Crónicas de la loca neurótica:

Cinco semanas después que me fracturé el hombro derecho, el médico me liberó finalmente la muñeca y me permitió extender el brazo. El chispazo de dolor es claro, aunque no insoportable, de modo que muevo los dedos de un lado a otro. Puedo hacerlo, me sorprendo. El movimiento es flexible, rápido pero tímido. Todavía recuerdo el relumbrón de dolor de la fractura, de modo que procuro no atravesar el umbral invisible pero firme de sufrimiento físico que sigue allí, al parecer a la espera de ¿qué? ¿hacerse más intenso? ¿ de recordarme que no estoy del todo sana? En realidad no lo sé, de modo que doblo el brazo plazo el plexo solar, aunque ya nada lo sostiene allí y escucho las explicaciones del médico. Los ejercicios para evitar los músculos se atrofien, las articulaciones se queden paralizadas por las largas semanas de inmovilidad.

Me miro la mano izquierda. Fuerte y sana. La mano que me ha permitido escribir, fotografiar con dificultad, aferrarme a cierta independencia mental y física. La mano que me enseñó que hay un límite en el mundo que no conocía, que no sabía existía y que de hecho, jamás había notado hasta que tope en un choque brusco con la mera idea que estaba allí. Descubrir que el mundo gira en una dirección e ignora con sutileza cualquier otra cosa, ha sido una lección singular que he aprendido a la fuerza durante los lentos días de recuperación. Abro y cierro los dedos de la mano izquierda, la siniestra, la zurda, la invisible en un mundo diestro. ¿Cuando noté este pequeño prejuicio invisible que ahora es tan evidente e incómodo? me echo a reír y el médico interrumpe su perorata y me mira extrañado. Me pregunta qué ocurre. Quisiera explicar con detalles esta sensación de ligero extravío, pero no es sencillo. Ni siquiera yo la entiendo bien. Y quizás por eso no deja de causarme asombro, una ligera maravilla amarga que no sé cómo llamar.

Intento levantarme de la cama. Me impulso hacia adelante y tengo la sensación que mi cuerpo pesa dos, tres veces más de lo habitual. Y entonces llega el dolor, una oleada de agujas al rojo vivo clavadas en la piel. Se me escapa un grito de rabia, frustración y por supuesto, miedo. Pocas veces en mi vida me he sentido tan frágil, vulnerable, torpe. Me quedo tendida sobre la pila de almohadas y entre la confusión, pienso que quizás la solución sea permanecer así, inmóvil y a salvo, sobre la cama enorme.

Han transcurrido seis horas desde que resbalé a mitad de la noche y caí al suelo de la forma más aparatosa imaginable. Todavía no recuerdo bien por qué estaba de pie a mitad de la madrugada: lo único en realidad claro en mi mente es el chispazo demencial de dolor que me hizo gritar a todo pulmón. El chasquido del hueso del hombro al romperse y después, la confusión de imágenes que me lleva esfuerzo ordenar. El dolor es una burbuja, un espacio sin nombre que distorsionó todo a mi alrededor, que aterrorizó como no creí que nada pudiera hacerlo ahora que soy una adulta. El miedo blanco y jaspeado de vulnerabilidad que asocio a la infancia, a un abstracto desamparo. Jamás creí sentir algo semejante siendo una adulta. Llorar de miedo sin saber muy bien cómo detenerme.

— La fractura de húmero es una de las más dolorosas — me explicó el médico unas horas antes — el conjunto de huesos está rodeado de una masa de músculo clave para el movimiento, lo que quiere decir que incluso deslizar el brazo de arriba a abajo, te provocará un sufrimiento físico enorme.

No le comprendí bien. Me había dado un calmante de alto rango y tenía la sensación que todo flotaba, ingrávido e irreal, a mi alrededor. Incluso su rostro, que aparecía y desaparecía como un manchón de piel clara sobre la máscara que le cubre la nariz y la boca. La cuarentena, pensé y la palabra se deshizo en mitad de la distorsión de la realidad, como si no significara nada en realidad. La cabeza del médico se inclina hacia el brazo, siento la presión de sus dedos envueltos en plástico en la muñeca. Un chispazo de dolor y después, de nuevo esa extraña paz blanca y sedosa, casi agradable.

— Estarás inmovilizada por completo por un mes — le escuché decir — no muevas la mano derecha para nada, porque eso complicará las cosas. El arnés está sujeto a presión, así que sólo podrás mover los dedos. Pero el brazo debe permanecer en ángulo, contra el plexo solar y el antebrazo apretado al torso. Solo así, vas a sanar.

Después me enteraría que las fracturas del hombro no llevan escayola y que en caso de no necesitar intervención quirúrgica, sólo sanan a través del llamado tratamiento conservador, algo parecido a los vendajes apretados de las costillas rotas. En este caso, la inmovilización evita que el hueso pueda moverse o perder alienación, lo que facilita el lento proceso de curación.

— En un mes, habrá un callo de hueso sobre la lesión — me explicó el médico — y poco a poco, se regenerará por si sólo. Pero necesitas tiempo y paciencia.

Tiempo y paciencia. Repetí las palabras mientras me acostumbraba a la presión del inmovilizador en el cuerpo: se trata de una faja ancha que atraviesa la espalda, el esternón, envuelve el brazo fracturado y por último, sujeta la muñeca con fuerza. Más tarde, el inefable Google me explicaría todo tipo de detalles sobre el sistema ortopédico con el que deberé lidiar por un treinta días exactos. Muchos datos ergonómicos, explicaciones rápidas sobre la forma sobre la forma en que garantiza mi completa inmovilidad y por supuesto, la insistencia de expertos y páginas médicas que jamás, por ningún motivo, debo mover el brazo mientras permanezca dentro del complicado cabestrillo. La única manera de asegurar podré evitar pasar por pabellón y que una lesión simple se convierta en un cuadro médico más complicado.

Tiempo y paciencia, me digo de nuevo, tendida sobre la cama. El efecto del analgésico pasó y el dolor es tan agudo que me lleva esfuerzos respirar. Las bandas de lona del inmovilizador son pesadas, gruesas y van muy apretadas. Aprieto los dedos de la mano derecha contra el plexo solar y el dolor aumenta, ondula, se hace una línea carmesí, se desliza por la piel y los músculos hasta hacerme llorar. Se me escapan las lágrimas de furia y miedo, abrumada por la claustrofobia, por la ansiedad ciega que provoca el mero pensamiento de encontrarme atrapada por mi propio cuerpo. La garganta cerrada, el pecho apretado bajo el peso del cabestrillo.

Cuando mi madre viene a ver cómo me encuentro, se queda de pie y me mira preocupada, mientras lloro con los dientes apretados, no sé si de frustración, dolor o la mera perspectiva de enfrentar el miedo en estado puro. Se queda de pie en el marco de la puerta y me contempla, como si no supiera qué hacer para consolarme. Tampoco lo sé: El mundo reducido a la piel caliente, lastimada, al brazo como una brasa que quema y se consume en una especie de suplicio sombrío que me deja sin voz. Cuando se acerca a la cama por fin, me abraza y soy una niña otra vez, aterrorizada, entre temblores. El mundo distorsionado, el doble de su tamaño. Una trampa maliciosa de la que no sé como escapar incluso de poder hacerlo.

Dos días después, el dolor a remitido un poco. Ya puedo levantarme de la cama sin grandes problemas, he logrado dormir algunas horas y recuperé a medias el apetito. También el médico aumentó la dosis de analgésicos y desinflamatorios, lo que me brinda unas pocas horas de tregua a la incomodidad física. Todo lo anterior, me permitió descubrir muy pronto cual era el problema real al que tendría que enfrentar en lo sucesivo. Uno de índole tan corriente que en medio de la inmovilización, la posibilidad que la lesión se agrave, el latente riesgo de infección y una preocupante colección de posibles complicaciones parece casi sin importancia. Pero la tiene y lo descubro cuando intento llevarme un sorbo de agua a la boca y me arrojó el contenido del vaso al rostro. Me miro la mano izquierda enfurecida, resentida, desconcertada. Una batalla a contracorriente contra mi propio cuerpo.

Soy diestra y jamás pensé en lo que significaba serlo. Las mínimas pero definitivas ventajas que me brinda tener un rasgo común con casi el 60% de la humanidad. La verdad, casi nadie piensa en tales cosas: en el lugar en que se encuentra el picaporte de la puerta, el tamaño del escritorio y hacia cual lado está inclinado, la forma en que se distribuyen los espacios, la forma y funcionalidad de los objetos más comunes. No lo notas hasta que de pronto, te encuentras en medio de un mundo que parece conspirar en tu contra, organizado y estructurado para hacer más sencillo la vida en la dirección incorrecta en que intentas lidiar con lo realidad. En mi caso, lo descubrí un par de días después de comenzar la lenta recuperación de la fractura, con el brazo derecho por completo inmovilizado y el izquierdo torpe e incapaz de reconocer los espacios a su alrededor. Como si de súbito, la lesión me hubiera arrojado a un lado del mundo que hasta ahora, había ignorado por completo.

— No es un mundo diestro — dijo mi prima — sólo estás desorientada, deja de pensar en eso.

Lo dice mientras me ayuda a sentar frente a mi escritorio. Tengo la intención de seguir con mi trabajo a pesar de la momentánea incapacidad y es esa tozuda decisión, la que me ayuda a lidiar con el miedo. Pero cuando miro todo mi pequeño espacio de trabajo, el mundo se me viene a los pies. El menú del sistema operativo de mi computadora de escritorio funciona de izquierda a derecha (para facilitar supongo, la interfaz que imita el sistema de escritura occidental) y de inmediato, el mero uso del puntero y los controles, me supera y me frustra. Los dedos se me resbalan, hago clic en los lugares incorrectos, la pantalla se llena de errores. Tomo una bocanada de aire. No ocurre nada, te lo imaginas, me digo en un intento por consolar la angustia que me cierra la garganta. Puedes hacerlo, será un proceso más lento. Estás usando una sola mano.

Pero claro está, no se trata que no muevo mover ambos brazos, sino que sólo puedo utilizar el incorrecto para este mundo que gira en una sola dirección. De nuevo intento utilizar el ratón y no lo logro. De hecho, me lleva esfuerzos recordar las mínimas funciones, como si tuviera que aprenderlas de nuevo. Vuelvo a dejar caer los dedos sobre el teclado, aprieto las teclas con cierta angustia. Voy con cuidado, como si fuera la primera vez. Las letras están distribuidas para diez dedos, no cinco, pienso en un tono que pretende ser jocoso pero en realidad, me hace sentir una amargura punzante. Al final, me detengo, tomo una bocanada de aire. Aprieto el puño de la mano derecha contra el pecho, los dedos helados e inútiles me hacen sentir aun más impaciente. De nuevo tengo deseos de llorar, claro, pero me contengo. Me tiembla la quijada, la ansiedad es un nudo blanco y gris que me hace sentir incluso más tensa y abrumada. La doble presión del inmovilizador y el miedo.

Termino por levantarme de la silla, aturdida. Me tropiezo con la pequeña curva del escritorio que pretende hacerme más fácil escribir, dibujar o leer. Y por supuesto, está a la derecha. Como lo está también la llave del grifo de agua caliente en la ducha, que además gira a la derecha. Como la puerta corrediza que abre hacia un único lado -adivinen cual -y también, la pila del lavamanos. Al final, vuelvo a mi habitación, con el dolor en el hombro más vivo que nunca, la piel hirviendo por un quebranto inexplicable y me tiendo con cuidado entre el montón de almohadas. Alguien — mi tía, mi prima o mi mamá — dejó un libro en la mesa de noche, que claro está, está a la derecha del respaldar de la cama. Me estiro con cuidado, el dolor aumenta, me sacude, me tensa la espalda. Se hace insoportable. Pero no pienso llamar a nadie, aunque se me salgan las lágrimas a cada centímetro que logro avanzar para rozar la solapa de cartón. Y cuando logro sujetarlo, una imaginaria aguja ardiente me recorre el antebrazo, hasta el codo. Me quedo tendida de espaldas de nuevo, el libro sobre el pecho. Al menos, algo que abre hacia el lugar que necesito, pienso antes de echarme a llorar como una niña furiosa.

Por siglos, la mano izquierda fue considera un símbolo de misterio, hechicería e incluso de maldad. En medio del oscurantismo del medioevo, a los zurdos se le consideraba poco confiables, debido al hecho que según la tradición católica, las bendiciones provenían de la mano derecha y las maldiciones, de la izquierda. De hecho, se consideraba una forma leve de herejía persignarse con la zurda, de la misma forma que la connotación de la palabra “siniestra”(o lado izquierdo) describía a la maldad que habitaba en las sombras del hombre. Siglos después, el concepto describiría accidentes, incendios, desastres naturales y terminaría por ser un término legal para describir catástrofes de considerable envergadura. En nuestra época, el recién nacido psicoanálisis brindó una connotación incluso más compleja al término. Freud definió a “lo espantoso, angustioso o espeluznante, debido a la persistencia de ideas primitivas y complejos infantiles reprimidos” como la parte siniestra de nuestra mente, ese espacio inquietante que pocas veces se toca, pero que se encuentra latente al borde de nuestra mente.

Pienso lo anterior mientras intento usar con la mano izquierda un abrelatas y no lo logro. O más tarde, cuando intento escribir unos apuntes a mano y no lo logro. El cuaderno se desliza bajo la palma, las hojas se arrugan, abandono. Intento usar los cubiertos y mi mano no parece encajar, el codo abierto en un ángulo incómodo. Incluso el lavabo, también me hace la vida complicada, con su llave del lado derecho. Al final del día (es el sexto desde que sufrí la fractura) siento una enorme necesidad de llorar de furia. De gritar, pedir explicaciones al mundo. Por supuesto no lo hago. Tomo mis analgésicos, me tiendo en la cama, la cabeza se me hunde en las almohadas, miro las aspas del ventilador de madera. Una bella antigüedad tallada, obsequio de algún pariente, que por supuesto gira hacia la derecha. Como el mando a distancia del televisor, como el teclado del teléfono, como cualquier objeto común que ahora se convierte en un pequeño enemigo. Uno de tantos, en un mundo que gira al revés.

De pronto siento un profundo respeto por mis amigos zurdos. Por la gracia y dignidad con la que lidian con un mundo pensado en dirección contraría al fluir de sus vidas. Pienso en los niños en los colegios, con la mano resbalando sobre el pupitre. Los adultos que conducen como pueden con los controles del lado incorrecto. Los médicos que operan con la mano firme a pesar de no ser el pulso natural. De todos los que deben enfrentarse a este mundo egoísta y limitado con el que me acabo de tropezar y cuya existencia no sospechaba. O no me importaba imaginar. Una lenta ondulación que recuerda la diferencia, que hace énfasis en la forma en que la realidad se perfila a conveniencia. Más tarde, cuando la combinación de fármacos hacen efecto y termino por quedarme dormida, sueño con una línea carmesí que se extiende hacia el lado izquierdo del cielo, envuelta entre nubes de tormenta, una cicatriz en medio de un cielo envenenado de lluvia y silencio.

Han transcurrido casi veinte días desde que me fracturé el hombro y el médico me autorizó a utilizar los dedos de la mano derecha siempre que pueda. Es el primer indicio de mejoría, me dice, que pueda hacerlo o al menos intentarlo. De modo que me afano, por sostener pequeños objetos, por rozar la pantalla del teléfono y lograr usar algunas aplicaciones. La sensación es de un vergonzoso alivio, uno que me hace sentir tan egoísta y poco comprensiva, que termino por quedarme muy quieta, para mirar ambas manos. La izquierda inquieta y que apenas puedo controlar — cierro puertas con excesiva fuerza, me arrojo el agua a la cara cuando quiero beberla — y la derecha, apretada y sujeta contra la faja apretada que me permite curar. Tengo la sensación que hay un mensaje en la mera imagen, una idea que se esconde bajo la irrisoria humillación que me provoca la lenta, muy lenta curación. Los ojos se me llenan de lágrimas de nuevo y esta vez, no sé si se debe al miedo, a la angustia, a la desazón o a un alivio medroso. O todo a la vez.

Vuelvo la mano derecha de un lado a otro. Hay dolor pero soportable. La extiendo un poco, me esfuerzo por lidiar con la muñequera bien apretada. Lo logro, a medias. Estiro todo lo que puedo los dedos para rozar la taza de café unos centímetros por delante y después, me quedo muy quieta. Suspiro, aprieto el puño, lo aprieto de nuevo contra el plexo solar. Y por último tomo la taza con la izquierda, entre temblores, con esa fuerza excesiva de la torpeza. Pero logro mantenerla en equilibrio, rozar con los labios la porcelana. El café tiene buen sabor y siento que mi torpe mano izquierda, se queda firme por un momento. Un pequeño triunfo, pienso. Una batalla diminuta. Y la conciencia, extraña y un poco abrumadora, que comienzo a entender a mi cuerpo de una forma por completo distinta. Poderosa, inquieta, viva, más fuerte.

Una mirada al otro lado de la vida corriente, con sus extraños paisajes y relieves.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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