Crónicas de la lectora devota:

There’s No Such Thing as an Easy Job de Kikuko Tsumura

Para la literatura contemporánea, el mundo laboral suele ser un escenario ambiguo. Uno además, que analiza desde la perspectiva de la necesidad que sostiene o metaforiza. No sólo se trata de trata de oficinas, cubículos, industrias o elegantes espacios laborales. También son mundos construidos y sostenidos a través de la concepción de los personajes que le habitan sobre el mundo. Y mientras doméstico es una reflexión sobre la identidad elaborada a fuerza de trozos de información, el de trabajo es una sublimación de las aspiraciones. Una mirada inquieta y dura sobre cómo analizamos las relaciones de poder en una época descreída y en especial, en una en que las metas y la cualidad aspiracional está vinculada a una mirada sobre el tiempo y la cualidad de lo individual que trata de crear a la medida del símbolo.

No es algo sencillo de hacer y de hecho, ha sido un largo tema de debate. John Updike analizó los espacios de trabajo como nichos de miedo o frontera entre el bien y el mal moral, un rasgo más que evidente en (1958), en la que el espacio de trabajo y convivencia se confunden en algo más elaborado. El mismo David Foster Wallace, construyó una idea sobre la prosperidad basada en la desolación — algo más evidente en el en su obra póstuma, publicada en el 2011 — y sobre todo, en las exasperantes hábitos del mundo laboral. Superpuestos y repetidos hasta la glorificación de la rutina, la mirada sobre el trabajo se convierte en una especie de extrañisima mirada sobre el absurdo existencial, cuando no, de los lugares angustiosos sin espacio ni tiempo.

Algo semejante ocurre en la novela (2017) de Gail Honeyman, en la que noción sobre la repetición de cada elemento de la vida en la oficina, dentro del cubículo, supeditado a la idea del trabajo como bienhechor o destructor, es de sustancial importancia para comprender el mundo de la protagonista. Cada una de las ideas se sustentan entre sí, para elaborar y entrelazar algo más profundo, doloroso y agudo de lo que se supone podría ser sólo el hecho de trabajar. Para buena parte de los autores contemporáneos, el trabajo es la medida del éxito, del fracaso, del medio al futuro y la incertidumbre. El recorrido invade incluso espacios dolorosos como la reflexión sobre la necesidad del hombre común de sustentar su diálogo interior con el triunfo económico. Una durísima fragmentación de lo que el individuo puede ser y sobre todo, de la forma en que se comprende como parte de una estructura social y cultural mucho más grande. Para buena parte de la literatura de las últimas décadas, el lugar de trabajo es un claustro, una cárcel, una sentencia limitada y construida a la medida de los terrores mínimos de quienes deben luchar contra la rutina de un mundo deforme.

De hecho, la novela de Kikuko Tsumura basa su efectividad en subvertir la relación actual del trabajo con el individuo. Y lo hace de una forma ingeniosa, que además elabora una nueva capa de dimensión a la concepción de la enfermiza necesidad de triunfo notorio de nuestra época. La protagonista sin nombre de la novela, de hecho, es una sobreviviente a la búsqueda de empleo, a las oficinas de ambiente aprensivo, a las exigencias cada vez más duras de supervisores y directores. La novela comienza con una escena imprevisible: una crisis nerviosa. En realidad, Kikuko Tsumura no narra en específico que su personaje tiene un colapso emocional, sino que poco a poco brinda información para describir la angustia existencial aplastante que la devora.

Desde el primer párrafo — que dedica una considerable cantidad de tiempo a la rutina para ordenar el escritorio del personaje — hasta por último, sus gritos de miedo que aterrorizan a todos quienes le rodean, la narración se desgrana con lentitud en una búsqueda paciente sobre la raíz de la inquietud, la angustia y la desolación contemporánea. La narradora, que se niega a decir su nombre — “¿también perderé eso?” se pregunta — está en medio de un largo de empleos cortos y mal pagados. “No sé muy bien como he caído en este ciclo, pero resulta interminable y doloroso” cuenta “porque parece que he hecho todo por sobrevivir, sin que alguna cosa en realidad tenga resultado. El dinero llega, se va y en el intermedio, sólo intento ganar más. Y de vuelta a los bolsillos vacíos”.

Claro está, logra narrar una situación más frecuente de lo que se supone en nuestra época: los jóvenes profesionales que van de un lado a otro, sin un lugar el cual pueden pagar o un trabajo les permita especializarse en sus intereses. El resultado es una multitud de trabajadores insatisfechos, que una semana pueden ser vigilantes de un local nocturno y a la siguiente, dependientes en una tienda lujosa en un centro comercial exclusivo. En el interín habrá otros tantos trabajos, otras tantas ocupaciones, mejor o peor pagados, en medio de un tránsito acelerado sin otro objetivo que sobrevivir el día a día. No obstante, la novela de va mucho más allá, al describir el abrumador clima profesional japonés, en la que los pequeños trabajos informales son considerados formas de fracaso.

La narradora anónima de la novela perdió la oportunidad de llegar a la universidad “por un error estúpido” que no llega a detallar y a partir de allí, ha debido subsistir como puede. Infeliz, agotada, abrumada, aplastada por la rutina encuentra e esa dinámica, una cierta concepción filosófica sobre la vida. “Vamos, hacia ningún lugar, pero vamos muy deprisa” dice mientras hace de camarera en un local de café en Tokio. Ha pasado la tarde entre lágrimas, luego de recordar que por esa fecha y de haber triunfado, quizás estaría en una oficina en alguno de los edificios que mira cada día mientras camina al trabajo de turno. “Estaría, sería y podría (estar) en todos los lugares correctos. Pero en realidad, no estoy en ninguno” dice aturdida. Se encuentra en medio de la multitud, bajo la lluvia y de súbito, comprende que no hay nada en ella que le separe del resto, que la haga mucho más talentosa, reconocida, querida. “No existir es un fenómeno del tiempo y del clima” dice de forma enigmática, antes de detenerse y sufrir una crisis nerviosa. “Sólo comencé a llorar, sin parar, sin poder detenerme, sin hacer otra cosa que llorar hasta estar sofocada por el llanto”.

La novela, escrita en el 2016, pero traducida recientemente, pareciera retratar el mundo pandémico pero en especial, la sensación de la emergencia a punto de resquebrajar la realidad. Lo hace en especial, por la capacidad de Tsumura de reflexionar sobre la superficie de un mundo basado en percepciones frágiles de lo cotidiano. Para el japonés promedio, el éxito laboral y profesional son escenarios de enorme importancia. Y la escritora muestra esa ansiedad a través de la relación de su personaje con lo temporal. Poco a poco, la novela narra de manera casi dolorosa, la forma como la incapacidad de la narradora por conservar un empleo le provoca una sensación de angustiosa ruptura con la realidad. Desde la primera escena, en que ordena un escritorio que no es suyo — dato que la historia solo revelará después — hasta la crisis nerviosa que en realidad, conecta todas las situaciones en una mirada angustiosa sobre el presente sin sentido y el pasado sin forma, hasta la incertidumbre que le espera, es una búsqueda urgente de significado y propósito. Pero el personaje no sólo no lo encuentra, sino que parece cada vez más perdido en la sensación que a su alrededor, el mundo se desploma, carece de solidez y sentido. El dolor está en todas partes — emocional, psicológico, físico incluso — pero también, la necesidad cada vez más acuciante de encontrar un espacio para definir su propia vida. “Desde niña, me insistieron en que debía ser exitosa. No lo logré. Ahora, todos a mi alrededor desean que al menos sea productiva. Tampoco lo soy. ¿Qué debo hacer? ¿hacia dónde debo dirigirme? ¿Qué puedo encontrar?”

Para la narradora, el hecho de caer sin fuerzas — mentales o físicas — para seguir, es una derrota, antes que un síntoma. De forma que antes de intentar recuperarse, dedica las semanas de descanso que el médico le prescribió,a tratar de encontrar de una vez y por todas, un trabajo estable. “Necesito encontrar mi vocación o al menos, un motivo para levantarme de la cama”. Tsumura tiene el buen tino que su novela sea una especie de tránsito entre situaciones que no obstante tender a lo dramático, tiene más de un humor tétrico, profano y negro. “Supongo que de haber sufrido la crisis en un hospital, al menos habría sido en un lugar más cómodo para gritar un poco más de tiempo” bromea cuando la psiquiatra encargada de su caso, le hace preguntas sobre todos los motivos que le llevaron simplemente a romper en llanto en mitad de la multitud. La escritora utiliza la frágil condición psiquiátrica de su personaje para avanzar hacia algún lugar doloroso sobre la identidad humana en mitad de la incertidumbre. Y es la incertidumbre, lo que sacude y construye al personaje, no sólo en su necesidad de encontrar respuesta a la sensación de desesperación sorda que le agobia, sino a la forma que le abruma el hecho de no entender demasiado cual su lugar (su espacio) en un lugar que “en la que no parece adecuada, ya sea como ciudadana, estudiante, trabajadora, desempleada, sólo enferma” El Tokio de es un lugar inhóspito y hostil, de una belleza “cautivadora” pero tan angustioso como para ser cada vez más duro de sobrellevar. Los extraordinarios edificios resplandecientes, las tiendas repletas de productos de última tecnología, los restaurantes y locales nocturnos, en realidad no son otra que un tipo de poder que le resulta inaccesible, angustioso por su cualidad inabarcable. El agotamiento laboral del personaje es otra dimensión sobre esa búsqueda de un lugar, de un espacio, de un sitio al que llamar propio. “Quizás, eso no existe para mí. O de haberlo y lo espero, es tan incómodo como el pequeño apartamento en el que dormir es un suplicio porque incluso mi respiración es un visitante”.

