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Crónicas de la Nerd Entusiasta:

La vejez y la decadencia física es un tema complejo para la mayoría de los creadores. Una mirada al futuro en que la caída en la desesperanza resulta inevitable y su forma de mostrarla, una colección de dolores incompletos que nunca se sostienen del todo como un discurso sólido. Y quizás, por eso sorprende que Dolor y Gloria (2019) de Pedro Almodóvar sea tan vital y radiante, a pesar de tocar justo esa caída en desgracia del impulso artístico. Por supuesto, al director manchego se le ha tildado de irritante y vulgar. También de vanguardista, espíritu libre y símbolo del nuevo cine español. En algún punto entre ambos extremos, entre el amor fanático de sus seguidores y el desprecio acérrimo de su detractores, se encuentra una manera de definir su singularisima mirada al cine. Porque quizás, el cine de Almodóvar sea algo más que una mezcla de metáforas incompletas y una reinvención del cine europeo a la medida de una nueva necesidad de expresión. Quizás se trate de una jugarreta, un melodrama con aspiraciones de pequeña reflexión que no llega jamás a rozar lo verdaderamente profundo, pero que tiene momentos de profunda inspiración. Cualquiera sea el caso (y por el motivo que sea) Almodóvar brindó una nueva identidad al cine Español: una a la medida de ese país que despertó a lo contemporáneo luego de décadas de conservadurismo cultural. Porque Almodóvar, festivo, colorido y sobre todo, tan crudo en su manera de abordar temas hasta entonces prohibidos (el sexo, la homosexualidad, la violencia) demostró que el cine español necesitaba reconstruirse, desde esa propuesta tímida de cine bajo el ala del férreo control político para ser algo más. Para construir una nueva visión de si mismo y del mundo que intenta reflejar.

Tal vez por eso Dolor y Gloria (2019) desconcierta. No se trata del producto al uso del Almodovar polémico (aunque continúa siendolo, por razones mucho más complejas que las habituales en el trabajo del director) sino por el contrario, una reflexión lenta y profunda, llena de silencios, de secuencias exquisitas y otras tantas repulsivas (no podía ser de otra forma con Almodóvar) que al final, construyen una historia conmovedora, durísima y singular. Dolor y Gloria es una historia triste, un melodrama lento y comedido, que aún así tiene momentos de brillante dulzura. Una combinación de esa insistencia de Almodóvar por lo extraño y lo chocante, combinado con algo más sutil, en una clave de registro inusual en la cinematografía de un autor acostumbrado al ruido y a mostrar de manera muy directa (y en ocasiones casi irritante) la realidad. Pero en Dolor y Gloria el director manchego no solo transforma esa disonancia, esa cacofonía de brillantes colores en algo más dúctil, discreto sino que logra componer un discurso introspectivo hasta entonces impensable en su trabajo. Y es que Almodóvar, inspirado, meticuloso y decidido a crear una visión nueva de esa soledad elemental del hombre moderno, de esa comunicación fragmentada que parece desaparecer a trozos, crea quizás su película más sentida, la más profunda y probablemente la más compleja de toda su filmografía.

Lo que sorprende sobre todo de Dolor y Gloria es esa inusitada y conmovedora visión de Almodóvar sobre la soledad masculina, personajes hasta entonces un tanto olvidados y relegados por un Almodóvar obsesionado por las emociones femeninas. Dolor y Gloria transcurre con una lentitud diáfana, una mirada muy precisa sobre la angustia existencial de dos hombres sometidos a un aislamiento involuntario, abrumados por el dolor y el no existir de la aridez emocional. Almodóvar crea una atmósfera emocional poderosa, con una puesta en escena sobria, modulada, cargada de símbolos y metáforas visuales que envuelve la historia con lentitud, le brinda belleza incluso a los momentos más duros y desconcertantes. Porque hay mucho de la habitual mirada melodramática de Almodóvar pero también, de una meditada reflexión sobre lo espiritual, sobre el sufrimiento e incluso, sobre algo tan sutil como la manera como asumimos las pequeñas tormentas emocionales. Una y otra vez, Almodóvar demuestra que puede construir una historia que asombra por su profundidad y que también emocione por su sencillez, por sus inusitados momentos de comedia, y sobre todo, por esa infaltable ingrediente de pura picaresca que define a Almodóvar incluso en esta singular suya a un cine mucho más personal.

