Crónicas de la nerd entusiasta:

¿En que falla “Extremely Evil, shockingly wicked and Vile” de Joe Berlinger al retratar la icónica figura del asesino en serie?

El asesinato siempre ha sido un acto de vanidad. O en eso coinciden la mayoría de los autores y especialistas sobre el hecho de matar. Desde que el mítico Caín levantó una piedra para asesinar a su hermano Abel, el asesinato ha aterrorizado, cautivado y obsesionado a la humanidad. No sólo porque se trata de un acto de puro instinto — tan cercano a lo primitivo que resulta casi indiferenciable — sino también, quizás el único que tiene tanto poder como el que se le atribuye cualquier deidad amada o temida. Matar — como acto de justicia, odio, miedo e incluso vanidad — brinda al hombre un tipo de control sobre la incertidumbre de su propia naturaleza que resulta desconcertante. De la misma manera que la capacidad para concebir, el asesinato parece rozar esa tentación por la Divinidad — y su poder absoluto — que todo ser humano a experimentado alguna vez.

Por supuesto, en nuestra época, el asesinato es además un fenómeno cultural y de masas. Y es esa percepción lo que hizo que a finales de los años ’70 el término “asesino en serie” se hiciera parte de la cultura popular. A raíz de la cobertura mediática de los asesinatos cometidos por Ted Bundy y David Berkowitz. Un símbolo retorcido psiquis colectiva que hasta entonces, había permanecido oculto bajo una mera abstracción sobre la violencia. Para buena parte de la cultura norteamericana, los crímenes cometidos por ambos hombres mostraron otro rostro del norteamericano pero sobre todo, el terror ciego y la mayoría de las veces invisible que se esconde en lo cotidiano. Para los criminalistas y criminólogos estadounidenses, ambos asesinos demostraban la hasta entonces abstracta teoría del asesinato con método: Una obsesión psicópata que convertía cada muerte en una declaración de intenciones. De pronto, la sociedad norteamericana se encontró al borde de una visión sobre la violencia totalmente insólita que condicionó su comprensión sobre el miedo colectivo. La denominación parecía no sólo mostrar un nuevo rostro — temible e inquietante — de la sociedad sino también, de sus terrores y dolores.

Con toda seguridad, por ese motivo, los asesinos en serie despiertan una fascinación en la cultura popular que no resulta sencillo de explicar, pero que casi todo comprenden a cabalidad. No sólo se trata quizás del símbolo de la maldad en estado puro en medio de una percepción de lo maligno cada vez más nihilista, sino una metáfora del desenfreno, el odio y la sin razón de la que podría alimentarse cualquier teoría sobre la futilidad de la existencia. ¿Que parece más cerca del abismo del caos que el hecho de una mente humana capaz de destruir el idealismo basado en la bondad? ¿Qué puede ser más pesimista que comprobar que el impulso del asesinato desafía cualquier sutileza filosófica o incluso sensibilidad espiritual? ¿Que la maldad -ese concepto primigenio mil veces debatido y analizado en nuestra cultura — pueda tener cualquier rostro? ¿Que el horror pueda habitar tan cerca como para confundirse en lo que consideramos normalidad?

La película “Extremely Evil, shockingly wicked and Vile” de Joe Berlinger analiza la percepción sobre la oscuridad marginal en que se refugia el asesino en serie y lo hace, a través de la controvertida historia de Ted Bundy. Basado en el libro autobiográfico “The Phantom Prince: My Life with Ted Bundy” de Elizabeth Kendall, el argumento reflexiona sobre la capacidad de Bundy para pasar desapercibido a pesar de la violencia de sus crímenes y la frecuencia con que los cometía. Bundy era un depredador sexual y un asesino violento, escondido bajo el rostro de un hombre encantador y seductor. Una combinación improbable que le convirtió en una inquietante figura pública una vez que fue atrapado. Entonces, la opinión pública estadounidense volvió los ojos hacia la familia y amigos de Bundy, en medio de la aterrorizada y confusa percepción de normalidad que el asesino representaba frente a las cámaras de televisión. Bundy era un hombre apuesto, de aspecto impecable, que sonreía a las cámaras y se mostraba accesible con la prensa. También era un hombre de extrema violencia que durante cuatro años, había violado y asesinado a treinta mujeres en siete estados de Norteamérica. La improbable combinación se convirtió en motivo de debate público pero sobre todo, en una medida para reflexionar sobre la naturaleza de la violencia y la forma en que se le percibe. De pronto, el mayor cuestionamiento sobre Bundy era todo lo que representaba: desde el horror del asesinato cometido de modo ritual hasta el hecho que utilizara su encanto personal y atractivo físico, para evitar ser descubierto. La gran pregunta que surgió a raíz de sus crímenes y su exposición pública fue obvia ¿Cuánto realmente sobre la naturaleza del crimen y el asesinato? En “Extremely Evil, shockingly wicked and Vile” Berlinger intenta responder la pregunta y lo hace — a medias — a través de los ojos de Elizabeth Kendall, novia de Ted Bundy.

Interpretada por la actriz Lily Collins, la Elizabeth Kendall de Berlinger es el testigo involuntario del mundo privado de Bundy y el director, se encarga de dejar claro que se trata de un recorrido a través de la máscara que el asesino utilizó para ocultar sus crímenes. Bundy (interpretado por un magnífico Zack Efron) es un hombre encantador y afable que no sólo deslumbra a Elizabeth sino que crea una relación emocional con una mujer que casi por instinto, desconfía de los hombres. Como madre soltera, Kendall no se prodiga demasiado con las relaciones amorosas y de la misma manera que el libro, el guion usa la salvedad para mostrar la capacidad de Bundy para la manipulación. Elizabeth comenzó una relación estable con Ted Bundy en el año 1969, casi un año antes que el asesino comenzó a matar. De hecho, el romance se mantuvo en paralelo a los años más feroces de Bundy y es justo sobre esa noción sobre el horror que gravita sobre la aparente normalidad de la pareja, lo que Berlinger analiza de forma metódica y en ocasiones, retorcida. Bundy es un hombre que cuida a una niña pequeña, que se comporta con gran cortesía y amabilidad, a la vez que puede degollar y golpear hasta la muerte a desconocidas a unas calles de distancia del lugar en que Elizabeth vive. La narración resulta efectiva justo cuando el director encuentra en la frágil dicotomía entre ambas dimensiones del hombre y medita sobre la posibilidad de la violencia extrema. Al igual que el libro, “Extremely Evil, shockingly wicked and Vile” está muy interesado en los pequeños resquicios de lo doméstico y lo corriente: Elizabeth describe la vida hogareña con Bundy y lo hace desde una mirada perspiscaz sobre sus pequeñas rarezas a pesar de su comportamiento amable y distante. Para Berlinger es de enorme importancia las graduaciones del monstruo y la película las analiza desde una cierta percepción inaudita sobre su existencia: el sonriente Zack Efron tiene la capacidad mutable y aterradora de mostrar una cálida y enorme sonrisa, mientras mira hacia la oscuridad de sí mismo. El argumento además explora la posibilidad que el terror se encuentre en los extremos de lo cotidiano: una y otra vez, la cámara subjetiva observa con atención obsesiva a Bundy, sus pequeños tics y manías. ¿Podría Elizabeth haberle descubierto mucho antes?¿Podría haber notado la naturaleza escindida del hombre que llevaba en brazos a su hija y con quien convivió en una relación sin mayores sobresaltos por cinco años? La película especula desde la insinuación con la posibilidad pero Berlinger no ofrece una respuesta clara a la idea. Quizás, porque sea imposible encontrarla.

No obstante, Berlinger parece incapaz de sostener la tensión más allá del primer tramo de la película. “Extremely Evil, shockingly wicked and Vile” contempla a Bundy desde su aparente encanto y mantiene el acento en la posibilidad de descubrir su oscuridad interior con un esfuerzo de voluntad, un ejercicio subjetivo y controlado que Berlinger usa en más de una ocasión como anzuelo para sostener la tensión de la trama y que la actuación de Efron apuntala con facilidad. El hombre que se convertiría en uno de los rostros más temidos y conocidos de norteamérica, es también un novio y padre sustituto gentil. Tanto, como para que en algunas escenas la ambigüedad sea incapaz de sostenerse y parezca una broma cruel. La película evita mostrar el lado tortuoso de Bundy y lo hace con deliberada atención al detalle de la violencia que gravita en medio de la puesta en escena: La noticia sobre las víctimas aparece y desaparece de escena, mientras que Bundy debate con Elizabeth sobre sus propios crímenes, en un durísimo y bien llevado diálogo interior que muestra la percepción inequívoca del placer que le provoca al asesino encontrarse oculto bajo el rostro del hombre común. Ese juego de espejos — esa enorme trampa siniestra — lo que hace de “Extremely Evil, shockingly wicked and Vile” toda una rareza, a pesar de sus altas y bajas de ritmo pero sobre todo, su incapacidad de mantener su complejo planteamiento por demasiado tiempo.

No obstante, Berlinger se esfuerza demasiado en dejar claro que cualquiera podría ser engañado por Bundy, como si la credibilidad de la película dependiera por completo de la capacidad de Efron para seducir a la audiencia. Más allá de eso, “Extremely Evil, shockingly wicked and Vile” se mueve en el terreno de cierta simplicidad narrativa que juega en contra del supuesto análisis complejo, sobre el comportamiento de Bundy. El director intenta que la contención y la tensión de las escena construyan una perspectiva inusual sobre Bundy pero no lo logra en todas las ocasiones. Quizás, el gran error en el argumento de “Extremely Evil, shockingly wicked and Vile” sea esforzarse demasiado en mostrar que Bundy es también un ser humano, a pesar de sus crímenes y manifiesta capacidad para la violencia. La dualidad no resulta sencilla de digerir y el guión no logra encontrar el punto justo para elucubrar sobre la psique del asesino. En lugar de eso, se hace preguntas genéricas sobre la naturaleza del mal y sus consecuencias, que resultan inocentes en medio de la crueldad latente que Bundy deja traslucir en los momentos más imprevisibles. Berlinger no logra combinar ambos aspectos de Bundy en un todo creíble y al final, la combinación no resulta otra cosa que una caída de ritmo y tono general en el argumento. Los flashbacks y la noción sobre la culpabilidad penden sobre cada escena como una tensión no resuelta y aunque la película insiste en mostrar esa ambivalencia como una forma de comprender a Bundy, en realidad no se trata de otra cosa que una extraña incapacidad para definir sus intenciones y método. ¿Quiere “Extremely Evil, shockingly wicked and Vile” mostrar a Ted Bundy como un símbolo de lo amoral? ¿Intenta hacerlo desde lo temible? ¿Crea una concepción sobre el horror convertido en algo más doloroso? Berlinger asume la idea que su Ted Bundy es el reflejo del hombre que muchas veces fue descrito como encantador, inofensivo y dulce. Es el rostro secreto que sin embargo, no es otra cosa que una máscara más o menos convincente de un concepto blando que no se llega a desarrollar del todo.

Desde un punto de vista concreto, “Extremely Evil, shockingly wicked and Vile” es un experimento arriesgado: la primera parte de la película juega con la idea de la inocencia de Bundy — en un evidente reflejo de la forma en que Elizabeth analiza la situación al completo — pero el truco no resulta del todo efectivo. Berlinger olvida a las víctimas o las retrata de manera parcial, un ingrediente poco relevante en una historia con único protagonista. Y es esa incapacidad para mostrar la real dimensión del engaño de Bundy — su abierta capacidad para manipular con una crueldad déspota y temible — lo que resta a la película fuerza y coherencia. “Extremely Evil, shockingly wicked and Vile” deja muy claro que su objetivo es conocer a Ted Bundy pero el argumento flaquea desde la concepción del monstruo sólo desde su aspectos más positivos y sugerentes. El retrato del asesino termina convirtiéndose en una dualidad incompleta y a fragmentos, sin mayor profundidad relativa.

“Extremely Evil, shockingly wicked and Vile” no logra mantener el discurso íntimo de la mirada de Elizabeth — que, de un modo u otro, refleja la reacción de una cultura inocente sobre los crímenes de Bundy — sino que, toma la decisión poco conclusiva de seguir los pasos de las huidas y arrebatos de arrogancia de Ted Bundy. De pronto, la película abandona su tono reservado, discreto y contenido por algo más parecido a una sátira. El resultado es una mezcla poco clara de una burlona concepción sobre la capacidad de Bundy para evitar ser atrapado y la violencia marginal que le define. El guión no tiene la suficiente fuerza para unir ambas cosas bajo una percepción verosímil del mal y termina por combinar la historia en una confusa red de conexiones incompletas. Para el tercer acto, el ritmo de la película se hace precipitado y poco coherente. Quizás, el tono levemente humorístico sea una de las pocas formas en que pueda comprenderse el comportamiento inestable y desconcertante de Bundy, pero aún así “Extremely Evil, shockingly wicked and Vile” no tiene la capacidad de jugar con los matices como para lograr un efecto convincente.

Claro está, el punto fuerte de la película son las actuaciones: Zack Efron crea un retrato espeluznante en su cualidad realista, mientras que Lily Collins logra brindar una inesperada humanidad e inteligencia a Elizabeth, que por mucho tiempo fue llamada “una tonta bonita” y acusada de permitir que Bundy la manipulara hasta la complicidad involuntaria. Pero a pesar de eso, Berlinger no logra el objetivo de mostrar una personalidad clara de un monstruo muy humano: sin mucha destreza, el director se limita a delinear el trasfondo de una historia aparente que tiene más de versión falsa y artificiosa de la realidad, que un meditado recorrido hacia la historia desconocida de un hombre que redefinió el concepto de lo monstruoso en nuestra época.

Para Berlinger, El Bundy de Zack Efron es una estrella de rock, un antecedente formal a las grandes figuras de malogrado estrellato de nuestra época. El guionista Michael Werwie enfoca al asesino desde la capacidad inevitable para cautivar y seducir (el miedo como trasfondo de la fascinación por la oscuridad), pero esa reflexión sobre la norteamérica obsesionada por sus máscaras rotas no tiene mayor sentido que dejar claro (y en más de una oportunidad) que Bundy pudo matar porque la sociedad no sospechó de la amenaza que se escondía bajo su sonrisa maliciosa. No obstante, el director no logra construir el mensaje y al final, Bundy termina convertido en una caricatura involuntaria del romanticismo estadounidense sobre el mal interior. Un concepto sin mayor profundidad que termina por subvertir el trasfondo de “Extremely Evil, shockingly wicked and Vile” hasta los cimientos.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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