Crónicas de la loca neurótica

Lo malo, lo feo y lo bueno del empleo vocacional.

Uno de mis amigos suele decir que probablemente soy la “anciana más joven del mundo”, frase que me hace reír pero también, sentir una inmediata inquietud. Me lo repite mientras ambos almorzamos juntos, en una de esas raras ocasiones en que me permito alejarme de la mesa de trabajo. Me sobresalto al escuchar la frase otra vez. ¿Tiene razón? ¿He pasado buena parte de mi vida ignorando todo lo que ocurre más allá de mis obsesiones? ¿Soy una anciana conceptual? En realidad, la edad no me atormenta — nunca lo ha hecho — pero sí el pensamiento recurrente que me he “perdido de algo”. Que en mi afán de llevar a cabo la larga lista de metas abstractas que suele incluir cualquier profesión vocacional (o de cualquier otra índole) me han dejado muy poco tiempo para ¿qué? Sonrío cuando la respuesta se hace enorme, un poco dolorosa. Mi amigo me dedica una sonrisa cuando le comento lo anterior.

— No creo que te hayas perdido de nada. Lo que sí creo es que tu visión de la vida es más académica que realista.
— Pollo de invernadero — digo. Me sonrojo. Mi amigo suelta una carcajada.
— Mejor flor.

Una vieja broma. En la Universidad, solíamos llamar “pollos de invernadero” a esta exclusiva casta de estudiantes que parecían haber nacido sólo y exclusivamente para estudiar. Por supuesto, era un pollo de invernadero — una criatura criada en los límites del gallinero — pero no por ese motivo, la metáfora me encantó de inmediato. De forma que busqué la propia: “Flor de invernadero”, como las queridas Azaleas de mi abuela, que jamás habían abandonado el pequeño jardín techado y con el enorme ventanal de cristal. Cualquiera sea la imagen, me hizo soltar un suspiro cansado.

— Bueno, lo que es innegable es que he pasado la mitad de mi vida estudiando — comenté.
— Y la otra ganándome la vida. Como tu.
— Ah, pero yo vivo en el mundo real.

Lo miré incómoda, masticando con lentitud. Él movió la cabeza, con un gesto amable que le restó dureza a la frase que acababa de pronunciar.

— El caso es este: has pasado buena parte de tu vida leyendo, fotografiando y escribiendo — prosiguió — Todo lo que haces es parte de ti. Te dedicas casi obsesivamente al trabajo. Y lo sabes.

Por supuesto que lo sé. Es una de las condenas del freelance, supongo. Casi todos los que trabajamos por nuestra cuenta, tenemos un horario poco complaciente, que además, está enfocado en producir, crear y construir oportunidades sin tomar demasiado en cuenta el cansancio, la diversión o incluso, el mero placer de un día libre. Además, en mi caso la situación es incluso más caótica: no solamente no dependo de un horario de trabajo sino que además, mi mente parece funcionar a su propio ritmo y casi siempre a deshora. De modo que bien puedo pasar buena parte de la noche leyendo y escribiendo y sólo levantarme de la silla en caso de necesidad irresistible.

— No a eso a lo que me refiero — dice mi amigo. Hace una pausa y me mira serio — no a eso, específicamente. Vives de lo que lees. Aún eres la muchacha Universitaria, para bien o para mal.

No sé que responder a eso. Me licencié de mi primera licenciatura Universitaria siendo muy joven y acabé la segunda, a mitad de la veintena. Entre una y otra cosa, participé en diplomados, especializaciones, carreras cortas. En realidad, tal y como dice mi amigo, he pasado más tiempo de mi vida sentada en un pupitre que haciendo cualquier otra cosa. La mayoría de los grandes intereses naturales — diversión, aventuras, viajes, amor — quedaron relegados a un discreto segundo plano, mientras me afana por leer, tratar de escribir lo mejor posible, fotografiar todo lo que podía. Al final de los treinta, me encontré en un camino escarpado, extraño y duro que no supe muy bien como definir. Había conseguido la mayoría de las metas que me había propuesto, luchaba por el resto y además, trataba de mantener mi cordura a flote, en un país como el mío en donde no es algo sencillo de hacer. Pero también había la extraña sensación de la pieza perdida, como si el mecanismo entero funcionara con lentitud por faltar una pieza.

— Es la ansiedad de los treinta — sentenció mi amigo con amabilidad — pero también, una forma de cuestionarte ¿Qué buscas? ¿Qué esperas de ahora en más?