Durante más de treinta años, Almodóvar se ha convertido en referencia del cine de autor mezclado con la irreverencia. Una combinación no siempre efectiva que le permitió crear un registro cinematográfico denso y que tocó todos los extremos de la naturaleza humana. Como si se tratara de una marca registrada “Almodóvar” deja claro que lo que llegará a pantalla es un diálogo entre emociones humanas que pocas veces se analizan de manera directa y que están directamente relacionadas con la necesidad del director de incomodar, algo que se le da muy bien y que permite sostener un discurso peculiar que con los años, se ha hecho su huella más indeleble. En Dolor y Gloria hay mucho de esa trayectoria dilatada, un poco obsoleta y romántica, una combinación que convierte a la película en una exquisita pieza de arte introspectiva. Para la ocasión, Almodóvar decidió mostrar su evolución y lo hace con una elegancia sublime: la película tiene un aire mundano, marcado por la nostalgia de la pérdida y también, por los dolores inevitables del envejecimiento. Almodóvar reconoce que el tiempo pasa y en Dolor y Gloria lo atestigua con elegancia: el alborozado impulso artístico que utiliza para mostrar la acritud del envejecimiento y la desesperanza, es una progresión sincera de lo que ya mostró en Hable con Ella (2002), en la que el dolor y el miedo se transforman en una memoria alternativa en la que los personajes se cuestionan su vida a través de piezas sueltas. En Dolor y Gloria, el trayecto es mucho más privado y es notorio que Almodóvar se mira al espejo de la historia para reconocer sus fallos, heridas y el miedo a envejecer, un tema constante en una película enfocada en el dolor masculino. El director — conocido por sus melodramas excesivos y estrafalario— encuentra en esta ocasión un registro meditado que convierte a Dolor y Gloria en una epifanía sobre lo que perdemos con el transcurrir del tiempo y el miedo que provoca la mera ausencia de propósito.

Almodóvar puede ser un director que maneje profundos discursos sobre el tiempo y el miedo, tal y como lo hizo en “La Piel que habito” (2011), la “menos Almodóvar” de todas sus películas y que demostró su capacidad para depurar su lenguaje hacia algo más refinado. En Dolor y Gloria, el terreno de la mortalidad dialoga con los pequeños fracasos de la vejez y también, los dolores invisibles. La necesidad de creación de su personaje principal — un director envejecido, que ha perdido el poder y la visibilidad pública — es quizás un reflejo de lo temores de Almodóvar, pero el director no lo hace obvio. Lo adecua y modula para hacerse preguntas muy duras sobre la forma en que aceptamos la pérdida de la identidad — erosionada por el tiempo — y la búsqueda de algo más esencial, en medio de una paz difusa que el director no muestra demasiado pero que sostiene bajo una búsqueda de significado de la memoria más privada.

Para la ocasión, Almodóvar recurrió a su actor más querido y el que de una u otra forma, ha sido testigo de su evolución artística: Antonio Banderas encarna al alter ego de Almodóvar con una profundidad y elegancia, al que además añade una mirada agobiada por la posibilidad del futuro. Banderas, que es parte del círculo íntimo de Almodóvar desde hace más de treinta años, crea un homenaje sentido a la figura del director pero también, un personaje con sus propias cuitas y contradicciones. Enfurecido, a ratos nostálgico por sus grandes triunfos del pasado pero sobre todo, lidiando con la eventualidad de su ego fracturado y los fragmentos de la historia de su vida, que conocemos a medias y en pequeños trozos de información conmovedores.

Dolor y Gloria es una reflexión sobre las emociones artísticas y Almodóvar lo deja claro desde las primeras escenas, en las que el Salvador Mallo interpretado por Antonio Banderas, lidia con sus demonios de manera casi triste. La voz en off puntualiza a detalle todas las dolencias que sufre — ansiedad, depresión, dolores imprecisos — pero también, ese notorio amor por el arte, la necesidad existencial de reconocer sus límites físicos y construir algo nuevo a través de lo artístico. Para Salvador, la presión por crear está en todas partes y se relaciona con cada cosa que hace: desde su súbito vicio por la heroína hasta la compulsión de enfrentar los momentos inacabados de su dilatada carrera artística sin lograr otra cosa que una profunda frustración, Salvador analiza su vida desde un gran fresco repleto de viejas heridas. Pero a diferencia de otras oportunidades, Almodóvar no muestra este silencioso recorrido a los infiernos desde el humor, sino desde cierta sequedad casi dolorosa. Salvador está perdido — o cree que lo está — y se derrumba con lentitud en medio de una angustia sincera que conmueve por su propiedad.

