Crónicas de la nerd entusiasta:

Diez películas de horror folclórico para ver si amaste Midsommar de Ari Aster.

Con sus amplios parajes iluminados por el sol, lugareños vestidos de impoluto blanco y una naturaleza de colores casi chillones, se podría decir que Midsommar (2019), es el reverso exacto de Hereditary, la brillante ópera prima de Ari Aster. Pero la película es algo más: aunque el director retoma la noción del horror folk con especial profundidad, Midsommar es también una mirada de lo terrorífico por completo novedosa. Hay un aire de plenitud surreal que rara vez se asocia con películas de terror psicológico — y Midsommar lo es, de un modo y otro — pero también, de un progresivo estudio acerca de la degradación de lo espiritual y lo en apariencia benévolo, de extraordinaria contundencia. Ari Aster, que en Hereditary reflexionó sobre la oscuridad interior y la condena invisible en las múltiples dimensiones del sufrimiento, crea un paralelo radiante en el que lo que provoca el miedo, es una violenta interpretación de la realidad.

Con su curiosa concepción de lo misterioso y lo temible, Ari Aster brinda una nueva dimensión cinematográfica al horror folclórico, uno de los subgéneros más extraños y símbolos del terror. De pulcros antecedentes literarios, el horror basado en lo inasible, llegó a la pantalla grande como una traducción moderna del primitivo relato de horror nacido de la tradición oral. De hecho, todas las imágenes asociadas a su estructura narrativa, están directamente relacionados con la imaginería que por siglos alimentó y sostuvo la forma en que se comprendió el terror literario: campos solitarios, aldeas y paisajes románticos destruidos por la intemperie con cierto aire pagano que parece provenir de la utilización de alegorías del bien, el mal y lo divino que poco o nada tienen que ver con la concepción cristiana acerca del tema. La gran mayoría de las películas del género poseen un trasfondo que alude a la posibilidad de un tipo de poder primigenio — que puede ser maligno o benigno según la percepción de la historia — que se refleja en construcciones megalíticas, ritos y rituales de paso que resumen la concepción de lo mágico y lo extraordinario como algo en esencia irracional. No obstante, lo más intrigante de esa versión del terror — que tiene sutiles pero evidentes diferencias con tradicional — es la concepción de la naturaleza humana como falible y corrompida y a lo sobrenatural, desde la perspectiva una presencia peligrosa y sin identidad comprensible, que incluso pueden tener origen cósmico. La ambigüedad del horror Folk — que transita desde el miedo en estado puro a una reflexión durísima sobre el hombre como criatura impenitente — dota al género de un sustrato mucho más del complejo que otros semejantes y sobre todo, de un peso existencialista de complejas connotaciones intelectuales.

El Horror Folk nació en la televisión británica en plena década de los sesenta y con toda probabilidad, como reacción a las crisis sociales y culturales de la década. Nigel Kneale — escritor y precursor inmediato del terror televisivo actual de series al estilo de la actual Black Mirror — crea lo que es con toda probabilidad, la primera gran visión sobre lo terrorífico como producto masivo. Una de sus obras más conocidas “The Stone Tape” — película emitida por la BBC en la navidad de 1972 — es un ejemplo formidable del género fantástico y la primera obra en la que los elementos del terror Folk están presentes como una estructura de análisis y comprensión sobre lo ideal y lo temible. Con su puesta en escena sobria y severa — la película está plagada de elementos góticos — la historia combina los antiguos terrores sobre la supervivencia de la identidad humana a la muerte y lo tecnológico, para crear una presunción sobre la oscuridad y el horror más allá de toda explicación racional. El resultado es una pieza de soberbia envergadura metafórica, en la que el terror evade los lugares comunes y convierte la percepción del miedo en algo originario y poderoso. El terror en “The Stone Tape” no es sencillo ni tampoco evidente y eso lo hace profundamente efectivo. Además, la concepción del miedo como emoción originaria — y de lo sobrenatural como anuncio de un vasto paisaje sobre lo inexplicable — posee una inusitada complejidad. La película transcurre en medio de un atmósfera malsana que analiza al hombre desde sus defectos y dolores — los personajes están llenos de matices y contradicciones — y avanza hacia el necesario enfrentamiento del bien y el mal, pero no bajo la habitual concepción moral sino algo más depravado y disoluto que sorprende por su dureza.

