Crónicas de la lectora devota.

“The Lady in the Lake” de Laura Lippman.

En una época en que la información es moneda de cambio y la forma en cómo se difunde una mirada a los males culturales modernos, la novela Lady in the Lake de Laura Lippman, parece más oportuna que nunca. Con su extraña combinación de búsqueda de la verdad, suspenso y un contexto marcado por la violencia, se trata de una historia en la que se mezclan la ficción y el mundo de la crónica en una dolorosa versión acerca del periodismo contemporáneo, el riesgo que se asume inevitable al ejercerlo, pero sobre todo, lo que se esconde bajo la posibilidad de la censura y la violencia. Todo con la elegante superficie de una prosa precisa y por momentos poética, que resulta desconcertante para la dureza de la historia que Lippman desea narrar.

Pero el libro es algo más que una mirada articulada respecto al poder de la prensa. Para la escritora, la historia en The Lady in the Lake tienen connotaciones personales. En la primera hoja, puede leerse una corta dedicatoria que se trata de “extraña carta de amor a los periódicos de Baltimore de los años 60”. No es de algo casual: unos días después que Lippman acabara de escribir el borrador final de la historia y lo entregara al editor, un hombre armado entró al periódico The Capital, publicado en Annapolis (Maryland, EEUU) y mató a tiros a cinco periodistas: Rob Hiaasen, Gerald Fischman, John McNamara, Rebecca Smith y Wendi Winters. Lippman era amiga cercana de Hiassen y quizás, es ese contexto lo que haga que esa versión de la pasión por la investigación y la verdad, sea más significativa que nunca. Una mirada dura de cómo el periodismo puede comprenderse y la mirada incisiva que abarca.

El libro The Lady in the Lake se basa de manera tangencial en el asesinato aún no resuelto de la camarera y secretaria de Baltimore Shirley Parker, cuyo cadáver fue encontrado en un parque de la ciudad en el mes de junio de 1969. La novela abarca desde la ficción las conjeturas de su muerte, los posibles culpables y también, la percepción acerca de la forma en que el caso se volvió un confuso amasijo de datos incompletos, censurados, ocultos o tergiversados. Para Lippman — ex reportera el Baltimore Sun — la percepción del caso es una amplia red de subterfugios que se unen en su intención de crear una versión creíble sobre lo que pudo — o no — haber sucedido a Parker, pero también es una búsqueda casi obsesiva del poder de la verdad. Entre ambas cosas, la novela tiene un ritmo impecable y una concisa mirada a los diferentes puntos de vista sobre el asesinato de Parker — o su versión ficcional — y la manera en que las piezas de la verdad aparente que configuran su muerte, se unen en un extraño mapa de ruta hacia un misterio incierto.

Lippman utiliza dos narradores paralelos al contar la historia: Cleo Sherwood, quien como Parker, es asesinada y su cuerpo abandonado a la intemperie sin que nadie sepa el motivo y Maddie Schwartz, un ama de casa que decide que la muerte de la mujer — a quien no conoce — es un motivo suficiente para comenzar una nueva forma de comprender su vida. Tanto una como la otra, son extremos de la misma idea de cierto tipo de estereotipo claustrofóbico sobre lo femenino y también, una controlada mirada del miedo y el absurdo, construido a través de un asesinato violento y la incapacidad de la ley para brindar respuestas. “¿Quién mejor que una mujer para devolver el nombre a otra?” insiste Maddie, para quien el crimen de Cleo es una línea que separa su vida entre un antes y un después paradigmático.

Hasta entonces, Maddie había sido una esposa modélica, confinada al hogar y a su cuidado dentro de un ritmo más o menos rutinario. La muerte de Cleo vino para trastocar esa tranquilidad engañosa y otorgarle un nuevo sentido. Lippman es ambiciosa y construye una red de información a través de la cual, une a ambas mujeres y también al crimen cometido, en todo tipo de posibilidades, teorías y un recorrido tenebroso por los secretos bajo la superficie de la normalidad. Lo hace además, descubriendo la posibilidad de construir personajes complejos a través de propuestas en apariencia sencillas. Al comienzo de la novela, tanto Cleo como Maddie son figuras desdibujadas que se conectan entre sí por un hecho violento. Pero a medida que la novela avanza y Lippman brinda un recorrido brillante hacia la psiquis de ambas mujeres (y los secretos que guardan), la narración se convierte en algo mucho más complejo y duro de lo que parecía ser.

Para Maddie, la desaparición de una joven es un catalizador que le permitirá descubrir sus capacidades, el valor de sus instintos y mucho más, su fortaleza espiritual. Se trata de un hecho puntual que sacude desde los cimientos su vida suburbana y la engañosa premisa de su vida como la conocía hasta entonces. La mujer que emergerá de los escombros de su vida pasada, tiene además talento para la escritura y un inteligente olfato para seguir indicios que hasta entonces, jamás había sospechado tener. Poco a poco, Maddie — ahora reportera de un pequeño periódico local — encuentra que su vida y su forma de entenderla, era un pálido reflejo de ese otro yo mucho más fuerte y decidido que acaba de descubrir. Para cuando la noticia del asesinato de Cleo llega a la redacción del periódico, Maddie tiene la extraña convicción que puede — debe — encontrar la línea que une esa muerte que a nadie parece importar demasiado y su vida.

Porque Cleo Sherwood — de la misma forma que Shirley Parker — es una mujer negra, cuya muerte pasa desapercibida en una ciudad en la que el racismo es un mal común y una variante aceptable de cierto prejuicio clasista. Algo muy semejante que la discriminación sutil que sufre Maddie, judía y mujer en un periódico con un plantel mayoritariamente masculino. A la distancia, Cleo y Maddie son imágenes una de la otra. A Cleo — y a las circunstancias de su mente — se le ignora con una crueldad sofistificada y sutil. A Maddie, se le subestima y cuestiona con un menosprecio directo hacia su inteligencia y capacidad. Para ambas, la muerte es una línea que deben cruzar y que las une a pesar de no haberse conocido nunca.

Poco a poco, Maddie se obsesiona con la muerte de Cleo y la convierte en un propósito seminal alrededor del cual girarán la mayoría de sus decisiones y planes a futuro. Convencida que debe no sólo desentrañar el crimen sino demostrar sus habilidades como investigadora, Maddie comienza a pisar terreno resbaladizo y peligroso, arriesgando su vida y también, de todos quienes le ayudan de una manera u otra. Como personaje, la evolución de Maddie resulta asombrosa por su cualidad verídica y su sencillez, la forma en que construye una versión de la violencia que las trastorna por sus implicaciones. “¿En dónde he estado mientras cosas como estas ocurrían?” se pregunta agobiada. Sentada en un escritorio repleto de papeles, revisa punto a punto las infinitas aristas del caso. “¿Cuantas otras muertes, cuántas desapariciones, cuántos temores y terribles espacios vacíos se esconden en el breve espacio de la indiferencia?” La frase podría parecer poética sino fuera el colofón de una larga búsqueda sin éxito a través de archivos, puertas cerradas y silencios. Para Maddie, la muerte de Cleo es un misterio, pero también la prueba fidedigna que hay horrores invisibles que acechan en la breve apariencia de lo cotidiano.

Por supuesto, la fuerza de la novela radica en sus personajes femeninos: Tanto Cleo — a quien conocemos en inteligentes flashback — como Maddie son espacios distintos de la cultura y el país al que pertenecieron, pero ambas batallaron y batallan contra las mismas paredes y fronteras. Para Cleo, la muerte es una trampa, un vacío, un espacio irresoluto que descompone su imagen — y su vida — en trozos fugitivos. Para Maddie, se trata de vencer la resistencia de todo tipo de pequeños escollos que intentan mantenerla en su lugar y también, el breve espacio de los estereotipos a los que debe atenerse. Pero ni una ni otra lo permiten y es esa fuerza, la capacidad plena y decidida de ambos personajes por sobrevivir — al olvido, a la cultura que apabulla — los tramos más brillantes de la novela.

