Crónicas de la nerd entusiasta:

Todas las razones por las que un amante del cine de terror disfrutará de “Pet Sematary” de Dennis Widmyer y Kevin Kölsch.

En una de las escenas del libro “Cementerio de animales” de Stephen King, el doctor Louis Creed intenta explicarle a su hija el misterio de la muerte, luego que la niña tuviera un encuentro muy cercano con la idea de la mortalidad al visitar la pequeña curiosidad pueblerina en la parte trasera de la casa familiar. Louis, ateo, médico y sin demasiado interés por lo sobrenatural, sostiene a su hija en las rodillas y le habla sobre la fe, las posibilidades de lo invisible y la incertidumbre del caos, todo con enorme y afectuosa delicadeza. Ellie llora entre sus brazos por la posibilidad que su gato Church morirá antes o después, lo cual para el padre resulta natural. “Puede provocarte miedo, pero en realidad, es algo natural” dice Louis mientras su hija le mira con los ojos muy abiertos y llorosos. El gato duerme en la ventana, ajeno a la discusión y al dolor que provoca el dilema de su efímera existencia. “La muerte no tiene nada de malo…es sólo otro lugar en el camino de la vida”.

Resulta casi irónico que a partir de allí, el libro se esfuerza por demostrar todo lo contrario. En la nueva adaptación dirigida por la dupla Kevin Kölsch y Dennis Widmyer, la premisa se hace incluso más elaborada y dura que en su homónimo literario y la versión del ’89, dirigida por Mary Lambert. Para las nuevas audiencias, los directores han creado un concepto de la muerte más retorcido, perverso y duro de asimilar de lo que podría esperarse de este remake en el que nadie tenía demasiada confianza. Y el resultado es una extraordinaria combinación de símbolos y metáforas sobre el miedo, el caos y la incertidumbre, pero también sobre la oscuridad interior que habita en la mente del hombre. No se trata — como lo fue la versión de Lambert — una reflexión sobre el dolor en clave de horror o como lo es el libro, un recorrido por el miedo de la muerte transmutado en una puerta abierta hacia algo inexplicable. “Pet Sematary” es una poderosa construcción sobre el bien y el mal, pero también, lo que esconde la razón humana, los resquicios entre la avaricia, el luto y al final de todo, la culpa como una forma de idea poderosa que habita al margen de la cordura. Todo bajo el aspecto inocente de un historia terrorífica cuyo argumento el público cree conocer.

Para comenzar, el dúo de directores tomaron la sabia decisión de alejarse de la versión de Lambert y acercarse más a la piedra angular del libro: el terror folk en su máxima expresión. Se trató de una apuesta arriesgada que podría haber resultado muy mal, a no ser porque el guión tiene paralelismos muy evidentes con la novela original, pero adaptado para un mensaje mucho más poderoso y doloroso. “Pet Sematary” plantea el origen del miedo, pero también del dolor y entre ambas cosas, el sufrimiento se convierte en un puente de cristal entre la desesperación humana y lo que podrías hacer — o perder — debido a ella. El argumento utiliza todo tipo de símbolos rituales, reminiscencias a un tipo de poder alejado a cualquier tipo de percepción sobre el bien y la moral moderna, lo que convierte a la historia en la superficie de una idea más retorcida. Desde la existencia misma del Cementerio (que ahora es un lugar medular en una especie de creencia infantil conjuntiva que no se explica demasiado), hasta lo que ocurre más allá de él, “Pet Sematary” avanza con pie seguro a través de una mirada elocuente hacia el terror en su forma más primitiva. Y lo hace desde la misma óptica de Shirley Jackson, Stephen King y Arthur Machen: el mal es algo inexplicable y que escapa a los débiles intentos de la religión y cualquier filosofía para explicarlo. Y este mal salido de las entrañas de la tierra, del horror sin nombre y sin forma, lo que sostiene a “Pet Sematary” como un elaborado mapa de ruta hacia las raíces de algo más duro y complejo de comprender sobre la naturaleza humana.

La familia Creed del libro y de King también ha cambiado, tal vez para mejor: Ellie es una niña curiosa y nerviosa que se tropieza con una procesión de niños enmascarados que atraviesan el bosque hacía precisamente, la parte más singular de la nueva propiedad que sus padres acaban de adquirir. Mientras tanto, su madre Rachel (Amy Seimetz) está convencida que hay algo inexplicable no sólo en el enorme bosque que rodea la propiedad, sino en el pequeño pueblo de Ludlow, engañosamente plácido y silencioso. Al contrario del personaje del libro, Rachel siente un genuino interés por todo lo relacionado con la nueva casa en que vive y sobre todo, el inquietante sentido del absurdo que parece rodearla. En una de las escenas más memorables, Rachel contempla el cementerio de animales y el personaje parece incapaz de comprender a cabalidad, el silencio pesaroso e inquietante que se extiende como un hedor malsano alrededor de la pequeña franja de terreno circular. “Hay algo maligno aquí” murmura y se lleva los dedos a los labios. “Pero…” y al mirar sobre el hombro, la cámara seguirá sus ojos y lo contemplan: la belleza radiante y violenta de los árboles enormes, los rayos de luz que se enredan entre las ramas. Sí, hay maldad aquí, parece sugerir la escena. Pero también hay algo atrayente, poderoso e indescifrable.

Por su lado, Louis es más semejante a su gemelo literario, aunque el actor Jason Clarke le brinda una curiosa dimensión especulativa, que resulta sorprendente y singular. Louis es un buen padre, marido y también, un buen médico. Pero hay cierta oscuridad en él que no pasa desapercibida. No se trata del típico personaje asediado por los horrores inexplicables, sino un hombre culto que intenta descifrar lo que pasa a su alrededor desde cierta frialdad. La misma distancia emocional que le produce la obsesión de su mujer por la muerte de su hermana Zelda y la sensación de responsabilidad — que no de culpa, un ligero matiz que la película deja en claro y sirve de interesante grieta hacia un dilema más complejo — por la muerte del estudiante Victor Pascow (Obssa Ahmed). Louis parece enfrentarse a ciertas tinieblas interiores y también, a una versión inquietante de si mismo que se manifiesta en algunos momentos del metraje. ¿Se trata de la víctima propiciatoria de un mal primitivo y violento que habita en alguna parte del bosque? ¿O Louis en realidad es la puerta abierta hacia el fenómeno que enfrentará? La película no se prodiga en explicaciones y la consecuencia de ese núcleo argumental en apariencia no resuelto, es una tensión extraordinaria que convierte al argumento entero en una compleja reflexión sobre el horror convertido en parte de la naturaleza humana.

La trama de la película a grosso modo es semejante al libro de King y la adaptación de Lambert, salvo que el guionista Jeff Buhler toma decisiones temporales y narrativas que favorecen a la adaptación en formas imprevisibles. Sí, “Pet Sematary” no es un homenaje a la película anterior ni tampoco, una adaptación fiel al libro. En realidad, es una historia basada en la atmósfera misteriosa y devastadora de la original, lo cual convierte la película en algo por completo distinto. Y en este caso, distinto es algo bueno. A diferencia de otras adaptaciones — obsesionadas con la fidelidad o con la identidad el producto — “Pet Sematary” insiste en algo mucho más poderoso: todas las posibilidades que ofrece la mitología creada para Stephen King.

Tanto Dennis Widmyer como Kevin Kölsch tienen conceptos inteligentes sobre el terror y la colaboración entre ambos, es una concienzuda mirada sobre lo terrorífico por completo original: Church el gato no es sólo un símbolo de lo que puede ocurrir — o lo que vendrá — sino que en sí mismo, es una elaborada metáfora sobre el poder primitivo que habita en el bosque. Ellie y Rachel, asombradas por todo tipo de pequeños sucesos inquietantes, son el reflejo vívido de la curiosidad y algo mucho más libre que los habituales personajes superados por el absurdo y el miedo. Pero quizás, el personaje más interesante sea el de Jud Crandall (un magnífico y mesurado John Lithgow), vinculo entre la normalidad de esta — en apariencia — corriente familia norteamericana y lo oculto. El guión de Buhler se aleja de la línea original de la historia, pero lo hace con un pulso mesurado e inteligente, que convierte a la nueva versión en una magnífica reinterpretación de los horrores de lo místico y lo tenebroso. Hay un elemento de locura y caída al terror que refleja al libro, pero también lleva a otra dimensión la historia. Desde la muerte infantil — que rara vez se toca en las películas y pocas veces de manera tan original y dolorosa como en el film — hasta la maldad encarnada por niños, la obsesión por la muerte y la construcción del terror desde sus cimientos, “Pet Sematary” crea toda una travesía hasta terrores novedosos que asombra por su frescura. En cada escena hay un peso importante de la simbología y el poder del miedo, además de una búsqueda de construir una red interconectada de referencias que resulta tan efectiva como deslumbrante. Desde los flashback de Zelda (Alyssa Brooke Levine), la cruel hermana fallecida de Rachel hasta los extraños símbolos que flotan en el bosque tenebroso, “Pet Sematary” sigue el ejemplo de “Hereditary” y elabora una versión de horror antigua y decadente. Entre el trauma y dolor de Louis (la actuación de Clarke es una evolución de la frialdad inicial a un dolor en rojo vivo que convierte al personaje en un triunfo argumental) hasta el Cementerio Micmac en toda su gloria pagana, la película hace un fantástico ensayo sobre el terror que vive en cada uno de nosotros. Un horror sin nombre, siniestro y voraz que parece alimentarse de los pequeños dolores de la memoria privada. Toda una experiencia desconcertante que Dennis Widmyer y Kevin Kölsch convierten en una poderosa versión sobre la muerte como símbolo del caos y la pérdida de la humanidad.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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