Crónicas de la Nerd Entusiasta:

El miedo y los espacios oscuros de la imaginación según It Chapter Two de Andrés Muschietti.

Con frecuencia, el género del terror tiene la capacidad de convertirse en espejo de la época que sostiene su discurso. Tal vez por eso, la primera escena de It Chapter Two de Andrés Muschietti, comienza con un cruel asesinato de odio. No se trata sólo de una escena sangrienta — que lo es — sino una lo bastante simbólica como para dejar claro, que la película y su personaje analizan el terror desde los símbolos culturales. Pennywise mata y lo hace por las mismas razones misteriosas y violentas que lo ha hecho desde su primera aparición, pero el mal primitivo que le alimenta es mucho más retorcido y pragmático que el mero anuncio de su presencia siniestra. Una salvedad que la secuela de la película del 2017 reflexiona con una inteligentísima comprensión de la profundidad del horror que se adivina en medio de las escenas durísimas y crueles. De nuevo, el menor de los problemas en Derry parece ser el monstruo en sus alcantarillas. Otra vez, la verdadera oscuridad que alimenta al mal originario que exige sacrificios de innenarrable crueldad, encuentra en lo cotidiano el mejor alimento.

Han transcurrido 27 años y la pandilla de perdedores se convirtió en un grupo de adultos atormentados por un hecho traumático que ninguna recuerda con claridad. Una salvedad enigmática que la película utiliza como punto de partida para avanzar en los lugares más extraños de los temores y traumas en lo que se alimenta lo sobrenatural. De la misma manera que en el libro, Muschietti muestra la transición entre los niños que lograron vencer a Pennywise en medio de una cotidianidad rota por la amenaza del recuerdo. El tránsito entre la niñez y una madurez resquebrajada por el miedo, es quizás uno de los puntos más fuertes de la película y Muschietti lo aprovecha desde las primeras escenas: el acertado casting permite que la transición entre el entrañable elenco de niños a sus pares de mayor edad sea natural, lo que además favorece unas de las líneas argumentales más complejas para cualquier material que debe empalmar el pasado y el futuro a base de flashbacks. ¿Cómo lograr que la noción sobre la identidad del personaje no desaparezca en el nuevo rostro que lo mostrará en pantalla? Muschietti encuentra una manera sutil de empalmar los acontecimientos del ’89 y además, de brindar una consistencia realista a la vida de los sobrevivientes. En medio de este misterioso vaivén temporal, el guión se sostiene sobre la compresión que lo sobrenatural es mucho más amplia, violenta y misteriosa de lo que fue cuando el asombro infantil era el principal forma de comprender sus implicaciones.

Claro está, el espectáculo se basa en Pennywise y la película no lo disimula: de inmediato Muschietti toma la inteligente decisión de dejar muy claro que el período de silencio de la criatura terrorífica que medra en las alcantarillas de Derry terminó, lo que logra a través de la persistente mirada sobre la oscuridad que avanza hacia el pueblo como una ráfaga de recuerdos y eventos recientes. Porque el payaso homicida y sus letales manipulaciones psicológicas son el centro esencial del discurso de la película, pero también, el hecho que su presencia sea inherente a todo lo que ocurre en Derry y a sus habitantes. Incluso en las vidas de la pandilla de perdedores, unidas incluso a la distancia por el miedo, la tragedia y lo que se esconde en una serie de imágenes que los adultos en que se han convertido son incapaces de comprender a cabalidad.

Esa versión de lo dual, es la forma como el guión reflexiona sobre el mal originario y rinde homenaje — quizás involuntario — a la forma como King imaginó a su monstruo favorito. Pennywise es una criatura sin rostro, pero también un monstruo milenario cuya forma originaria (una enorme araña) tiene un profundo componente metafórico. Entre sus patas enormes y monstruosas, conserva los cadáveres de sus víctimas y se alimenta de ellos en una transición terrorífica que le define mejor que cualquier otra cosa. Para la película, Muschietti usa la imagen como un símbolo: Pennywise está en todas partes, como si los hilos indestructibles de la telaraña que teje con cuidado uniera no sólo a los personajes, sino a cada historia en Derry de forma inexorable. Y esa versión del horror (una puerta abierta hacia terrores inimaginables y terribles de los que es imposible escapar) es lo que hace que el film logre conservar la atmósfera de la original y sobre todo, su efectividad.

La primera víctima de Pennywise en la pantalla grande fue George Denbrough, lo que permitió a Muschietti crear una inteligente conexión entre libro y película que sostuvo el argumento con ingeniosa habilidad. Para su regreso, repite el truco con un asesinato que los lectores ya conocen, pero que en su versión cinematográfica tiene un peso y una contundencia dolorosa. La muerte de Adrian Mellon (un breve cameo del director canadiense Xavier Dolan), abre la especulación hacia lo que provoca el regreso del monstruo, pero a la vez, medita con frialdad sobre el origen de un mal originario que habita más allá de los espacios tenebrosos de Derry. La conjunción entre ambas cosas, crea una versión del miedo que se analiza a través de visible y lo oculto entre el Derry tenebroso que es el hogar ideal para un monstruo de pesadilla. Sin disimular demasiado su intención de crear una parábola sobre las criaturas malévolas que se ocultan en lo cotidiano, Muschietti logra un golpe de efecto que elabora una versión de lo misterioso tan inquietante como profunda.

Pero en esta ocasión, Pennywise es algo más que el avatar de un tipo de poder maligno que medra entre los despojos y secretos de lo banal. Muschietti aprovecha la oportunidad para analizar su mitología y es entonces cuando la película toma un verdadero impulso y se condensa en una rebelión de formas y nociones sobre lo que una criatura terrorífica puede ser. El pueblo — con sus colores chillones y aspecto casi trivial — es el escenario que esconde los vericuetos subterráneos de algo tan viejo y tan malvado, que carece de nombre. Ya no se trata del miedo de los niños — explotado y llevado a la sublimación siniestra — sino de la búsqueda de significado sobre lo que la criatura portentosa que se disfraza de payaso puede hacer. Y es la combinación entre ambas cosas, lo que brinda a It Chapter Two su extraña y bien ejecutada consistencia.

El vínculo entre lo cotidiano y el terror lovecraftiano imaginado por King para su libro, es muy notorio en la película de Muschietti. El film modula con cuidado la personalidad de su entorno y sus motivaciones, lo que permite que el argumento pueda distanciarse del libro sin que la ruptura sea completa o al menos, lo suficientemente dramática como para resultar preocupante. Tanto el director como el guionista Gary Dauberman, están muy conscientes de la naturaleza de clásico del material original y le rinden un considerable tributo en escenas calcadas de la versión literaria. Pero el film es mucho más que un homenaje y de hecho, es su principal ventaja al momento de condensar — un término que puede resultar extraño en una película de casi tres horas — la historia en un todo comprensible. La inocencia que vence a los horrores sigue siendo el principal reclamo del argumento y aunque no conserva del todo la tensión originaria que King brindó a su novela, la película tiene la suficiente fuerza como para meditar sobre los mismos temas y con igual solidez. La plenitud de esta búsqueda de respuestas, de la comprensión de lo sobrenatural como atributos de lo cotidiano corrompido por lo tenebroso, siguen siendo las ideas más consistentes dentro de una narración que tiende a la nostalgia pero no se deja vencer por ella. El enfrentamiento entre el bien y el mal, la percepción del miedo como una batalla a ciegas por un tipo de bondad salvaje, son quizás planteamientos que terminan siendo utilizados a medias por el guión tramposo pero que aún así, tienen la suficiente inteligencia para construir un contexto inteligente para la película.

Tanto libro y película se sostienen sobre la meticulosa capacidad de escritor y director para contar una historia muy larga, pero mientras el libro logra crear un metalenguaje profundo en base a la convicción que sus personajes crecen a medida que la historia se hace más profunda, en la película no ocurre de la misma manera y es quizás, uno de sus puntos bajos. El intento de Muschietti por incluir la mayor cantidad de material, referencias e giros argumentales de su par literario no resulta del todo y hacia el final, hay indudable sensación que el montaje resulta excesivamente lento y pierde la capacidad de sorprender. Con todo, It Chapter Two conserva la suficiente frescura para no perder del todo el ritmo y construye un lenguaje de peculiar belleza para mostrar el terror como una serie de imágenes esenciales. De modo que Pennywise es de nuevo el centro de la acción, pero como la araña que es, sólo es el centro de algo más grande, elocuente y doloroso de lo que pudiera parecer a primera vista.

Uno de los puntos más interesantes de It, fue su elenco juvenil: una selección brillante que no sólo dotó a la película original de una puesta en escena impecable sino de una fortaleza emocional que disimuló con habilidad los baches de guión y los problemas de ritmo que fueron algunos de sus principales problemas. Para It Chapter Two, Muschietti les trae de regreso en flashbacks necesarios para empalmar la historia no sólo con sus versiones adultas, sino para sostener el hecho general que la película se basa en el trauma que sufrieron — en grupo y por separado — sus personajes y como afectó su vida antes y después. Es notorio que Muschietti intentó encontrar un elenco tan carismático como el más joven y lo logra: Jessica Chastain, Bill Hader, James McAvoy, Isaiah Mustafa, Jay Ryan, James Ransone y Andy Bean, no sólo encarnan a la pandilla de perdedores, sino de hecho se convierten en el corazón de una película que podría ser sólo un recorrido en un carnaval de horrores. Pero el guión toma especial cuidado en elaborar una línea temporal que una no sólo a la historia evidente entre el personaje actual y su encarnación más joven, sino que el contexto entre ambos sea de una profundidad considerable. Quizás el mayor acierto en una película cuida con sorprendente delicadeza las relaciones — y fantasmas — del pasado y del presente.

Por supuesto, en una historia en la que los recuerdos son todo (o buena parte de la forma en que se analiza el argumento), la forma como se relacionan los personajes con sus secretos y miedos es de considerable interés narrativo. Muschietti y Dauberman crean una valiosa concepción de lo que se asume real — y lo que no lo es — y lo integra a la interacción entre estos adultos con un pasado traumático que, por extraño que parezca, olvidaron el enorme suceso sobrenatural que vivieron como una forma de conservar la cordura años después. En manos menos hábiles, la “amnesia” general podría haber resultado como una noción burda de un recurso utilitario, pero It Chapter Two logra meditar sobre las formas en que la mente lucha con sus terrores más profundos, en un escenario metafórico en el que Pennywise (escalofriante y la viva imagen del terror infantil) es un símbolo de algo más enrevesado. La película atraviesa con fluidez la premisa pero además, sostiene el interés en medio del cuestionamiento constante de las ideas, las percepciones sobre la realidad y algo más violento que al final, resulta ser de inestimable valor para comprender el contexto de la historia.

Tal vez el mayor fallo en It Chapter Two sea precisamente dedicar demasiado tiempo en analizar la cuestión de la oscuridad interior en contraposición con los monstruos de pesadillas, que en apariencia, habitan el mundo real. Muschietti no logra jamás resolver la cuestión si Pennywise depende del horror que habita en cada uno de los personajes (o la forma en que lo explota) o se trata de algo más, un punto que King logra resolver con eficacia en el extraño pero quizás inevitable, final de su novela. Para su versión cinematográfica, el director se aleja del terror cósmico y opta por algo a mitad de camino entre una concepción del mal iniciático (con el inevitable trasfondo folclórico) y algo más endeble, que para el último tramo de la película resulta incómodo por su inocente obviedad. Con todo, Muschietti logra que el cambio de ritmo no afecte en exceso la historia en su conjunto y a pesar del horror que se manifiesta a través de imágenes asombrosas y una mitología cuidada, el film sigue siendo una búsqueda de sentido sobre el mal interior.

Para bien o para mal, It Chapter Two es deudora de su primera parte: sublima sus aciertos y profundiza sus errores, en una combinación que por momentos resulta un poco claustrofóbica y carente de ingenio. Más allá de sus puntos bajos — que los hay — la película brilla por su peculiar concepción del miedo. Desde el primer asesinato hasta la apoteosis del horror en sus últimos minutos, Pennywise es la encarnación del mal definitivo, el rostro visible de todo lo que se oculta en las sombras. Pero también es algo más: es un tipo de miedo que se enlaza con la versión de las tinieblas interiores, las que se sustentan en el tiempo, las que anidan en los lugares desconocidos de nuestra mente. Y su capacidad para mostrar semejante dualidad, es quizás su mayor triunfo. Un paisaje del miedo inédito de asombrosa capacidad para conmover.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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