Crónicas de la lectora devota:

Las brujas literarias siempre han sido personajes ambiguos. A diferencia de otros estereotipos, la bruja pareciera no calzar muy bien en un solo lugar. No es tan malvada y sanguinaria como el vampiro — al menos, no siempre -, y tampoco un dechado de bondad inmaculada. No todas las veces, en realidad. El caso es que la Bruja crea su propio espacio en las historias y en las palabras, uno particularmente intrigante, donde parece reinar en medio de ese claroscuro que no la termina de definir, mucho menos mostrarla. El misterio de la bruja se conserva, se completa así mismo y es quizás esta especialísima condición lo que hace que siempre despierte la misma curiosidad y fascinación: desde el mito popular al personaje en la literatura Universal, la bruja, como arquetipo, perdura.

Tal vez por ese motivo, durante las últimas décadas, la figura de la bruja ha alcanzado un nuevo e inesperado brillo. La visión moderna incluye no sólo poder, sino también una expresión de belleza y feminidad directamente emparentado con un poder moral y espiritual muy específico. Y con esa percepción del poder de la mujer, nació toda una nueva connotación sobre el tiempo, el espacio y la forma de experimentar con la percepción sobre la identidad colectiva. Una forma de contemplar el tiempo y la transformaciones sociales que se manifiesta a través de la mujer misteriosa y enigmática. Por siglos, el sombrero puntiagudo y la escoba representó una amenaza, una clara representación del mal moral y del terror convertido en una forma de comprensión sobre los lugares inexplorados de la naturaleza humana. La bruja es malvada o es incomprendida, la bruja es poderosa y temible. La bruja es una alegoría a cierto tipo de capacidad intelectual y moral que por siglos le fue negada a las mujeres.

Claro está, la brujería y la particular percepción de la mujer como poderosa, no siempre deben coexistir pero por extraño que parezca, siempre lo hacen de una manera y otra. La bruja está viva en las historias que contamos sobre mujeres extraordinarias. La bruja está viva en toda la nueva percepción de lo femenino como portentoso, intelectualmente poderoso y lleno de vida. Por las historias que contamos, por las afirmaciones de “Soy una bruja” que cada día son más frecuentes en libros, películas, series de televisión. La bruja regresó desde el olvido para hacerse más fuerte que nunca, más visible y sobre todo, mucho más simbólica que nunca.

Tal vez por eso el libro Everyone Knows Your Mother Is a Witch de Rivka Galchen, sea tan oportuno y pertinente en la actualidad. No sólo por el hecho de entablar un diálogo con la idea de bruja reinventada para una nueva era de la reafirmación femenina. También se trata de un recorrido por la ansiedad social que engendra la idea del poder de la mujer, en medio de una discusión cultural en la que la figura de la mujer intenta encontrar su lugar en lo que parece ser un reacomodo continuo. La percepción de la Bruja, de nuevo, no es sólo la de una criatura poderosa o sobrenatural, sino la síntesis de una transformación en subtexto sobre la identidad femenina, la búsqueda de objetivo en medio de una ansiedad social que envuelve y analiza a la mujer moderna.

En su libro, Galchen no sólo plantea la idea de entrada — “Toda mujer es una bruja o ha deseado serlo” dice en los primeros párrafos — sino que la vincula a algo más elemental y poderoso. Lo hace además de varios personajes que se sostienen en la estereotipo de bruja: desde la misteriosa Katharina hasta una narradora sin nombre, las historias de mujeres fuertes e independientes señaladas como peligrosas, crean una red de compleja percepción sobre el bien, el mal y la moral. La condición persistente de la necesidad de otorgar poder a la mujer, más allá del símbolo social. ¿Eso es posible? Para Galchen se trata de un recorrido imprescindible por la historia no sólo alrededor y vinculada a la mujer, sino también las implicaciones de las relaciones de poder que la rodean. Puede ser una mujer real o lo que implica la cuestión de lo femenino dentro de la cultura. El hecho es que Everyone Knows Your Mother Is a Witch profundiza sobre la importancia imprescindible de comprender el momento en que las brujas pasaron a ser símbolos de rebeldía, a potenciales síntesis de un movimiento mucho más poderoso y metafórica. Las brujas como elemento para comprender al substrato de la sociedad y la percepción de lo enigmático, los grandes problemas de la ansiedad social que engendra el prejuicio y la discriminación.

