Crónicas de la nerd entusiasta:

¿En qué falla “HellBoy” de Neil Marshall?

El 30 de Mayo del 2016, Mike Mignola decía al periodista Sam Thielman que había decidido terminar con “Hellboy” (su aclamada y celebérrima versión del dolor existencialista pseudo religioso y humor negro) para “dedicarse a pintar acuarelas”. La frase — y la afirmación — asombraron y decepcionaron a buena parte de los fanáticos, que esperaban que en la primera entrevista del autor luego de finalizar su serie de cómic, ofreciera esperanzas sobre el regreso del Demonio de piel roja. La cosa es que Mignola había dicho — y con toda probabilidad, seguirá diciendo — sentencias parecidas, sólo para volver sobre su trabajo al poco tiempo. Unos años atrás, Mignola había admitido que luego de un hiatus considerable, volver a las aventuras del hijo de Satán con una bruja poderosa, era una opción que siempre estaba abierta. O al menos, lo estaba siempre en sus opciones. Escribir sobre Hellboy es según el autor, un acto de “creación que tiene su propio ritmo”, por lo que Mignola encontró en la extraña sucesión del ritmo argumental una curiosa conversación con su personaje. Al final, el gran epitafio — también epifanía — llegó con un asombroso capítulo final con reminiscencias a la buena literatura gótica pero también, las sagas inglesas en la que el mar y el destino es parte sustancial de la caída en desgracia — y posterior redención — del personaje. Para bien o para mal, Mignola creó un demonio capaz de sentir y esa salvedad, le permitió construir una historia plagada de monstruos de todo tipo, pero también una brillante inteligencia que le permitió mezclar disparos, invocaciones infernales, con espacios rococó y decadentes con un poderoso aire Dickensiano.

El último capítulo de HellBoy “Into the Silent Sea” (2017), fue una obra de arte de varias dimensiones de interpretación. Escrita a cuatro manos por Mignola y Gary Gianni (que también ilustra), se trata de una historia elegante con aires de tragedia extraordinaria y elementos dignos de Coleridge. Pero lo principal en “Into the Silent Sea” es la transformación de dicharachero y malhumorado HellBoy en una criatura casi trágica, profunda y llena de una rara capacidad para transmutar su naturaleza dual en algo más violento y agresivo. Mignola, que según sus palabras venía debatiendo con el personaje durante más de una década una forma de brindarle “mayor dignidad”, encontró en el último cómic, un espléndido recorrido por un tipo de mitología que combina no sólo la tradicional y conocida en la historia, sino con otra, que incluye elementos de Ray Bradbury, Herman Melville e incluso, el fatalismo brillante y pulcro de William Hope Hodgson. En esencia, “Into the Silent Sea” marca el tono de un HellBoy que remonta la desfachatez y el brillo descalabrado de su historia, para profundizar en su notoria rebelión contra su propia naturaleza.

Por extraño que parezca, el tema ya había sido analizado por Guillermo del Toro en su duología sobre el demonio con espíritu heroico, pero en el momento equivocado. Para entonces, HellBoy continuaba siendo pendenciero, sensible y violento y Mignola no parecía muy convencido por la versión que el director mexicano llevó a la pantalla grande. Después de todo, el Hellboy de Del Toro era una mezcla de sus mejores momentos en “La naturaleza de la Bestia”, pero con toda la inteligencia visual de “La casa de Sebek”. Aún así, Mignola no estuvo muy feliz con el resultado — y no lo ocultó — por lo que los decepcionantes resultados en taquilla de “Hellboy: The Golden Army” (2008), dejó al personaje y sobre todo, la historia incompleta en una especie de limbo discursivo que nadie se atrevía a rebatir. Después de todo, Del Toro había logrado brindar al demonio díscolo de una personalidad que trascendió los pequeños errores de argumento y crear una fanaticada fiel, a pesar de las quejas de Mignola y su incomodidad sobre el proyecto. Al final, Del Toro abandonó toda pretensión de culminar la probable trilogía y Mignola decidió crear otra visión de su demonio favorito. Y fue entonces, cuando la nueva versión cinematográfica encontró su camino a la gran pantalla.

