Crónicas de la loca neurótica.

La danza de los espíritus silenciosos.

Fotografía Elina Brotherus

La noche en que me fracturé el brazo derecho, llovía. Una de esas pequeñas tormentas extrañas en Caracas, en la que el clima siempre puede sorprender. Había hecho calor durante todo el día, por lo que la lluvia me sorprendió al ir a dormir. Unas horas después, tendida en el suelo, con un dolor abrumador que me sacudía de los pies a la cabeza, escuché las gotas contra la ventana. Un sonido delicado, exquisito, lento, que no logró calmarme. Me eché a llorar como pocas veces lo he hecho en mi vida adulta, tan aterrorizada que me llegué a preguntar si este dolor y este miedo, era un síntoma de locura. De ese abismo al que siempre temo, abriéndose a mis pies.

Meses después y ya en plena terapia, recordé la experiencia. Mientras mi terapeuta me hacia extender con el cuidado el brazo aun dolorido, le conté la sensación de flotar en la oscuridad, envuelta en el dolor, tan vulnerable en el miedo como jamás me había sentido. Me escuchó en silencio, apretó con suavidad mi muñeca, me hizo girar el antebrazo. El breve pinchazo de dolor me sobresaltó pero me asombró la forma en que desapareció de inmediato.

— ¿Sentiste eso?
— ¿El dolor?
— El alivio porque ya no está.
— Eso es un truco barato — me burlé — no me refiero a eso.

Vicente no respondió de inmediato. Volvió a hacer que el brazo girara, ahora hacia abajo y luego me hizo doblar el codo, con la palma de la mano extendida hacia arriba. Me soltó y me miró, mientras me esforzaba por mantener la posición.

— ¿Te cuesta hacer ese movimiento?
— No mucho — en realidad sí lo hacía, pero no se lo diría — sólo es fuerza física.
— ¿Y qué es la fuerza física?

No sé por qué motivo, pensé de nuevo en la lluvia contra la ventana, la noche de marzo. Era un aguacero fuerte, que al día siguiente dejaría algunos árboles caídos y unas cuantas partes de la ciudad sin electricidad. Pero esa noche, en ese breve silencio saturado de dolor, sólo era sonido, la lenta vibración del cristal, la sensación plácida que la lluvia tiene su propio lenguaje. Y es poderosa, pensé entonces, esforzándome por mantener el brazo en alto, la palma abierta. El hombro me dolía, los músculos flojeaban pero no me rendí. Seguí con el brazo flexionado hasta que los ojos se me llenaron de lágrimas. Vicente me miró y después, con uno de sus movimientos delicados, me hizo relajar la postura. Suspiré, enfurecida por el miedo al dolor físico, por la lección de humildad que la fractura y todo el proceso de curación me había dejado. Eso es un gesto de arrogancia ¿no? me pregunté mientras me acariciaba con la yema de los dedos el hombro. Ahí, bajo la piel pálida y el viejo tatuaje de la escena de uno de mis libros favoritos, debía encontrarse el hueso a medio curar. Lo había visto en la imagen de la radiografía: mi forma espectral de líneas, en la que una se rompía en un fragmento pequeño. Tanto dolor, me dije aturdida en esa ocasión. Un sufrimiento atroz de algo tan pequeño.

— La fuerza física es voluntad. Una de sus formas — dijo entonces Vicente — este año, hubo tantas veces que mucha gente no supo entender eso. El miedo te paraliza. Luchar contra él, implica fuerza de voluntad. Un movimiento. Uno solo.

Recordé de nuevo en el sonido de la lluvia. Lo imaginé nítido y fuerte. Y pensé que esa noche, que de una u otra forma había simbolizado un momento de ruptura de mi vida en un año en que hubo muchos, era también una forma de fuerza. El sonido, la vibración del cristal. Las líneas invisibles de ese poder natural que podía escuchar a través de las capas de dolor, del miedo. Extendí el brazo, esta vez sin ayuda. Me tembló un poco al hacerlo: el movimiento rígido, la sensación que la piel se calienta, los músculos se sostienen un movimiento ondulante. Vivo, todo tan vivo, como la lluvia, el dolor, la noche. Como cada pequeña cosa que me sostiene. Sonreí. Vicente también.

— Hay fuerzas que nadie nota están ahí — dijo — esas son las importantes.

