Crónicas de la lectora devota:

En la película Richard Jewell (2019) del director Clint Eastwood, la imagen lo es todo. Tanto, como para que el Jewell de la ficción — primero héroe por circunstancias inexplicables y después, villano por las mismas razones — terminara convirtiéndose en un paria, por el hecho que los elementos que rodeaban a la percepción pública sobre su vida, fueran incómodos al extremo de levantar sospechas. El personaje — que Eastwood mira con una atención feroz — es la encarnación de los prejuicios norteamericanos contemporáneos, lo que convirtió en la película en una rara aseveración sobre la identidad contemporánea y en especial, en medio de una cultura saturada de metáforas sobre la identidad sublimada al aspecto físico.

La apariencia — o la manera en que se interpreta — es uno de los elementos imprescindibles para comprender a nuestra época. Después de todo, lo contemporáneo en todas sus acepciones, depende de una herencia cultural basada en la vanidad. Por supuesto, no se trata de algo reciente, sino de una predilección por la observación maliciosa — y crítica — cada vez más acentuado. Un matiz que permite comprender mejor y de manera más profunda, la percepción sobre el cómo lucimos — y la forma en que ese conjunto de características pueden definirnos — en una sociedad que se alimenta y se define a través de símbolos estéticos y en menos grado, en la belleza y la fealdad.

Ya Phillip Roth se hacía preguntas semejantes hace casi dos décadas, cuando en uno de sus artículos más recordados sobre el atractivo físico y que causó una amplia discusión luego de ser publicado por The New Yorker, se cuestionó la forma en que el atractivo personal puede ser determinante como raíz del éxito o el fracaso. El autor escribió que cómo nos vemos — o la manera en que somos comprendidos — es “algo tan grave como lo es en la vida el talento” y dejó claro que la belleza — poseer y mostrarla — es también, una forma de poder. Ahora mismo, la frase resulta aun más pertinente, en medio de la inmediatez y la accesibilidad de medios de comunicación, en los que la imagen se transforma en un mensaje directo. Lo esencial sobre la apariencia es también, el símbolo motor de la identidad.

Hay algo de la durísima conclusión de Roth sobre la deshumanización y la percepción de lo hermoso — y de la manera en que se interpreta — en la singular a novela Pew de Catherine Lacey, la tercera de la autora y en la que vuelve a sus obsesiones recurrentes sobre cuanto valor se otorga a esa combinación de símbolos estéticos que nos identifican y que en las condiciones correctas, pueden ser un vehículo hacia el éxito, la derrota, el miedo y la exclusión. En esta extrañísima concepción sobre el otro y en especial, el reflejo cultural en que nos contemplamos a diario, hay una reiteración casi cruel sobre el hecho que la forma en que nos interpreta la cultura, será de hecho, una combinación entre la belleza y los extremos de la fealdad. Lacey asume el hecho previsible de la connotación sobre lo seductor y lo atractivo a la manera de las efigies, ese viejo de símbolo de sabiduría que en realidad, sólo era la proyección elemental de una serie de connotaciones sobre el yo escindido. La novela de la escritora enlaza la primitiva noción acerca del cuerpo como frontera y templo de la vanidad no expresada y lo lleva a un dimensión por completa nueva, que además, elabora a través de una prosa cuidadosa, distante y fría, que resulta por momentos dolorosa en su crueldad poco disimulada.

Todos los personajes de Lacey están obsesionados por cómo se ven. Tanto como para que las primeras páginas de la novela, sean un recorrido angustioso a través de preguntas e interrogantes que provienen de la angustia existencial que provoca la exigencia estética actual. “¿Por qué nos causa tantos problemas la ropa que llevamos, el color del cabello, la forma de nuestro rostro?” se pregunta el narrador de la novela, que carece de género, sin raza y que al parecer, no puede comunicarse de otra manera que a través de sus pensamientos. “¿Por qué necesitamos tanto identificar en quien nos mira, nos acompaña, nos tropezamos, rasgos que nos recuerden a los propios? ¿Por qué creemos que el cuerpo significa algo? ¿Por qué nos parece recurrente la posibilidad del triunfo o el fracaso de acuerdo a la interpretación que otros tienen sobre nuestra imagen?”. No son preguntas sencillas y de hecho, Lacey las hace más complejas e hirientes a medida que su personaje, comienza un largo recorrido personal que comienza en la indigencia o mejor dicho, en la absoluta percepción que no hay nada antes de ese despertar en el banco de una Iglesia en que un sacerdote le observa desconcertado.

De hecho, el personaje carece de nombre hasta que alguien más le bautiza. Pew, es más un apelativo accidental que intenta, de una manera u otra, sintetizar la idea sobre lo neutral y la carencia de límites. Es apenas una palabra — casi una interjección — pero es la forma en que de hecho, podría comprenderse de manera más directa a ese ente, que carece de todas las características modernas de identificación y también, de la premura de buena parte de los narradores modernos por describir a sus héroes o villanos. Pew es un rostro, pero no sabemos de quien. La ausencia de identidad permite a Lacey no sólo reinterpretar la concepción sobre quienes somos — enlazado con la idea del colectivo que observa — sino que además, vincular el núcleo de la novela con algo menos obvio: ¿Qué ocurre en un mundo en que somos productos en lugar de hacedores?

La escritora se esfuerza por borrar cualquier elemento que pudiera identificar a Pew, de modo que sufre de amnesia, viste harapos y al final, simplemente “existe por el mero deseo de los impulsos”. Se trata de una idea chocante, sobre todo en una época, en que la mayoría de las novelas hacen un intento desesperado por crear personajes tan definidos como realistas, llenos de innumerables detalles y una casi odiosa percepción del yo. Si en AntKind Charlie Kaufman se limitó a bautizar con una inicial a su personaje — y aun así, dedica páginas a relatar sus vivencias, pensamientos e ideas, a describir su hirsuta cabellera y rostro avejentado — Lacey retoma la connotación anónima, hasta llevarla al extremo. Pew existe en la continuidad de sus pensamientos, en su interminable sucesión de reflexiones, en la búsqueda de una filosofía sobre su vida, que es más o menos una experiencia sin detalles que avanza a medida que narra el futuro. El recurso puede resultar confuso y por momentos, irritante, pero también, es un recorrido de una enorme inteligencia a través de las claves y el contexto general de un mundo basado en la concepción del otro a reacción. Pew no habla, no examina reacciones. Acepta favores, gentilezas, camina, se deja caer dormido (¿o dormida?) en lugares imprevisibles, de modo que se encuentra en la periferia del mundo tal y como lo conocemos. Absorbido por la recurrencia de un presente continuo lleno de detalles de los cuales no forma parte ni en los que tampoco, se ve reflejado.

Como no podía ser de otra forma, la acción de la novela de Lacey ocurre en un pueblo sin nombre de EEUU, tan banal, superficial en sus límites y descrito de manera tan sucinta que podría ser cualquiera. Lacey tiene la habilidad para dejar que el recurso se muestre sin necesidad de ser incómodo, obvio o una repetición incesante de la idea del anonimato. Sólo refleja a Pew, a quien no le interesa el nombre del lugar o el de sus habitantes. Al menos, no el de todos: en medio de su caminata interminable — “no sé a dónde voy, pero quiero llegar” — Pew se topa con una pareja cristiana que le acoge. Hilda y Steven tienen nombre pero también son estereotipos de los buenos samaritanos norteamericanos. Lacey crea una percepción sobre el individuo tan cínica que cuando Hilda insiste en que debe acoger a Pew porque “así es como se comporta un buen creyente”, lo hace en un tono aburrido, desapasionado y fragmentado, casi robótico. “No tiene más remedio que ser mi anfitrión” piensa Pew, que no dice una sola palabra, sentado a la mesa, mientras la familia que le acoge se ocupa de alimentarle, de insistir en cambiar sus ropas, de hacerle rezar. “Es extraño cuando la necesidad se convierte en lo que eres. La necesidad de otro, la pieza angular de otro, la concepción de otro ligada y concebida como algo más elaborado y extraño”.

Pero Pew no tiene intenciones de hacerle la labor sencilla a sus buenos samaritanos de turno. No responde preguntas, no muestra interés en nada, no se mueve más allá de lo que le indican. Duerme, come y usa el baño con la frecuencia necesaria “para mantener este cuerpo, tan innecesario, saludable”. La imagen es casi grotesca: Hilda y Steven creen que Pew está traumatizado o al menos, herido de maneras inexplicables y hacen lo que suponen deben: le envían a psiquiatras, lo mantienen caliente y bien alimentado, se preocupan por su salud. Pero todo a una distancia trágica, que no llega a ser otra cosa que un reflejo de esa ausencia de pertenencia. Pew no está “allí” o al menos, no en el sentido clásico, sino que en realidad, es parte del contexto, de todas las cosas que la pareja supone debe admitir para encajar en lo corriente. “Soy una pieza de casa que mueve y podría hablar” se burla Pew, para quien toda la experiencia es asombrosa e incluso intrigante.

Por supuesto, Lacey no mantiene las cosas tan sencillas y a medida que la novela avanza, la falta de respuestas sobre Pew comienzan a resultar un problema real. Uno, lo suficientemente peligroso como para resultar una amenaza. En el pueblo sin nombre, provoca una inmediata incomodidad este ¿hombre? ¿mujer? ¿niño? que va de un lado a otro con ropa que le va ancha, con ropa que no permite identificar su género además. No habla, come sólo lo que le ofrecen, no recuerda nada. No permite que el médico le haga una exploración profunda, tampoco responde preguntas. Al final, Pew, que no ha hecho otra cosa que “estar”, termina encerrado en el ático de Hilda y Steven. “Por mi bien, por tratar de evitar cause más incomodidad”.

Para el segundo tramo de la novela, ya es evidente que Lacey, juega con las expectativas pero también, los terrores colectivos en formas muy semejantes al cuento corto de Ursula K. Le Guin, del que la novela hereda la falta de trama — o al menos, la apariencia de no tenerla — y también, la sensación general de no estar conectada con una idea única, sino varias a la vez, que se condensan en una atmósfera inquietante, extraña y por momentos dolorosas. También, el pueblo extraño, cada vez más feroz y sin duda agresivo, tiene mucho del descrito por Shirley Jackson en “La Loteria”, del que Lacey toma los largos silencios colectivos y los secretos a medio revelar. Entre ambas cosas, “Pew” como novela, parece no avanzar en realidad a ninguna parte — o dar vueltas en círculo — , pero en realidad es una combinación bien pensada de escenas que se conectan por un único elemento que al principio resulta inclasificable pero que al final, es tan evidente como brutal. La escritora, encuentra en Pew — el personaje — un tránsito entre la naturaleza externa del mundo — sin descripciones — y la forma en que este ¿ente? puede expresar ideas sobre que les rodea por el imple hecho de reflejarlas como espejo pulido. “No sé cómo, a veces puedo ver todas estas cosas en las personas, ver estas cosas silenciosas que ocurren en las personas, y aunque ha sido útil, creo que, a veces — muchas veces — se siente como una aflicción”. Para Pew el mundo es un lugar vacío y el lector, no puede entender muy bien si se trata de su carencia de cualquier característica o que el mundo en el que transita, es sólo un cúmulo de situaciones y objetos que no están destinadas a estar relacionados entre sí y mucho menos, tener significado. Hay algo de Kafka, en la acumulación de sensaciones que por momentos, parece tener algo de tedioso y luego, terrorífico, porque Lancey está decidida a apuntar directamente hacia el hecho que nos comprendemos, nos miramos y nos sostenemos sobre la raíz misma de una cultura codiciosa. “Todos desean algo de todos. Sólo que poca gente sabe como pedirlo” piensa Pew, a medida que las cosas se hacen más complicadas e incluso violentas en el pueblo.

Lacey logra que Pew sea el relato de otras personas: las historias ocurren porque el personaje se tropieza con alguien más, le escucha, le mira. Y de pronto, el vacío que contiene a otro, crea una concepción del miedo que va desde la percepción del misterio ajeno — “todos guardan secretos” murmura Pew más de una vez, una de las pocas frases que dice en voz alta — y la concepción de lo etéreo, construido a través de la sensación que bien podríamos sólo leer lo que Pew imagina, lo que evade explicaciones sencillas. A medida que la tensión alrededor del personaje se hace cada vez más sofocante, es más evidente que nunca, que encarna una percepción durísima sobre lo que creemos, asumimos real y al final, concebimos como algo más violento y relacionado con nuestra necesidad de asumir el peso de lo individual en nuestra época.“Pew” no es una novela sencilla y tampoco, una percepción fácil sobre nuestra cultura. Y quizás, ese es su mayor mérito.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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