Crónicas de la loca neurótica:

La ciudad que nadie recuerda.

Foto Nicola Rocco.

En el libro de Marcel Proust “En busca del Tiempo Perdido”, el escritor dice que “lo que creemos real puede desaparecer con una facilidad poética y terrorífica”. La primera vez que leí la frase, estaba en la Universidad y todavía la obra de Proust no me gustaba lo suficiente como para analizarla más allá que como deber académico. Pero con el paso del tiempo, la colección de historias y memorias del escritor, se convirtió en un reflejo en el cual mirarme. En una escena progresiva de mi vida como una sucesión de historias y también, como una concepción ilusoria y poco importante de lo que somos como parte de algo más grande.

Si vives en Venezuela, piensas mucho en esas ideas. Lo haces mientras deambulas por las calles semiderruidas, entre una multitud de venezolanos de rostro cansado y afligido. El tiempo pasa, pero en Venezuela pasa el doble de rápido y con el doble de fuerza. A mis treinta y tantos años cumplidos, tengo la sensación que he vivido al menos seis décadas más, como si vida fuera una rotonda por la que doy vueltas en círculos para encontrarme con mi propio reflejo. Es un pensamiento inquietante ese. Como la habitación de la memoria en que se perdió José Arcadio Buendía o los laberintos extravagantes de la casa sin nombre que imaginó Mark Z. Danielewski para su libro “La casa de las hojas”. La sensación es exacta, como si cada pieza de la mente careciera de sentido y se perdiera en medio de un enorme vacío inexplicable, desperdigada la memoria aquí y allá. Una grieta en la pared del tiempo que no consigues ocultar cuando apoyas ambas manos en ella.

Ahora mismo, Venezuela no es ningún lugar. Vaya que idea escalofriante es esa, me digo tendida boca arriba en la terraza del edificio en el que vivo, casi veinte pisos en vertical sobre el suelo. Es de noche y las estrellas no se ven más cercanas. En realidad tengo la sensación que podría extender los dedos y confundirme en la oscuridad que circunda. Las estrellas observando cómplices y terribles. Monstruos helados. La idea me sobresalta y me siento sobre el suelo. La ciudad pende como una imagen irreal entre parpadeos de luz amarillenta. Caracas no es ni la sombra de lo que fue ni volverá a serlo pronto. Sólo hay una percepción sobre la historia que flota a través de ella, como una gran antigüedad.

— Todo lo ves muy romántico — dice una amiga cuando le cuento algo de lo anterior — todo eso que me cuentas parece una novela de esas rusas que tanto te gustan.
— ¿No te sientes así?
— ¿Así cómo?
— ¿Como que cada recuerdo de Caracas es una reliquia?

Mi amiga sonríe y suspira. Nos conocemos hace años y conoce mis desvaríos lo suficiente como para no sorprenderse. Se encoge de hombros.

— Una reliquia es algo religioso — dice al cabo — Caracas es como una bestia herida.
— Eso si es poético — apunto. Ella me mira preocupada.
— Es lo que es. Cuando un animal está herido, te lanza dentelladas y zarpazos. Caracas es algo como eso, pero peor. Sobre todo ahora.

“Ahora”. Se refiere al extraño tránsito político que atravesamos. La crisis política llegó a su punto más alto en años — y creo que culminante — y la sensación general es que la incertidumbre se volvió algo denso y cotidiano. Nadie sabe qué ocurrirá en un país con dos presidentes, pobre, violento y roto por el odio. Y “ahora” es toda la percepción sobre lo que podría ocurrir, mientras Caracas avanza en silencio, abierta y vulnerable, como una mujer hostil despedazada por alguna agresión secreta. Eso no se lo digo a mi amiga pero creo que ella lo sabe. Suspira, se inclina sobre el sofá de la casa de sus padres en la que aún vive. Una adulta adolescente porque Venezuela no le permitió madurar.

— Esto se jodió — dice con simplicidad — y no, Caracas no es una reliquia. Es un pedazo de basura, una antigüedad que nadie quiere conservar.

Esa noche, al dormir, pienso en la imagen. El último pensamiento que tengo, es hacia la imagen del país que flota a la deriva, como la ciudad a oscuras más allá de mi ventana y la sensación que el país, simplemente se convirtió en un recuerdo fragmentado que nadie puede definir a cabalidad.

Hace unas semanas, compré una taza de porcelana en una vieja tienda de antigüedades. Se trató de una casualidad afortunada: conducía en una calle cercana, cuando leí el cartel de una tienda que anunciaba “cierre por liquidación”. Caracas está llena de avisos semejantes o simplemente de portones y rejas cerradas, que comienzan a cubrirse de herrumbre. Pero cuando eché una segunda ojeada, noté la vitrina llena de muebles de aspecto digno y elegante, algunos libros cerrados con tapa de cuero apilados en una esquina y un antiquísimo tapiz de tela con el viejo motivo del unicornio. No son cosas que se vean muy a menudo en el tercer mundo, pensé de inmediato, asombrada. Detuve el automóvil en el primer espacio que encontré calle arriba y volví casi a la carrera a la esquina en la que había visto la tienda, casi dos cuadras más atrás.

Se trata de un local pequeño, que por irrisorio que parezca, se encuentra junto a un Sex Shop con luces de neón color rojo que se mantenían encendidas incluso en pleno mediodía. Miré el resplandor rojizo que bañaba la fachada de la pequeña tienda de antigüedades. Era una mezcla absurda y casi surreal. Me pregunté si siempre había sido así o antes, había alguien que pedía apagar las luces, algún dueño enojón, con bigote frondoso y blanco, que sacudía el puño y gritaba con acento extranjero para pedir respeto. Una imagen bonita, pensé con una sonrisa, mientras me inclinaba para mirar a través del cristal con las manos ahuecadas. El local era apenas un pasillo iluminado con un par de focos led en las esquinas. Había un montón de objetos amontonados en las esquinas, cubiertos con sábanas o pedazos de plástico. Sólo eran visibles los muebles, la fila de libros en precario equilibrio y el tapiz polvoriento.

Una mujer joven con el cutis lleno de acné vino para abrir cuando toqué el timbre junto a la puerta. Me dedicó una mirada aburrida. Llevaba una especie de delantal cubierto de polvo y guantes de trabajo.

— No se vende nada — me dijo de inmediato.
— Pero el cartel dice…
— Eso es para que la gente sepa que esto está cerrado. Ya no vendemos nada.

Miré el tapiz, con su Dama pelirroja que acariciaba la cabeza de un Unicornio dócil. Los libros cuyos nombres no podía leer a la distancia. Los muebles de madera pulida y gastada por el tiempo. Después miré a la muchacha y traté de no parecer en exceso impaciente.

— Es para un cumpleaños. El de mi mamá. Me gustaría comprarle algo bonito.
— Al lado venden cosas bonitas también — dijo y sonrío.

Fue una de esas sonrisas que invitan a la complicidad. Una sonrisa de “vamos a reírnos de estos cacharros viejos y pensar en la vida real. En dildos y orgasmos. Vamos a olvidarnos de esta polvareda y pensar en ropa interior lujosa y bonita”. Pero no se la devolví. Cruce los brazos sobre el pecho, enfadada e incómoda, aunque no podría decir exactamente el motivo. ¿Algún tipo mojigatería nunca resuelta y apenas admitida? ¿O esa asexualidad mía a la cual jamás he podido darle nombre? Cual sea el caso, la mujer notó la frialdad y se guardó su sonrisa de chiste guarro para otra oportunidad.

— Pero no vendemos nada. Todo ya se guardó — volvió a insistir.
— Algo pequeño, seguro le pagan por comisión. Imagínese vender algo cuando ya la tienda cerró.

Me miró con los ojos entrecerrados. La muchacha debía tener mi edad pero tenía un tipo de dureza que la hacía parecer mucho mayor. La dureza de lidiar con clientes, la ciudad de pavimento caliente, el metro subterráneo abarrotado. De pronto me sentí ilusa, ridícula, malcriada. Las mejillas se me calentaron por un involuntario rubor de verguenza.

— Déjelo así — dije con un suspiro — de verdad creo que le quito tiempo.
— Hay una tacita — dijo en voz baja — no es gran cosa. Pero es bonita. Y seguro el nuevo dueño la va a botar porque no tiene par. Pero es algo bonita.
— ¿Me la muestra?

Ella movió la cabeza y sin esperar respuesta, caminó hacia el local. La seguí y cerré la puerta a mi espalda. El calor de la calle pareció disolverse bajo un silencio con olor a polvo y el brillo frío de las lámparas encendidas. Me quedé de pie, sin saber muy bien que hacer, mientras ella iba hacia el enorme mostrador de madera y se metía detrás. Para entretenerme, miré el tapiz. ¿Sería real? ¿O una valiosa reproducción? Lo imaginé colgado en la pared de mi habitación, enorme y majestuoso. En medio de mis muebles modernos y sencillos. La lámpara de pie de metal. La imagen mental me hizo sonreír.

Durante las últimas semanas, Venezuela ha sido sólo tensión. Una sensación de irrealidad que te invade en cualquier parte, que te sacude y te deja sin armas para vencerlas. Me ocurrió en ese local pequeño, con su atmósfera fría y polvorienta. Contemplé la calle y las fachadas de tiendas cerradas y me encontré pensando en que la ciudad en que nací y crecí, desapareció. Así, sin más. Desaparecida en una vorágine violenta y perturbadora de algo tan duro de asimilar que en mi mente, aún no tiene nombre. El país que llamaba hogar, la versión de la realidad que asumía como parte de mi vida, se desplomó a pedazos. Como si fuera la sobreviviente de una guerra que jamás ocurrió, en ocasiones siento que soy una extranjera en el suelo que me vio nacer. Alguien que regresa a la tierra en la que nació años después de haber olvidado la importancia que tuvo en su vida y en su forma de comprenderse. ¿Tiene sentido algo semejante? Miro de nuevo el tapiz del Unicornio, la Dama pelirroja con la cabeza levemente ladeada. Una vez leí que había imágenes semejantes en los palacios florentinos del siglo XV. Aquí y allá, la existencia que carece de tiempo. Un país que no existe, una identidad rota que no tengo idea de cómo recuperar.

La muchacha volvió con una taza muy ornamentada con flores y lo que parecían pequeñas aves entre las manos. Me la extendió con un gesto casi descuidado. La tomé, preocupada por dejarla caer por mi habitual torpeza.

— Esta es la taza — dijo con una sonrisa — es sólo porcelana. Pero es una cosa bonita.

El corazón se me aceleró. Era más que una cosa bonita. En realidad era una taza coalbrookdale, con un precioso ramillete de flores intacto a la derecha y una mariposa azul monarca sobre el asa un poco agrietada. Me quedé boquiabierta y después, el corazón se me fue a los pies ¿cuánto podría costar una pieza semejante? Sin duda, no podría atinarle al precio. Jamás…

— Llevatela barata — dijo la muchacha y a continuación, me señaló un precio irrisorio — esa tacita no la quiere nadie.
— Pero ¿No…la meterá en un lío vender algo así por tan poco dinero? — pregunté.
— Es sólo una taza, ¿que tanto puede costar? — soltó una carcajada fresca — todo el mundo se llevó los cubiertos y cosas finas. Eso estaba al fondo de una caja.

Me pregunté si debía explicarle que la taza en realidad era una antigüedad extraordinaria. Que llevaba casi seis meses tallar las flores delicadisimas, las mariposas que emergen de la porcelana como por arte de magia, que quizás en una muy parecida, algún Duque o Marqués inglés había tomado su té de las tres de la tarde. Que cualquier museo…pero ella ya miraba a su alrededor, otra vez cansada, pasándose el antebrazo por la frente para secarse el sudor.

— El dueño se fue hace meses. Los hijos odian la tienda. A nadie le interesa lo que hay aquí. Llévate tu taza.

No me atreví a decir nada más y me tragué mis escrúpulos. Mientras ella envolvía la taza, miré el tapiz otra vez, abrumada por su belleza, por el brillo radiante de los cabellos de la princesa — porque eso es lo que era ¿verdad? — los ojos enormes del Unicornio. Me pregunté si debía…sí era capaz…suspiré. No tenía el valor para engañar la inocencia o la mezquindad de la muchacha una segunda vez. Cuando me entregó la taza y la tarjeta de crédito, me miró con atención.

— ¿A tu mamá le gustan esas tazas?
— Me gustan a mí.

Ella soltó una carcajada. Me acompañó a la puerta. Cerró con mano firme. No me volví a mirar cuando eché andar hacia mi automóvil. La taza apretada contra el pecho, aturdida por encontrarme de nuevo entre el tráfico ruidoso, el sol a plomo del mediodía de la ciudad.

Miro la taza y pienso en su viaje hasta mi mesa. Imagino todas las manos y bocas que crearon su historia. La imagino al fondo de un barco, en un baúl antiguo, en las manos de una dama de alcurnia y por último, al fondo de un cajón, donde nadie la quería. Me pareció más bella que nunca, en su exagerado repujado, en los detalles antiguos de sus rosas y mariposas. El olvido es un sueño, dijo algún poeta que no recuerdo. El tiempo es una voz sin palabras. Una imagen fugitiva perdida en medio de lo cotidiano.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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