Crónicas de la nerd entusiasta:

Todas las razones por las que deberías ver la serie de Netflix “Russian Doll” de Natasha Lyonne.

La matrioshka, es quizás uno de los símbolos más conocidos de Rusia, aunque su creación es relativamente reciente. Originaria de Japón, el pintor de artesanías Sergei Maliutin creó una versión Rusa de la muñeca en 1980. Se trató de un chiste político o eso cuenta el mito alrededor de uno de los objetos más emblemáticos del país: Maliutin intentó crear un objeto que pudiera reflejar la hipocresía de los poderosos, que mostraban un rostro “para los Zares, otro para su mujer y otros para sus campesinos, sus grandes enemigos”. Al final, la muñeca, con su extraña colección de rostros hieráticos y su metáfora sobre cierta profundidad interior, se incorporó al folklore ruso como parte de una idea mucho más amplia sobre las emociones de un pueblo conocido por su frialdad. Para mal o para bien, la matrioshka representa una mirada temporal e intelectual sobre la Rusia secreta, la que se sostiene sobre siglos de historia ambivalente pero sobre todo, la noción sobre el misterio de una cultura refractaria.

La nueva serie de Netflix “Russian Doll” toma la idea de la matrioshka y la transforma en una extrañísima mirada al tiempo, la muerte y la cronología trastocada de un loop infinito sin explicación clara. Usando la misma fórmula de “The groundhog Day” ( Harold Ramis -1993) la serie utiliza la premisa para crear una versión mucho más profunda, sobre la percepción de la realidad, la identidad y algo en mitad de ambas cosas. “Russian Doll” no se limita a jugar con los parámetros temporales (aunque lo hace y de manera muy inteligente), sino de la misma manera que la folclórica muñeca rusa, plantea la cuestión de lo que subyace bajo lo aparente. Una y otra vez, el personaje de Nadia (interpretada por una magnífica Natasha Lyonne) encarna una percepción sobre la incertidumbre que se convierte en una macabra concepción de la realidad. Porque Nadia, sin que pueda explicarse el motivo, está condenada a repetir sus últimas horas de vida una y otra vez. Luego de ser atropellada el día de su cumpleaños en una calle de Nueva York, despierta de nuevo en la fiesta de cumpleaños que abandonó en busca de su gato. Un bucle de tiempo que en las primeras escenas tiene algo de onírico y después, de profundamente tragicómico. El personaje se debate entre la ruptura de su compresión sobre el absurdo — en casi todos los capítulos, Nadia deja muy claro que está “suficientemente harta de morir” — pero también, sobre las pequeñas estructuras que sostienen la forma en cómo comprendemos nuestra vida.

Por supuesto, gran parte de la identidad del show, recae sobre el personaje de Nadia, la víctima de un accidente cuántico imposible de definir. Cínica, enfurecida contra el “Universo”, pero sobre todo, convencida que debe “luchar” contra la extraña circunstancia que sufre, la Nadia de Lyonne encuentra en la cólera la forma más fácil de sobrellevar el extraño ciclo de vida y muerte acelerado en que se encuentra atrapada. La actriz dota a su personaje de una furia visceral y pesimista: no sólo está convencida que el loop infinito que la hace regresar luego de morir al exacto punto en que despertó en la primera ocasión es un “castigo”, sino que además, analiza la percepción del bien y del mal desde el ángulo que la vida entera y sus vicisitudes son una enorme broma estelar para la que no tiene explicación. “El Universo está tratando de joderme y no quiero participar” repite en cada ocasión en que el ciclo se repite, con despiadada uniformidad. Pero Nadia no le otorga un sentido divino ni tampoco sobrenatural al suceso. Se trata de “otra broma de mal gusto” de un Cosmos inexplicable que según su propia experiencia, siempre le ha cobrado caro “su rebeldía”. De manera que se enfrenta a la situación lo mejor que puede: trata de comprender como funciona su nuevo estado, la lógica que configura los límites de la realidad y cómo funciona el mecanismo de lo que sea esté sucediendo. Nadia es práctica, extrañamente pragmática y la situación no la desborda del todo: aún así, su recorrido por el tiempo convertido en un ciclo interminable tiene algo de extravagante e ilusorio. A las primeras de cambio, Nadia está convencida se encuentra drogada — o lo estuvo — o al menos sufrió algún tipo de trastorno mental. Pero a medida que las horas se repiten — y también, el momento de su muerte — termina por aceptar que lo que está ocurriendo es un evento sobre el que no tiene control alguno.