Todo ocurrió bajo el ojo público: primero Guillermo del Toro preguntó a través de Twitter a su considerable fanaticada, si creían que debía continuar con la serie de películas de Hellboy. Lo mismo había preguntando Ron Perlman unos años atrás. El resultado fue una respuesta abrumadora: el público deseaba conocer el final de la extraña trilogía, que había acabado con la promesa de una historia por completo nueva. Pero luego de un duro y tenso debate público, Mignola dejó muy claro que no estaba muy de acuerdo con lo que vendría de manos de Del Toro, de modo que el mexicano anunció que no existía la posibilidad de continuar la historia en pantalla, al menos, desde su óptica. Mignola se tomó la decisión como un reto y quizás parte de esa percepción sobre el Hellboy renacido para complacer su origen del cómic — y honrar el deseo de su autor de llevar una versión fiel de su criatura favorita a pantalla — sea el principal problema de la película que llega finalmente a los cines del mundo en el 2019. El Hellboy de Mignola está allí — y es mucho más fiel al original que nunca — pero el recuerdo de la obra de Del Toro, aún es muy fresco. Las combinaciones son inevitables.

Por supuesto, la película del director Neil Marshall ( conocido por dirigir varios capítulos de la serie suceso de HBO Games Of Thrones) es absurda, excesiva y visualmente estimulante, de la misma manera que el cómic en sus mejores momentos. Pero la traducción en pantalla de un Hellboy que parece desmerecer la sustancia y profundidad que brindó Del Toro al personaje, juega en su contra y el resultado, es un personaje banal, más vistoso que interesante y sobre todo, más violento que comprensible. La película tiene todo el brillo absurdo de los mejores momentos del cómic y también, su violencia festiva y cruel. Pero el argumento decae al momento de sostener un personaje que tuvo vida propia y en que su nueva versión, parece parte de un fastuoso decorado gore sin otra dimensión que ser asombroso por su mera naturaleza exótica. El Hellboy de Marshall carece de personalidad, de doble sentido filosófico y mientras la película trascurre en una colección de escenas inconexas de espléndido contenido visual, el resultado final es una mezcla poco convincente de lo mejor del cómic y una propuesta cinematográfica absurda y carente de verdadero peso. Como si se tratara de una reinvención fallida “Hellboy” regresa a sus orígenes, cuando ya su madurez es cosa obvia y recordada por buena parte de los fanáticos. El resultado es desconcertante en su conjunto y ridículo, al momento de analizar al personaje más allá de su contexto.

Porque en la versión Marshall (mucho más apegada a la historia de Mignola y con un personaje casi fiel a su homónimo en papel), Hellboy no es otra cosa que una singularidad de la naturaleza, una rara mezcla de lo asombroso en un contexto más o menos absurdo. A diferencia de la versión de Del Toro, en esta ocasión Hellboy no debe de esconderse, por lo que pierde toda la connotación del secretismo y el enigma que rodeó a las anteriores versiones. De modo que Hellboy se pasea de un lado a otro, con sus cuernos recortados, su enorme puño y el rojo carmesí de la piel, sin asombrar a nadie. Reconocido como el principal investigador de fenómenos sobrenaturales en un mundo que los acepta sin chistar, parte de la tensión de Hellboy como anomalía desaparece y también, se transforma en otra cosa, en una tediosa evolución que carece de la inteligencia y la siniestra empatía que construyó con pulso firme Del Toro. Para esta ocasión, Hellboy lleva la chaqueta abierta mostrado su esculpido pecho musculoso, no fuma y está más preocupado por lo que se lleva a la boca que por lo que sale de ella. La criatura de David Harbour es una aberración — y el personaje lo deja caer en cada oportunidad posible — pero en realidad, es también un sujeto común con un aspecto estrafalario que va de un lado a otro masticando comida chatarra en un intento de sustentar su desobediencia y desenfado, sin lograrlo nunca. Con sus diálogos en ocasiones disparatados, un maquillaje corporal torpe y que no termina de integrarse del todo al actor, Hellboy tiene verdaderas dificultades para mostrar su personalidad y en realidad, el guión blando y desarticulado, no ayuda demasiado. De hecho, es el argumento vacío y más concentrado en mostrar la colección de asombrosos poderes de la criatura que a la criatura misma, uno de los puntos más bajos de una película cuya intención de asombrar se disuelve en una discusión ridícula y borrosa sobre lo venial, lo profano y la belleza de lo extraño.

De su anterior versión, Hellboy conserva una relación emocional profunda y complicada con el Profesor Broom (encarnado esta vez por el magnífico actor Ian McShane), aunque la narración no está demasiado interesada en prodigarse en detalles al respecto. El vinculo paterno entre ambos se hace más denso y ahora, Hellboy ya no es un guerrero en busca de libertad, sino un joven en busca de identidad. Y esa versión pseudo adolescente de Hellboy, la que termina siendo el único momento rescatable de una serie de despropósitos argumentales elaborados a partir de algo más borroso. La mano de Mignola es evidente pero también, que la película no es un producto destinado a reflexionar sobre su personaje como algo más que una excusa para explosiones, muertes sangrientas y un catálogo de monstruos cada vez más elaborado y sustancioso. Para Hellboy no hay redención ni tampoco, un leitmotiv que elabore una idea compleja sobre su madurez intelectual. En realidad, este muchacho milenario, que no soporta las órdenes de su padre adoptivo y batalla a pulso contra cada una de ellas, está obsesionado con su capacidad para matar y salvar al mundo, pero si el añadido de un motivo emocional para hacerlo. “Estoy aquí para arreglar la cosas” repite en más de una ocasión Hellboy y es esa única línea, la que resume su necesidad de ir de pelea en pelea, en una búsqueda de propósito que no llega a fructificar jamás.

Claro está, la película tiene el objetivo de crear una nueva mitología y lo logra a medias: el desfile de personajes es alucinante — desde una magnífica Baba Yaga hasta gigantes informes que abarcan un cielo rojizo que recuerda en exceso a los de DC — pero todo es demasiado impersonal como para elaborar una idea coherente. La película se deslastra rápidamente del cómic y trata de buscar su propio objetivo, pero termina convertida en una sucesión de peleas y batallas, cada vez más ruidosas que sin embargo no tienen el menor sentido argumental. Resulta lamentables que giros de guión que podrían revestir de enorme interés — las investigaciones de Hellboy se combinan en un único misterio inquietante — terminan convertidos en un desfile alucinante de efectos especiales. Y mientras tanto, Hellboy batalla por su propia búsqueda de esencia, sin lograrlo en ningún punto. No hay tensión entre los personajes, ni tampoco complicidad. Sólo habitan el mismo espacio y batallan contra las mismas cosas, como si el tejido de la historia no fuera lo suficientemente fuerte para además, agregar una dimensión más profunda. No hay riesgos ni tampoco, la audacia que siempre caracterizó al cómic, que logró establecer relaciones de amor, odio y rencor en medio de un mundo en que las Hadas extraordinarias devoran bebés, los elfos contaminan la tierra y el apocalipsis siempre está a la vuelta de la esquina. Marshall no brinda a su película la suficiente complejidad como para meditar sobre la diferencia y cuando lo logra, la batalla comienza de nuevo, por lo que el discurso queda diluido entre estallidos, gritos y cabezas cortadas.

