Crónicas de la Nerd Entusiasta:

¿En que falla la serie “NOS4A2” de Jami O’Brien?

Al escritor Joe Hill le ha llevado esfuerzos lograr el reconocimiento literario basado sólo en la calidad de su obra. Desde la publicación de su primer libro — la interesante, siniestra y filosófica novela del 2010 — el hijo del maestro del Terror Stephen King, tuvo que lidiar con una crítica aún más feroz que la que debe soportar cualquier escritor recién llegado a las librerías y además, con la alargadísima sombra de su padre. Entre ambas cosas, batalló por años para encontrar su estilo y público, pero además, construir un lugar adecuado en el que su mirada al miedo pudiera encajar mejor. Y lo ha logrado: Para la publicación de su tercera novela , logró encontrar un estilo propio y una forma de evitar ser aplastado por la monstruosa figura de su padre, inevitable y que parece superponerse a cualquiera de sus historias.

De hecho, la novela contiene la que es quizás la única referencia entre las obras de que pudo exorcizar el demonio de la competencia entre padre e hijo, para transformarla en un divertido guiño de metalenguaje. En los primeros capítulos, describe a un padre y a un hijo muy semejantes a como el público concibe la relación entre ambos, recorriendo caminos rurales de la norteamérica profunda, a lomos de sendas motocicletas. Juntos, van de un lado a otro y cuando la escena comienza, tienen una extraña e incómoda conversación sobre la idoneidad del vehículo que les permite recorrer el extraño viaje iniciático que comenzaron unos días antes. insiste que su padre es un “Snob de la” (lo cual parece ser cierto, a juzgar por las múltiples referencias a la marca de motocicletas en la obra de) y que mira la suya (una “vulgar”) con manifiesta suficiencia. “Es como una máquina de coser” dice el de la hoja de papel, con un dejo de arrogancia casi anciano. se echa a reír, hace ronronear el motor con aire despreocupado. “Supongo que he estado recorriendo las carreteras secundarias de mi padre toda mi vida”, escribe con humildad. Lo hace, con la certeza de quién conoce su identidad y limitaciones, pero también el que no siente la menor preocupación por ellas“No me arrepiento”, añade. Es ese pequeño prólogo, el que concluye cualquier pregunta sobre la supuesta tensión entre Padre e hijo, ambos escritores de terror, ambos obsesionados quizás por las mismas pulsiones y el reino del miedo como reflejo de la naturaleza humana. escribe de terror como , pero escogió un extraño camino secundario que le permite encontrar a la periferia — y fuera del foco habitual de lo que el terror puede ser — algo más retorcido, temible e inquietante de lo que nadie podía suponer. Como buen alumno, l intentó superar a su maestro desde un recorrido extraño sobre el bien, el mal y los terrores que acechan en la sombra de lo que creemos cotidiano y reconocible.

no es una novela sencilla y no lo es, justamente debido a esa insistencia de de alejarse de los caminos más transitados del terror moderno. Con su extraña combinación de terror, el género de vampiros y un ingenioso juego de palabras, la historia reconstruye el mito seminal del no — muerto para elaborar algo más profundo que la eternidad basada en el asesinato. Los monstruos de transitan entre la realidad más concisa hacia mundos retorcidos, unidos por el puente del asombro terrorífico. El escritor elabora una versión sobre lo que provoca el miedo a medio camino entre la fantasía y también, del sobresalto con tintes psicológicos. Lo que asusta en no está a la vista — no de inmediato — sino que transita la oscuridad. Con una delicadeza que hace de la narración una mezcla de ritmos en ocasiones desconcertantes, este cuento de vampiros insólito apela al terror tradicional, a la vez que elabora un nudo argumental basado en la sorpresa, los acertijos y una intrigante capacidad para unir trozos de información bajo la aparente solidez de una mirada a los monstruos más que inquietante. mueve los hilos de sus personajes para conducirlos hacia un destino inequívoco y el pulso jamás le tiembla para analizar una moralidad socarrona y pendenciera. El mal que el vampiro encarna es reconocible, atractivo y seductor. El escritor lo sabe y lo utiliza como pieza angular de su narración.

