Crónicas de la Nerd Entusiasta:

El hombre Invisible de Leigh Whannell: Un monstruo para una nueva generación obsesionada por la imagen.

Uno de los monstruos más atípicos de la pantalla grande regresa en una película elegante, dura pero sobre todo, que utiliza con buen pulso sus limitados recursos para narrar una historia clásica. Bienvenidos a la era de los villanos inquietantes, despiadados y creados a partir de la imaginación del espectador.

El estudio Universal fue conocido por más de cuatro décadas, por llevar a la pantalla grande a los monstruos más famosos de la literatura y el imaginario colectivo. Desde su elegantísima versión de Drácula — que se convirtió en un inmediato éxito de taquilla y encumbró al actor Bela Lugosi — hasta su recorrido inquietante por la psiquis torturada del monstruo de Frankenstein, Universal tuvo buena parte de la responsabilidad en la forma en que hoy concebimos el cine asociado con la idea de lo monstruoso, pero en especial, con lo que se considera temible. Una concepción acerca de lo sobrenatural y lo inquietante que marcó un hito en el lenguaje cinematográfico pero también, en la mirada cultural del miedo como parte de una expresión social más profunda.

En 1933, el director James Whale tomó el riesgo de llevar a la pantalla grande una adaptación del libro de H.G.Wells de 1897 “El hombre invisible: un romance grotesco”, una fábula sobre la concepción de la realidad. Whale no sólo llevó la idea central de la historia a una dimensión por completo nueva, sino que además de exploró a conciencia la permanencia de lo que consideramos identidad, el peso de la noción sobre la existencia y los peligros de la ciencia. El director tomó arriesgadas decisiones argumentales — como emparentar la invisibilidad con la ausencia de límites morales y espirituales — para crear unas de las más extrañas versiones sobre los antiguos mitos sobre la moral, el dolor, la soledad y desarraigo que ha obsesionado a nuestra cultura en todas las épocas. De hecho, la versión de Whale (que muestra al hombre invisible como una víctima de su propia arrogancia), convirtió a la idea del monstruo interior en una nueva concepción sobre lo que se oculta bajo la percepción de la idea sobre el bien y el mal escindido en un teorema casi cruel sobre la naturaleza primitiva del hombre, como criatura sostenida y alimentada por sus instintos. La película se convirtió en todo una revelación y construyó una nueva forma de meditar sobre la maldad desde una perspectiva novedosa y desconcertante.

Entre ambas perspectivas, la película el Hombre invisible (2020) de Leigh Whannell medita sobre las relaciones de poder pero también, lleva a cabo un recorrido escalofriante por los orígenes del terror como algo más más profundo, primitivo y visceral que una emoción. Y lo hace sin recurrir a una batería de efectos especiales, sino a la conexión casi hipnótica que su puesta en escena crea con el público desde sus primeros minutos. La propuesta de Whannell es un recorrido meticuloso por las singularidades de lo que asumimos puede ser real, lo que convierte la amenaza en una combinación de desorientación y confusión, hasta lograr que la concepción sobre lo terrorífico sea algo mucho más sofisticado de lo que a primera vista parece.

Lo desconocido y el silencio.

Cecilia (Elizabeth Moss), mira fijamente hacia una pared vacía, mientras tiembla de miedo. La escena carece de sonido, a no ser por la agitada respiración del personaje y la crítica sensación que el peligro que la amenaza, está a punto de volverse por completo incontrolable. El sencillo recurso se repetirá varias veces en este efectivo thriller, que no sólo bebe de la mitología de uno de los monstruos más curiosos del cine, sino que agrega un desconocido elemento de terror puro basado en un juego milimétrico de insinuación y pequeños trampas de atención, que terminan por sostener con facilidad y buen tino la atención del espectador.

De hecho, el gran triunfo de la película de Whannell, es explorar con cuidado y con matices originales, la premisa que ha sostenido a la figura de este villano inquietante a lo largo de las décadas: a diferencia de los vampiros, hombres lobos y otros monstruos, el mal en el hombre invisible no procede de sus poderes ni mucho menos de su naturaleza, sino la forma como su capacidad adquirida cambia y transforma la psiquis del personaje. Como si se tratara de la historia de un villano de historietas — que en cierta forma, lo es — el Hombre Invisible se sustenta sobre la gran incógnita sobre lo que ocurriría con cualquiera de tener la posibilidad de tener la absoluta libertad de hacer lo que desea, sin ser descubierto. ¿La maldad proviene de las restricciones de la sociedad o de algo más profundo, que se enlaza directamente con la naturaleza humana? De hecho, la película de Whannell se plantea la pregunta varías veces y nunca ofrece una respuesta, lo que hace al sencillo pero sólido argumento, mucho más inquietante.

Hay un elemento de tensión y juego poliédrico con los espacios, que emparenta a El Hombre Invisible de Whannell con los espacios movedizos, tramposos y asficiantes de Hitchcock. La película encierra a su personaje en un espacio diminuto de horrores y además, en la incredulidad de quienes le rodean, lo que sacude el eje de su cordura a espacios pocos explorados en el cine de Terror y suspenso. La Cecilia de Whannell es tan poderosa como las mujeres de Hitckcock pero a diferencia de ellas, debe lidiar con la percepción abrumadora que el enemigo le conoce tanto como para convertir a su mente en otro espacio para la batalla por la supervivencia. Este giro, brinda a la película un aire renovado y reconstruye la figura de lo monstruoso para una generación incrédula y cínica. En esta ocasión, lo que aterroriza y amenaza, es mucho más que una mirada al miedo. Es también una forma de analizar los lugares más recónditos de lo que reproduce lo peligroso y lo letal en nuestra época.

Retratar a un hombre invisible ha sido un reto para todos los directores que han intentado crear y construir la idea de una presencia amenazante que no puede verse a simple vista. Para Whale, la solución fue materializar a la amenaza mediante recursos físicos y antropomórficos. En 1975, The Invisible Man de Harve Bennet y con la actuación de David McCallum, tomó la decisión de usar sonidos y pequeños golpes de efectos visuales, para recrear la forma física del monstruo, que asediaba entre esquinas polvorientas, salones en penumbras y en medio de un juego de ángulos lo suficientemente intrigante como para despertar interés. No obstante, la miniserie de 1984 producida Barry Letts y Terrance Dicks para BBC1, analizó el problema de la corporeidad del personaje desde el ángulo de una percepción consecuente entre la incertidumbre y cierto aire sobrenatural. La percepción sobre las intenciones, los dolores y al final, la rabia nítida y descontrolada del Hombre Invisible — que el guion James Andrew Hall logra captar con una adaptación asombrosa del texto original —, se crea a través de la forma como los espacios y lugares que rodean al hombre Invisible, reflexionan su conducta como algo más profundo. De la misma forma que la cámara barroca y tensa de Kubrick en el resplandor, la versión de la BBC1 muestra un recorrido vertiginoso, que junto con una puntual concepción sobre lo antropomórfico, dotan a la historia de una inquietante verosimilitud. El hecho de la violencia como una forma de expresión letal a brinda a este monstruo atormentado por una humana necesidad de reconocimiento y permanencia, un inusitado poder en medio de una puesta en escena medida y elegante.

Whannell en cambio, decidió apostar al suspenso y a la expectativa: el director recrea la sensación de la inquietud hacia lo que no puede verse con lentos movimientos de cámara y tomas largas, en habitaciones y rincones que en apariencia, están vacíos. No obstante, la mera insinuación de una presencia tangible, es suficiente para aumentar la tensión visual y construir un diálogo efectivo entre la construcción de un recorrido visual en apariencia sencillo y la evocación inmediata del peligro. Una y otra vez, el director abre el recorrido del observador, en busca de algún punto de interés y crea la inevitable sensación que el espacio es algo más que un mero conjunto de objetos. Cecilia está sola aunque duerma junto a Adrian o esté de pie junto a su amigo James ( Aldis Hodge) y esa soledad física, es el recurso más efectivo para Whannell, que medita sobre la violencia y el confinamiento físico a través de diminutos trucos argumentales de enorme contundencia. Por si eso no fuera suficiente, el director elige mostrar al Hombre Invisible no a través de recursos secundarios como sogas, vendas o reflejos, sino un equipo óptico que además moderniza y plantea cierta versión del control y el dominio, tema central de la película. El traje de Adrian es una combinación de cámaras dispuestas en forma hexagonal, que de alguna forma emulan y sostienen a la mirada durísima de la mujer observada, perseguida y asediada de los primeros planos del film.

Escrita también por Whannell (cuyos créditos incluyen Upgrade e Insidious: Chapter 3), El Hombre Invisible muestra la forma en que el cineasta crea el suspenso a partir de la pulcra concepción del director y guionista sobre el sentido de la amenaza. La cámara se mueve constantemente y de pronto, es obvio que dirige la atención del espectador no sólo hacia el lugar en que el monstruo que acecha se encuentra — o al menos, suponemos que lo está — sino que además, avanza como una puntual reflexión sobre el peligro doméstico y la transgresión de los espacios que sostiene la condición de una amenaza potencial. Se trata de una experiencia inmersiva en la que el Whannell prescinde de todo efectismo tecnológico para crear una versión de choque y coreografía física que resulta efectiva, gracias a la capacidad de su actriz principal para sostener la credibilidad del personaje y sobre todo, los cambios que ocurren en su interior, siempre muy visibles en espléndidos primeros planos que recuerdan en cierta forma a la obsesión de Jonathan Demme con los rostros de sus personajes. Pero para Whannell, la capacidad del argumento para construir una versión creíble sobre lo imposible, tiene un vinculo directo con su visión sobre los espacios, los lugares claustrofóbicos, los silencios interminables. Y esa es quizás la mayor fortaleza de la película.

