Crónicas de la Nerd Entusiasta:

“Mostly Dead Things” de Kristen Arnett.

El estado de Florida (EEUU) es la combinación de muchas cosas distintas: Un resumen sobre la norteamérica profunda en un conjunto de contrastes. Desde playas solitarias, ciudades luminosas, museos escondidos en medio de calles estrechas, zonas radiantes de lujos muy cercanas a otras muy pobres, grandes y pequeñas construcciones que recuerdan una opulencia perdida, las multitudes cosmopolitan que atraviesan Miami entre conversaciones en todos los idiomas de la Orbe, dejan muy claro que la región tiene la capacidad de reflejar lo multiétnico de una forma única en norteamérica. Un espacio atemporal con sus propias reglas y límites, que no se parece a ningún otro lugar de la unión. ¿Que tan bueno o tan malo puede ser eso para una cultura local en crecimiento? Según la escritora Kristen Arnette, se trata de una búsqueda constante de identidad, que en su libro Mostly Dead Things, tiene algo de satírico pero también, de levemente perverso. Una combinación tan insólita como los lugares más inesperados de la Florida que la novela trata de reflejar.

Para Arnett, la cosa es bastante simple: En el estado en el que se encuentra la mayor cantidad de emigrantes de toda Norteamérica, la noción del individuo atraviesa todo tipo de condiciones y posibilidades para tener un concepto único. Un “edén de las cosas peligrosas” dice la escritora en la primera página del libro y deja claro, que detrás de las sensuales descripciones de las tiernas hojas de plátano, el sonido del mar y la ternura de las largas parrafadas en varios idiomas, existe el peligro. O mejor dicho, existe la posibilidad de su existencia. La novela de Arnett comienza con una amplia descripción de las calles bulliciosas, del sol radiante, pero también las pequeñas sombras que se esconden de un lado a otro, como trozos inevitables de algo más duro de comprender que el paisaje radiante que evoca. La prosa de Arnett es ruidosa — en la medida que que sus evocaciones sobre lo sensorial son precisas y radiantes — pero tiene algunos puntos de silencio que anuncia que no todo es tan sencillo. A la manera de Laura Van Den Berg, Mostly Dead Things tiene una mínima dosis de acritud que se enlaza con sus momentos más brillantes. El resultado es un recorrido vertiginoso a través de una promesa ambigua: no todo estará bien en este Edén recién nacido de hojas jugosas. Y está bien que no lo esté.

Arnett entonces deja claro que su novela es algo más que una instantánea diáfana sobre Florida y sus contrastes: La vida y la muerte afloran en medio de la luz del sol matinal, de la playa dorada que se extiende hacia el horizonte y la bóveda celeste muy azul. Hay cosas muertas que pululan en esta historia que no se prodiga con facilidad y se esconden, bajo la irresistible belleza de un lugar que Arnett imagina como una pesadilla muy vívida, llena de detalles sin aparente importancia que toman sentido con la tranquila y apacible mirada de algo más profundo. La vida está en todas partes, pero la muerte se sostiene sobre la familia de taxidermistas que son el centro de la narración, con sus horrores medios ocultos. Mostly Dead Things es una novela que asume el hecho de lo trágico desde lo inevitable y por ese motivo, sus personajes recorren el paraje de la muerte en todos sus matices: hay suicidios — algunos lo bastante grotescos como para sobresaltar — , asesinatos sin explicación pero sobre todo, una relación emocional con el hecho de la muerte y el luto. Todo, mientras Florida se hace más y más brillante como escenario, mientras el mar golpea con fuerza la playa y el sonido del viento lo invade todo. “Vivimos para morir entre las pequeñas cosas” dice la autora para describir este pequeño caos existencial de rutilante belleza, una joya rota que flota en medio de lo cotidiano. “Pero la muerte tiene su propio lenguaje, sin duda”.

Arnett se ocupa de traducir el luto, el dolor y el miedo en imágenes sugerentes que tienen un lustre grotesco y sofisticado. Jessa-Lynn Morton, su protagonista, es una mujer traumatizada: luego que su padre se suicidara y que Jessa Lynn le encontrara — “La sangre era un hilo rojo y negro, que se derramaba entre la frescura de la primera luz de la mañana — , hereda el negocio de taxidermia familiar, una rareza en medio de las tiendas de accesorios playeros, restaurantes de mesas repletas de bebidas exóticas y discotecas. Puertas adentro, la herencia tiene su propia belleza, aderezada por el olor a formol y los ojos radiantes de los animales congelados en su propia piel para siempre. “Siempre piensas en la muerte cuando se parece tanto a la vida” comenta Jessa — Lynn, resignada no sólo a su destino como custodia accidental del legado familiar sino también, como aprendiz de un oficio que le resulta repugnante, aunque no del todo desconocido. Buena parte de su infancia transcurrió en la sala en la que su padre transformaba la muerte en vida. “¿No era inevitable que esto ocurriera? mis primeros recuerdos de niña son las de montones de ojos de cristal amontonados sobre una cesta frente a la ventana más pequeña” cuenta y lo hace con tranquilo desparpajo. Para Jessa — Lynn la muerte es un tránsito de un estado a otro de lo material. “Un día te miras al espejo, al otro día te miran como un objeto”.

Mostly Dead Things comienza en los meses posteriores al suicidio del padre, mientras Jessa — Lynn intenta recuperar la cordura y también, un cierto control de su vida. Entre borracheras de cerveza barata, no logra encontrar un punto real para comprender qué ocurrirá en adelante. “Puede que la vida sea un temor pero también, es una pérdida de pequeñas esperanzas. Temes perder y cuando ocurre, el temor se convierte en amargura” reflexiona, mientras deambula en mitad de la herencia familiar. “¿Qué necesito encontrar?” se pregunta y se tacha de cursi, de melodramática. Hay una percepción del dolor como una anestesia a los sucesos más dolorosos a los que Jessa — Lynn ha debido enfrentar: la imagen de su padre muerto, el miedo que aún le provoca esa sensación de la macabra coincidencia que le llevó a la puerta de la tienda justo el día de su muerte. Para ella, destrozada por el dolor en formas que le lleva esfuerzos admitir, la taxidermia será una forma de recomponer su vida, de reconstruir lo que necesita entender de su mente, la respuesta dura a la búsqueda de sentido al horror.

Claro que, Jessa — Lynn no tiene la misma habilidad de su padre para el negocio, de modo que los primeros intentos carecen de habilidad: pequeños monstruos deforme que Jessa — Lynn guarda al fondo de una alacena. Los conserva por orgullo pero también por amor. “Mi galería de monstruos” se dice, mientras el negocio continúa y ella se esfuerza por alcanzar el nivel de perfección que su padre lograba en cabezas de Alces y animales domésticos. Y mientras lo hace, la novela transcurre en su verdadero ritmo: El dolor de Jessa — Lynn, los recuerdos, el miedo, se transmutan en cada pieza que nace sobre la mesa de disección, en una alegoría extravagante del Frankenstein de Mary Shelley. Jessa — Lynn crea monstruos, cose sus miembros puntada a puntada, los rellena con pulso firme. A medida que lo hace, el sufrimiento surge, toma el lugar de la habilidad manual y la artesanía de la muerte se hace un reflejo de su mente desordenada y su espíritu lleno de heridas. Los monstruos se hacen más numerosos: Conejos con orejas de tejón y garras de tigre, perros con ojos de alce y Cuervos con alas de palomas. Al final la colección de criaturas imposibles de Jessa — Lynn es en conjunto hermosa, pero también dolorosamente tierna en esa mezcla arbitraria de la realidad con las fantasías morbosas que le permiten expiar el dolor. Hay escenas de sexo, también de amistad, pequeñas miradas a lo atípico en mitad de la colección de rarezas. “Me estoy mirando mientras las miro” dice en voz baja al salón solitario. Más allá de las puertas abiertas, Florida es pura luz, puro mar y saludable alegría. Dos mundos distintos separados por una cortina leve e invisible.

Para Jessa — Lynn, la taxidermia es un oficio que nace de la fe o algo semejante, a una certeza profunda sobre lo que desea crear. “Como un pequeño Dios” dice cuando corta por primera vez la carne tierna de un cadáver y extrae con cuidados los órganos. El momento es electrizante para ella y tiene la sensación que esa profunda y amarga intimidad de la muerte en medio de la vida, tiene un simbolismo brutal que consuela de golpe sus dolores y miedos. “En el oscuro corazón de su cadáver, vi mi futuro proyectado en cartulina” dice mientras mira la carne rosada, aún integra, bajo la piel, el pelo ralo, las garras y cuernos del ciervo que yace descoyuntado sobre la mesa de disección. “Lo supe con toda la claridad del anuncio de un milagro. La muerte y la vida eran la misma cosa. Dos piezas análogas de un único mecanismo misterioso”. Para Jessa — Lynn la línea de conocimiento que creó y sostuvo el negocio familiar es algo más que el viejo local, la colección de viejos trastos y el sótano repleto de accesorios en perfecto orden. Allí encontró a su padre, con la cabeza despedazada luego de dispararse, aterrorizado por la muerte agónica del cáncer. “Pero continuó aquí” reflexiona Jessa — Lynn mientras el bisturí atraviesa la piel dura del animal que llevará a una eternidad incompleta y extravagante. “Este oficio ha pasado de padres a hijos, ahora soy la que lo aprende, sin que nadie me lo pueda enseñar”.

Tiene razón: la herencia familiar se ha transmitido de padres a hijos durante décadas, en una especie de tradición oral que Jessa — Lynn recibió de oídas y que aprendió a través de la capacidad de observación. Y mientras su hermano Milo — a quien conocemos a través de pequeños trozos de información dispersa y vaga — es inmutable, simple y obsesiva, la de Jessa — Lynn es pura imaginación. Ella es la que interrumpe el largo linaje de conocimiento macabro, entre puntadas de Nylon, rellenos de algodón y la química de la muerte. “Aprendí a desmontar cosas muertas, sólo para volverlas a unir, mientras contemplaba a mi padre hacerlo”.

Pronto Jessa — Lynn comienza a tener clientes. Quien sabe cómo — ella misma no encuentra una explicación — la voz sobre sus rarezas monstruosas se corre y la vitrina vacía se llena de ojos curiosos. Para Jessa — Lynn se trata de una novedad: las miradas de los desconocidos sobre su pequeña fauna anómala la hace pensar en los vericuetos de su mente, en la posibilidad alterna que el dolor también pueda mostrarse. Ambos mundos colisionan: la Florida radiante, con sus hombres y mujeres de rostro quemado por el sol, ropas de colores vistosos y sus animales terroríficos. Entre ambas cosas, Jessa — Lynn continúa bebiendo hasta perder la conciencia y la resaca matutina convierte el mundo en un gran manchón de colores radiantes. “La muerte siempre está tan cerca que produce dolor, aunque sigue siendo bella y apacible” razona, aturdida por los malestares físicos, pero también llena de la necesidad de continuar creando su gran colección de monstruos inclasificables.

Lo mejor de Mostly Dead Things es la audacia con que Arnett les permite a sus personajes soñar y crear a partir de lo mórbido. Cada uno de ellos cuentan y narran sus pequeñas historias, pero sobre todo, son parte de una gran red interconectada de escenas que brindan a la novela un escenario caleidoscópico. Hay una hermosa densidad Mostly Dead Things, que va desde las descripciones puntillosas de los misteriosos procedimientos de taxidermia, hasta el monólogo obsesivo de Jessa — Lynn sobre su padre. A su vez, este parece revivir en medio de los recuerdos y sus diálogos, brillan de ingenio y una rabia contenida que le brinda un lugar en el mundo, a pesar que su muerte abre la novela. El ritmo de la novela varía de uno muy trepidante, bajo una soleada playa a la lentitud onírica de la oscuridad. Todo, mientras la narración avanza sin tropiezos en medio del sonido de las olas, gritos de entusiasmo, fragmentos de canciones de moda, escenas de sexo caliente y animales diseccionados limpiamente sobre una bandeja de metal. La combinación podría resultar improbable y caótica pero Arnett logra crear algo nuevo y exuberante del contraste. Una noción sobre la vida y sus extremos extraordinaria por su belleza

Por supuesto, se trata de una concesión de Arnett para su personaje: Jessa — Lynn se mueve en dos mundos en simultáneo y la descripción pintoresca de la escritora, brinda un contexto radiante a la variedad de escenarios y sensaciones. Lo mismo la sangre salpica entre los dedos de Jessa — Lynn, que el mar golpea contra sus tobillos mientras un atardecer púrpura se extiende en todas direcciones como un resplandor movedizo y singular. La Florida de Arnett es un crisol de razas, idiomas, colores y sabores, pero también la puerta abierta al miedo, a un dolor fortuito, un temor incansable y duro que se entrelaza con un tipo de vitalidad palpitante. El resultado es un recorrido por la necesidad de supervivencia, en medio de los recuerdos, la búsqueda de la identidad y al final, la belleza trágica de un mundo diseccionado en dos trozos contradictorios unidos por el sufrimiento emocional.

En Mostly Dead Things, la vida y la muerte van juntas la mayor parte del tiempo y para el último tramo de la novela, es obvio que el equilibrio entre ambas cosas, necesita hallar una catarsis elocuente. Y lo logra, aunque Arnett se toma el atrevimiento de crear cierto caos que pudiera resultar contraproducente en una novela más ordenada y quizás, menos sensorial. Pero Mostly Dead Things todo es válido y este gran asombro de las últimas páginas — toda una celebración a la oscuridad y a la luz de la historia — es una celebración extraordinaria sobre lo que yace bajo la rutilante superficie de todo lo perdido bajo el miedo y encontrado bajo la luz. Una rara ambivalencia que Mostly Dead Things logra sostener con indudable gracia y tenebrosa belleza.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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