto estereotipo no demasiado definido, lo que termina afectando el punto de vista del guión sobre la naturaleza escindida del ángel y el demonio demasiado humanos que intentan salvar el mundo. Al contraste, la serie tiene un preocupante sentido de lo correcto y lo deja claro en cada oportunidad posible: las peripecias de Aziraphale y Crowley por educar al supuesto anticristo como un niño normal, carecen del ingenio casi perverso que podría suponer una jugarreta que tiene por inmediato objetivo engañar al cielo y al infierno. La serie resulta plana, un poco tediosa y sobre todo, en exceso contenida al mostrar la profundidad de su planteamiento, lo que termina convirtiendo su premisa principal en una extraña línea secundaria sin mucho interés.

Claro está, el malicioso juego de roles y estereotipos está allí: la serie desarrolla lo mejor que puede la personalidad amable y profundamente vinculada a la bondad intrínseca de Aziraphale, mientras que Crowley es la duda personificada. Al mismo tiempo Dios (en la voz de la magnífica Frances McDormand) es omnisciente y omnipresente, pero carente de verdadero interés por las vicisitudes de nuestro mundo. Por su lado, el Arcángel Gabriel (Jon Hamm) tiene algo de petulante y bien intencionado, aunque también carece de la habilidad para lidiar con los cientos de matices de la realidad. Es entonces cuando Aziraphale y Crowley parecen tener la sorpresiva responsabilidad de lidiar con nuestro Universo y sus pequeñas tropiezos. Pero el guión es incapaz de sacar provecho a una premisa tan estimulante y al contraste, se hace confuso y hasta tedioso en los momentos en que Aziraphale y Crowley deben lidiar con una situación que les sobrepasa. Y mientras el anticristo permanece oculto, este par de idealistas unidos por un interés mayor (aunque ninguno se atreva a aceptarlo) recorre caminos distintos para llegar a la misma conclusión. El bien por el bien es posible. No obstante, el argumento no tiene la suficiente habilidad para dejarlo claro.

Aún así, el guión de Gaiman tiene más momentos buenos que malos: la historia en pantalla tiene la capacidad de construirse a sí misma desde los matices. Nada humano parece ser ajeno a este contador de historias que ahora, intenta no sólo narrar desde lo utópico una visión común sobre el hombre. Gaiman analiza lo ancestral y logra dotarlo de una expresión contemporánea que sorprende por su solidez. La ternura, la violencia, el dolor, e: todos los elementos que convergen y crean la personalidad humana parecen sostener esta historia indefinible que brinda a la fantasía una nueva profundidad.

A pesar de sus buenas intenciones y estupendas actuaciones, Good Omens no logra remontar la noción de sus propios extremos en algunos necesarios matices que quizás, habrían dotado a la historia de mayor interés y gracia. Con todo, la serie tiene una infinita ternura que abarca sus altibajos argumentales: Una vuelta de tuerca a la conciencia superior y a la consistente ambición del hombre por comprender lo bueno y lo malo, desde la perspectiva de lo inaudito. Un logro que este ángel y este demonio bien intencionado, logran encarnar con serena dulzura. Quizás, su mayor triunfo.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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