Entonces el personaje decide lo que parece inevitable desde las primeras páginas del libro: huir de la ciudad. Lo hace además, “como una criatura torturada, a mitad de la noche, llevando a cuestas lo indispensable”. Resulta intrigante la manera como la escritora juega con la condición humana. Lo hace además, de una forma en que convierte el exilio en un proceso necesario, aunque en realidad, el personaje no sabe si encontrará la solución a sus problemas antes o después, si en realidad hay algo que esperar o temer en medio de todo lo que está ocurriendo en su vida. “El trastorno no es sólo la cualidad del trabajo o mi incapacidad para establecerme en cualquier parte, sino la forma en que demuestra soy una mujer que no existe en un lugar que deseo pero no me pertenece”. De modo, que el auto exilio, es una forma de consuelo, que no es del todo efectivo, pero al menos es el primer paso hacia algo más elaborado.

además, juega con la percepción que la historia está inmersa en una versión sobre la realidad, semejante a episodios serializados, que se entrecruzan entre sí en situaciones cada vez más caóticas. Mientras el personaje va de un trabajo a otro, al hospital en medio de una crisis nerviosa y por último, en tren fuera de un Tokio luminoso y crepuscular, todo parece indicar y conducir al hecho que la narradora, se encuentra en mitad de la angustia, del tiempo detenido, de una nada informe a punto de avanzar a cualquier lugar, de la sensación que está a punto de desplomarse sin forma ni sentido. En dónde sea que nuestra heroína se encuentra — y el viaje fuera de Tokio solo es el comienzo de otra serie de eventos caóticos y extraños — el caos va con ella, se vincula a situaciones más dolorosas, penosas y singulares. El relato lleva consigo una carga complicada de miradas y dimensiones sobre el individuo moderno, el ámbito ambiguo y en perpetua transformación que le rodea y por último, la búsqueda de un sentido del origen y la pertenencia.

Cada vez más cansada y ahora en un nuevo lugar, la narradora descubrirá que un lugar que quizás, es el centro mismo de la novela y de un relato difícil de definir de una única manera: “No estoy en ninguna parte y cuando finalmente, logro estarlo, desaparece. ¿El mundo a mi alrededor son sólo un reflejo de este profundo dolor y angustia? En lugar de hacer un tipo de trabajo en el que estaría involucrada con muchas personas y me convertiría en un pilar central como imaginaré ocurriría, ahora sólo estoy en un lugar más pequeño, carente de todo objetivo” lejos de Tokio pero en esencia en el mismo lugar en que comienza la novela, en un ciclo de eventos y percepciones, que sin embargo jamás llegan a repetirse sino que en realidad, muestra en un amplio espectro sobre el individuo de una sociedad hipercrítica, violenta y exigente, en medio de dolores emocionales aun sin nombre y verdadero límite.

Se trata sin duda, de una reflexión profunda sobre nuestra sociedad — a pesar de hacer un lógico énfasis en la nipona — pero también, en los grandes dolores de la época. La soledad, el desarraigo, la frustración emocional, la búsqueda de un significado. La narradora sin nombre se aferra a su sufrimiento emocional, pero también se libera de él — a medias, nunca del todo — en su intento decidido de encontrar una puerta abierta hacia lugares en que la ambición y la percepción sobre la codicia, tengan mucho más objeto y peso.

no es una novela sencilla, aunque lo parezca. En realidad, se trata de una mirada inquietante sobre el sufrimiento emocional y psicológico, una burla considerable sobre nuestros conceptos del triunfo y el poder y al final, sólo una consistente búsqueda de significado. “Todo, mientras me alejo de cada cosa que me dieron un nombre” dice la narradora, cuando el viaje comienza de nuevo. Una elipsis interminable que quizás en toda su inteligente y consistente forma de narrar el mundo actual, sea el punto más alto de la novela.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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