Incluso, se toma el atrevimiento de plantearse las grandes preguntas históricas sobre la figura de la mujer poderosa desde el cinismo. “La única ocasión en que una mujer fue poderosa, fue destruida y condenada a la hoguera, como si el mundo no pudiera soportar la posibilidad de lo femenino que emerge de entre las cenizas de la obligación de ser mujer”. Claro está, Galchen también reflexiona acerca de ideas conscientes un tránsito acerca de lo que es la figura de una criatura emparentada con lo mitológico pero a la vez representa poder ¿Qué es una bruja? ¿Qué es lo que convierte a la mujer en una? ¿Por qué algunas se llaman a sí mismas de esta manera? La bruja forma parte de la mitología popular, incluso desde antes de que la cultura pudiera recordarlo. Es parte del símbolo de la mujer poderosa o al menos lo fue, hasta que occidente se encargó de convertirla en malvada.

Galchen se cuestiona la raíz de todas las miradas hacia el particular, hasta crear un recorrido que va directamente al centro de la gran interrogante que plantea ¿Por qué el símbolo de la bruja tiene tanta importancia y la ha tenido durante buena parte de la historia occidental? “De sacerdotisas a curanderas, de diosas a demonios de poder incalculable y voraz, las brujas representan una transición lenta hacia todos los arquetipos que representan a la mujer de un modo u otro” escribe Galchen. “Un tránsito entre todas las figuras representativas y de considerable valor, que muestran y sostienen a lo femenino como autoridad, como alegoría de un tipo de portento primitivo y al final, el miedo a la diferencia”.

Por supuesto, Galchen comienza desde lo obvio: las brujas parecen encontrarse en todas partes. La mujer sabia, la bruja tradicional que actualmente se ha reivindicado gracias a ese renacer de lo femenino como sagrado. Sin embargo, queda mucho por decir sobre la bruja, esa coincidencia de símbolos que se sostienen entre el velo de la historia y la leyenda. Para Galchen se trata de un fenómeno cíclico, “que sobrevivió a las llamas de la ignorancia, la que se ocultó en la historia, la que forma parte de esa visión de la mujer poderosa y que estuvo tanto tiempo en reposo”

No hay antecedentes precisos sobre la primera mujer que se llamó a sí misma, bruja y Galchen no intenta crear un recorrido histórico sobre el símbolo como sostén de alguna creencia establecida o al menos de una figura en concreto. Lo que sí hace, es recorrer la rica y abundante historia de la mujer como poder y autoridad, que es más intrincado y complicado de lo que parece a primera vista. Por ejemplo, Galchen analiza casi de manera tácita las conclusiones de la investigadora Francesca Stavrakopoulou, investigadora de la Universidad de Exeter, quien señala que antiguamente, las potencias relevantes que derivaron en las grandes religiones monoteístas contemporáneas adoraban a la diosa Asherah, La Gran Madre. “¿Y quienes eran sus hijas si no la mujer poderosa, la sabia, la curandera, la que era capaz de crear vida?” pondera Galchen, que se atiene a la bruja como elemento de considerable y relevante interés histórico. La bruja nació como reflejo directo de ese remoto matrimonio celestial y su rastro parece extenderse por el Oriente Medio, siguiendo lo que puede leerse como la sinuosa línea de una ancha cadera divina: el arquetipo de Asherah también se consigue bajo el nombre de Astarot, quién es a su vez la Ishtar babilónica y la Astarté griega. Arquetipo del divino femenino: Luna, Tierra Venus. Para Galchen, la bruja fue la imagen esencial de esa mujer creadora, la sagrada, cuyo vientre tenía la misma capacidad para crear vida del Dios misterioso de las alturas. Una idea que asombró a los hombres hasta que tomaron conciencia de su participación en el prodigio de la concepción.