Pero la obra de Kneale no es el único referente inmediato al género: la serie infantil inglesa “Children of the Stones” (1977) cuentas la aventura de un arqueólogo que investiga un desconcertante monumento megalítico que rodea un pueblo en apariencia corriente. De nuevo, la noción de lo bueno y lo malo se convierte en una comprensión casi perversa sobre la naturaleza humana. Además, el anuncio de un terror cósmico inimaginable y portentoso, convierte a la concepción del miedo y el absurdo en algo más inquietante de lo que podría analizarse a primera vista. John Bowen también celebró la misteriosa herencia pagana inglesa, con capítulos seleccionados en series de enorme popularidad en la que incluía todo tipo de rituales de fertilidad y referencias a creencias precristianas. Para los primeros años de la década de los ’80, la noción sobre el terror relacionada con un ente inhumano y violento era tan poderosa como sugerente y había tomado proporciones de subgénero de enorme importancia en la imaginación popular.

En el cine, el horror folk evolucionó desde una mirada inquieta sobre la percepción del bien y el mal desprovista de todo contexto, hacia algo más elaborado y profundo. Un análisis sobre el terror como un hecho cultural fundamental, mezclado con los temores que forman parte de lo colectivo.

¿Y cuáles podrían ser las películas más representativas del subgénero? Quizás las siguientes:

Häxan:la brujería a través de los tiempos de Benjamin Christensen (1922)

Es quizás la película más antigua de todas sobre el tema y también, una de las pocas que analizó la brujería y el horror folk desde una perspectiva pseudocientífica. Obsesionado no sólo con las leyendas populares sino también con el célebre Malleus Maleficarum, Christensen creó un estudio visual sobre la superstición, el temor y la ignorancia que llevó a la histeria de la cacería de brujas en la Europa Medieval y además, construyó el mito de la bruja tal y como lo conocemos en la actualidad.

Filmada a la manera de un documental a pesar de sus largas secuencias dramatizadas, la película es también una crítica a la interpretación de la figura de la mujer durante el medioevo y un meditado punto de vista sobre el uso del poder como herramienta de terror. Aún en la actualidad, la película por su minuciosa recreación de la Edad Media (Christensen se asesoró con historiadores y escritores para crear una atmósfera creíble y lo logró) y sigue siendo considerada la película muda escandinava más costosa de la historia. Para el momento de su filmación, Christensen invirtió casi dos millones de coronas suecas (unos 900 mil euros actuales) en la producción, una cifra inédita en el país e incluso en el continente Europeo, donde aún se seguía considerando al cine un arte menor. Un suma que Christensen jamás pudo recuperar en ganancias reales por la distribución y proyección de su obra: A pesar que fue aclamada por el público de Dinamarca y Suecia, Häxan fue censurada en la mayoría de los países del continente, por considerarse una representación gráfica y escandalosa de la tortura, la desnudez y la perversión sexual.

Andrei Rublev de Andrei Tarkovski (1966)

Con tinte biográfico, Andrei Rublev es una recreación acerca de la vida y obra del pintor Ruso del siglo XV, que atraviesa la Rusia medieval en medio de dolores y sobre todo, asombrosas experiencias místicas que alimentan su divina devoción. Rublev, que además de uno de los más renombrados pintores de iconos de su época fue considerado un modelo de Santidad, es también testigo de excepción de las tentaciones que hieren a su tierra natal, encarnadas en la figura de un tipo de horror misterioso sin nombre u origen aparente. Por ese motivo, Tarkovski recurre a todo su talento visual para crear uno de las recreaciones más verosímiles e impactantes de un aquelarre en medio de un bosque. Como la contradicción exacta a la bondad y pureza de Rublev, Tarkovski crea una escena de puro libertinaje cuya mayor trascendencia consiste en simbolizar una rebelión salvaje contra un sistema cruel que no agrede e infravalora al individuo. Sin caer en maniqueísmos habituales, Tarkovsky brinda a la brujería una simbología específica: esa meditada decisión de enfrentar al poder a través de lo visceral, lo violento y lo doloroso.