Además, el guión es una mezcla extravagante y poco creíble de extremos desarticulados: los personajes pueden trasladarse a una velocidad asombrosa, pero en ocasiones simplemente no lo hacen y es evidente, que se trata de un requerimiento del guión que añade lastre a la sensación artificial que gravita en la película entera. La combinación de elementos e historias se hace tan demencial, que llegados a la mitad del metraje es imposible analizar qué ocurre — o no — dentro del mundo creado a la medida del personaje: entre vampiras, brujas y magos milenarios, los inevitables Nazis (que esta ocasión más parecen una referencia histórica que parte de la trama) e incluso referencias directas a la Rusia Stalinista, Hellboy va de un lado a otro, soltando chistes en ocasiones divertidos pero nunca realmente venenosos. La combinación de todo tipo de tópicos peculiares, podría resultar acertada si la dirección de Marshall lo combinara en un discurso alternativo, serie B y que aceptara su sentido del chascarrillo. Pero no lo hace: “HellBoy” se toma demasiado en serio y luego de quince minutos de conocer las motivaciones de los personajes, asistimos a una serie de flashback mal construidos para contar la historia que ya conocíamos — al menos a medias — y dejar muy claro, que nuestro demonio tutelar no es malvado, simplemente incomprendido. Una salvedad ridícula que convierte el último acto de la película en una especie de justificación a la existencia misma de Hellboy, como personaje pero sobre todo, como anomalía en medio de una normalidad casi aburrida.

A “Hellboy” se la ha comparado con en el entretenimiento en estado puro, luminoso y vacío de Aquaman de James Wan. Pero a diferencia de esta, la película de Marshall no logra establecer un ritmo ni tampoco, el hecho que lo divertido del núcleo argumental, sostiene a las partes más sentidas y profundas. En “Hellboy” todo es idéntico y desde la primera escena es evidente que el director necesita contar la historia entera (o su contexto) lo más rápido posible. La Reina de la Sangre (Milla Jovovich) aparece y desaparece en una serie de escenas muy rápidas que establecen su importancia y peligro, mientras que la introducción apresurada — y mal editada — cuenta con al menos seis o siete historias más, todas encapsuladas en una única y trepidante secuencia en que el espectador obtiene toda la información posible sobre el mundo en el cual deambulará durante las dos horas siguientes. Todo es muy rápido, incompleto, mal armado, como si Marshall tuviera mucha prisa por llegar al núcleo de la acción e incluso, al llegar allí, encuentra que no existe otra cosa que una veleidosa necesidad de mostrar todo lo espectacular que la película guarda. De modo que Hellboy pelea con vampiros, arroja por los aires criaturas informes, conversa con el cadáver de Merlin, anota con cuidado los datos sobre su futura enemiga. Pero nada parece importar demasiado, divertir demasiado o encajar demasiado. Como si tratara de un boceto poco convincente, las escenas decaen al alcanzar el punto culminante, para entrar en la siguiente sin explicarse demasiado.

Y por supuesto, la naturaleza dual de Hellboy es de nuevo la línea que une a los personajes, sus motivaciones y las ambiciones de cada uno de sus villanos. Lo lamentable, es que mientras Del Toro comprendió — de la misma manera en que Mignola al parecer lo hizo en el último capítulo del cómic — que Hellboy es mucho más humano que demonio, a Marshall le cuesta creerlo y sostiene toda el argumento de la película en la posibilidad que la Reina de la Sangre, pueda seducirlo y atraerlo a su lado más oscuro y violento. Pero en realidad nadie cree que eso sea posible: La película brinda al personaje una vida interior adolescente y malcriada, mientras que el resto del mundo que le rodea deja claro que HellBoy es un chico en rebelión contra su padre. De modo que lo que viene después (esa supuesta lucha entre el bien y el mal), resulta ser más un añadido artificioso, que sabe a poco en comparación a la naturaleza de HellBoy, notoria y profundamente simple.

Al final, “HellBoy” resulta inocente, pero también banal, repetitiva y aburrida. A diferencia del monstruo asombroso que su creador creó como despedida a un mundo de una maravillosa riqueza, su par cinematográfico es sólo un reflejo de una idea mucho más amplia, que se esboza con dificultad y que por último, tiene la insípida versión de lo bueno y lo malo de un panfleto religioso para niños. Eso sí, combinado con largos riff (la banda sonora de rock pesado tan irregular y absurda como la película) y escenas de lucha que terminan por diluirse en una manchón de colores y movimiento. Quizás como las acuarelas mal mezcladas de Mignola, quien obtuvo un final digno para su historia en papel, pero también, un colofón cinematográfico caótico y vacío de lo que es su mejor obra. Una contradicción lamentable para un ícono pop que merecía mucho más y probablemente, podría darlo.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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