Crónicas de la Nerd Entusiasta:

“Once Upon a Time…in Hollywood” de Quentin Tarantino y la norteamérica que jamás existió.

Cuando Sharon Tate fue asesinada, era una de las actrices promesas de Hollywood. Rubia, exquisita, levemente melancólica, era además la pareja de Roman Polanski, un sobreviviente de los Campos de Concentración que se había convertido en un improbable ídolo de la meca del cine. Juntos, formaban una pareja extraña e ideal, a mitad de camino entre el asombro y la especulación.

La familia de Charles Manson, por otro lado, era el epítome de los sueños rotos de la década de los sesenta. La veintena de miembros malvivían en Rancho Spahn (California), desde la que Manson planeaba su futuro de éxito como cantante y santón. Nunca lo lograría. El líder del pequeño grupo de sobrevivientes al llamado verano del amor, pasó buena parte de 1968 y 1969 tratando de sobrellevar la pobreza, mientras Manson acosaba a diferentes figuras musicales de Los Ángeles en un intento de demostrar su talento como guitarrista, sin recibir otra cosa que evasivas y al final un tipo de rechazo que jamás pudo asimilar del todo. Se trató de una derrota moral para Manson, que mantenía un control férreo sobre los miembros de su familia y estaba por completo convencido, lograría el triunfo a fuerza de manipulación y amenazas. Pero para finales de la década, el padre aceptó que Hollywood le rechazaba y que de hecho, le consideraba poco menos que un paria.

Manson quería venganza: el 8 de agosto de 1969, ordenó a su cómplice Tex Watson tomar a varias de las mujeres del grupo (entre ellas a Susan Atkins, Linda Kasabian y Patricia Krenwinkel) para atacar la casa de uno de los tantos productores que le habían rechazado. Manson, quien no participó en los asesinatos, ordenó a Watson “destruir totalmente a todo el mundo de la manera más horripilante que puedas”. Lo demás, es parte de una de las historias más terroríficas de Hollywood: Sharon Tate y todos los que se encontraban en la casa en la que hasta meses antes había residido el productor musical Terry Melcher, fueron asesinados con inusitada crueldad.

La película Once Upon a Time…in Hollywood intenta dar su propia versión sobre la historia, desde la óptica trepidante y original de Quentin Tarantino. O esa es la premisa general del argumento a la que su director dedicó un buen tiempo en promocionar desde el misterio. Muy poca gente supo en realidad qué vería en pantalla y sobre todo, el cómo Tarantino lograría darle un toque fresco a uno de los hechos violentos más conocidos de la cultura norteamericano. Para empezar, había pocas opciones: ¿Mostraría Tarantino la versión morbosa, delirante y sangrienta de un asesinato absurdo? ¿Dedicaría el tiempo y buena parte del argumento a construir un diálogo visual que dejaría a un lado los detalles jugosos de la historia? ¿Crearía su propia versión sobre lo ocurrido a partir de su estilo estridente y provocador? En realidad Once Upon a Time…in Hollywood es todo eso y también, un intento fallido de elaborar una mirada alternativa — en apariencia novedosa — de uno de los emblemas de la crónica negra norteamericana. Pero aún, se trata de un film que se toma el atrevimiento de ir contracorriente: ni pontifica, profundiza ni tampoco analiza los crímenes. Muestra a la época, al país y a la circunstancias que le dieron origen.

Por supuesto, Tarantino hace lo que mejor sabe hacer: la película es un despliegue de ambientación precisa y actuaciones singulares, en la que los diálogos ocupan la mayor parte del metraje y también, la sensación de un desastre inminente. Pero Tarantino no está especialmente interesado en las muertes — o en el anuncio de la tragedia — por lo que se toma el atrevimiento de recorrer el camino contrario. Once Upon a Time…in Hollywood mira a Los Ángeles desde cierta inocencia, haciendo énfasis en su cualidad de paraíso prefabricado. La cámara recorre con lentitud los escenarios sobresaturados de colores y se concentra en el rostro de su elenco estelar, para mostrar los pequeños engranajes que hacen funcionar a la Capital del Cine. Lo hace además, con un sentido del humor burlón que es mucho más depurado que en otras ocasiones, pero que sigue teniendo la evidente intención satírica de destruir los ídolos recurrentes de la imaginación norteamericana. Y lo hace claro está, aunque con menos efectividad que en otras ocasiones. Once Upon a Time…in Hollywood es una provocación sin disimulo, un espectáculo chillón al que Tarantino dotó de un ritmo arcaico y larguísimas secuencias tensas que no llevan a ninguna parte. Y todo eso funciona, en la medida que el guión está construido para no contar algo que todos conocemos, sino para narrar una historia a partir de lo que suponemos pasó, un recurso que permite a Tarantino utilizar el lenguaje cinematográfico como un flexible hilo conductor entre sus obsesiones favoritas.

Para la ocasión, Tarantino hace un impecable uso de las referencias, que dotan a la ambientación de una rara belleza y una nueva dimensión sustanciosa. No se trata sólo de actores y actrices llevando las mejores galas del verano del amor, sino también, de escenas filmadas según el ritmo y la noción de la estética de la época. De modo que Brad Pitt se pasea de un lado a otro con pantalones de ante color ocre, mientras la cámara encuadra su rostro desde la barbilla hasta la sien, con una lúcida y extravagante concepción de la masculinidad que resultaría anacrónica y hasta tediosa en manos menos hábiles que la de Tarantino. La película es una colección de estilo cinematográfico y su combinación del estado de ánimo de una época, mezcladas sobre un telón de fondo muy atractivo y en ocasiones, retorcido.

Pero también, es un film que está muy consciente que intenta contar una historia que forma parte de la cultura del último siglo. Hay alusiones, bromas y pequeñas insinuaciones, que agregan contexto pero a la vez, son la forma que Tarantino escogió para elaborar una red de conexiones que sostienen un guión sin sorpresas. O que en apariencia, debería no tenerlas. Después de todo, ya sabemos a dónde conduce la sonrisa triste de Sharon Tate (interpretada por una desaprovechada Margot Robbie) ¿No es así?

No es tan simple y Tarantino lo deja claro desde los primeros minutos de metraje: hay un aire distorsionado en cada escena, como si todo lo que ocurre transcurriera a través de cierta percepción incompleta. Los Angeles brilla bajo el sol del Verano, pero la paleta amarillenta le da cierto aire roto. Leonardo DiCaprio sonríe en todo su carismático esplendor, pero hay algo algo retorcido en su personaje que no termina de ser del todo comprensible. Tarantino sabe usar el lenguaje del cine para recorrer caminos imprevisibles y esta ocasión, usa a fondo esa intuitiva capacidad para deformar la realidad. Con su aire de Western urbano — con buenos, malos y enfrentamientos a mitad de la calle — Once Upon a Time…in Hollywood es una burlona deconstrucción de la historia estadounidense y su obsesión por sus propios símbolos. Para Tarantino no hay nada sagrado y esa necesidad de atacar los ídolos de su país, es también la mejor baza de una película que no tiene contemplaciones en asumir que la historia puede reescribirse. Y aunque lo parezca, no se trata de la misma fórmula de Inglorious Basterds (con la que se le compara) sino algo más depurado, firme y por momentos siniestro.

Para dejar muy claro que la película es una reinvención de la realidad, la historia se enfoca en la amistad entre Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) y Cliff Booth (Brad Pitt), los únicos personajes ficticios en medio de una pléyade de estrellas muertas. Ambos funcionan como eslabones para mostrar al Hollywood de lo trapicheos y las medias verdades. Tarantino está especialmente interesado en recorrer el Hollywood de los bares, restaurantes repletos. El de las mesas en que se lleva a cabo negociaciones de miles de dólares entre juegos de palabras y de cerveza, por lo que la celebridad en realidad es un elemento accesorio que Tarantino usa para brindar contexto al resto de la narración. Asi que Steve McQueen (Damian Lewis) y Bruce Lee (Mike Moh) aparecen y desaparecen en un extraño parpadeo de brillo intrascendente. Lo verdaderamente importante en Once Upon a Time…in Hollywood ocurre a la periferia, en medio del ambiente enrarecido y a la vez extrañamente relajado.

Para Rick y Cliff las cosas son complicadas: El primero es un secundario de lujo cuya carrera cinematográfica va en declive. Cliff es su doble pero también, su asistente ocasional. También es amigo, atenta escucha y sin duda, un sirviente en el sentido muy doloroso del término con buena paga. Esta dupla complicada va de un lado de Hollywood en medio de largas conversaciones sobre la vejez, la actuación, el sufrimiento emocional y por supuesto, mujeres. Todo aderezado con frases existencialistas y reflexiones sobre pseudo filosóficos. Tanto uno como el otro analizan de forma por completo distinta la relación de poder entre ambos: para Rick, se trata de una caja de resonancia de su robusta vanidad. Para Cliff una forma de mantenerse oculto, a salvo y medianamente sano luego de lo que se supone, fue un largo pasado criminal.