A pesar que no se trata de una película sobre el horror folk, Andrei Rublev parece resumir la interpretación de la magia como una metáfora acerca del bien y el mal, su influencia en la visión del hombre acerca de lo que le rodea y más allá de eso, una fábula espiritual del poder del misterio. Se trata de una película sencilla que maneja cuestiones morales, humanas y estéticas muy complejas, de allí su valor al momento de elaborar un concepto muy concreto sobre lo que la magia — comprendida en esta ocasión como un reflejo del alma humana — puede ser. Rublev nunca se explica así mismo: el director insiste en mostrarlo en una representación cardinal de todo lo que el hombre puede ser a través del bien y el mal. Resulta por tanto inevitable que Rublev, deambule entre símbolos para asumir el peso esencial de su obra y visión y elabore una conclusión esencial sobre los espacios interiores de nuestra mente y espíritu que elaboran una concepción sobre nuestra visión del mundo que nos rodea.

Blood on Satan’s Claw de Piers Haggard (1971)

Una de las películas en las que el horror folk se analiza desde una óptica siniestra emparentada con la metáfora del mal ambiguo. El argumento sencillo — basado en un puñado de leyendas orales irlandesas — cuenta la historia de una extraña reliquia con todo tipo de poderes inexplicables. Con un perturbador elemento simbólico, el memorable argumento maneja de forma ingeniosa los habituales temas de la posesión y además, añade el tema de la represión religiosa. El resultado es una extrañísima visión sobre la tentación, el miedo, las pulsiones primitivas y sobre todo el deseo — sexual y hedonista — como catalizador de algo mucho más perverso. Ambientada en un pueblo agrícola inglés del siglo siglo XVIII, Blood on Satan’s Claw sentó las bases para la forma en que el Horror folk analiza la capacidad de la mente humana para interpretar lo sobrenatural y adjudicarle significado: en la película el mal se propaga como una pulsión invisible, más relacionada con los “pecados” de sus habitantes que por un verdadera vínculo con lo sobrenatural. Los sacrificios humanos, los rituales paganos y por último, la violencia extrema forman un cuidadoso entramado alrededor de la mirada central de la película sobre la oscuridad en la naturaleza humana.

The Wicker Man de Robin Hardy (1973)

La película fundacional del Horror folk tal y como lo conocemos en la actualidad, es una perturbadora combinación de simbolismo, suspenso y una crítica solapada a los prejuicios culturales, todo bajo la inquietante pátina de una sólida y bien construida película de terror. Es además, una mirada singular acerca del hecho del culto y el ritual, a los que agrega una percepción inmediata sobre su influencia sobre el comportamiento del hombre. El misterio es una forma de temor y también, una connotación ideal y temible sobre lo que espera en la oscuridad de nuestras obsesiones y perversiones.

La obra de Hardy además, tiene una profunda influencia en cómo concebimos el horror en la actualidad: con su atmósfera malsana y enrarecida bajo todo tipo de pequeños guiños a la violencia extrema, los secretos ocultos por una superficie en apariencia apacible. Además, el film introduce el conocido hilo argumental de conspiración aparente con un buen uso de la concepción del misterio como una amenaza feroz. En conjunto “The Wicked Man” es una mirada tramposa al terror y una metáfora artísticamente construida sobre lo moral, la pérdida de la razón y una retorcida versión de la redención.

Los creyentes de John Schlesinger (1987)

A pesar de su aparente tono de película policíaca al uso, “Los Creyentes” es en realidad una búsqueda muy meditada del terror, el origen de lo que asumimos por creencia y sobre todo, la capacidad del hombre moderno para comprender ideas ancestrales como lo son la fe y el miedo. El guión maneja todo tipo de clichés de películas al uso, pero también analiza a profundidad los mecanismos que hacen posible que la idea de la magia aún mantenga cierta influencia en la psiquis colectiva. Y es quizás esa combinación de tono tradicional y un análisis más enrevesado sobre lo que la magia y lo desconocido pueden significar, lo que crea el ambiente malsano y extravagante que sostiene el metraje entero. A pesar que el director Schlesinger no maneja con suficiente habilidad las rápidas transiciones entre las típicas concesiones del género — los estereotipos y los lugares comunes de la película amenazan su solidez — hay una cierta conciencia sobre esa comprensión de lo oculto como una parte intrínseca de la psiquis humana. Una y otra vez, el argumento elabora ideas consistentes de la influencia de lo que tememos — o mejor dicho, lo que nos infunde miedo — para crear una atmósfera malsana e inquietante que la película conserva hasta su inesperado final. Poco conocida y confundida entre cientos de propuestas parecidas, “Los Creyentes” tiene la osadía de cuestionarse a sí misma y su endeble entramado de símbolos. Todo un acierto que le brinda una inesperada honestidad.

