Crónicas de la Nerd Entusiasta:

Un rápido paseo por un universo complejo: Sonic the Hedgehog de Jeff Fowler.

Cualquier fanático lo sabe y sin duda, a través de la decepción: Hollywood continúa sin hallar la fórmula adecuada para adaptar videojuegos, series de manga o anime. Se trata de un equilibrio complicado entre lo esencial de la historia y además, conservar ese hálito inconfundible que define a cualquier producto exitoso. O ese parece ser el gran dilema al que se enfrenta cualquier adaptación que deba no sólo satisfacer a los fanáticos acérrimos sino además, incluir al gran público al Universo del juego del producto. Parte del problema radica que no hay una manera sencilla de adaptar sin problemas argumentales de fondo, la forma en que el videojuego, anime o el manga construyen sus historias y argumentos.

Se trata de una disonancia que afecta desde la forma de contar la historia hasta la manera en que se asimila la percepción del conjunto de elementos que sostienen el contexto. Para bien o para mal, el cine tiene muy poco tiempo — y en ocasiones, muy poca habilidad — para analizar de manera clara las complejas capas que forman una historia destinada a contarse de manera episódica, a través de la interacción con el usuario de diversas consolas o el peso de una simbología que la adaptación a la pantalla grande no suele manejar. De modo que la aventura de llevar al cine cualquier obra al uso, suele ser una apuesta arriesgada: ¿podrá resultar final garantizar no sólo una traducción acertada del material original sino además, una obra que pueda mantenerse de manera independiente?

La película Sonic the Hedgehog dirigida por Jeff Fowler — y basada en el juego emblemático de SEGA — no sólo atravesó el complicado terreno de la adaptación hacia la pantalla grande, sino también de un temprano enfrentamiento con los fanáticos, lo cual desembocó en una de las más curiosas circunstancias del mundo del espectáculo en décadas. Luego de lanzar un caótico trailer en el que el personaje mostraba un diseño por completo distinto al material original — y que incluía dientes humanos, ojos separados y un torpe acabado digital — la reacción en redes sociales fue tan violenta, que Paramount, tomó la poco frecuente decisión de rehacer al personaje antes de volver a mostrar cualquier avance sobre la venidera película. El estudio retrasó el estreno y trajo al animador Tyson Hesse, director de arte de Sonic Mania Adventures, para encargarse por completo del rediseño. Por supuesto, aún restaban algunos meses para que la estrafalaria Cats del director Tom Hopper destronara cualquier otro escándalo relacionado a efectos visuales, pero al momento de la llegada del primer vistazo a Sonic, la furia de los fanáticos fue suficiente para provocar un efecto sin demasiados precedentes: una película que respondía a la voz del público incluso antes de ser estrenada.

De modo que la llegada a los cines de la película, volvió a despertar la suspicacia de una generación de jugadores que crecieron siendo fanáticos del videojuego y del emblemático personaje. ¿Había logrado Paramount crear una animación creíble para Sonic? Apesar que el segundo trailer demostraba una evidente mejoría en el apartado visual, la desconfianza seguía rodeando al estreno, a lo que se sumaba la inevitable pregunta si la adaptación era algo más que una simple jugarreta para la nostalgia. Para bien o para mal, el antecedente más inmediato de Sonic, era la exitosa “Detective Pikachú” (2019) de Rob Letterman, no sólo un éxito de taquilla, sino además considerada la mejor película basada en un videojuego filmada hasta ahora. ¿Podría Fowler superar el argumento ingenioso, la animación meticulosa y el buen uso de la mitología del film de Letterman? Lo menos optimistas, simplemente esperaban otro fracaso al momento de trasladar uno de los más complejos mundos de la cultura pop a la pantalla y grande.

Pero para sorpresa de críticos y público, Sonic the Hedgehog no defrauda, aunque tampoco es otra cosa que una historia genérica mucho más enfocada en el mundo infantil, que en el de los fanáticos, lo que permite a la película moverse con comodidad en el terreno del ridículo y el absurdo, sin demasiadas pretensiones. Fowler encuentra la manera de sostener un argumento sencillo por medio del método básico de narrar por medio de golpes de efecto un argumento sin profundidad alguna. Luego de un corto prólogo en que da algo de contexto a la historia, la acción se traslada al diminuto pueblo de Green Hills, en el que Sonic ha crecido a la sombra de cierta invisibilidad inevitable. Va de un lado a otro, muestra su prodigiosa velocidad y contempla a una distancia melancólica la tranquila vida de los habitantes a través de los ventanas y jardines.

De la misma forma que otras tantas narraciones sobre criaturas extraordinarias, Fowler utiliza la voz en off del personaje para mostrar algunas secuencias y además, juega con cierta habilidad con las líneas temporales, lo que hace que Sonic the Hedgehog un poco menos plana de lo esperado. Con si se tratara de una versión esquemática de la fórmula Deadpool — no en vano, su director Tim Miller es uno de los productores — la película intenta solventar la ausencia real de nudo argumental, con una vuelta de tuerca casi innecesaria en el recorrido sobre las peripecias de Sonic en nuestro mundo. No obstante, no resulta del todo ineficaz y el film gana en agilidad mientras la principal incógnita se revela: La versión del erizo más querido del mundo de las videoconsolas en la pantalla grande.

Como ya había mostrado el primer trailer, la mejoría en el apartado visual es evidente. El trabajo digital resulta asombroso en algunos aspectos y dota a Sonic no sólo de vitalidad, sino también de una considerable personalidad. A pesar de eso, la naturaleza del diseño del material original continúa siendo problemática para los efectos especiales y en más de una ocasión es notorio que a pesar de los renovados esfuerzos del estudio, Sonic the Hedgehog es un experimento que está muy cerca de resultar fallido. Con todo, la apariencia Sonic finalmente tiene la suficiente sustancia como para resultar creíble y es quizás, esa personalidad, lo que permite a la película funcionar a un nivel muy básico y siempre sobre la premisa, que su público sólo desea divertirse. Fowler dedica una buena cantidad de tiempo a mostrar las capacidades del personaje y hace énfasis en la rapidez para crear varias de las secuencias más memorables, en un intento de brindar algún tipo de personalidad al producto que tiene entre las manos.

Quizás, en la década de los noventa, Sonic the Hedgehog habría resultado un producto sorprendente: después de todo, se trata de un homenaje curioso y por momentos ingenioso, de un querido producto de la cultura pop que llega al cine con todo el encanto de una película menor. Pero nos encontramos en una época en que la adaptación de “Alita: Battle Angel” dirigida por Robert Rodriguez y basada en el manga “Battle Angel Alita” de Yukito Kishiro, es una clara demostración que la traducción de historias que requieren una cierta profundidad argumental y el desempeño de una plataforma en particular para funcionar, pueden resultar exitosas. E incluso interesantes, para alguien más que los fanáticos cautivos o un público que sólo desea pasarla en grande con un argumento elemental. Al menos “Alita: Battle Angel”, dialoga con su naturaleza híbrida entre una historia original basada en la estética y los códigos del manga y el cine, de una forma lo suficientemente fluida para resultar atractiva. Tal vez se deba a que el director Robert Rodríguez (que ya había adaptado con inteligencia el cómic de Frank Miller “Sin City” en el 2005) sabe estructurar la percepción de lo sustancial de lo que cuenta, sobre una versión de la realidad ligeramente aumentada. El resultado es atractivo pero también, no depende por completo del material de Kishiro para funcionar de manera eficiente, algo que ocurre con la película de Fowler y que es quizás, su punto más flaco. Sonic the Hedgehog no es otra cosa que una colección de clichés en un atractivo empaque y bajo la excusa de un personaje carismático, cuya base fanática es lo suficientemente robusta como apreciar el homenaje a la saga creada por Naoto Ōshima, Yuji Naka y Hirokazu Yasuhara.

Lo más llamativo en Sonic the Hedgehog es de hecho, la forma en que celebra la nostalgia casi inocente por fórmulas de guion que ya resultan obsoletas, sobre todo para una audiencia que conoce — y también maneja — mitologías de la cultura pop cada vez más complejas. El film se conforma con hacer una serie de guiños al juego original como puede y en cada oportunidad posible y por supuesto, hacer gala de lo que quizás, es lo mejor de la película: Un Jim Carrey que logró mesurar su extravagante humor físico para crear un villano memorable y exultante que sostiene la película sobre sus hombros. El actor logra encontrar un equilibrio entre su maníaco y casi perverso sentido del humor, con un estereotipo de la maldad infantil que funciona como un mecanismo de reloj. Cada mueca, chiste y mirada del Doctor Robotnik es una alegre alegoría a un tipo de genio macabro desinhibido que Carrey interpreta con soltura. Y aunque es inevitable recordar a su memorable Ace Ventura, el malvado Doctor de frondoso bigote tiene vida propia y una capacidad para la burla siniestra que dota al guion de tal vez, una de sus pocas fortalezas.

Fowler tiene el buen instinto de no concentrar la película en Jim Carrey — roba escenas natural — y al final, el guion logra mezclar una road movie insustancial con algo parecido a una travesía heroica simplona. El Tom de James Marsden (que ya puede sustentar un curioso filmografía en películas semejantes) es apenas una excusa para que Sonic pueda desplegar su encanto: el personaje (con la voz de Ben Schwartz) no deja de hablar, moverse, hacer preguntas y revolotear de un lado a otro, en lo que parece un intento tan evidente por llenar la pantalla con su encanto, que en ocasiones es lo suficientemente artificial para ser irritante. Los personajes humanos se mueven a su alrededor con torpeza y es notoria que en algunas secuencias, falla la sincronización que permite incluir a Sonic en el mundo de las cosas materiales. Con todo, los pequeños errores se compensan con el esfuerzo del equipo detrás y frente a la cámara por tomar en serio la extrañísima misión de celebrar un personaje que forma parte del imaginario colectivo. Y se agradece que así sea.

Los mejores momentos de la película ocurren cuando saca a relucir su origen como videjuego y el conjunto, toma un sentido mucho menos básico de lo aparente. Sonic — como argumento y personaje — puede sostener a la película y lo hace, si el público asume de entrada que lo verá, es un esbozo amable de un Universo concreto que no llegó a la pantalla grande en toda su plenitud. Con todo, los pequeños grandes guiños a mundos, las insinuaciones de las escenas postcréditos del posible futuro de ¿la franquicia?, hacen que sea notorio que quizás, Fowler sólo intentó crear un abreboca para un público cautivo que es más que probable, regrese a la salas de cine sólo para reír con las peripecias del Erizo Azul. Y para el Hollywood de esta época, eso es más que suficiente.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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