Crónicas de la lectora devota:

Cleanness de Garth Greenwell

Con frecuencia, la ficción sobre las relaciones homosexuales, suele llevar a cuestas el prejuicio de lo clandestino y lo poco convencional, desde la perspectiva del tabú convertido en análisis sobre la identidad y lo privado. Tal vez por ese motivo, suelen reflejarse en la literatura desde el dolor, el desencuentro, el desarraigo y la tragedia. Una combinación que parece llevar implícita cierta angustia existencial y, sobre todo, una velada censura sobre relaciones que, la mayoría de las veces, reciben el incómodo epíteto de «imposibles». De hecho, la percepción sobre las relaciones románticas y sexuales entre hombres, suele asumirse desde el parámetro del miedo y la comprensión de su imposibilidad de origen, como si se tratara de una percepción a flor de piel sobre la posibilidad del desencanto. Una versión de la realidad al margen de una idea más profunda, pero sobre todo, de una concepción mucho más persistente sobre el prejuicio como valor secular.

Sorprende, que semejante criterio impere incluso en el trasfondo literario más refinado y académico. Según un extenso artículo del New York Times, en 1999, el escritor John Updike realizó una crítica somera y muy poco benevolente sobre la novela de Alan Hollinghurst The Spell, en la que insistía que cualquier historia sobre el amor entre dos hombres debe enfrentar el inmediato handicap de encontrarse a la deriva entre géneros — ¿Cómo puede clasificarse una obra donde el amor no es más que una excusa para la lujuria pero no lo admite? se preguntaba el autor — sino que además, aseguraba que las historias de homosexuales no interesaba al público en general. “No se trata de nada que resulte especialmente interesante como objetivo narrativo” escribía Updike, sobre la maravillosa prosa de Hollinghurst y su recorrido por la poderosa capacidad del despertar sexual masculino. Resultó desconcertante que Updike, autor de varias novelas que utilizan el elemento sexual de manera directa y concreta, se haya quejado que en Hollinghurst utilizaba el sexo como “auto gratificación” y además, que convirtiera la historia en un juego “implacablemente gay” que carecía de todo aliciente “para cualquiera que no estuviera interesado en el tema”. Para Updike, la falta de consistencia en las historias homosexuales parecía radicar directamente sobre la imposibilidad y su completa inutilidad, al contrario de las heterosexuales, que “implican la perpetuación de la especie y las antiguas estructuras sacralizadas de la familia”.

A criticas semejantes tuvo que enfrentarse André Aciman cuando Call me by your name fue considerada una “fantasía sexual levemente cursi” por buena parte de los críticos, que desdeñaron la poesía nostálgica de la adolescencia convertida en un espacio de gracia extraordinaria que sostiene la obra del escritor. A cambio, el escritor contraatacó en un extraordinario ensayo y dejó claro que su novela “no pretendía redefinir el amor sino convertirlo en una versión de la belleza inexplorada”, criterio que sostiene no sólo su obra posterior sino esencialmente, el punto de vista de Aciman sobre las relaciones homosexuales. Tanto para Aciman como para Hollinghurst, el amor entre hombres tiene un dejo de autodescubrimiento, osadía y finalmente, algo muy semejante a un expresión de profunda convicción sobre la individualidad convertida en un ardid erótico y sensorial de extraordinarias proporciones.

En un espacio intermedio entre la percepción de lo erótico como puente para el autodescubrimiento planteado por Aciman y la belleza voluptuosa casi icónica de Hollinghurst, se encuentra What Belongs to You, la extraordinaria novela debut del escritor Garth Greenwell, publicada en el 2016. Como si se enfrentara la percepción de Updike sobre el “sexo por el sexo gratuito”, la novela es una magnífica exploración sobre la fenomenología de la lujuria y algo mucho más profundo que elabora una versión de la realidad extravagante y casi dolorosa. Ambientada en la Bulgaria de principios del siglo XXI, la novela utiliza el concepto del país que debe luchar contra su reciente pasado comunista — y sus prejuicios — para comprender la forma en que se comprende la sexualidad en una sociedad en la que el sexo sigue siendo considerado tabú y la homosexualidad una forma de pecado que puede convertirse en una idea fronteriza sobre el bien y el mal. En la novela de Greenwell, el deseo gay sigue siendo un prejuicio con el cual luchar y una forma de estigma, por lo que contradiciendo a Updike, se trata de una concepción del yo mucho más profunda que la “autogratificación” y más cercana a la búsqueda de la identidad a través del cuerpo y el sexo. Para el autor, el sexo se convierte en un vehículo de expresión, de conocimiento pero sobre todo, una profunda percepción de la belleza que plasma a través de una prosa casi poética, elaborada sobre la ternura de cierta melancolía quebradiza.