Tarantino hace un importante énfasis en la forma en la forma en que ambos hombres reflejan los estereotipos habituales en Hollywood y quizás, en la cultura pop. Mientras Rick parece disfrutar con cierta codicia trágica sus dolores y temores, Cliff es mucho más peligroso, extraño y realista. El vinculo entre los personajes sostiene la mayor parte del discurso de Tarantino sobre lo que es Hollywood pero también, lo que intenta ser su película. El mundo del cine es una especie de burbuja que mantiene a salvo a sus habitantes de lo que está ocurriendo en el exterior y Tarantino se encarga de recordarlo. Hay un aire de cierta lógica coherente y retorcida, en los vaivenes de de Rick y Cliff, en forma en que se relacionan a quienes frecuentan. La jerarquía, la estructura social, tiene en Hollywood un cierto valor invisible y Tarantino se burla de ese reglón de ideas, colocando a Leonardo DiCaprio como una caricatura del estrellato fatuo. Por su lado, Brad Pitt tiene un rostro oculto, una presencia inquietante que vaga por el trasfondo con paso felino. Al contraste de la forma en que se analizan sus personajes, Sharon Tate y su esposo, Roman Polanski (Rafal Zawierucha) son figuras marginales, totem de poder que Rick contempla desde cierta distancia prudencial.

Todo es hermoso, cortés y levemente enfermizo en este mundo artificioso que está a punto de venirse abajo. Tarantino no deja de anunciar y señalar que la desgracia está cerca: el código de las pequeñas cosas que ocurren bajo la superficie en este Hollywood prefabricado se entremezcla con una sátira confesa al estilo de vida norteamericano. También a lo obsceno, a la cultura de las celebridades, a la sensación del pasado como último refugio y en especial, a la versión de la fama rota, una colección de clichés que Rick encarna sin sutileza alguna. Tarantino desmenuza la cultura Hollywoodense paso a paso y lo hace con un pulso helado y sardónico, que deja a su paso toda una serie de piezas sueltas que el director no se molesta en encajar en ninguna parte. Y quizás no lo necesita: Once Upon a Time…in Hollywood basa su efectividad en las piezas sueltas, en los diálogos solapados que se esconden en la interminable small talk entre Rick y Cliff. La película es una instantánea nostálgica de un Hollywood que ya no existe pero también, de una sensibilidad sobre el cine que en la actualidad, poca gente podría comprender. Y es ese Universo, mellado, pesado, un poco asimétrico lo que le brinda la identidad a la película entera.

¿Y qué ocurre con Sharon Tate? Quizás se trate de la pieza más ambigua en una película que lo es por completo, pero también es el símbolo de una serie de percepciones sobre la bondad y la tristeza, que se entremezclan de una forma cursi y hasta obsoleta. Pero eso también es brillante, si tomamos el cuenta el contexto que describe Tarantino: La Sharon Tate del director brilla, deslumbra y sin duda, es una especie de precioso recuerdo flotante, ingrávido y por momentos, sin forma en medio del Hollywood que se mueve a su alrededor. Margot Robbie le brinda corporeidad a esta Princesa en cuento de Hadas que se desmorona por momentos y además, está destinada a morir. ¿Morirá?

En los mundos de Tarantino, la realidad nunca es demasiado importante y en esta ocasión, no es distinto. No obstante, la conclusión de este lento — y muy largo — recorrido por el Hollywood del Verano del amor, no es el inevitable cuestionamiento si la burbuja irreal de Hollywood estalló con la muerte de Sharon Tate o aún hay algo rescatable en medio de la atmósfera radiante que el director crea para sus personajes. Si el 9 de agosto de 1969 fue el final simbólico de la una época dorada y superficial ¿qué habría ocurrido si en realidad si el crimen que marcó un antes y un después no habría ocurrido? La tensión flota a través de Once Upon a Time…in Hollywood como un espectro silencioso: ¿Ocurrirá la gran tragedia? El mayor mérito de Tarantino es lograr que la tensión ante la incertidumbre exista, a pesar que la muerte de Sharon Tate es un hecho notorio, terrible y recordado como un hito psicológico de una década adolescente.

Como si no fuera suficiente semejante presunción (tomar el tiempo y los sucesos reales para analizarlos a distancia), Tarantino también se toma el atrevimiento de mirar a EEUU desde cierta displicencia. Al trasfondo de la vida de Rick y Cliff ocurren muchas cosas. Tantas y distintas, que los personajes las mencionan como pequeños golpes de efecto. Las luchas civiles existen, pero en el Reino de los actores y el poder ficticio que encarnan, nada de eso es suficiente, importante o incluso significativo. Lo realmente hermoso es la Diosa rubia que Rick mira con embeleso, que baila frente a sol, embarazada, descalza y radiante. Lo que venga antes o después, es sólo un recuerdo.

¿Es suficiente algo semejante para sostener una película de más de dos horas de duración? Sin duda en manos distintas, no lo sería pero Once Upon a Time…in Hollywood es un cuento de hadas cruel, con un villano risueño detrás de las cámaras. Y esa esencia persistente, brillante e inteligente de Tarantino como artífice del bien y el mal en sus pequeños universos personales, es más evidente — e importante — que nunca. Y ese es su mayor logro.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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