Crónicas de la nerd entusiasta:

¿En que falla la serie “Nightflyers” de Syfy?

Con frecuencia, la Ciencia Ficción ha sido benévola con el género humano al momento de imaginar los posibles escenarios de un primer contacto extraterrestre. Casi siempre, la noción pone al planeta y a sus habitantes, bajo el velo de la amenaza o lo que es aún peor, la percepción de la conquista como una forma de expresión sobre cierta idea supremacista, que suele entreverse entre líneas. Los seres humanos somos percibimos como una raza inocente, frágil, cercana al exterminio y cuya supervivencia está directamente relacionada con la voluntad colectiva casi heróica. Una visión romántica y cuando menos ideal, sobre las relaciones de poder entre grupos étnicos que tiene mucho de crítica social.

Tal vez por ese motivo, el argumento de “Nightflyers” (Syfy — 2018) parece del todo original. La serie — basada en el libro homónimo de George R. R. Martin — cuestiona no sólo esa primera visión sobre la comunicación entre especies sino que pondera acerca de un cuestionamiento que pocas veces se analiza en ficciones semejantes: ¿Qué ocurriría si la Tierra — la raza humana — fuera en realidad el ejemplo de algo mucho más malvado y siniestro de lo que podemos imaginar? ¿Cual podría ser la conclusión de un visitante interstellar al encontrar un planeta plagado de guerras y conflictos, destruído por descuido y abuso, casi al borde del desastre natural? ¿Qué tipo de contacto, comunicación o acercamiento podría intentar cualquier observador galáctico con una raza cuya inclinación por la violencia es más que obvia? No se trata de preguntas sencillas de responder y el libro de Martin no lo hace, aunque el punto vista sustenta la mayor parte de su historia. A pesar de eso, la serie — que se toma una buena cantidad de libertades con respecto al material original — está mucho más interesada no sólo en estas premisas sino también, en la posibilidad de comprender la vida alienígena como una versión confusa de un elemento divino o al menos, contemplativo. La historia, que se desarrolla a ocho décadas de distancia de la época actual, asimila la noción sobre la destrucción del medio ambiente como un proceso inevitable y corrosivo, del cual el género humano intenta escapar entre la urgencia y la desesperación. En medio del desastre natural y una plaga mortal que termina por asolar a los últimos sobrevivientes del planeta, el Capitán Roy Eris (David Ajala) recluta a un grupo de científicos con la intención de pedir ayuda a los Volcry, una desconocida raza extraterrestre que jamás ha intentado comunicación alguna con la tierra.

El silencio de los vecinos estelares puede interpretarse de varias formas, pero la serie parece tener reales dificultades para afrontar el proceso de la comunicación y la idea total de sus implicaciones, a pesar de sus intenciones de hacerlo desde un punto de vista original. A diferencia de “Arrival” (2106) de Denis Villeneuve, la confrontación con la existencia de vida más allá de la tierra no es un tema que obedezca a una visión moral o intelectual, sino algo más cercano a un planteamiento casi estructural de aire pragmático. El núcleo de la historia no analiza la comunicación — posible o necesaria — entre dos especies, sino la búsqueda de fuentes de energía, una idea básica que coloca al primer contacto entre especies bajo el condicionante de la necesidad. De hecho, en “Nightflyers” no hay duda del motivo por el cual la comunicación resulta imprescindible, más que una eventualidad histórica: en el episodio piloto, Karl D’Branin (Eoin Macken), encargado de esa primera aproximación hacia otra forma de vida, confiesa al xenobiólogo Rowan (Angus Sampson) sus dudas acerca que sea la raza humana quien deba extender la mano en primer lugar. ¿Por qué no han contestado ningún intento de comunicación previo? ¿Cual es el motivo del persistente silencio? Una y otra vez, la serie volverá a los mismos cuestionamientos, sobre todo, cuando se hace más obvio que abandonar nuestro planeta, tiene más el cariz de una huida precipitada que de una mera percepción sobre un posible colonización especial. Por extraño que parezca, el argumento no avanza mucho más allá de ese primer análisis sugerente. De inmediato, la complejidad del punto de vista observador — el hombre contra el hombre, la figura de la amenaza convertida en una nueva versión simbólica del bien y del mal — decae en una serie de clichés de la Ciencia Ficción más corriente. Como si fuera incapaz de superar narraciones más elaboradas, “Nightflyers” tiene verdaderas dificultades para sostenerse una vez que la historia enfrenta hilos narrativos más elaborados que la mera disyuntiva sobre la identidad colectiva de nuestra especie.

Se trata de un problema que la serie hereda de la novela en la que está basada: el Martin que escribió la densa historia de terror intergaláctico que sustenta el argumento de su gemelo televisivo, no teoriza de manera filosófica sobre el espíritu colectivo de la raza humana o mucho menos, las posibilidades que el encuentro con otras formas de vida tenga un significado más profundo que lo obvio. En realidad, se trata de un texto plano y apresurado, que carece de real sustancia y que parece un sucedáneo del género de terror espacial popularizado por la película “Alien” (1978) de Ridley Scott. Lo mismo ocurre con su versión serializada: “Nightflyers” no profundiza en temas trascendentales sino que de inmediato, se enfoca en el terror para contar una historia que carece de ritmo y que por momentos, oscila entre una densidad inexplicable y un trepidante necesidad de contar una historia con pocos matices. No obstante su nivel de producción elegante — los escenarios tienen mucho del brillo pulcro de “Passengers” (2016) de Morten Tyldum — y su atmósfera tensa, la serie carece de la ambición suficiente para ser algo más que un cuento de fantasmas narrado en clave espacial y en favor de un viaje espacial destinado al desastre.

La serie comienza la acción sin desviarse de su objetivo de mostrar que un elemento violento y desconocido será el principal recurso para comprender la trama: la Dra. Agatha Matheson (Gretchen Mol) corre por su vida a través de los pasillos de una nave sospechosamente parecida al Nostromos, mientras intenta enviar un desesperado mensaje al espacio profundo sobre un peligro latente que no se muestra pero que a todas luces, tiene algo de sobrenatural y mortal. Al final, Matheson opta por el suicidio y la sensación latente de la primera escena es que lo que sea que aceche entre las sombras de la nave — y el espacio — tiene el poder suficiente para ser aterrorizante. No obstante, el argumento no aprovecha el interesante arco de inicio — no lo suficiente — y de pronto, la historia entera se desvía hacia tópicos habituales que no desarrolla con demasiada brillantez. En medio del escenario del terror espacial, el desgaste de la figura del misterio — enraizado con firmeza en la búsquedas de respuesta sobre lo que se oculta en el espacio profundo — no es otra cosa que una excusa para retrotraer el punto de vista de la narración hacia los personajes. Es entonces cuando la serie toca todo tipo de clichés obsoletos y erosionados por el exceso de uso: cada uno de los tripulantes y viajeros de la extraña misión especial, lleva a cuestas un tipo de dolor emocional que explica sin ambages — y sin matices — la necesidad de arriesgar la vida en una misión que con toda seguridad, no tendrá un buen final. La nave — convertida para la ocasión en un personaje oscuro y latente a mitad de camino entre la casa embrujada y una criatura maligna contemplativa — crea una percepción sobre el peligro en el que las emociones de los personajes, son de enorme importancia. Repitiendo el esquema de los aventureros llevados por una tragedia personal, cada personaje de “Nightflyers” lleva el peso de un sufrimiento misterioso que le obliga a tomar el riesgo de forma casi superficial. Se trata de un planteamiento que ya se analizó este mismo año en la serie “The First” (Hulu) en la que Sean Pean decide exorcizar un doloroso trauma a través de un riesgo mayor que claro está, implica una arriesgada aventura espacial.

Pero mientras en “The First” la angustia existencial de Penn se traduce como el origen de su necesidad apremiante de riesgo — de la misma forma que el personaje de Sandra Bullock en “Gravity” (2015) de Cuarón — en “Nightflyers” la fórmula es mucho más sencilla y menos efectiva. Los personajes van de un lugar a otro, en medio de una lucha de voluntades a mitad de camino entre el temor y la esperanza, que no termina de sustentarse en ningún punto de vista válido. Además, la serie está llena de referencias intencionadas a productos más elaborados o iconos del género que resultan casi irritantes: desde la computadora con un parpadeante ojo rojo que rememora de inmediato al malvado “Hal” de Kubrick hasta las tomas cortas y oscuras tan semejantes a las usadas por Scott en “Alien”, “Nightflyers” es en realidad una combinación de muchas ideas distintas que se mezclan de manera poco coherente. Mientras el vuelo hacia lo desconocido avanza, “Nightflyers” pierde su poco impulso inicial y flota en el olvido interminable del espacio que circunda la misión suicida. Quizás, la alegoría más directa sobre el éxito eventual de la serie.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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