Me lo he preguntado más de una vez. Cuando tenía 20 años, los treinta me parecían muy lejanos. Era como atravesar un trecho enorme de mi vida que todavía no comprendía muy bien a dónde me llevaría. Tenía algunas ideas: para los treinta ya tenía que haber logrado LA GRAN COSA en mi vida (que era la gran cosa, eso estaba por definir), encontrarme estabilizada y viviendo lo que se supone sería todos esperan de la vida, aunque no sabía que era exactamente lo que esperaba. De hecho, si algo recuerdo de los veinte y mi impresión sobre el futuro era esa sensación un tanto de incertidumbre y un poco más de miedo. Incertidumbre por no comprender exactamente que quería hacer o a dónde quería ir. Miedo justamente por eso. Entre ambas cosas, la imperiosa necesidad de creer que más adelante lo sabría, que un poco después lo comprendería a cabalidad.

No lo he comprendido y tal vez esa es la gran sorpresa que me ha traído esta tercera década de vida.

Porque cuando comencé a transitar los veinte años tuve muchísimo miedo, como dije. Un temor que no acababa de comprender muy bien pero que en realidad tenía relación con el hecho que no sabía a dónde me dirigía. Y no lo sabía porque comencé la veintena con una serie de decisiones que buenas o malas, me dejaron en un punto incómodo de mi futuro. Había culminado una licenciatura Universitaria que no solo no me agradaba sino que era radicalmente distinta a lo que siempre había soñado para mi futuro académico. Comenzaba a vivir sola, cuando apenas podía cocinar un plato de comida decente. Y mis grandes pasiones, las de siempre, las ardientes, las reales, parecían relegadas a un segundo plano. Recuerdo esos primeros meses de los veinte con una sensación agridulce: mis planes eran tan inconsistentes como carentes de sentido y más aún, impersonales. Eran una mezcla de un “deber ser” difuso y una necesidad de justificar que todo el esfuerzo de una carrera universitaria que no me satisfacía en lo más mínimo tenía que tener algún valor. Cualquiera. De manera que me insistía, una y otra vez, que mi próximo paso “debía” ser asociada del bufete donde había comenzado a trabajar, y quizás, comenzar una especialización en un tema “respetable”, “realista”. Porque había mucho de esas palabras en ese futuro distante. Convencerme que “debía” comprender el mundo como una serie de decisiones sensatas, comprensibles. Era doloroso sin duda. Pero aún peor, profundamente triste. Pasaba mucho tiempo, con una extraña sensación de pura desazón, esperando que me consolaran las interminables horas de trabajo en el bufete que trabajaba, con sus espléndidos muebles de madera pulida, sus tranquilos pasillos olorosos a pino y sus alfombras mullidas. A veces, me preguntaba si para todo el mundo era igual, si para el resto de mis compañeros de clases que se obsesionaban con sentencias y libros de textos legales, esta sencilla y llana angustia era tan real como lo era para mí. Los días seguían transcurriendo y recuerdo que fue la época donde me obsesionaba la idea de quién sería a los treinta años, si esa mujer distante en el tiempo, se sentiría mejor, más libre, justificada, satisfecha. Y esperaba que sí. Necesitaba creer que sí para continuar.

No sucedió nunca por supuesto, y tal vez, esta sea la gran lección en esto, lo que aprendí cuando dejé atrás la necesidad de justificarme, de consolar esa incertidumbre del adulto joven, la aparente responsabilidad de complacer una identidad concreta de mi misma, como imagen social. Comprendí que la seguridad adulta, solo es un mito, uno de esos tan inconcretos y poco claros como los que todos tenemos en la infancia. De hecho, entendí de manera muy clara, a medida que el tiempo transcurrió y tomé decisiones que destruyeron esa fantasía difusa de la mujer que podría ser, que ser adulto no es muy diferente a ser niños: es crear a diario, aspirar todos los días a construir esa identidad real, indivisible y vital que todos aspiramos para nuestro futuro. Es, en resumidas cuentas, una forma de fe. La mayor, pienso sin duda, porque es enfrentarte al miedo de siempre, de todos los días, heredado, asumido, parte de tu vida desde que comprendimos que el futuro es parte de cada decisión que tomamos, buena o mala, concreta o accidental. Es creer y confiar simplemente que más allá de lo que se asume por cierto, existe una incertidumbre que puede ser en esencia, extraordinaria.

— No lo sé — admití en voz alta — la verdad no lo sé. Pero en medio de la búsqueda, intento no perder esta sensación de crear que me ha mantenido viva la mayor parte de los últimos años.
— Mira, la cosa es más sencilla: estás haciéndolo bien, pero todavía no es suficiente. Creo que es el mal de nuestra época, esa insatisfacción que no tiene verdadero nombre. Pasa antes o después, pero siempre ocurre.