El árbol de enebro de Nietzchka Keene (1990)

La película es una pequeña joya del simbolismo y la recreación de la metáfora como elemento primordial para la comprensión del espíritu humano. Protagonizada por una jovencísima Björk, la película se analiza así misma desde una distancia prudencial: nada es lo que parece en este trayecto existencialista que recorre el arquetipo de la bruja buena y mala a través de una concepción nihilista de la moral. Con una inteligente visión narrativa, Keene se hace preguntas sobre la profundidad del poder que se ejerce a partir del deseo, la voluntad y la promesa. Analiza las relaciones de poder entre la figura de la bruja tradicional — encarnada por una Madre que jamás vemos y quien fue asesinada al comienzo de la historia — y su percepción como elemento de dominación. Resulta desconcertante la manera como la narración se desenvuelve a través de esa noción de la bruja como seductora y también, como doncella confusa en busca de su redención. Entre ambas cosas, la película se sostiene gracias a un inteligente uso de los recursos visuales — largos planos secuencia que muestran paisajes desolados, primeros planos en el que el rostro de la bruja es un reflejo exámine de lo que le rodea — pero sobre todo, por una tensión que se construye en el silencio. Una concepción ancestral y primitiva sobre el poder y también, una búsqueda de respuestas que jamás llega a cristalizarse. Quizás el acercamiento más poderoso al arquetipo original de las hermanas mágicas que se ha filmado hasta la fecha.

La bruja de Blair de Eduardo Sánchez y Daniel Myrick (1999)

La figura de la bruja envuelta en el manto del horror folk entra de lleno al siglo de la tecnología y lo hace a través de una propuesta mínima que medita sobre el origen del miedo, el mal y la superstición. Pionera en el género del Found Footage, “La Bruja de Blair” analiza a la bruja desde su vertiente más tenebrosa. La interpretación atávica de la figura despiadada crea no sólo una percepción sobre el mal originario sino además, se mezcla con toda una serie de mitos y reinterpretaciones del dolor, la amenaza y el peligro del horror. Hay un ingrediente crudo y directo en esta sencilla alegoría al terror ciego, al que provoca las manifestaciones de lo sobrenatural que no podemos ver sino tampoco, comprender. Con el sencillo recurso de la grabación de vídeo, Sanchez y Myrick lograron replantear el terror desde lo básico. La bruja — o mejor dicho, lo que creemos sobre ella — parece sólo la excusa para una puesta en escena cruda y original. La película avanza a medida que el terror se hace más instintivo y primitivo: los protagonistas intentan defenderse de una fuerza de la naturaleza invisible, que lo acosa y por último, atacará sin que puedan evitarlo. Las escenas se desdibujan en la oscuridad, mientras las víctimas atraviesan un bosque en sombras entre gritos y llantos. Es entonces cuando la película se convierte en un profunda metáfora acerca lo que nos atemoriza o mejor dicho, lo que crea una noción sobre el miedo más allá de toda sofisticación. La oscuridad en contra de la luz, el triunfo del terror en estado puro y al final y la trama cinematográfica como ritual.

The Witch (Dir. Robert Eggers, 2015)

A estas alturas, nadie duda que el film “The Witch” del director Robert Eggers es quizás una de las mejores películas de terror de la última década. No sólo se trata de una vuelta de tuerca al género sino además, una renovación del lenguaje simbólico acerca el miedo. No obstante, quizás el mayor logro de la película es abandonar los clichés fílmicos habituales sobre la bruja, la magia y la brujería para crear algo por completo distinto y poderoso. Fiel exponente del terror Folclórico, “The Witch” evita los terrenos habituales del cine de género y bebe en tradiciones judeo cristianas para sostenerse, creando una atmósfera creíble donde el espíritu — esa agreste, tenebrosa y espesa visión del bosque atávico — se impone sobre la naturaleza.

No hay nada sencillo en una propuesta que se cimienta sobre visiones clásicas sobre el bien y el mal, el horror y la beatitud y sobre todo, esa visión de la bruja como una figura ambigua y la mayoría de las veces aterradora. Con un pulso firme y un manejo de escena que sorprende por su sutileza y poder de evocación, Robert Eggers crea una propuesta que se nutre de todo tipo de símbolos y metáforas hasta construir una reflexión sobre lo que nos asusta — y por qué nos asusta — que sorprende por su solidez. El miedo se transforma entonces en un rasgo, una interpretación de la realidad. Una elaborada percepción acerca de lo que nos rodea y su implicación en el dolor y la pérdida.