Lippman dedica mucho más tiempo y detalle para describir a Maddie, pero es Cleo — desde la tumba y a través de los recuerdos -, el personaje más rico y profundo de la historia. Es Cleo quien pone en perspectiva las luchas cotidianas de Maddie y también es Cleo, el epítome extraño de todos los descubrimientos que el personaje llevará a cabo — sobre sí misma y el caso — a medida que la narración avanza en un brillante cruce de tiempo y miradas hacia el absurdo. Lippman utiliza una concepción del caos que se sostiene sobre lo improbable: ¿Por qué esta joven reportera judía dedicará tiempo y esfuerzo al asesinato de una mujer negra? La respuesta es mucho más intuitiva y bien hilvanada que un mero propósito ideal. Lippman logra crear un contexto que sostiene a Maddie como testigo de la muerte de Cleo pero a la vez, sin convertirla en parte única de una historia mucho más amplia.

Lippman utiliza a la ciudad de Baltimore como amplio telón de fondo en el que sus personajes se mueven entre retazos de información y también, la historia de la ciudad. Mientras Maddie va de un lugar a otro recabando información, la ciudad se hace más nítida, plena y real, como si a través de las preguntas y respuestas, pequeñas escenas de la vida cotidiana, la dimensión de Baltimore se hace algo más profundo y extraordinario. Sin duda, la novela es una carta de amor a la ciudad, tal y como Lippman confiesa pero a la vez, es una metódica busca de su identidad a través del poder de la evocación y algo de nostalgia.

El viaje de Maddie a través de la ciudad, sus prejuicios, secretos y bondades es también el trayecto del libro hacia un núcleo más poderoso que la mira percepción de narrar un crimen cruel. Lippman se toma el atrevimiento de construir un personaje que transgrede lo que se esperaba de él, pero a la vez, asume su lugar en el mundo con una libertad y elegancia asombrosa. La Maddie de Lippmann no es en absoluto reivindicatoria, pero si es lo suficientemente poderosa como para elaborar una imagen de la mujer en los años sesenta vívida y fidedigna. Maddie abandona a su marido, la casa en los suburbios y comienza una vida nueva, en una época en que nada de eso le estaba permitido y de hecho, era un peso emocional inabarcable. “Volver a ser señorita después de ser señora, debe ser el tránsito más violento para alguien como yo, que tuvo que depender de ambos títulos por tanto tiempo” medita con lucidez Maddie, que ejerce su derecho a la independencia sin grandes proclamas y quizás, sin ser muy consciente de su poder.

Durante el año que transcurre la novela, Lippman brinda a Maddie un tipo de curiosa redención que se entrelaza con algo más poderoso y pleno: esta periodista que aprende el oficio sobre el camino y toma la decisión consciente de construir su vida a través de un objetivo difuso, también es la forma en que conocemos a Cleo, que también luchó por hacerse reconocer, por sostenerse como individuo en medio de una turbia ola colectiva de discriminación. Maddie y Cleo son especulaciones de la misma idea y forman, para bien o para mal, un hilo conductor que convierte la novela en un recorrido circular por la psiquis de una ciudad aturdida y temeraria, pero también profundamente viva, azotada por los pequeños dolores de la transformación.

El asesinato de Shirley Parker jamás se resolvió, pero el de Cleo Sherwood, sí. Y es el final de la novela (esa apoteosis de una larga búsqueda tensa de la verdad oculta) lo que le brinda a la novela un emocionante y conmovedor resolución a la muerte de Cleo y a la redención de su memoria. Para Lippman la verdad es un bien preciado, encontrarla una forma de belleza, un homenaje a los que como su Maddie — que quizás representa a todos los reporteros que antes o después sostuvieron el oficio de la investigación — buscan un triunfo privado muy cercano al ideal.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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