***

Hace unos días, me preguntaba que tan egoísta era, luego de pasar un año recluida en casa. Acaté la cuarentena de forma muy estricta y además, he obedecido la distancia social y la restricción de contacto físico con una desconocida disciplina. Por supuesto, llevo más de quince años de trabajo freelance que transcurre la mayor parte puertas adentro, por lo que tampoco se trató de un sacrificio considerable o un esfuerzo hacia territorio desconocido. Pero, también, he descubierto que esa decisión de no abandonar la seguridad de lo doméstico, de sólo hacerlo en caso de necesidad, de resolver mis asuntos a través del contacto de Internet también es un privilegio. Uno de los muy poco disfrutan en mi país. ¿Qué tan egoísta me hace eso?

Lo pienso, en la primera ocasión en tres meses en que salgo de casa. Voy para acudir a un pequeño evento empresarial al que debo asistir, como parte de una fundación artística. Lo hago sin mucho entusiasmo, pero con el pensamiento insistente que quizás, tenga su importancia abandonar el capullo. Suena trágico eso ¿no? capullo. Más que trágico, romántico, me digo mientras me miró las uñas muy cortas, algunas carcomidas. Volvió el hábito de la ansiedad, porque de hecho, la ansiedad volvió. Porque perdí — o al menos, se transformó en otra cosa — todo el esfuerzo de casi cinco años de terapia de convencerme que el exterior no es un lugar peligroso. Para un ansioso, las relaciones con los espacios son complicadas y dolorosas. Sufrí de agorafobia por años y logré superarla a base de un esfuerzo combinado de voluntad, terapia y medicina…sólo para volver al claustro. Tiene su chiste. Uno irónico. De modo que hago el esfuerzo de salir porque es lo mejor que puedo hacer, incluso por menos de un par de horas, en un día lluvioso.

Vuelve a llover. Esta vez la lluvia es copiosa, gris y con un velo de vaho denso mezcla de humo de motor y contaminación. Contemplo el paisaje que desaparece por la ventanilla y pienso en todas las horas perdidas y muertas de este año. Meses de puertas cerradas, de temer al enemigo invisible. Pero aquí, no hay nada. O al menos, el virus es una amenaza latente. Las multitudes van por la calle de un lado a otro, unos sin mascara en el rostro, otros tantos con la mitad del rostro cubierto al descuido. Las calles están llenas de filas en la espera de gasolina. Muchos de los automóviles están apagados, lo conductores conversan entre risas. Se tocan, se estrechan la mano. Lo miro todo y pienso en este año de lecciones que no son lecciones. De rupturas invisibles cuyo verdadero resultado será obvio después. De las cosas dolorosas que me dejó comprender que el miedo siempre está ahí, que ahora el enemigo invisible es real y que debo lidiar con mi mente de la mejor manera que pueda. ¿Esa es el gran aprendizaje de este año? ¿debe haber uno?

Mi prima conduce. No puedo hacerlo todavía. Mi brazo, aunque curado, todavía tiembla al hacer esfuerzos y no responde bien a los reflejos. Vicente me ha dicho que me llevará otros tantos meses, quizás incluso un año, recuperar por completo la movilidad. Me acaricio con cuidado el codo, el antebrazo. Como me ocurre casi a diario, imagino el trozo de hueso que me hizo gritar y llorar de dolor, por fin curado. Una cicatriz de mi cuerpo que jamás veré, pero que aun así, pesa lo suyo. Duele a diario de formas distintas. Cuando me cepillo el cabello, uso los cubiertos para comer. Cuando escribo a mano, cuando incluso hago pequeñas cosas como acariciar el morro de mi gata. Duele y el dolor es un recordatorio que algo cambió en la configuración de mi cuerpo. Que no volverá a ser igual. Que la experiencia me ha hecho distinta, incluso.

Todos me dicen que exagero. Me lo dice mis tías y primas, que me piden levantar el brazo sobre la cabeza. “Ya sin fractura, ¿ves?” dice una jubilosa. Me lo dice mi madre, para quien todo el proceso de recuperación ha sido una pequeña colección de discusiones que hicieron presión extra en nuestra endeble relación y los estragos de la cuarentena en un país en crisis. Me lo dicen mis amigos, los pocos que he podido ver. “Ya el brazo funciona ¿qué más quieres?” Que más quiero, me digo. Extiendo los dedos, los muevo con cuidado. Quiero a la casilla cero. Un día antes del día de marzo de la fractura. O mejor. Unos meses antes, en ese enero luminoso del que tanto me quejé y tenía esperanzas intactas. Un año entero de reclusión, de lidiar con el terror y el dolor, me ha cambiado de formas pequeñas pero definitivas. Me ha hecho alguien distinto. ¿Y quien es esa persona?

En el local del evento, hay, como es de suponer, muy poca gente. Se llega por invitación y el protocolo de seguridad insiste que sólo estaremos en la exposición que alberga el lugar, una hora a lo sumo. Me toman la temperatura — 35* grados, aparentemente estoy muerta — , me rocían las manos con alcohol. Al entrar, alguien me toma una fotografía y me hace señas. Más adentro, solo cuelgan fotografías de hombres y mujeres sonrientes. El anfitrión viste de blanco y lleva una máscara sobre el rostro, más una pantalla de pléxigas. Esto es surrealista, me digo.

Estoy mareada, aturdida. Al llegar al pequeño pueblo en las afueras de Caracas en que se lleva a cabo el evento, comenzó a llover, por lo que hemos tenido que correr tres calles con la cabeza cubierta y a ciegas. La lluvia otra vez. Tengo tango tiempo sin actividad física real, que comienzo a sudar a los pocos metros y al llegar al local, me lleva esfuerzos respirar. Ahora, en el silencio de la galería, hay una tensión lenta. Mi prima camina hacia el otro lado y me quedo sola frente a una fotografía en blanco y negro de una mujer que llora. En la esquina, el anfitrión levanta la mano y me saluda casi de pasada. Como sino estuviera aquí, me digo y la sensación me produce un escalofrío.

La exposición retrata la pandemia según lo que ha ocurrido en el Venezuela, que ya cargaba con una crisis coyuntural de considerable importancia desde hace años. La pandemia destrozó todo indicio de normalidad. Ahora sobrevivimos entre escombros, en medio de la hiperinflación y la incertidumbre de una enfermedad que avanza entre las sombras. Nadie sabe sobre las cifras, nadie conoce el verdadero número de enfermos. Miro a la mujer de la fotografía. Está muy delgada y el fotógrafo la captó desde un ángulo poco favorecedor, que la hace ver frágil y cansada. Según dice el pie de foto, “es una de las que ha superado el cuadro”. Y también incluye un nombre “Soraya”. Exótico, bonito. Soraya tiene el cabello corto, anteojos. La luz se difumina en sus facciones amplias, la nariz recta, la boca entreabierta. Seguro decía algo cuando el fotógrafo hizo clic. ¿Qué podría ser?

El 2020 me hizo alimentarme de preguntas. Tantas y tan desesperadas, que a veces siento un terror profundo porque no tengo respuesta a casi ninguna. Tengo miedo por lo que vendrá, por la posibilidad de enfermar. Por lo que sea que espere en los meses siguientes, con la cuarentena que se aproxima en mi ciudad, por el escaso valor del dinero, por el miedo real a morir. Vicente dice que tengo tantos temores debido a la fractura. Es el único que lo dice, con una amabilidad que me consuela.

— Pero si fue una tontería.
— No lo fue, quedarse sin poder moverse dos meses no es una tontería.
— Ya estoy bien — siempre que digo eso, extiendo la mano — ¿ves? todo se trata que soy una cobarde.

En uno de sus libros, David Foster Wallace insiste que el miedo es el principio motor de la vida moderna. Que tenemos miedo de muchas cosas a la vez, de muchas formas y de todo tipo de situaciones. Y es el miedo, ese espectro primitivo lo que hace que intentemos dar con soluciones, consolarlo. La tecnología, la medicina, la ciencia. Todos son respuestas a preguntas. Intentos de consuelo. ¿Lo brindan? No lo sé. Vicente dice que el miedo es natural. Mi madre que es débiles, uno de mis amigos que es inevitable.

Vuelvo a mirar a Soraya. Parece asustada. Según sabré después, estuvo al borde de la muerte y ahora, está aquí, viva y dando testimonio. Es un pensamiento bonito, pero no me consuela para nada. Me alejo de la fotografía. Me acerco al lugar en que reparten bebidas. El muchacho que atiende me extiende un vaso de plástico transparente con un poco de refresco. “Si va a beber, hágalo más allá” me dice. Supongo está sonriendo, pero el tono es formal. De modo que obedezco. Me voy a una esquina y tomo un sorbo. Me tiemblan las manos. Todavía tengo el cabello húmedo por la lluvia. Y el dolor en el brazo regresa. Un lento latido que me recuerda mis nuevos límites, los espacios desconocidos de mi cuerpo.

El 2020 hizo eso, pienso. El 2020 me dio una conciencia forzosa de lo finito de mi vida. Otro trago de refresco. La ansiedad está tan cerca. Quiero volver a mi casa, quiero cubrirme la cabeza con la capucha del suéter que llevo y ocultarme en cualquier lugar. El miedo, el miedo que no para nunca.

El 2020 fue un buen maestro del miedo. El pensamiento va y viene mientras miro los rostros de otros pacientes. Niños, jóvenes, ancianos. Todos parecen frágiles, vivos de milagro. También yo lo estoy. ¿No es eso un privilegio? ¿Soy egoísta por el alivio que siento? La ansiedad me sacude un poco, me deja con la boca seca. Vuelvo al centro de la exposición. Mi prima conversa con tranquilidad con un conocido. No me acerco. Tengo los anteojos empañados, las manos heladas. Tengo hambre, pienso distraída. Quiero estar en casa, quiero ¿qué? 2020 me regresó a mis refugios, casi a la fuerza.

— No saludaste a nadie — dice mi prima, después — te quedaste ahí…
— No tenía deseos de hacerlo — contesté — o no sé.

¿Perdí la práctica? la frase me parece jocosa al pensarla, pero después, tiene un tinte amargo. Pienso en todas las cosas que olvidé cómo hacer. Las tardes de cine de los martes, jueves y viernes. Los sábados de leer en mi librería favorita. El café familiar de los domingos. Los conversaciones con mis escasos amigos. El mundo se ha hecho más pequeño, más doloroso, se contrajo en su forma esencial, me digo. ¿Eso es una frase melodramática? podría serlo, de no ser tan cierta en un lugar de mi mente. De no parecer un filo abierto y firme que me amenaza al avanzar. Suspiro, sacudo la cabeza. Mi prima me dedica una mirada rápida. Vamos de vuelta, el automóvil parece flotar en medio de la lluvia. Conduce con lentitud, segura. No podría hacerlo, me digo. Pienso en el brazo que tiembla, la poca fuerza de la mano. Pienso en el miedo. Pienso en todas las cosas que este año me enseñó, casi en una lección violenta. Pienso en el silencio en mi interior. En las cicatrices que no veré, pero llevo a cuestas.

***

Cada primero de enero, despierto antes que cualquiera, si acaso llegué a dormir. Es un reflejo, quizás una costumbre que aprendí aunque no pueda decir donde. Pero despierto, mientras el primer rayo de sol comienza a iluminar el cielo, con ese olor definido de la primera hora del día. Y cada año, me envuelvo en una vieja bata de paño y subo a la terraza del edificio donde vivo, para contemplar el primer amanecer del año nuevo.

Lo hago desde muy niña. Recuerdo que en una ocasión, me quedé de pie en la oscuridad de esa enorme terraza sin forma, mirando la ciudad entre las bruma de la pólvora de los fuegos artificiales y pequeños resplandores de luz, sonriendo. La sensación de pertenecer a esa paisaje extraordinario e intimo, de reconocerlo como parte de mi historia me abrumó. Por supuesto, con diez años era muy pequeña para comprender de esa manera la sensación casi dolorosa de asombro, de contemplar los edificios en la semi penumbra y asumir que Caracas, a medio construir, medio derrumbada en sus pequeñas batallas habituales, era mía. Pero lo supe, en la forma como se saben los pequeños secretos en los sueños, con esa noción misteriosa que el conocimiento forma parte de la superficie de tu piel y también, de las diminutas lecciones diarias. Recuerdo que me senté en el suelo de cemento y me envolví en mi cobija favorita, para contemplar ese despertar en luz de un nuevo año, para regocijarme por poder disfrutarlo y de alguna forma enigmática, comprender su significado. Una idea confusa que no pude asimilar muy bien.

Lo hago cada año. Y es un ritual cada vez más elaborado. Comencé a llevar algunos de mis libros favoritos, para que me acompañaran en esta pequeña celebración. Después, algunas de mis fotografías más preciadas, para alzarlas al primer rayo de sol, para sacudirlas a la luz y construir una idea perdurable de ese momento. Llevo también mi cámara, mi iPod con mi música favorita. Incluso mi jarra favorita de café. Al final, recibir el nuevo año con el amanecer, se transformó en una costumbre personal, en un elaborado hábito, de esos que creamos sin saber muy bien donde provienen, pero que agradezco tener. Y es que este despertar. Esta visión del tiempo que comienza, de la idea de mirar el mundo más allá de quienes somos, me desborda, me reconstruye, me llena de esperanza. Porque somos todo lo que deseamos, lo que aspiramos a ser. Lo que miramos desde la distancia. Un pequeño prodigio a medio construir. Una idea tan espléndida que no termina de completarse nunca y a pesar de eso, posee un enorme y profundo valor en su significado.

De pie, en la madrugada recién nacida, miro la noche. Esa noche caraqueña entre gris y añil. Celebré con timidez, en un año de sinsabores. Levanto la copa recordando los temores y dolores, sin saber que desear para el nuevo año que está a punto de despertar. Y tengo miedo. Lo tengo porque todo comienzo es complicado, doloroso. Un riesgo apenas calculado. Tengo miedo por las pequeñas perdidas, por los fragmentos de historia que aún sostengo entre las manos, tan afilados que en mi imaginación pueden herirme, dejarme a carne viva, con las palmas abiertas de puro desconcierto. Tengo miedo de la incertidumbre, de ese primer paso necesario hacia el futuro que deseo construir. Tengo miedo de esa noción de transformación, de la visión que se construye con esfuerzo, a fragmentos, aún sin nombre, anónima. Un miedo real, un hilo carmesí que me recorre la espalda, que me produce escalofríos. Y aún así, también hay esperanza. ¿Como podría no haberla? Del matiz de las aspiraciones, de la necesidad de creer y construir. De mirarme más allá de mis límites, de asumir el poder que me brinda esa confianza infantil y en ocasiones ciega, en mi propia capacidad de crear. ¿No fue esa la mayor lección que recibí en el año que terminó? ¿No fue esa la inmediata noción de lo que aspiro obtener en el que comienza?

Suspiro, los brazos abiertos. Escucho el sonido del viento al soplar, un viento helado, anónimo. Un viento de promesas, que me consuela con delicadeza, que me recuerda que a pesar de todo, siempre habrá este momento de absoluto silencio, de la primera franja de luz delineando la montaña, palpitando en el cielo. Una linea radiante, purisima. El color naciendo también, al borde de la montaña. El viento palpitando en luz. Abro los brazos, suspiro. Este es un buen momento para aspirar al poder de mi espíritu, para soñar con todo lo que espera por mí. Para recordar que a pesar de todo, siempre habrá un buen motivo para continuar.

Con toda probabilidad, recordaré el 2020 como el año donde me cuestioné prácticamente todo lo que daba por evidente, seguro y absoluto. Y quizás por eso, agradezco haberlo vivido. No sólo por la pandemia, por la fractura, las despedidas, las pérdidas, la sensación de correr muy rápido hacia alguna dirección desconocida, sin llegar nunca a pesar de mis esfuerzos. Pero viví, encontré el secreto de la fuerza invisible, esa que mi terapeuta menciona a diario, en algún lugar de mi mente. El 2020 se resume en la intensidad con la intensidad que lo viví, con todas las lecciones que recibí, las duras, las dolorosas, las extraordinarias, las inolvidables. Este fue el año donde lloré de miedo más de una vez, donde reí a carcajadas, encorvada y sin aliento. Este fue el año donde renací tantas veces que comprendí en eso consiste la vida: en destruir para crear y quizás, crear para elevarte por encima de tus dudas y sinsabores. Fue el año de aprender a escuchar, de hablar en voz alta, de atreverme a decir sin tapujos lo que pienso. Fue el año de decir “No”, tantas veces como dije sí. Fue el año de atreverme, de cometer decenas de maravillosas imprudencias, de vencer mi natural torpeza social para crear algo más profundo y puro sobre mi misma.

Uno de mis profesores Universitarios solía decir que el primer día del año es el único día inocente. Era un gran cínico, este hombre gruñón y obsesionados con los Romances medievales. En más de una ocasión, me aseguró que “esa convención social de hacer cíclico el tiempo” no era otra cosa que un rasgo infantil del espíritu humano. Una idea que no encaja en ningún lugar de nuestra historia, que debería carecer de toda importancia.

— ¿No lo ves? el ser humano se siente seguro al reglar, delimitar y construir pequeñas ideas sin sentido. Fechas, fronteras, identidades geográficas. Todo con la intención de definirse, de otorgar sentido al absurdo. Pero lo absurdo es parte de nuestra historia, quizás la mejor.

En una ocasión me contó que durante algún tiempo, se negó a celebrar el año nuevo. Lo hizo con la convicción absurda de las obsesiones, de continuar a pesar de saber que el empeño carecía de sentido. Se encerraba en su habitación, cerraba las ventanas, con la única compañía de un libro y un copa de Oporto. Escuchaba las fiestas a la distancia, sacudía la cabeza incrédulo.

— Mi madre tocaba a la puerta, siempre a media noche. Me dejaba un pequeño plato de comida. Y yo la ignoraba. Pero después, al amanecer, lo comía. A pesar de todo, sentía que ese platillo, tenía su significado. Era una especie de recordatorio que todo se construye, avanza y se hace real en la medida que lo creemos posible.

— Entonces se dio por vencido — le dije, entre risas. Sacudió la cabeza, encendiendo el tercer cigarrillo de la tertulia.

— Sí y no. Acepté que somos parte de ideas tan viejas como imperecederas. Que admitirlo, nos permite comprendernos. Y reconstruirlas a nuestra manera, le otorga un nuevo valor. Así que…

— Así que… celebra el año a su modo.

— ¿No es eso lo que aspiramos todos? A mirar el mundo con cierta generosidad desde nuestro punto de vista.

Así que lo hago. Sentada en la oscuridad, envuelta en un manta llena de retazos, en pijamas, rodeada de libros, fotografías y trozos de papel. Temblando de frío y de cierta impaciencia. Esperando el primer amanecer.

Tanto que agradecer, tantas pequeñas proezas cotidianas. Este fue el año en que admití mis flaquezas, esa vulnerabilidad de niña que me hizo más fuerte. El año en que escribí mi tercer libro. El año en que me asombré de mi capacidad para recuperar las fuerzas, cuando creí era incapaz de hacerlo. Fue el año de admitir que pierdo el control en más ocasiones de las que deseo, donde acepté que mis debilidades y vulnerabilidades — que son incontables, múltiples y casi siempre al borde del estallido — me son tan preciadas y necesarias como mis fortalezas, también numerosas y que pocas veces aprecio. Este fue el año en que aprendí a gritar de furia, en que dejé de justificar la manera como vivo y como deseo vivir y que abrí la puerta hacia el futuro, hacia todas las posibilidades que deseo recorrer.

También fue un año para agradecer. A todos los que me dedicaron un momento de su tiempo para leer, para todos los que debatieron conmigo ideas y contradicciones. Gracias a todos los que me enseñaron con el ejemplo, los que me ayudaron a crecer. Los que me insistieron para continuar avanzando a pesar del miedo, los que me abrazaron al llegar al limite de mis fuerzas. Gracias por todo el amor que recibí, la mano extendida que sostuvo y apretó la mía. Gracias por las risas, invaluables y preciadas. Gracias por consolar las lágrimas, sin vergüenza y generosidad. Gracias por todos los momentos extraordinarios, los pequeños y los grandes, los inolvidables, los que se atesoran. Gracias por el cielo cuajado de estrellas, por el olor de la montaña, por el sonido del viento rodeándome, por las manos abiertas hacia la posibilidad y la esperanza. Gracias a todos los que de una u otra forma, se convirtieron en parte de mi historia.

¿Qué ocurrirá en el año 2021? No lo sé, pero si sé que lo enfrentaré con la misma fortaleza que aprendí durante estos meses y que será quizás, una travesía tan poderosa y extraordinaria como esta.

Llega el primer día de un año por recorrer. La luz del sol lo ilumina todo, me envuelve por completo. Y río, a carcajadas, sin otro motivo que esta satisfacción de confiar por un momento, habrá siempre una razón para aspirar a sonreír, para creer que cada deseo y cada idea es posible, poderoso, real. Que hay una satisfacción intima y extraordinaria en continuar avanzado, entre tropiezos y sobresaltos, por el camino que escogí continuar.

La ciudad parece desaparecer bajo la bruma matutina. La montaña verde se alza en vertical, hacia un cielo azul incandescente. Y pienso en el poder de los pequeños prodigios y de las diminutas batallas. En esas que enfrentamos a diario y que nos definen, quizás nos otorgan un rostro. El futuro comienza a crearse, en este amanecer anónimo, pienso bebiendo la primera taza de café del año. Un triunfo diario, diminuto. Personal.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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