¿Es así de sencillo? Hace unos días, una de mis editoras y yo sostuvimos una extraña conversación sobre el futuro y las expectativas. La revista que fundó y llevó adelante por años, atravesó un momento levemente complicado y de pronto, se encontró pensando si todo el entramado de su trabajo — proyecto futuro — eran tan endeble. Me lo dijo mientras ambas decidíamos cual era la mejor opción para ayudar a la publicación y sobre todo, de qué manera podía solventar esa fragilidad. “Todo lo que hacemos es tan fugaz” comentó en medio de la larga conversación que sostuvimos por Skype. “Tan poco sostenible en ocasiones”.

Lo es, sin duda. Buena parte de mi vida, la he pasado luchando contra esa abstracción un poco genérica de la profesión vocacional. Soy fotógrafa y escritora, lo que equivale a decir que dependo de mi talento para vivir. ¿Y quién asegura que sea el suficiente? ¿Que sea lo suficientemente buena como lograr sostenerme en dos pies en medio de oficios donde la competencia es atroz y descarnada? Mi amiga suelta la risa cuando se lo digo.

— Uno se esfuerza, se aferra, sigue y avanza — suspira — ¿que más puedes esperar?

Es algo complejo de asimilar, me digo. Hace dos semanas sufrí una crisis profesional de mediana intensidad y tuve que tomar decisiones frías y prácticas, en medio de la cólera. Al final, todo resultó ser un gran temor convertido en una especie de burla azarosa y comprendí, que el trabajo vocacional es una especie de sentido abrumador sobre la identidad. De la misma forma que mi amiga y su revista, mis columnas, textos y libros — presentes y futuros — son algo más que parte de mi trabajo. Son el resultado de mi estilo de vida, la forma en que me concibo. El reflejo de mi identidad.

Hará unos dos días, ofrecí una charla con motivo de la exposición en que participo en una galería en mi ciudad. Luego del ameno debate, alguien se me acercó para preguntarme si la satisfacción de “fotografiar” era la suficiente como para considerarla arte. Miré a mi interlocutor un poco desconcertada.

— ¿No cree que lo sea?
— La fotografía es un oficio.
— Pero también es arte. No la concibo desde lo práctico.

Se volvió a mirar la pared en la que colgaban mis fotografías. Una mujer fragmentada e irreconocible, oculta bajo la tierra. No es una imagen que pueda venderse, mucho menos atractiva. Es un mensaje. Pero ¿Cómo explicar algo semejante? ¿Como describir la sensación que me hice sentir el acto casi ritualista de fotografiar creando una escena de puro dolor? Al final, terminé por guardar silencio, mientras mi interlocutor continuaba mirando las fotografías. El rostro tenso, los ojos entrecerrados.

— ¿No hay un interés práctico en ellas? — me preguntó al final.
— No.

No es la primera vez que alguien me pregunta algo semejante. Hace unos días envíe un artículo a una de las revistas dónde trabajo y el editor me contestó de inmediato, para algunas correcciones menores. “Escribes con una prosa incandescente” añadió al correo “Leerte siempre me deja preguntas”. Ah, que bonito, pensé avergonzada y emocionada. Pero al minuto siguiente, me pregunté que quería decir exactamente algo semejante. ¿Es bueno lo que escribo? ¿ampuloso? Cuando me contesta el correo con semejantes preguntas, incluye un emoji con un rostro serio. “Halagarte es un trabajo forzado”.

No lo es. En realidad, creo que nadie que trabaje en el campo vocacional cree los halagos de buenas a primeras. ¿Cómo hacerlo? la sensación de ser inadecuada, un poco torpe, siempre está muy cerca. El Síndrome del Impostor, le llaman. Esa línea que une y deconstruye lo que somos y como nos comprendemos. Y cuando la vocación es también tu profesión, el miedo parece subvertir todo tipo de problemas, anudarse a algo más profundo que la mera necesidad de trabajar. ¿Cómo se explica semejante cosa?

Virginia Woolf lo sabía, sin duda. En más de una ocasión insistió que una mujer necesita una habitación, dinero propio y un espacio eminentemente creativo para crear. ¿Y el trabajo? Me pregunto, en mi habitación, en mi espacio, en mi lugar en el mundo. En este pequeño Universo privado que ha crecido y se ensanchado a través de las décadas: de un escritorio y una biblioteca, a una lugar amplio repleto de recuerdos y libros. ¿Lo mismo ocurre en mi mente? Suspiro, me dejo caer en mi sofá favorito. Me cubro el rostro con mi viejo ejemplar de “Siete cuentos góticos” de Blixen y pienso en este pequeño aislamiento mio. En este espacio extraño que compongo a mi gusto.¿Y quién es esta de mujer de treinta y tantos en la que me convertí? Por supuesto, alguien totalmente distinto a la que temía convertirse en lo más profundo la joven abogada abrumada y muy cansada de mis veinte. Y eso, es, sobre todas las cosas, la mayor satisfacción que he podido obtener recién comenzando esta nueva década de mi vida.

C’ est la vie.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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