Crónicas de la loca neurótica: Las cosas que todo ansioso quisiera que supieras (y no se atreve a decirte)

El ansioso y las reuniones sociales:

Nos producen estrés y ansiedad en cualquier ámbito, situación y motivo. No importa si se trata de un mitin político o el cumpleaños de nuestra tía desdentada. Lo peor que puede ocurrirle a un ansioso es que no pueda evitar acudir a una reunión social y que además se vea en la obligación de socializar. Nunca habrá nada que provoque tanta ansiedad para un ansioso como departir, conversar o llevar a cabo el menor intercambio social con alguien que no conoce. Lo más probable es que es que un ansioso intentará cualquier cosa antes de verse en la incómoda situación de estrechar manos, sonreír y escuchar la conversación ajena. Y no se trata que no nos interese, sino que el estrés que supone convencernos que todo irá bien, que no meteremos la pata de alguna manera estrafalaria o que terminaremos convirtiendo la conversación en una larga sucesión de errores imperdonables es lo suficiente abrumador como para disfrutar de algo semejante. Así que cada vez que veas al chico o la chica de rostro pálido y manos apretadas en un puño nervioso en cualquier reunión social, ya sabes que es lo que probablemente le está ocurriendo.

El ansioso y las pequeñas escenas cotidianas como conversaciones en el elevador, transporte público y otras parecidas:

Hace unos días, me tropecé con uno de mis vecinos en el jardín del edificio donde vivo y el buen hombre, consumado conversador, intentó todas las tácticas conocidas para entablar una fluida conversación conmigo. Por supuesto, no lo logró. De hecho, lo único que consiguió fue hacerme sonreír con todos los dientes — una mueca terrorífica sin ninguna alegría — y ponerme lo suficientemente incómoda como para que al final de una larga media hora, él también se quedara callado. Transcurrió casi media hora más hasta que logré avanzar en mi maraña de pensamientos ansiosos para intentar explicarle que se trata de uno de los síntomas de mi ansiedad. Pero ya para entonces, el hombre parecía convencido me había ofendido de alguna manera misteriosa: se apresuró disculparse y correr al pasillo interior del edificio.

El ansioso y las relaciones amorosas/amistad/profesionales:

Hará unos cuantos años, salí con un hombre que jamás respondía los mensajes de texto con una frase concreta, sino con todo tipo de pequeñas ambigüedades que terminaban provocándome una aguda ansiedad, aunque no fuera su intención y de hecho, se disculpara una vez que le expliqué cómo me hacía sentir la situación. Preguntas tan sencillas como “¿Qué película quieres ver?” o “¿A que hora nos encontramos?” se convertían en pequeños debates extravagantes por mi necesidad de analizar hasta la última frase, pausa y signo de puntuación que utilizaba en sus lacónicos mensajes. Los “Claro”, “Está bien”, “No hay problemas” se convertían en verdaderos suplicios semánticos que terminaban no sólo enfureciendome — aunque yo jamás admitiera que esa era la razón — y que provocaron más de alguna pelea disonante y absurda. En más de una ocasión intenté explicarle que ocurría — y lo hice lo mejor que pude — pero no se trata de una situación comprensible para alguien que no la atraviese y por último, nuestra relación terminó. Y aunque mi ansiedad sobre aquellas extrañas conversaciones virtuales no fue el único motivo para la ruptura, si tuvo la suficiente importancia como para que asumiera que era uno de los motivos por los que la relación dejó de funcionar.

El ansioso y la opinión ajena:

En el grupo de ayuda para ansiosos en el que participo hay una chica que asegura tener pesadillas con la opinión de quienes la rodean. Y no sólo se refiere a chismes, cotilleos y comentarios mal intencionados — que también le provocan sueños inquietos — sino justo eso: la opinión ajena su vida, su aspecto físico e incluso, cosas tan corrientes como los perspectiva de los demás sobre si misma. Con frecuencia, nos cuenta que sueña con que se encuentra en una sala vacía donde una multitud la señala con el dedo y se ríe de cada cosa que dice, hace o piensa. Que la persiguen de un lado a otro, cada vez más cerca. Empujándola, riendo a gritos y que por último extienden la mano para apretarla contra la pared, golpearla, arañarle la cara.

El ansioso y las enfermedades:

Mis amigos ya me conocen y se toman el asunto a risa: en cada ocasión que tengo un síntoma físico inexplicable — por pequeño que sea — lo siguiente que ocurre es que me encuentro en medio de un debate mental sobre mi posible muerte. Ya sea gracias a Google — Paraíso del Hipocondríaco — o por el hecho que no podemos controlar el espiral de pensamientos funestos que nos abruman ante situaciones semejantes, estar enfermo es de las peores cosas que puede ocurrirle a un ansioso. Con toda seguridad, no sólo perderá de inmediato la capacidad para discernir entre lo que está imaginando ocurre y lo que realmente ocurre sino que además, se encontrará inmerso en un mar de suposiciones e incertidumbres funestas que lo sumieran en el miedo más profundo. Para un ansioso estar enfermo no es sólo significa perder la salud sino también, su limitada capacidad para contener y manejar la pulsión incesante del medio que debe soportar a toda hora.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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