Cleanness, la segunda novela de Greenwell, tiene el mismo aire experimental e íntimo de su predecesora, sólo que en esta ocasión, el recorrido a través del sufrimiento privado, el deseo y el desarraigo atraviesa un conjunto de historias. Juntas, crean una versión sobre la vida de un hombre gay de mediana edad entra la connotación del temor al prejuicio y algo más inquietante, a mitad de camino entre la amargura del aislamiento y la búsqueda de la identidad. De la misma manera que en What Belong to you Greenwell utiliza un narrador anónimo, confinado por las fronteras del idioma y la cultura en la ciudad de Sofia. Pero a diferencia de la historia anterior — compacta, por momentos abrumadora en su emotiva y directa descripción del dolor — Cleanness es mucho más abierta a los motivos y conflicto de sus personajes y sus interacciones con un universo de emociones turbulentas y casi siempre, ocultas bajo el manto del misterio y la angustia existencial. Se trata de una búsqueda insistente de la identidad, pero también de un recorrido complicado por la forma en que la sexualidad puede ser una frontera de la vida cotidiana, un antes y un después, definido por una comprensión nebulosa sobre quienes somos bajo nuestras máscaras favoritas.

Sin duda, la novela también es una forma de provocación: la mayoría de los relatos analizan el sexo desde esa necesidad sin forma y apresurada de la lujuria, convertida en un vehículo directo para expresar todo tipo pensamientos y pulsaciones secretas. El anónimo narrador recorre la ciudad de Sofía con un nerviosa mirada sobre su propia disyuntiva — ¿el deseo o la percepción de lo erótico? — hasta encontrar satisfacción al impulso primario a través de una meditada óptica sobre el absurdo de la insatisfacción y la búsqueda del placer. Cuando el personaje finalmente encuentra la gratificación, también comienza una relación misteriosa, tensa y llena de matices con un hombre que no sólo es su reflejo distorsionado sino el enigma, en medio del silencio de una ciudad extraña. Como un extranjero entre extranjeros, el personaje de Greenwell avanza hasta encontrar una percepción sobre el bien y el mal recóndito y amoral, pero también, los matices de algo mucho más vívido del sexo casual. Entre ambas cosas, Greenwell crea una atmósfera exquisita, una concepción de la ternura que resulta profundamente existencialista y sobre todo, una limpia crítica a los tabúes como elemento desigual que rige el norte y el secreto personal.

Por supuesto, también es una novela que reflexiona sobre la soledad interior con la elegancia que Greenwell ya demostró “What Belong to you”, en la que logró encontrar un equilibrio preciso entre la búsqueda de la individualidad en una ciudad y una historia en la que la individualidad se desdibuja en medio una blanda colección de anécdotas. En “Mentor”, la historia con la que comienza el libro, Greenwell expone el sufrimiento mínimo de la diferencia a través de una conversación entre el personaje principal y un estudiante, con quien se permite la salvedad de admitir su orientación sexual sin medias tintas. Pero no se trata de algo sencillo: hay algo doloroso y vívido en la percepción desigual de ambos sobre una idea en común (la sexualidad como punto de encuentro y espacio para la confesión) que convierte a la narración en una búsqueda algo escueta sobre símbolos y significados personales. Se trata de un comienzo prometedor por supuesto, pero en exceso blando y que parece de hecho, sostenerse sobre la premisa de Updike de “nada de interés para el público general”. No obstante, Greenwell no se detiene en su narración profunda y melancólica y avanza en el siguiente narración, en la que el sexo lo es todo pero también una excusa para elucubrar sobre la universalidad de las necesidades emocionales e intelectuales de los personajes, en lo que lo erótico es una excusa mal disimulada en la búsqueda del sosiego espiritual. A pesar de sus descripciones explícitas y la evidente intención del escritor por utilizar el intenso encuentro sexual que narra para escandalizar, hay un subtexto evidente de pura emoción contenida, una singular mezcla entre la necesidad profunda de conexión y comprensión, que se analiza como algo mucho más amplio, extraño y pleno.

