Crónicas de la Nerd Entusiasta:

Todas las razones por la cual Servant de M. Night Shyamalan es un misterio dentro de un misterio.

Durante los últimos años, el humor y el terror parecen combinarse en un nuevo tipo de género de una singular naturaleza híbrida. Uno de los pioneros en este discurso ambiguo, a mitad de lo escalofriante y algo más amargo, lo ha sido M. Night Shyamalan, que desde el inicio de su carrera, ha logrado elaborar un discurso sobre lo terrorífico que suele entremezclarse con algo más ambivalente, singular y burlón. En ocasiones, el resultado es impecable — como este año en la película Glass — y en otras, un pequeño fallo de argumento que tiene más relación con la incapacidad del director de traducir del todo su visión en pantalla que a verdaderos intentos fallidos de guión y discurso. Como sinónimo de un cine preciso, basado en golpes de efecto inesperados Shyamalan creó una aproximación personalísima al género de terror que además, confluye con una versión sobre el miedo moderno cargada de un lenguaje simbólico de enorme valor en pantalla.

Todos esos elementos se conjugan de manera más o menos equilibrada en la serie Servant de APPLE TV Plus, la producción que el director produce para el recién llegado canal de streaming y que de una u otra forma, conjuga la versión del director sobre lo terrorífico. Extravagante, con un sentido del humor irónico, pero sobre todo, vinculada de manera formal y conceptual a la percepción de lo inquietante somo una serie de insinuaciones entrecruzadas entre sí, es también una mirada por completo nueva un tema tabú: la muerte infantil. Para Shyamalan, que suele incluir en cada una de sus películas niños de mirada onírica, atormentada o directos vínculos con lo sobrenatural, crea en Servant un minucioso recorrido por el duelo, el miedo y la expresión inquietante del bien y el mal convertido en algo más elaborado que una colección de sobresaltos bien medidos. Tal vez se deba al formato episódico o al hecho que Shyamalan aprendió de sus errores, pero es notorio su crecimiento a nivel de discurso en la serie: la acción transcurre con una lentitud aciaga, cuidadosa y entre espacios de silencio que sostiene una rara percepción de lo real. Como si se tratara de una búsqueda de un sentido más profundo al dolor — una madre que pierde a un bebé, su negación hacia la magnitud de la tragedia y lo misterioso que se mueve al fondo de ambas premisas — convierte a Servant en una curiosa mirada sobre lo que tememos, pero sobre todo, lo terrorífico que se esconde bajo la pátina de la realidad, convertida en una idea que se sostiene sobre lo aparente. Con sus largos planos sin sonido, sus diálogos cortos y las miradas incómodas entre personajes, el terror en The Servant se emparenta de manera muy directa con la idea del gótico moderno y sobre todos, sus infinitas implicaciones con el inconsciente colectivo y el miedo como elemento sustancial de la identidad de nuestra época.

No se trata claro, de la primera incursión de Shyamalan en televisión: como productor de Wayward Pines, el director tuvo la oportunidad de profundizar en sus obsesiones favoritas y crear inquietantes imágenes que englobaron el miedo, como parte de una pátina de normalidad que se resquebrajó con una lentitud de pesadilla. El experimento fue exitoso (la serie recibió estupendos críticas y también, tuvo una audiencia fiel que le apoyo incluso en los momentos en que el show pareció perder el ritmo), pero en Servant, Shyamalan encuentra una manera de asimilar la concepción sobre la oscuridad interior, emparentada con los pequeños sucesos corrientes que envuelven lo que se esconde en la oscuridad de la psiquis colectiva. Servant, es una serie en la que la concepción del miedo se estructura a través del terror y también, de una búsqueda insistente sobre lo que se oculta como parte de algo más amplio, siniestro y primitivo.

A primera vista, Shyamalan juega — otra vez — con la idea del duelo escindido entre la percepción dual de la pérdida y algo más angustioso: la serie transita esa versión sobre la pena y el luto que Ari Aster manejó de manera frontal en Hereditary, pero en lugar de construir el sufrimiento como una serie de símbolos elaborados, Shyamalan opta por combinar varios elementos a la vez. El terror se enlaza con una meditada aseveración sobre la ausencia y la incertidumbre — el furioso sufrimiento de la madre se muestra como una paradoja entre la soledad y el absurdo cotidiano — pero también, hay algo más psicológico, relacionado con los terrores que viven — o persistente — en la mente de cualquiera sometido a un trauma psicológico de menor o mayor grado. Hay algo definitivamente espeluznante en el rostro pálido y cansado de la madre, que sostiene a un muñeco en la búsqueda de consuelo, pero a la vez, racionaliza el dolor desde el rencor. La combinación de todo lo anterior, crea una lenta evolución entre los personajes que termina por convertir a la serie en una gran interrogante sobre lo que se esconde los padecimientos sin nombre, los males a los cuales nadie puede definir con claridad.

No obstante, la serie sufre uno de los males habituales del trabajo de Shyamalan: la carencia de ritmo entre escenas de alta tensión emocional — que crean quizás los momentos más memorables del argumento — y otros, cuyo propósito parece ser el de sostener una atmósfera malsana y dolorosa que no termina de concluir un sentido claro dentro de la trama. Por supuesto, es uno de los trucos habituales del director, que ya en su magnífica Opera Prima El Sexto Sentido meditó sobre las líneas que unen y separan a sus personajes a través de lo terrorífico. También, logró crear un clima aterrador aunque menos efectivo en The Village, en la que el uso simbólico del color y los parlamentos levemente ambiguos crearon una concepción del miedo basado en la cualidad de la película para reflejar los terrores de la audiencia. En Servant, Shyamalan intenta algo semejante aunque sin tanta habilidad: el sufrimiento emocional crea un ámbito fértil para sostener algo más intrincado y al final, la narración avanza entre la posibilidad que algo sobrenatural — y potencialmente maligno — se esconda entre las tomas subjetivas de un espacio familiar lleno de grietas psicológicas.

Director del primer y el penúltimo episodio de la serie, Shyamalan intenta unir las piezas de lo que parece un drama familiar oscuro pero conocido: Dorothy (Lauren Ambrose) y Sean (Toby Kebbell) Turner, son una pareja de clase media de Filadelfia que lucha por mantenerse a flote luego de la muerte de su bebé. Ambos viven en una casa extraordinaria, silenciosa y en la que el duelo parece sostenerse sobre un aislamiento frío que ninguno de los dos sobrelleva del todo. Para consolar la tragedia, Dorothy se sostiene sobre una curiosa forma de terapia: una muñeca efigie a tamaño natural, a través de la cual intentará manejar el luto o al menos, comprender sus implicaciones. Tanto para la madre como el padre, la tragedia es colosal e inabarcable por métodos comunes: Shyamalan muestra el sufrimiento como una serie de espacios en la que la casa se convierte en contexto de algo más temible, profundo y extraño, que evade una explicación lógica. Mientras Dorothy va de un lado a otro con la muñeca a cuestas — a la que se aferra con una obsesiva necesidad de evasión — Sean intenta conservar la cordura, a medida que el entorno se hace más lóbrego y la percepción que algo inexplicable está ocurriendo es más clara. Al ambiente insoportable y agobiante, termina por unirse Leanne (Nell Tiger Free), una niñera adolescente contratada para cuidar al ¿bebé? ¿conmemorar su recuerdo? ¿hacer más realista la relación entre Dorothy y la muñeca que le permite lidiar con el dolor? La serie no lo deja claro en los primeros tres capítulos y quizás, ese es su mayor aliciente para comprender el resto de la trama. En realidad, tal pareciera que la propuesta de Shyamalan tiene una mayor relación con lo que se insinúa que con lo que muestra, una fórmula que quizás le permita jugar con los numerosos elementos simbólicos del argumento pero que hasta ahora, se enlaza con una concepción sobre el bien moral y el bien más psicológico que incierto, lo que permite a la serie jugar con varios niveles de lectura que no siempre, encajan entre sí.

De hecho, el primer capítulo de la serie, es una versión moderna, depurada y elegante del Rosemary’s Baby de Polanski, de quién toma la fragilidad psicológica de la madre aplastada por la pena, la confusión y cierto cinismo, para analizar lo que ocurre en pantalla. Una y otra vez, la cámara subjetiva avanza a través de la casa de los Turner, deteniéndose en los espacios oscuros y luego, permaneciendo en medio de un silencio inquietante que se hace venenoso a medida que descubrimos las pequeñas anomalías de la rutina doméstica. Shyamalan no deja claro que va mal en el hogar de los Turner — o no lo hace de inmediato — pero si muestra, la forma en que evoluciona esa ruptura inquietante con la normalidad. Dorothy mira con el rostro desencajado al bebé entre sus brazos y la cámara detalla su expresión con una obsesión fría y dura. No obstante, Shyamalan tiene la suficiente habilidad para también, utilizar el silencio a continuación y un ingenioso juego de imágenes de luz y sombra para contar lo que parece una historia paralela, de modo que el discurso parece cuestionarse el sentido de la realidad. ¿Lo que vemos es es una alucinación? ¿Un delirio producto de un cuadro psicológico cada vez más agobiante y devastador? ¿O se trata de algo sobrenatural? ¿Algo que parece relacionarse directamente con la posibilidad de un prodigio oscuro para el que la serie no tiene otra explicación que una mirada impasible? El argumento no muestra más de lo necesario y la serie transcurre en medio de pequeños giros de guión tramposos que podrían ser — o no — una cualidad para mostrar el plot final o sólo, un recorrido hacia algo más parecido que una forma de locura.