El ritual de David Bruckner (2017)

Basada en la novela de Adam Neville del mismo nombre, la película de David Bruckner es una inusual reflexión sobre la pena y el trauma, usando el terror como inevitable metáfora. Por supuesto, no se trata de una propuesta novedosa, mucho menos original, pero aún así logra sostener un lenguaje visual y argumental sólido. Brucker (conocido por la excelente “Noche amateur” de V / H / S), analiza los códigos del género de manera inteligente y precisa, por lo que el terror psicológico tiene un alto ingrediente de poder emocional y una inusual capacidad para conmover. El guión avanza con buen ritmo, en medio de una puesta en escena sobria, minimalista y una línea argumental que resuelve con tino con los constantes flashbacks y el terror sugerido que sostiene el discurso. Hay escenas de enorme solidez — como el brutal robo que abre la película — hasta la persecusión del tramo final, enmarcado en una inteligente progresión de la tensión que sostiene el argumento entero. El guión es una mezcla de viejos tópicos, distribuidos y reelaborados con elegancia y sobre todo, una consciente percepción de la efectividad de los tradicionales trucos del cine de terror.

Nada es nuevo en “The Ritual” y por contradictorio que parezca, esa es su mayor fortaleza. Todo lo que propone, ha sido visto una y otra vez en el Cine de género actual, pero es quizás esa ambición moderada lo que hace a la película una concienzuda revisión no sólo del terror como lenguaje — la mayoría de sus escenas están sobriamente concebidas con una tensión insistente y basada en trucos de efecto condicionados bien planteados — sino también, de la forma como se asimila el miedo cinematográfico como una idea coherente. Tomando el referente obvio “ ‘El proyecto de la bruja de Blair’ (en especial, la primera parte) y ‘Posesión infernal’ crea una pequeña conjunción de buenas decisiones argumentales y visuales que brindan a la película un pulido acabado y una evidente necesidad de trascender lo obvio para crear una producción de impecable gusto. “The Ritual” es un horror británico eficiente y metódico, con buenos efectos visuales — maravillosa la forma en que contiene las sutilezas para aumentar la tensión — y una revelación monstruosa que cuida el trasfondo simbólico de la trama.

The Witch in the Window de Andy Mitton (2018)

En un género lleno de películas que analizan las peculiares relaciones del dolor emocional y el miedo a través del terror, The Witch in the Window de Andy Mitton, lleva la propuesta al terreno de lo analítico basado en un simbolismo difuso y sustentado sobre el hecho de humanizar no sólo los lugares que habitamos, sino las huellas que dejamos en cada uno de ellos al morir. Una idea extravagante que la película explora con delicadeza y enorme buen gusto: La casa embrujada de Mitton no sólo alberga fantasmas (que lo hace) sino también, los dolores, pesares y horrores de una larga sucesión de pequeñas y grandes desgracias atrapadas entre las paredes de la en apariencia inofensiva construcción. Basada en la atípica y tibia relación entre un hombre y su hijo (casi desconocidos entre sí), The Witch in the Window recorre lo esencial del miedo a los lugares misteriosos desde una perspectiva inquietante: La vieja Granja en Vermont en que la transcurre la trama es si misma un personaje y son sus espacios siniestros y sombríos, los que brindan un sentido de extraña complejidad al mecanismo del miedo que se pone en marcha una vez que la pequeña familia intenta restaurarla. El terror es una combinación entre lo que se esconde entre las paredes a punto de venirse al suelo y la presencia que se manifiesta, como una parte indivisible de la casa como estructura. Escena tras escena, Mitton logra crear una sensación terrorífica sobre la casa como centro de todos los horrores en la oscuridad y a la vez, refugio de los dolores de quienes le habitan. Una combinación clásica que sin embargo en The Witch in the Window toma un cariz por completo inesperado.

El Horror folk continúa siendo una de las visiones del terror más depuradas y sofisticadas del género: Al final, la noción del bien y del mal no son tan importantes como la mirada hacia lo antiguo, lo oculto y lo misterioso, los mismos elementos que sostuvieron a los primitivos relatos de horror y que aún ahora, continúan cautivando la imaginación y subvirtiendo la convicción sobre lo que tememos y los que nos inquieta. Quizás los mismos motivos que alimentan el fuego de la perversa curiosidad del hombre por lo desconocido.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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