La adaptación para televisión del libro juega también con los hilos argumentales y la identidad de los personajes, para crear un nuevo tipo de terror. La serie producida por y creada por Jami O’Brien es una tramposa historia sobre vampiros, en la que los villanos son más complicados que los habituales bebedores de sangre en busca de una víctima propiciatoria. De la misma manera que en el libro de , juega con símbolos, palabras y el significado del mal para crear un escenario ideal para atraer a las víctimas. deja a un lado cualquier despliegue de fuerza sobrenatural y decide utilizar el ingenio y la audacia de sus criaturas para crear un coto de caza inquietante en el que el Vampiro, es más un jugador intrépido que un asesino sin otra motivación que la sed. De modo que el personaje principal es una criatura de prodigiosa inteligencia que está más interesado en la caza — y en cómo cazar — que en la conclusión misma de la travesía: el asesinato no es tan importante como la forma en que se comete. Desde esa interesante premisa, la serie intenta desarrollar la historia del libro: ese mundo alterno inquietante que el vampiro crea para atraer a los inocentes, la realidad alterada en donde la naturaleza de lo maligno es mucho menos importante que los anzuelos que utiliza para atraer y capturar a sus víctimas. En el libro de el mal es una versión psicodélica e inquietante de un lugar en que siempre es Navidad y que termina convirtiéndose en algo más temible, retorcido. En la serie, la premisa se mantiene y se le añade algo más tenebroso: la convicción que el Mal (esa noción sobrenatural que subsiste para enfrentarse al bien) tiene formas nuevas y desconocidas para manifestarse.

Una propuesta semejante necesita de una sensibilidad sutil que mezcle con cuidado todos los elementos, sin exagerar ninguno o minimizar otro en favor de la espectacularidad del argumento. no sólo no lo logra, sino que convierte la tensión de la novela (que utiliza trozos de información suelta que lentamente encajan entre sí para crear una atmósfera enrarecida), en una interminable sucesión de pequeñas ideas dispares sin excesiva lógica. Para la directora Kari Skogland (encargada del primer y segundo capítulo), es mucho más importante dejar muy claro que hay un misterio que debe resolverse y es esa necesidad de mostrar todo y de analizar hasta el último detalle del contexto, lo que resta tensión a la narración en conjunto. Sobre todo en el primer capítulo, es muy evidente la necesidad de de elaborar una versión más o menos creíble sobre ese maléfico villano quién no parece tener un único rostro y su colección de horrores. El argumento pierde solidez e inteligencia al insistir que el Mal debe ser notorio — al contrario que en la novela, en que la percepción sobre el peligroso misterio en el centro de la historia queda oculto o bien disimulado — t es ese punto de vista, lo que convierte a en una colección de lugares comunes. La realidad del vampiro no se cuestiona pero mucho menos, ese Reino de pesadilla que el personaje principal crea para atraer a los incautos que más tarde asesinará. En realidad, está más interesada en dejar claro que se trata de una historia sobre los horrores escondidos en medio de lo corriente y tratar de acercarse a otras adaptaciones del género, en que el horror subyace sin disimulo alguno.

Tal vez en otra historia, la decisión no habría sido del todo equivocada, pero en , cercena el elemento que crea un puente de pura coherencia entre la noción de lo terrorífico y lo extraordinario. Se trata de una narración que transita — o lo intenta — atravesar con facilidad los terrenos de lo fantástico hasta alcanzar la simbología habitual del género de terror. Pero no logra hacerlo: Desde sus primeras escenas — con un indudable aire gótico poco logrado y torpe — esa visión de pesadilla como lo es (donde siempre es una brillante, fatídica e inquietante navidad) se convierte demasiado pronto en una imagen estática de lo imposible. Pero el guión no profundiza en la mitología que sugiere las docenas de detalles que muestra para después ignorar ni mucho menos, se permite ampliar sus fronteras hacia algo más tétrico. Antes que eso, parece lamentablemente obsesionada por parecerse a otras tanta adaptaciones de terror y de hecho, lo más lamentable en su notorio semejanza con otras historias basadas en libros o cuentos de , sobre todo con la película (2017) de Andrés Muschietti. Las similitudes son obvias y el guión de la serie no hace más que hacer hincapié en ellas: La atmósfera opresiva, extrañamente dura y a la vez tensa, es una imitación casi grotesca de la ya clásica escena de la muerte de . Las primeras escenas de tienen el mismo aire de desamparo y tristeza frágil, pero mientras triunfa al crear una versión del miedo que rompe la pared de cristal de la realidad, sólo es una colección de horrores vacíos. Una muestra de sobresaltos que no conducen a ninguna parte y carecen de cualquier objetivo contundente.

Lo anterior resulta en especial preocupante, cuando cualquier obra basada en el trabajo literario de , necesita deslastrarse de toda semejanza con el legado de su padre. Pero la serie imita sin mucho acierto atmósferas como la que logró Mike Flanagan en el (2017), de la que hereda el aire aprensivo y de pesadilla, sin encontrar el juego entre el delirio y la realidad que plasma con facilidad y que capta en fragmentos borrosos y bruscos. También hay mucho de la percepción sobre la oscuridad interior y el anuncio de lo maligno bajo símbolos misteriosos, como los utilizados por y en (2018). Pero mientras la serie de HULU logró una eficaz combinación de lo tenebroso con cierta emoción contenida, sólo apunta hacia crear un escenario en apariencia rutilante que no sostiene el argumento y que luce deslucido en contraste con la ambición de las ideas que propone la serie. ¿Se trata de algo inevitable o un guiño tramposo que intenta subrayar la relación de con el Maestro del Terror? No queda claro de inmediato pero resulta del todo notorio, que las semejanzas entre y otros productos basados en la obra de, no son casuales. Todo bajo una estética deslucida, poco imaginativa y que construye un lenguaje rudimentario sobre el terror, la eternidad y la violencia.

Sobre todo, la maldad en se convierte en un juego de metáforas en exceso sencillo. (Zachary Quinto), es un villano que tiene todas las particularidades del Pennywise de It, sólo que en lugar de ser un monstruo milenario que acecha a los niños a través de los miedos primitivos, se nutre de sus esperanzas y de su ingenuidad. Manx (que conduce Rolls Royce Wraith y engaña a los niños para llevarles a) es una criatura retorcida que se alimenta del asesinato, aunque no precisamente de sangre. Así que es un vampiro — tiene vida eterna y de hecho, la promete — pero también, es algún tipo de monstruo no identificado, que devora a los niños — su cuerpo, su espíritu, su mente — para procurarse placer. La serie pasa por alto lo que podría ser una durísima alegoría al abuso y al maltrato, para enfocarse mucho más en un recorrido retorcido por lo sobrenatural en estado puro. Por supuesto, hay una que otra sugerencia que esta criatura cruel, que consume el dolor de los niños y que gana su confianza para hacerlo, es una metáfora de algo más retorcido, pero el guión carece de la habilidad para hacerlo más elocuente, audaz y duro. Al final, decide profundizar en los aspectos más banales del miedo y que lo produce, lo que deja el problema del abuso convertido en un mero señuelo barato y manipulador. Una y otra vez, la serie falla al tratar de crear un escenario coherente en que el monstruo es una excusa retorcida para analizar problemas más graves. El guión es incapaz de trascender el anuncio de algo más grotesco y que quizás podría haber funcionado desde la reflexión de lo monstruoso y lo humano como analogías paralelas, pero no llega a rozar siquiera la mera insinuación de un planteamiento tan complejo. Vacío, hueco y artificioso, crea un concepto sobre lo malévolo por completo intrascendente, a mitad de camino entre la falta total de ideas novedosas y un discurso superficial sin ningún brillo creativo. Mientras que la novela aterroriza justo por su elemento surrealista y su extraña necesidad de encontrar aristas de caminos poco recorridos sobre la eternidad y lo que creemos valioso en medio del tragedias insuperables, la serie homónima es un espectáculo deslucido que tiende a resultar incluso ridículo en sus momentos más bajos.

La novela reflexiona sobre el miedo en un diálogo que se basa esencialmente, en la libertad creativa de su autor. Hill no se atiene a líneas argumentales tradicionales y mezcla todo tipo de elementos para traducir el miedo moderno en algo más tenebroso que un monstruo que sonríe en la oscuridad. La serie del mismo nombre apuesta en la dirección opuesta y sin duda, ese es su mayor error y flaqueza. Mientrasse aleja todo lo que puede del planteamiento de terror que su padre dejó como huella indeleble en nuestra cultura, recorre el camino contrario y pierde el aire caprichoso y surrealista de su homónimo en tinta. Sin la perversa imaginación de la historia que imaginó (quizás en el mejor intento que ha hecho por alejarse del enorme legado familiar) no es otra cosa que una colección de clichés que por extraño que parezca, imitan a la obra de su Padre en la pantalla grande y chica. Una mezcla disonante que al final resulta aburrida y después, sólo tediosa. Una historia en la que el mal es una excusa para una reflexión incompleta y poco interesante sin verdadero valor.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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