Para la serie la conexión entre la realidad y lo terrorífico es por completo interpretativa: Dorothy está luchando por su cordura, pero también contra sus deseos de creer que algo inexplicable puede estar ocurriendo a su alrededor. Al mismo tiempo, Sean es un testigo solitario, abrumado y aplastado por la pena, pero también por la sensación algo se oculta entre las sombras. El personaje tiene los matices suficientes para conectar con una sensibilidad que le aleja por completo de los clichés masculinos de personajes semejantes al suyo y de hecho, uno de los grandes triunfos de la serie, es mostrar una pareja que lucha contra la depresión, el estrés postraumático y el desconcierto a través de una idea mucho más elaborada de lo que puede suponer la percepción sobre el sufrimiento. Dorothy y Sean están sufriendo, pero mientras ella se aferra a la posibilidad de enfrentar lo sobrenatural y obtener respuestas a sus terrores y dolores, Sean lidia con un padecimiento moral más relacionado con una culpa sensorial del todo mundana. Entre ambas cosas, la serie encuentra suficientes elementos para analizar, reflexionar y profundizar sobre los secretos, la distancia emocional y por supuesto, lo que se esconde en medio de la angustia que todo duelo deja a su paso.

La serie comparte elementos con la película del ’92 The Hand That Rocks the Cradle del director Curtis Hanson: en ambas, la pareja que lidia con una situación de violencia apenas insinuada — en el caso de la película de Hanson el abuso sexual — debe además, enfrentarse a la presencia sutil de un tercer personaje que aglutinará las dudas, sospechas y dolores que les enfrentan. Como la niñera destinada a cuidar a un bebé fallecido, Leanne tiene el extraño peso de un espectro de una vida que no ocurrió pero que aún así, se manifiesta y se enlaza con la concepción del absurdo, mucho más elocuente de que la película de Curtis, en la que de inmediato Rebecca De Mornay crea un elemento discordante en medio de una situación de absoluto agobio. Para Shyamalan, las cosas no son tan sencillas y conecta el tercer personaje como un hilo con la realidad, que en ocasiones tiene una evidente connotación maligna pero en otras, es sólo un elemento agregado a la tensión insostenible de la casa. Al final, esta singular familia de tres, es una especie de batalla silenciosa contra la percepción de la realidad, de la conciencia que evade una explicación simple y las tragedias que se interconectan como algo más consistente sobre lo que tememos y lo que se oculta más allá de eso.

Uno de los grandes aciertos de Servant, es su ejercicio bien construido acerca de la incomodidad y la tensión que apenas puede comprenderse a la distancia: tal pareciera que lo que sea que ocurre en la casa de los Turner, es un fenómeno sujeto a la interpretación y no una situación en concreto. No obstante, a medida que las capas de significado se descubren una a otra, es evidente que para Shyamalan y en el resto de los directores de los episodios que incluyen a Daniel Sackheim, Nimrod Antal y Lisa Brühlmann, la casa y sus límites son la forma en que puede comprenderse la psicología retorcida de los personajes. La casa de los Turner — con sus sombras alargadas, muebles pesados e iluminación indirecta — es un escenario gótico de extrema belleza pero también, un espacio claustrofóbico en que los personajes parecen atrapados y en los que se enlazan unos a otros, en medio de un ambiente enrarecido que no termina de explicarse lo suficiente, pero que sin duda, sostiene un argumento a la periferia en la que lo invisible lo es todo. La serie no se prodiga demasiado y de hecho, es la fotografía de Mike Gioulakis la que equilibra el discurso visual, combinando los diferentes espacios en una rara mezcla de belleza, oscuridad y algo más parecido a la insinuación de un secreto a simple vista. De hecho, a medida que los capítulos avanzan, la casa pasa de ser un lugar a un fenómeno sintiente (o eso parece sugerir el uso de planos amplios y la iluminación abierta), lo que brinda a la concepción de la historia una extraña mirada entre lo real, lo inquietante y lo que parece unir ambas cosas.

Servant es un escenario cambiante que va conectando entre sí piezas sueltas para crear algo más elaborado, pendenciero y grotesco. Es justamente esa combinación entre lo que se muestra de inmediato y lo que se esconde en mitad de lo que asimila a medias, lo que brinda a la serie su singular personalidad inclasificable, como un duelo a mitad de camino entre lo temible — porque pertenece al género de terror, sin duda — y algo más duro, elemental y burlón. Entre todo lo anterior, el llanto de una madre herida, la furia de un padre aislado y la extraña presencia de una adolescente incómoda, crean el telón de fondo para una búsqueda visual y argumental de algo más profundo y aterrador. Algo que Shyamalan logra con enorme pericia y también, con esa extraña ambición suya de construir pequeños universos asfixiantes en los que lo humano se entremezcla con lo inexplicable. Un experimento de absoluta delicadeza que no siempre resulta brillante pero que la mayoría de las veces, se sostiene con una inteligente mirada hacia algo más intricado que la simple naturaleza humana.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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