Almodóvar utiliza el recurso de la película que utiliza el metalenguaje para meditar de temas Universales: el director que habla sobre un personaje que atraviesa quizás una etapa física y espiritual muy semejante a la suya. No se trata de un recurso novedoso: En el 2002, Spike Jonze lo utilizó desde una rivalidad fraterna y movediza en Adaptation y construyó un recorrido formal por la búsqueda del tiempo personal para crear casi surrealista. Pero Almodóvar decide ir en dirección contraria y su Salvador Mallo está aferrado a la tierra, a los dolores mundanos y las búsquedas sensuales con toda el peso de su carácter y su mente despierta. La película recorre su historia — la infancia convertida en una serie de escenas luminosas en claro contraste con las penumbras del adulto — para alcanzar por último, un personaje íntegro y lleno de aristas que desconcierta por su vulnerabilidad. Salvador Mallo está furioso pero también ha perdido la esperanza: el dolor va y viene en su mente como pequeño trozos de belleza fugaces que el director utiliza con mano firme e inteligente para construir una profunda alegoría de la naturaleza humana en decadencia.

Más de una vez, Almodóvar ha insistido en que le obsesionan las mujeres: que a través de sus películas, explora sus corazones, sus mentes, su vasto y complicado mundo emocional. Tal vez por ese motivo Dolor y Gloria sea tan inusual no sólo en la obra del director sino en su argumento: un mundo de hombres al margen, una mirada íntima a esa soledad masculina de la que tan poco se habla. Inusual en la obra de Almodóvar, es también una rareza en el cine actual, donde la imagen del hombre parece estereotipada a una única visión sobre su identidad. En Dolor y Gloria la trascendencia de su interpretación de la naturaleza masculina es contundente y más allá, una delicada mirada a un universo misterioso definido habitualmente a través de la fuerza, antes que la vulnerabilidad.

Por supuesto y como todos los trabajos de Almodóvar, Dolor y Gloria tiene altibajos, momentos completamente inexplicables y baches argumentales que la convierten en una rareza fílmica con momentos de ritmo irregular. Pero lo esencial del un Almodóvar en estado de Gracia continúa allí: Mientras los hombres de Dolor y Gloria sufren y padecen sus penurias de manera muy visible y casi visceral, las mujeres son demiurgos, diosas espléndidas, silenciosas y lejanas que sólo habitan en el recuerdo masculino que se tiene sobre ellas. Son imágenes quebradizas, a las que se mira con deseo o se teme desde la distancia. Y quizás un logro asombroso de este Almodóvar reinventado para la ocasión, sea ese símbolo de la mujer poderosa, irascible, una criatura fabulosa que convierte a la psiquis masculina — que no alcanza a comprenderla — en víctima propiciatoria de sus dolores. En un símbolo perdido de la potencia artística — y virial — además de una búsqueda consciente de la pérdida ya no del impulso artístico — tema central de la película — sino de la profundidad espiritual que Salvador necesita para comprenderse a sí mismo.

Una película basada en la noción sobre lo personal de una manera tan marcada, podría haberse convertido en un acto de autoindulgencia a no ser por la capacidad de Almodóvar para crear situaciones de inusitada belleza y profundidad a partir de lo cotidiano. Salvador Mallo es su reflejo — y Banderas lo deja claro incluso en el aspecto físico del personaje — pero también, es una de las magníficas criaturas irascibles y voluptuosas, para las que el sufrimiento es un escenario amplio y complicado. Con su registro personalísimo y lo que parecen ser los toques de un biografía oculta en largos diálogos y monólogos internos, Dolor y Gloria es un recorrido por el sufrimiento otoñal de un hombre que se mira como una colección de piezas rotas, un resurgimiento progresivo que jamás logra alcanzar y una muerte ritual. Mallo está rodeado de placer, ingenio y una mirada sensual sobre su vida, a la vez que batalla contra los momentos más bajos con un dolor profundo, discreto y silencioso. La combinación crea una magistral línea argumental que sigue a Mallo en los dolores y pequeños triunfos, una memoria que se extrapola desde el personaje — centro de la película — hacia todas las líneas que convergen para contar su historia, que no es sólo suya, sino también de todos los personajes que se interconectan entre sí para narrar algo más profundo. Una dulce tristeza que al final de la película, es el recuerdo indeleble de algo más profundo y duro de asimilar. Almodóvar mirando con objetividad y cierta crueldad al viejo y quizás endurecido, Almodóvar.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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