El proyecto parte de una simplificación de lo que fue la iniciativa de crear un Universo Oscuro cinematográfico contemporáneo, para revivir a los clásicos de la Universal. Pero a pesar de no contar con el empaque lujoso de una superproducción, El Hombre Invisible juega con propiedad e inteligencia sus pocos recursos para crear una atmósfera que desde las primeras escenas, deja claro que no se trata de la enésima versión del monstruo imparable en contra de una víctima afligida, sino algo mucho más complejo, humano y quizás sin duda, más cercano a los orígenes de la idea de un tipo de libertad desinhiba y cruel. La secuencia inicial de la película deja en claro que en esta ocasión, la amenaza sobrepasa la idea del hombre sin rostro y se sustenta sobre un extraño vínculo con el dolor, miedo y algo más tortuoso. Cuando Cecilia (interpretada por Elizabeth Moss con una tensión emocional contenida que asombra por su efectividad) se levanta de la cama en la que duerme Adrian (Oliver Jackson-Cohen), es evidente que el guion tiene mucho mayor interés en el trasfondo de la monstruosidad latente que en la posibilidad de lo sobrenatural. De hecho, el director juega con propiedad y enorme sofisticación con el hecho del peso real del sufrimiento de Cecilia, en contraposición con la crueldad apenas sugerida de Adrian, que aún no es invisible pero si lo suficientemente peligroso como crear una creíble atmósfera de peligro.

De modo, que el argumento engloba algo más que lo inexplicable para basar su contundencia: el Adrian de Jackson — Cohen es una criatura despiadada, abusiva y controladora, que llena la casa que comparte con Cecilia de cámaras y la sensación omnipresente de amenaza. Para cuando finalmente el personaje “desaparece” — y el término abarca algo más que lo obvio — Cecilia parece encontrar cierta estabilidad, luego de años de una convivencia tortuosa y violenta. Y es quizás esa engañosa premisa, lo que hace que la premisa de Whannell sea mucho más complicada y ambigua de lo que parece a primera vista. A diferencia de la fallida Hollow Man (2000) en la que Paul Verhoeven despliega un carnaval de horrores con una sobre exposición del recurso de la invisibilidad como puerta abierta a todo tipo de comportamientos latentes en su personaje central, Whannell transita la dirección contraria y construye una atmósfera malsana alrededor de la idea de la amenaza, el peligro y lo que acecha en medio una latente sensación de peligro. La tensión aumenta y poco a poco, es evidente que Cecilia no sólo está siendo observada sino que también, es parte de un juego tenebroso más duro y cruel de lo que nadie puede suponer.

Pero el gran acierto de la película, supone el hecho que la invisibilidad de Adrian es un recurso utilizado con paciencia, buen gusto y sobriedad. La efectividad de la paranoia de Cecilia, la notoria angustia que plantea el hecho de intentar convencer al resto de las personas que le rodean que efectivamente algo está ocurriendo que carece de explicación, permite al director jugar con ángulos de cámara, juegos de luces y sobre todo, con la percepción de lo desconocido, lo que permite al argumento vincular la experiencia del espectador con lo que está ocurriendo — o no — en pantalla. Son muy pocas las ocasiones en que el Whannell se permite utilizar recursos visuales de punta para mostrar las cualidades y el violento comportamiento del monstruoso Adrian y en su lugar, se decanta por largos primeros planos vacíos, el uso del sonido incidental para aumentar la posibilidad del terror como un hecho emocional extraño y por completo difícil de explicar.

Lo más interesante en el planteamiento de El hombre invisible es como Whannell cambia el foco interés de la trama, para permitir a Elizabeth Moss — cuya actuación es una mezcla de fragilidad y fortaleza asombrosa — mostrar la existencia de Adrian a través de una actuación medida, física y realista que enfrenta la noción de lo desconocido con algo más espeluznante, relacionado con lo que no podemos ver y mucho menos, asumir como real. La cámara muestra la casa solitaria, habitaciones y pasillos en un recorrido cada vez más incómodo de la menor señal de la existencia de lo que sea acecha y acosa a Cecilia, que al final, es una ambigua trampa visual y sensorial que permite a Whannell construir un tipo de horror refinado que pocas veces podemos ver en la pantalla grande.

El hombre invisible moderniza de manera impecable el monstruo clásico y además, es un ejercicio de estilo lo suficientemente inteligente como para tener personalidad propia, algo complicado cuando se trata de un producto que el público conoce y que despierta ciertas expectativas. El trabajo de cinematografía de Stefan Duscio y el soundtrack de Benjamin Wallfisch construyen un recorrido estructurado bajo la premisa de acentuar los pequeños detalles que hacen de la película un cuidado escenario espeluznante. Tensa, pulcra y por momentos brillantes, la nueva reinvención del viejo mito de cueva de Platon, toma una nueva relevancia y un lustre moderno que asombra por su eficacia.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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