Pero la serie es mucho más que las travesuras del tiempo y las peripecias de Nadia mientras intenta encontrar cierto equilibrio en mitad del medido caos que vive. A mitad de la temporada, las verdaderas dimensiones del argumento se revela y tal como si de una matrioshka argumental se tratara, muestra sus dimensiones y capas más experimentales, emocionales y nostálgicas. Nadia analiza la locura — su madre sufre de trastornos mentales — pero después, elabora una idea mucho más trascendental de lo que vive: ¿me lo merezco? ¿Se trata de un accidente inexplicable que sin embargo esconde un motivo? La malhumorada Nadia intenta lidiar con su naturaleza desconfiada y termina por meditar sobre lo que ocurre como un suceso que requiere al menos un motivo ¿Le ocurre únicamente a ella o se trata de una red concatenada de pequeños errores que se unen para crear algo más amplio? La respuesta parece encontrarla al conocer a Alan (Charlie Bennett) también atrapado en un loop infinito pero que a diferencia de Nadia, encontró cierto sentido existencialista en la experiencia. A partir de allí, la serie encuentra su verdadero objetivo (reflexionar sobre nuestra capacidad para comprender un acto único de importancia inexplicable) y reflexionar sobre la trascendencia de nuestra vida como un fenómeno íntimo. Nadia y Alan se encuentran perdidos, al margen de sus propias existencias pero aún así, implicados de manera directa con el absurdo de comprender cada momento vivido — en más de una ocasión — como un hecho preciado y precioso. De pronto, no se trata únicamente del recorrido de ambos a través de la paradoja de vivir eternamente un puñado de horas, sino en cómo la circunstancia pone en perspectiva la forma en que asumimos cada paso en nuestra limitada conciencia de la identidad. En otras palabras: Tanto Nadia como Alan, encuentran en el tiempo recursivo un punto de vista sobre el mundo y su propia vida que les hace cuestionarse sobre el valor de lo que hacen y aspiran. A solas en un mundo que miran desde una grieta marginal, ambos personajes asumen el despropósito del tiempo desde una lección de inestimable valor que se no revela pronto ni de manera sencilla.

El buen ritmo de la serie — su coherencia y cuidado sentido del humor — se lo debe a la inteligente visión sobre lo desconcertante de Natasha Lyonne, que debuta como guionista y directora, además de productora de la serie. “Russian Doll” desborda cinismo pero también, una versión de lo cotidiano que asombra por su sutil inteligencia. Lyonne se asegura que el argumento tenga la suficiente densidad para elaborar un discurso sobre el bien, el mal, lo moral y lo intangible que pueda sustentar un fenómeno inexplicable, pero a la vez, contempla la realidad desde una caustica convicción de lo inevitable. Despeinada, con un aburrido y cansado, pero frágil en medio de su aparente fortaleza, Nadia encarna una crítica y dura mirada sobre la individualidad, lo que creemos inevitable y más allá de eso, la conclusión de la vida como un fenómeno misterioso del cual no tenemos real comprensión. “Russian Doll” no habla sobre lo místico, pero tampoco lo desdeña del todo: para Lyonne la mirada hacia lo desconocido — de su situación, la muerte y lo que le espera después de ella — es un mecanismo complejo que analiza desde la posición una mujer común en una situación extraordinaria. El personaje posee el carisma suficiente como para no resultar agobiante a pesar de aparecer en cada escena y es quizás esa presencia constante (la sensación que el mundo que rodea a Nadia es la única realidad posible) la que brinda sentido a la noción sobre lo inexorable que la serie analiza bajo sus múltiples capas.

Pero a pesar de su notorio protagonismo, la Nadia de Lyonne permite también que el cuidado elenco coral brinde a la serie una personalidad única: Hay un equilibrio preciso entre las actuaciones y la forma en que el guión desarrolla la historia, que permite que a pesar que las escenas se repiten en cada capítulo la serie conserva la frescura y la capacidad para sorprender. Resulta conmovedor la forma en que los personajes evolucionan, profundizan sus respectivas personalidades pero además, atraviesan una cierta versión sobre la realidad escindida (la que vive Nadia y el resto de quienes le rodean), que confluye en duras conversaciones y un puñado de escenas de alto calibre emocional. Nadia conoce las últimas horas de su vida, también como morirá. De pronto, decide que morir puede ser una experiencia pero también, esas pocas horas que crean lo impensable. Para Nadia, vivir se convierte en una carrera contra reloj, en una búsqueda de significado y por último, en la apoteosis de una experiencia fragmentada para la que no tiene explicación pero que termina asumiendo como parte de todo lo que cree posible.

Como la matrioshka a la que alude su titulo, “Russian Doll” se desenvuelve con lentitud: capa a capa, la serie va desde la comedia a algo mucho más melancólico, introspectivo y mordaz. La evolución es clara y el resultado extraordinario. En el último episodio, Nadia encuentra finalmente la última muñeca, escondida entre el resto de las dimensiones falsas que atravesó con la lenta convicción de un peregrino torpe. Fuera del espiral de soledad y desarraigo que hasta entonces fue su vida — un círculo gigantesco e invisible que sólo entonces nota — el personaje parece llegar al punto de partida de su recorrido, un giro completo a través de su propia vida, motivaciones y esperanzas. En la vida — las pocas horas que se repiten — y en la muerte — todas las veces en que las sufre — Nadia encuentra las respuestas más profundas a todos sus dolores espirituales. Un trayecto a la que la serie brinda interés, profundidad y sobre todo, una durísima comprensión sobre el absurdo de la existencia. Incluso para quienes el reloj Universal funciona de la manera correcta.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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