Pero Galchen además profundiza en el hecho que la mujer con poder — envestida de magia, de divinidad o incluso del atributo ambiguo de la maldad — sobrevivió incluso al patriarcado del sedentarismo, cuando las viejas diosas creadoras fueron arrojadas de altar para ser sustituidas por deidades belicosas. La bruja, terca, sobrevivió al puño de la edad de hierro, a la sangre derramada de la nueva religión de las armas que sustituyó a la de la tierra. Para entonces, ya habían obtenido un nombre, más allá del simple gentilicio de Hija de la Diosa: bruja por derecho propio. Los celtas ya usaban una palabra para brindar estatus y prestigio social a las mujeres de especial importancia y era de conocimiento común que eran “gente buena” y “sabias con conocimiento de la Tierra”.

De la bruja desnuda bailando en el bosque y la risueña doncella corriendo por entre los sembradíos para asegurar prosperidad y fertilidad, hasta las imágenes que tanto horrorizaron a los católicos unos siglos después. “El problema con la bruja, la esencial, es que es libre. Un espíritu salvaje que encarnaba la unión de lo divino con lo carnal, lo deseable. Ya era historia vieja su poder, su tentación, su risa contagiosa. Así que la Iglesia, Madre y Señora del pudor, decidió perseguirla y asediarla”. Esa mujer sin atadura y sin moral representaba a los paganos salvajes de las tierras que aún no reconocían al Cristo Redentor de ojos amables. La bruja conocía de fuego, de tierra y de sangre, y eso era peligroso para la nueva moral de un mundo que comenzaba a reconstruirse alrededor del Dios hombre, ahora así entronizado en el poder de la Europa joven.

El continente se cubrió de piras de castigo. Y Galchen lo relata como la pérdida de la inocencia de la cultura que sostenía a la mujer como puerta abierta a los misterios. Las llamas quemaron a libres pensadoras, a putas, a sospechosas de crear. La mujer se convirtió en mártir de su género, en una prisionera de una iglesia tan despótica como cruel. Pero la bruja, la verdadera, la que recorrió Europa como carta de Tarot, como escoba detrás de la puerta, como los pequeños ritos del jardín, como las pequeñas costumbres y supersticiones de una época remota, era indomable. Y sobrevivió a pesar de las sentencias. La imagen de la mujer fuerte, por encima de la casta. Durante años, los romances medievales cantaron odas de amor a la mujer misteriosa, velada. Y la bruja, la divina, respondía siempre. Y es que no es tan fácil destruir lo que habita en esa dimensión del espíritu rebelde, la cultura que se opone a todo y se mira a través del poder de renacer.

La bruja regresó de su anonimato histórico para ocupar su lugar cultural, ése que siempre ocupó siendo la curandera, la sabia, la consejera, la madre, la anciana, la poderosa. La bruja, como idea histórica más allá del prejuicio al que estuvo sometida durante siglos. Everyone Knows Your Mother Is a Witch insiste en que el conocimiento, la independencia y la fuerza de voluntad siempre han sido considerados peligrosos para el poder establecido de quien insiste en poseer la razón absoluta, insiste Galchen y buena parte del segundo tramo del libro es una mirada consistente sobre la hipótesis de la bruja como un símbolo de la transgresión. Ejemplos sobran: Hipatia de Alejandría asesinada en plena calle mientras defendía la biblioteca que custodiaba; Juana de Arco vistiendo resplandeciente armadura frente a los ejércitos franceses, quemada acusada de brujería por los mismos hombres y mujeres que había defendido espada en mano; o Mary Wollstonecraft, madre de la escritora Mary Shelley, quien había sufrido durante toda su vida el estigma de ser una mujer diferente e inteligente en un mundo que la rechazó por serlo.

Las brujas han sido el emblema de la desobediencia. Galchen insiste una y otra vez, que la bruja no obedece, no acepta: la bruja se enfrenta. Y así sobrevivió al martirio y renació, incluso cuando nadie supo cómo. Poco a poco la cultura popular encontró un lugar para recibirla de vuelta, para reír de manera escandalosa, para asumir de nuevo su lugar en la cultura. Everyone Knows Your Mother Is a Witch abarca desde los libros para niños, donde se escondía en bosques misteriosos hasta las percepciones más actuales y potentes, hasta cientos de historias cruzadas entre sí para narrar una única versión del bien y del mal. La bruja como una forma de enfrentar el peso de la ignorancia, el menosprecio y el señalamiento. La bruja, de nuevo como símbolo de algo más profundo, poderoso, extraño y conmovedor.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta