Crónicas de la Nerd entusiasta:

¿En que falla “Jumanji: the next level” de Jake Kasdan?

Durante las últimas décadas, la nostalgia ha ocupado un lugar de considerable importancia en la forma en la cual comprendemos el cine. Sobre todo, al momento de analizar la relación entre el espectador y el producto en pantalla. Los múltiples remakes, reboots y todo tipo de secuelas tardías — o spin off incidentales — de grandes franquicias y clásicos, han demostrado que para la meca del cine, el regreso a grandes éxitos es sin duda, un mercado rentable, basado en la conexión emocional con cierto discurso cinematográfico que la actualidad se explota en varias dimensiones distintas.

Por supuesto, el cine de la década de los ochenta y noventa es quizás, el lugar ideal para esa búsqueda del tesoro que mezcla la emoción con la permanencia en la memoria colectiva de determinadas obras cinematográficas. Reivindicado por su valor para toda una generación que creció en medio de la revolución del videocassette y la reproducción casera, el cine contemporáneo tiene una deuda considerable que con la estética barroca, en ocasiones excesiva y curiosamente ingenua de la década. Desde clásicos de la talla de ET hasta los primeros pasos para todo tipo de experimentos de género que en la actualidad dominan la pantalla grande, ambas décadas lograron traducir la estética excesiva y la ambición de la cultura de consumo hasta crear un tipo de experiencia en la pantalla grande que aun recuerda la mayoría de los espectadores.

Una colección semejante de todo tipo de propuestas novedosas y exitosas, tiene sus iconos. Y uno de ellos, es sin duda Jumanji. Estrenada 1995 y dirigida por Joe Johnston — basada en el libro del mismo nombre de Chris Van Allsburg publicado en 1981 — la película se convirtió en un suceso inmediato por su extravagante uso de efectos especiales, pero sobre todo por la actuación de un Robin Williams en su faceta más frenética y sincera. Pero más allá de eso Jumanji cumplió a cabalidad la idea el cine de una década en esencia experimental. Toda la acción ocurre en un pueblo fantasmal y empobrecido, en que lo improbable se hace un juego de posibilidades caóticas. Con su aire de atípica aventura que combinaba lo sobrenatural con algo más singular, Johnston mezcló una sátira de humor negro con una comedia por momentos realmente siniestra, que incluso tenía algunos toques involuntarios de terror y algo semejante al suspenso. Y aunque es evidente que Jumanji estaba más interesada en deslumbrar a nivel visual antes que con su guión, ambas cosas lograron un equilibrio inteligente que convirtió a la película en una curiosa referencia al cine de acción juvenil. Jumanji, que incluso se tomó el atrevimiento de usar símbolos discretos para analizar temores colectivos y privados — esa doble actuación de Jonathan Hyde, como el Padre de Alan Parrish (Robin Williams) y también el cazador que le persigue aún sigue dando que hablar — se transformó de un experimento en pantalla, a una gran osadía narrativa. Después de todo, el centro motor del film tuvo que lidiar con animales feroces de aspecto arcaico que atravesaban un pueblo espectral y a la vez, con la energía radiante de Robin Williams, que interpretó al Alan Parrish adulto como un niño roto, más que como un adulto traumatizado. Una mezcla semejante podría haber resultado volátil y sin muchas posibilidades de éxito, pero de algún modo funcionó. Y lo hizo por apelar justo a los elementos del cine de dos décadas que confluyeron en un único discurso: el de usar el entretenimiento como recorrido por la psiquis cultural.

Tal vez por ese motivo, cuando en 2016 se anunció un remake — secuela directa de la película original, gran parte de los espectadores que crecieron bajo su sombra, se preocuparon. Y otros directamente, se preguntaron en voz alta qué podría aportar una reinvención moderna a un film cuyo mayor mérito, eran a la distancia, sus inmensas imperfecciones. Porque sin duda, Jumanji envejeció de mala manera: los efectos especiales que asombraron a niños en las salas de cine, en las pantallas modernas de alta definición tienen un aspecto artificial y torpe. La actuación de Robin Williams parece excesiva e incluso la pequeña Kirsten Dust — la actriz prodigio que por entonces llevaba a cuestas su actuación como la vampira Claudia en Entrevista con el Vampiro de Jonathan Demme — se ve un poco deslucida, transformada en una otra pequeña sombra movediza en mitad del gran espectáculo resonante de un mundo peligroso, que termina por arrasar la realidad. ¿Qué podría aportar cualquier revisión a un mito incompleto, poblado de errores e incluso, carente de la osadía de la original?

El director Jake Kasdan tuvo que enfrentarse a un complicado recorrido no sólo por la memoria emocional colectiva, sino al hecho de cómo Jumanji era recordada. Pero en lugar de tocar algún elemento del clásico — lo cual habría resultado una torpeza — decidió profundizar en la premisa del libro en el cual se basó la primera adaptación, en el que apenas 32 páginas, se narra una aventura extraordinaria que no termina en la caja de juegos ni tampoco, se limita a los jugadores. El guionista Chris McKenna tomó la audaz decisión de elaborar un metamensaje y un universo que supone una segunda dimensión de la gran eslabón del material original: ese mundo peligroso, conservado en el ámbar en una especie de extraña burbuja temporal sobrenatural. ¿Cómo llevar semejante discurso a la actualidad? ¿Cómo captar la atención de una generación para quien los riesgos de un juego de mesa que cobra vida resultarían risibles e incluso ridículos?

La decisión de tanto el director como el guionista, fue la de aglutinar la nostalgia — inevitable — pero a la vez, crear una evolución inmediata a la noción de Jumanji como fenómeno. De modo que mientras la primera escena es la esencia de la gran película de los ochenta y noventa norteamericana — todo puede ocurrir en los suburbios — lo siguiente, fue un repaso a la imaginaria de la generación actual: el frágil nerd, el deportista, la chica popular y la tímida conviven en un espacio amplio, en el que los estereotipos se refuerzan pero no desde lo burlón, sino desde lo cotidiano. Símbolos de esta generación descreída, cínica, y tan vanidosa, que deben enfrentarse a los peligros de Jumanji, esa gran incógnita sobrenatural que para la ocasión, toma los límites de un mundo conocido: el de los videojuegos. Y es entonces cuando la película se despoja por completo de cualquier rastro de nostalgia para contar su propia historia, sostener una nueva mitología a la vez, que vincula su inevitable personalidad al de un clásico todavía muy fresco en la memoria. ¿El resultado? Un extraño híbrido de entretenimiento puro que se convirtió en una de las películas más taquilleras del estudio Sony del año 2017.

Por supuesto, se trató de la misma dinámica inmersiva de la historia original, sólo que esta vez, utilizó las personalidades de sus personaje ocultos en la apariencia de los avatares del juego interpretados por Dwayne Johnson, Kevin Hart, Karen Gillan y Jack Black, para dialogar con las profundidades desconocidas y salvajes de Jumanji. El truco resultó efectivo y también, con una rara combinación de símbolos que convirtieron el guión trivial — como el de cualquier videojuego — en un recorrido efectivo de comicidad e inteligente noción de la aventura. Jumanji había vuelto al ritmo de Welcome To The Jungle de Guns and Roses, en una travesía accidentada y sin tomarse demasiado en serio a sí misma, como producto. Con su apunte sofisticado y burlón, la inesperada secuela se convirtió en un éxito por derecho propio y con independencia de su predecesora.

Quizás por ese motivo, Jumanji: The Next Level — dirigida de nuevo por Jake Kasdan — utiliza los mismos ingredientes pero como toda secuela que se precie, los aumenta, los distorsiona y los dota en este caso de una innecesaria vuelta de tuerca. Aunque la película continúa la premisa de la anterior — nuestro grupo de atípicos adolescentes son ya adultos jóvenes que luchan contra las primeras incomodidades de la adultez — y la mesa de juego de nuevo es un cartucho, en esta ocasión el aliciente es el anunciado siguiente nivel, que augura no sólo una sobredimensión de los elementos del film anterior, sino una extraña mezcla entre lo predecible y la redundancia de los giros argumentales que convirtieron a Welcome To the Jungle en un considerable éxito taquillero. De nuevo Jumanji es un mundo inexplorado y cuyos límites vuelven a cambiar en beneficio de lo que sin duda, la premisa central de la propuesta: su capacidad orgánica para transformarse. Los nuevos personajes se integran a los originales con facilidad y sencillez: la dupla de Danny DeVito y Danny Glover — es quizás el mayor acierto del casting — sostienen una línea argumental independiente a la central y Awkwafina, crea el nuevo rostro de un descubrimiento inesperado: hay muchos más avatares dentro del mundo del juego. De hecho, cada uno de los conocidos — y los que conocemos en la nueva aventura — tienen capacidades recién descubiertas que les permitirán atravesar los incontables peligros que Jumanji guarda como varios de sus secretos más sorprendentes.

Pero la noción de secuela en el cine, también implica algo que deslumbre: y Jumanji: The Next Level lo intenta con tanta energía, que el resultado termina siendo torpe, a pesar de las infinitas posibilidades que ofrece el mundo que los “jugadores” involuntarios deben habitar. Si antes debían luchar contra grupos de Hipopótamos, ahora lo harán contra cientos de Avestruces en estado salvaje, Mandriles furiosos e incluso, toda una pequeña mirada a la dinámica invisible de clases y jerarquías dentro de Jumanji. La película es ambiciosa, con un enorme potencial, pero quizás debido a su tendencia a la reiteración y a la necesidad de sobre explicar todas las nuevas modalidades de este gran tablero que por extraño que parezca, se mueve con casi cansina lentitud. Aunque hay una gran cantidad de escenas de acción brillantes, divertidas y deslumbrantes, la acción se ralentiza con algunas innecesarias conversaciones entre personajes, en un intento de profundizar sin brindar mayor dimensión al contexto de cada uno de ellos. Sí, el reencuentro entre los viejos amigos encarnados por DeVito y Glover es entrañable y casi tierno, pero a medida que la historia se completa en fragmentos desperdigados a lo largo de la trama, es inevitable preguntarse si era del todo necesario que se utilicen recursos facilones para mostrar las emociones. Las discusiones, las escenas contemplativas y las largas secuencias en que ambos personajes discuten sin otro motivo que explicar al espectador la relación que los unen, no sólo son un añadido que termina por convertir la acción en una singular carrera de obstáculo entre sentimentalismo blando y ocasiones barato y el centro medular de la película, que vuelve a ser, claro está, rescatar a Jumanji de una desgracia apocalíptica.

De modo que cuando la película deja atrás la forzada intención de profundizar en sus personajes, llega a sus mejores momentos. De nuevo, el equipo formado por Wayne Johnson, Kevin Hart, Karen Gillan y Jack Black crean una camaradería cómplice que en esta ocasión, tiene la salvedad de tener nuevos matices. Los mejores momentos son por supuesto, para Johnson, avatar de DeVito y que de nuevo, demuestra que su capacidad para la comedia es extraordinaria, bien lograda y natural. La dupla de Hart y Glover se lleva también varios de los momentos más graciosos del argumento, sobre todo cuando el frenético Hart de la anterior película, debe adecuarse al ritmo pausado y amable del actor de mayor edad. Jake Kasdan utiliza la posibilidad de jugar con las personalidades y sus apariencias en un rápido juego de ritmos y pequeños giros de guión, pero no obstante, termina por resultar una repetición incesante de una misma idea. El hecho que Fridge (Ser’Darius Blain) siga obsesionado con su aspecto físico y fortaleza, mientras que Martha (Morgan Turner)tenga que lidiar con desconocidos prejuicios, demuestra que el guión tomó en serio la posibilidad de ampliar y explorar un poco en sus personajes. Quizás, la mayor beneficiada por la insistencia del argumento en brindar tridimensionalidad a sus personajes, sea Bethany (Madison Iseman) que a pesar de aparecer mucho menos en que la película anterior, tiene un par de momentos memorables de relativa importancia. Con todo, incluso la convincente actuación de Spencer (Alex Wolff) deprimido e inseguro en medio de una tormenta emocional, no resulta lo suficientemente creíble para comprender su decisión de volver a Jumanji (y hacer todo el camino de retorno en medio de sus amenazas), sólo en medio de una crisis existencial. Quizás la pieza más endeble del nuevo mecanismo sea Rory McCann, el malvado Jurgen The Brutal y centro de los planes que intentan llevar de nuevo a Jumanji a la destrucción. Pero su villano resulta una imitación burda y desganada del personaje que le hizo famoso en Game of Thrones y termina, siendo quizás, un reflejo del intento de la película por recordarnos que se trata de un mundo artificial, con retos de pacotillas y también, de extrañas salvedades superficiales.

El hecho es que Jumanji (cualquiera de sus versiones) es una película de aventuras y The Next Level lo olvida con excesiva facilidad en favor de crear un contexto complejo que durante el último tramo se desdibuja en favor, como no, de la resolución sencilla, poco espectacular y repetitiva del conflicto/aventura. Desaparecido el factor de la novedad, la película es de hecho un recorrido por los aciertos de su predecesora y un curioso homenaje a la original, que aparece y desaparece en medio de un juego simbólico de nostalgia que sin duda, resulta inevitable. Pero mientras Welcome to the Jungle resultó entretenimiento puro y duro, lleno de energía y con todo tipo de nuevos escenarios, The Next Level es un recorrido por los mismos lugares, sólo que tomándose mayor tiempo para crear un ambiente similar sin el mismo éxito. Aunque sin duda continúa siendo divertida, también es innecesariamente larga y un poco abrumadora por momentos, en la necesidad de incluir varias líneas narrativas en situaciones disparejas. Para el último tramo, el efecto es más evidente que nunca y cuando finalmente llega el apretón de manos que en — en teoría — les permitirá regresar a la realidad, tanto avatares como los personajes que se esconden detrás de ellos, parecen agotados, un poco deslucidos y sin mayor interés.

Al final, nuestros héroes terminan en el mismo lugar en que comienza la acción y bajo las mismas vicisitudes. Y quizás es por ese motivo, que la escena postcréditos sorprenda pero no sea del todo inesperada. En Jumanji, todo regresa al origen.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta