Crónicas de la lectora devota

El tema del racismo en Norteamérica es un tópico que se debate en la actualidad desde un ángulo por completo distinto al histórico. O al menos, a la forma en que se ha profundizado por décadas. En especial, se trata de un fenómeno notorio en el mundo literario estadounidense, a menudo acusado de ser racialmente excluyente y el mejor de los casos, de tener una mirada muy específica acerca de la percepción cultural sobre la marginación. Una considerable cantidad de nuevos escritores, ensayistas y articulistas, ha dedicado un notorio esfuerzo en construir una versión sobre la discriminación y el prejuicio, que se basa en el punto de vista del discriminado. Un fenómeno inédito que en el último lustro se ha hecho más poderoso, elocuente y amplio. Después de todo, hasta hace menos de cincuenta años, los escritores afroamericanos tenían un acceso limitado o en todo caso, más complejo hacía medios de difusión masivos o editoriales de amplio alcance. Una restricción tan evidente como para provocar que la literatura interesada en tópicos de la comunidad o relacionados directamente con la concepción sobre la exclusión como parte de lo cotidiano, se relegara a un segundo plano, casi por completo especulativo.

El punto fue explorado con cuidado por la difunta ganadora del premio Nobel Toni Morrison. La autora fue una metáfora formidable sobre la necesidad de escribir para desmenuzar el tiempo y sus vicisitudes, no sólo por su laureada carrera, sino por su capacidad para aglutinar los conceptos sobre la comunidad afroamericana, sus tópicos y dolores bajo una misma visión literaria. Morrison fue un monumento vivo al poder de la literatura para enfrentarse al prejuicio y la segregación, tan habitual en un país como el suyo en el que aún la tensión sobre el tema racial es considerable. Pero la escritora, además, fue el rostro de un tipo de batalla intelectual que la llevó a convertirse — quizás sin desearlo — en un símbolo sobre el poder de la voluntad creativa para romper límites en una cultura esencialmente restrictiva. Desde sus humildes orígenes hasta alcanzar el reconocimiento mundial gracias a su prodigiosa mezcla de talento, ojo crítico y crudeza al contar el dolor, Morrison se convirtió en interlocutor de un tipo de mensaje que trasciende las fronteras de lo racial y lo social, algo no muy común en Norteamérica, en el que la tensión sobre el tema resurge cada cierto tiempo y con mayor virulencia.

Tal vez por ese motivo, la obra del doble ganador del premio Pulitzer Colson Whitehead tenga un tenor semejante a la de Morrison. O de alguna manera, se sostiene sobre la misma mirada persistente acerca del análisis de temas culturales específicos desde una perspectiva literaria novedosa. Desde hace más de dos décadas y en paralelo a su crecimiento intelectual como narrador, Whitehead ha dedicado un formidable esfuerzo a crear una voz propia. Una que aglutina el legado inmediato de Morrison (de quien es un evidente deudor), hacia lugares más específicos y complejos. También, que enfrenta el tema del racismo y la exclusión cultural desde lugares nuevos y apasionantes.

Pero en especial, Whitehead provoca incomodidad. Juega con el sentido de la provocación y se enfrenta a la controversia a través de un tipo de narración en esencia polémica. Y tal vez, justo por esa cualidad para el desconcierto, las versiones del autor sobre la historia, vicisitudes y dolores del desarraigo y el miedo que la cuestión del racismo representa, suele ser un punto de vista novedoso que sorprende por su potencia. Un ejemplo inmediato, es su visión sobre la esclavitud en la multipremiada novela El ferrocarril subterráneo, que logró extrapolar desde sus puntos de vista comunes acerca de la violencia, la amenaza y el maltrato cultural hacia algo más ambicioso y complejo. La novela se trata no solo por su reinvención sobre el tema del racismo, el horror de la sumisión y la interpretación de la libertad como elemento moral, sino también por su capacidad para mezclar leyenda y realidad en medio de una narración poderosa y conmovedora. Por supuesto, Whitehead solo retoma un tema eterno dentro de la literatura: el de escapar del propio destino, pero lo redimensiona desde una noción de profunda belleza que lo convierte en un testimonio poderoso sobre la condición humana.

Pero Whitehead también ha dedicado su atención a otros pormenores de la racialidad. La historia que el escritor narra en su obra del 2020 The Nickel Boys (su segundo Pulitzer y una de sus novelas más polémicas), no es sólo un recorrido a través de los horrores ocultos bajo la superficie de una norteamérica indiferente, sino también, una reflexión sobre el peso que aplasta la tentativa inmediata de dar voz y rostro a las víctimas. La novela de Whitehead relata uno de los capítulos más retorcidos del sistema educativo y de justicia de norteamérica, pero también refleja el poder de los secretos, de la tentativa colectiva de mantenerlos ocultos y el terror aparejado que historias semejantes llevan a cuestas. Los crímenes de odio son el secreto vergonzoso de la cultura occidental. Uno que, además, se oculta bajo todo tipo de justificaciones que buscan atenuar su gravedad bajo una alarmante indiferencia. Una interpretación de la forma en que la sociedad interpreta el prejuicio y lo normaliza bajo una pátina injustificable de vicios dolorosos. Y Whitehead logró narrarlos desde un punto de vista por completo sorprendente y doloroso.

Para su octava novela, Harlem Shuffle (2021) Whitehead vuelve sobre la sátira social metafórica que le permitió crear una versión paralela de la historia en El ferrocarril subterráneo (2016), para crear una historia que sorprende por su simbología, inteligencia y sustancia. Eso, a pesar de no ser tan directamente violenta o angustiosa como sus novelas más conocidas. De hecho, uno de los puntos altos de la narración, es la capacidad de Whitehead para alejarse con habilidad de los puntos más retorcidos de sus libros previos, para contar desde una mirada casi humorística una historia extraordinaria en el ámbito de lo común. Para Whitehead (que suele interesarse en relatos más densos, dolorosos y singulares), la vida de un hombre corriente es un singular mapa que recorre sentimientos y conclusiones distintas sobre la identidad social. ¿Quiénes somos según la época y la cultura en que nacemos? ¿qué nos hace pertenecer y en especial, que nos define en medio de la abstracción de lo colectivo? Whitehead, que suele utilizar con frecuencia el sarcasmo y la metáfora burlona para tocar temas sensibles, encuentra en Harlem Shuffle un recorrido de singular belleza por terrenos desconocidos. A diferencia de otros tantos de sus personajes y escenarios, que dependen de una retorcida visión de lo espontáneo, todo lo que ocurre en su nueva ficción está signado por lo inevitable. Desde su primer y sugerente capítulo — una visión en apariencia apresurada y extraña sobre un día cualquiera en Nueva York — Whitehead intenta dejar claro que analizará esa connotación espontánea de la vida cotidiana. Pero nada es tan sencillo con el escritor y lo que parece una serie de rutinas paralelas que conducen a una narración sencilla, de pronto se abre en líneas equidistantes hacia espacios por completo novedosos.

Lo que todo lo que ocurre alrededor del vendedor Ray Carney — narrador y personaje principal de la historia. es de hecho, la encarnación de un tipo de destino evidente que, aunque no se relata de inmediato, se sostiene sobre una serie de coincidencias que conducen a algo más desconcertante. Este sujeto levemente amoral, recorre la década de 1960, aprendiendo con rapidez que el mundo que le rodea — y lo que suscribe su experiencia — está relacionado con el miedo A lo que pueda ocurrir, a lo que de hecho pasará y que al final, se revelará como una serie de sucesos que encajan en la historia con la precisión de piezas de un mecanismo de relojería.

En esta ocasión, Whitehead dota a su personaje de una nebulosa visión del bien y del mal. Ray pasa buena parte de la narración haciéndose preguntas sobre lo que debe hacer, lo que hace y lo que podría haber hecho. Pero en realidad, este experto en muebles de madera no está interesado en dilemas de conciencia. Lo que más le obsesiona es recorrer la ciudad — y la textura de lo que se considera cotidiano — desde una periferia enriquecida por el riesgo. Ray en compañía de su primo Freddie — “una inevitable y sagaz mala influencia, con experiencia en evitar la cárcel y la capacidad de matar con una sonrisa” — se ve envuelto en una serie de situaciones ilegales que aumentan su gravedad. “Lo que comenzó como un asalto, terminó con un allanamiento de morada y un par de heridos. Pudo ser peor y eso es lo que pienso, en un intento de consuelo” narra Ray, mientras permanece unos cuantos días encerrado en su habitación de Harlem para evitar ser identificado luego de un “golpe” que no “salió mal, pero me empujó a la oscuridad”. Por supuesto, Whitehead no pierde oportunidad de deslizar la idea sobre la raza y como para Ray, es mucho más complicado estar al borde del peligro. “Si fuera un hombre blanco, esperaría la cárcel. Soy un hombre negro y sé que me espera la muerte” explica Ray, que multiplica sus precauciones a medida que se hace más complicado el entorno criminal que frecuenta.

Para Ray, la doble vida como ciudadano aburrido y de sonrisa amable, a delincuente ocasional se hace una especie de vicio. Pero esa atracción por el peligro que resulta placentera y la mayoría de las veces atractivas, pasa por una línea muy sutil: la del hecho que Ray es un hombre negro que necesita evitar un problema con la ley. “Si eres un chico blanco que roba en una farmacia, eres solo un chico blanco que roba en una farmacia. Pero si eres un negro que asaltó un establecimiento de blancos, estás destinado a que toda tu vida en adelante, sea un reflejo de esa violación al orden de las cosas” dice Whitehead a través de su personaje, con una burlona convicción. “¿Qué ocurre cuando eres un negro y cometes un error? lo llevas como un tatuaje indeseable, una marca evidente, que reclama atención, que hace que el mundo se abra a canal”. Pero Ray está convencido que el riesgo vale la pena. “Si no te rebelas contra el orden ¿qué esperas para hacerlo?” se regodea Ray, después de un atraco en el que casi sale herido. Las descripciones de Whitehead de este hombre común y engañosamente inofensivo, rozan lo humorístico, pero también cierta tensión que se hace cada vez más complicada a medida que avanza la historia. “Lo sabes, si disparas el arma, la bala lleva tu vida aparejada” dice, después de asaltar una tienda en que casi desenfundó el revólver que Freddie le puso en las manos. Después, en una pelea de bar, se tropieza con la efervescencia de la amenaza, una versión del riesgo que para él supera cualquier precaución. Y Whitehead aprovecha el momento para hacer gala de su sentido del humor retorcido. “No sería exacto decir que los dos hombres pelearon o pelearon. Más como si se agarraran la parte superior de los brazos y se sacudieran … Fue una batalla discreta, un temblor mutuo”.

Con sus tres partes bien definidas, pero en especial, la forma en que el escritor analiza la vida de Ray en casi una década, Whitehead crea un híbrido casi imposible entre la novela policiaca y la crítica social. Cada una de las miradas del escritor a la vida de Ray, es también un recorrido por diferentes momentos morales, lo que dota al personaje de una rara tridimensionalidad, que adquiere a frases limpias y en escenas cada vez más extravagantes. El “primer acto” — como Whitehead denomina al recorrido de Ray a través de su vida delictiva — dedica una buena cantidad de tiempo a mostrar como un hombre cualquiera puede caer en el crimen. El segundo, se divierte con las peripecias del personaje, pero poco a poco se vuelve más oscuro y arbitrario. “Soy un hombre que sabe está al borde del desastre” dice Whitehead y poco a poco, muestra como Ray, de retorcida visión sobre el riesgo de saltar la identidad que la sociedad impone, se convierte en un hombre aterrorizado por las consecuencias, por la posibilidad del desastre total. “¿Me convertiré en una vieja historia aleccionadora?” se pregunta en voz alta. “¿Me convertiré en el hombre que tiene miedo a toda hora, que mira sobre hombro en busca de un extraño que sea el que termine por cerrar todas las posibilidades?”.

Para el tercero, Ray se ha convertido en lo que no esperaba y quizás, es el tramo más logrado del libro y quizás, la demostración brillante, de la forma en que Whitehead profundiza en sus temas preferidos. Ray tiene miedo, también ha perdido el gusto por el riesgo. Pero a la vez, sigue siendo un personaje con múltiples facetas distintas, algunas relacionadas con la oscuridad que paladea, pero también la conciencia sobre el hombre en que está a punto de convertirse. De mezquino a profundamente desdichado, de valiente a frágil en su confusión, Ray es el símbolo de una docena de versiones distintas sobre un hombre que asume lo que ocurre a su alrededor como un reto a conquistar. Y que la mayoría de las veces, no sólo no lo logra, sino que, además, se convierte en parte de esa versión miserable e inquietante sobre la cultura que deplora. “Creía que era un emprendedor” dice Ray en una de las últimas páginas del libro, “pero en realidad, solo soy un estafador que paga impuestos”. Una sentencia que fuera del contexto del libro, parece un chiste lóbrego — y puede serlo — pero que en la vida de Ray describe su pasado, su presente y el posible futuro que le espera. Una mirada a los errores invisibles, que Harlem Shuffle analiza con cuidado.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

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