Quizás, lo más asombroso del libro es que cada uno de los relatos se vinculan entre sí para crear esa comprensión humana, despiadada y dolorosamente bella sobre las raíces del miedo, la orfandad espiritual y la búsqueda del significado intelectual. La percepción de Greenwell sobre la soledad, el aislamiento emocional temprano y la violencia que a menudo forma parte de la vida secreta de los hombres homosexuales, es una respuesta contundente a la trivialización y a la banalización de la sexualidad gay: su narración sobre su vida, percepción sobre la lujuria y la melancolía de la juventud perdida, el autor crea un marco perfecto para exponer el proceso de la vergüenza de la sexualidad convertida en dolor, prejuicio y humillación. La descripción de los narradores sobre sus vivencias en Bulgaria — el secreto incómodo, la sexualidad convertida en un riesgo medido — es de una belleza lírica, en medio de la crudeza del sexo por el sexo, lo erótico como vehículo para un lenguaje secreto, poderoso y a menudo devastador. De narración en narración, la novela adquiere una profundidad que asombra por su agudeza. Todos estamos condenados a repetir el pasado, todos estamos aplastados por los ciclos incompletos creados por el dolor y el sufrimiento anónimo.

Tal vez por ese motivo, el libro está lleno de vívidas escenas sexuales pero también de una reflexión ponderada, ideal y madura sobre la madurez erótica y la búsqueda de la individualidad. Greenwell reflexiona con dureza sobre el peso de secreto y la soledad que suelen compartir los hombres homosexuales, como expatriados culturales que a su vez, deben soportar la línea que les separa de las exigencias culturales desde una idea angustiosa de la identidad. Se trata de una mirada profunda al mutismo interior del miedo al rechazo y a la percepción del desarraigo como un mapa de ruta hacia una intimidad quebradiza. Para Greenwell, la idea es evidente y clara: el recorrido desde la connotación sobre lo moral y lo espiritual a menudo transitan por lugares distintos y lo hacen, desde la percepción de una idea singular sobre el valor formal de la expresión de lo que se oculta en largos silencios sin forma. Con Sofia como escenario — una ciudad en escombros, críptica y misteriosa — el escritor logra crear la sensación de paulatina ruptura con cualquier hilo que le une al pasado, como si ser un extranjero por partida doble — de su vida, vivencias y también, del lugar en que se encuentra — fueran pequeñas grietas aparentes que sostienen su vida y su concepción sobre el bien, a través de algo más complejo y difícil de comprender.

Si en “What Belong to you”, Greenwell logró encontrar el equilibrio entre el misterio y el dolor, para compensa la versión de la realidad con una búsqueda casi natural de lo cotidiano en medio de una situación atípica, en “Cleanness” la concepción sobre el sufrimiento íntimo es de naturaleza mucho más detallada, poderosa y coherente. De la pasión desenfrenada al dolor, el autor crea una versión de la realidad sensitiva, refinada y sugerente que elabora una concepción del amor gay por completo nueva en la literatura actual. Con su prosa vitalista, llena de una belleza desconcertante y a la vez dura — casi dolorosa — Greenwell atraviesa con facilidad el páramo de la angustia hacia la sutileza de la madurez intelectual con la vívida sensación que el mundo interno se extrapola más allá de la piel, como una forma de ternura. Con la misma capacidad para el color local y la fuerza meditada de Ben Lerner y Karl Ove Knausgaard, “Cleanness” es una búsqueda de una intrínseca interacción entre la ternura, lo brutal de los secretos y la necesidad de encontrar un punto común entre ambas cosas.

Por supuesto, habrá lectores que insistirán que la historia de Greenwell no es del todo Universal y que Updike, después de todo tenía razón. Pero en la medida que se profundiza en la obra de Greenwell, la percepción universal sobre el amor, la belleza y la dulzura crea una concepción sobre la historia que trasciende los límites sobre lo que cuenta para crear algo más elaborado, sensitivo y audaz. Un enigma dentro de un enigma, que por supuesto, tiene poco o ninguna relación con lo que se espera de ella o lo que se supone puede ofrecer el epíteto de novela gay. Al final “”Cleanness”, es una narración que intenta analizar búsqueda de individualidad desde lo espiritual, una creación dolorosa sobre la sensibilidad y sobre todo, una crítica historia de amor. Una mezcla casi imposible que Greenwall logra con un éxito arrollador.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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