Crónicas de la lectora devota:

Writers & Lovers de Lily King

La felicidad no vende bien o al menos, no lo hace en la mayoría de los círculos intelectuales. Se trata de una formula curiosa, que parece aplastar a la mayoría de las novelas, narraciones y cuentos a una infelicidad académica de un tono elegante, sofisticado y lóbrego. De hecho, una de las grandes discusiones literarias parece provenir del hecho de considerar la felicidad un tópico vulgar. Los finales en lo que fructifica el amor, la risa infantil, la noción sobre la esperanza, no son competencia de la literatura como expresión más elaborada sobre el pensamiento universal. O eso parece sugerir toda una serie de análisis sobre el bien, el mal, los temores y horrores de la vida contemporánea. Hay una necesidad considerable de enaltecer la desgracia y el sufrimiento espiritual como el vehículo directo para entender la naturaleza humana en toda su expresión.

Por supuesto, se trata de una paradoja en una época en que la felicidad es casi de carácter obligatorio. Todos quieren ser felices, mostrar su dicha en todas las formas posibles pero pocos, leer sobre el tema o analizar su valor. El contrasentido es más confuso que nunca a medida que las reflexiones sobre la desgracia y el dolor, se vuelven más elaboradas. Ya el escritor francés Henry de Montherlant insistía hace ya treinta años que el ambiente literario no estaba preparado para la felicidad, o al menos no para describirla y expresarla de manera digna. Más adelante, Coetzee — considerado el mejor escritor vivo — insistió en que la despreocupación y la risa “son espacios confusos en una narración”. Como si eso no fuera suficiente, a mediado de los años ’80, la espléndida Iris Murdoch reflexionaba que la risa “es veneno narrativo, una connotación pendenciera sobre el bien y el mal como reducto”.

Tal vez por eso, la escritora Lily King comienza su libro Writers & Lovers, con uno de sus personajes preguntándose en voz alta si todo lo que puede esperar dentro y fuera de la página en blanco, es dolor. El cuestionamiento es del todo válido, cuando enlaza la belleza y la capacidad creativa, con un tipo de sufrimiento tan sincero como innecesario. Con su contexto en los optimistas y levemente cínicos últimos años de la década de los noventa, la novela parece tener toda la intención de romper el cliché sobre la tragedia significativa y especular, hacia algo mucho más profundo, certero y casi tierno, bajo la mirada de una esperanza tan inocente como tierna.

Lo más intrigante de Writers & Lovers es su necesidad de brindar un aire auténtico a esa percepción sobre el pesimismo moderno, como una rara mirada hacia la felicidad como un despropósito o un tipo de ingenuidad incomprensible. Casey Peabody, una camarera de 31 años que vive en un ático diminuto rodeado de plantas a medio descomponer y que se mantiene con dificultad, a base de propinas y pequeños trabajos esporádicos como repartidora, es una optimista a regañadientes que pone todo su empeño en sobrevivir el día a día. Las cosas para Casey no son sencillas y poco a poco, se hacen un poco más complicadas a medida que su vida se enlaza con una realidad cada vez más dura. El trabajo en el café no es redituable — “No a largo plazo y eso, no lo puedo olvidar” se repite cada día frente al espejo — y mucho menos, la sensación que su juventud acaba muy pronto. “Me deslizo fuera de la vida que soñé y aspiré, lo cual hace más dolorosa la idea de envejecer sin verdaderas aspiraciones”. Casey tiene un pacto consigo misma: evita pensar demasiado en el futuro, en obsesionarse con el presente pero sobre todo, evita mirar el pasado. “Vivir al día es un ejercicio de imaginación, uno en especial angustioso que puede despertar a todos tus monstruos” insiste, mientras recorre Harvard Square (Massachusetts) en su vieja bicicleta e intenta sonreír. Porque Casey está convencida que tiene mucho más sentido aferrarse a sus buenas intenciones que desplomarse en la profunda angustia que le carcome. “En ocasiones, la posibilidad de la felicidad es mucho más real que cualquier otra cosa, incluso si es irreal, lejana y absurda”.

Pero el personaje de King no es inocente: Casey enfrenta la pobreza, la incomunicación y la muerte de su madre. El torbellino de pequeñas desgracias cotidianas abarca desde las plantas que mueren en su pequeño jardín, hasta el duelo que lleva a cuestas con una incómoda sensación de ruptura con tu pasado. “No te reconoces, no tienes nombre, no tienes una manera de sostenerte en medio de la vida como la conoces. Pero lo intentas, persistes, insistes. Al final la costumbre es el mismo impulso de la bicicleta que se mueve hacia adelante a toda velocidad”.

Casey además escribe. Lo hace con una pasión secreta e incombustible. que ni ella misma comprende del todo. “Escribo por todos los motivos que quizás, me deberían impulsar a vivir de una forma más simple. Obsesionarme con las palabras, sólo hace que el resto de las cosas a mi alrededor parezcan deslucidas y poco claras”. Lo dice con un entusiasmo empedernido que la hace pasar noches en vela, dedicar sus descansos a la redacción pero en especial, con una especie de impulso ciego que resulta más poderoso que cualquier dolor emocional. “Escribo y después, todo desaparece” admite en una de las breves pausas de su ajetreada vida diaria. “De modo que no dejo de escribir. No hago otra cosa que esforzarme por seguir entre palabras. A las palabras. Por un impulso casi devorador que ninguna otra cosa me provoca”.

Para King, demostrar el impulso creativo de su personaje es imperioso y lo hace, a través de pequeñas escenas que muestran a Casey dentro y fuera de su mente. La mujer paciente, con una sonrisa amable, que va de un lado a otro del café, que pedalea a toda velocidad en medio del tráfico de una Cambridge radiante de belleza, que cuenta una y otra vez las cada vez más escasas propinas, que decide saltarse uno que otro almuerzo para “ahorrar lo necesario para las tormentas”, es la misma que se sienta cada noche frente a su escritorio y mira la pantalla de su portátil con un gesto decidido y comienza a teclear. Casey no tiene vida amorosa, tampoco amigos cercanos. Sólo tiene el espacio de la hoja en blanco y lo aprovecha como una puerta de escape al sufrimiento invisible que le golpea y le abruma, incluso aunque se niegue a comprender su origen la mayor parte de las veces.

Sin duda, esa dimensión paralela como puerta hacia la realización intelectual no es un tema novedoso. King no pretende que lo sea y no carga a su historia con la percepción del talento literario como un secreto bien escondido que podría consolar todos los dilemas que Casey enfrenta a diario. De hecho, la escritura tiene el rol de un espejo opaco, a través del cual puede reflexionar como una versión del mundo y de la vida que se enlaza hacia algo más elaborado. Casey escribe sobre la muerte de su madre, pero es incapaz de contarlo a sus compañeros de trabajo. También profundiza en los dolores de la pobreza, en el miedo que le provoca la soledad adulta que lleva a cuestas, pero jamás admite que lo que escribe es una relación de daños y dolores sobre la realidad, tal y como la percibe, tal y como la debilita, golpea y aplasta. ¿Es la escritura la forma en que casi evade la realidad? Podría serlo, pero en realidad también es mucho más que eso: es una apasionante versión sobre el bien y el mal que se entrelaza con algo más amargo que el personaje no admite. “Los reinos de la oscuridad son invisibles” piensa antes de caer dormida, aterrorizada por los recuerdos de la muerte de su madre y la ausencia de su padre, un personaje tangencial sin verdaderas dimensiones. Una encarnación de los terrores de Casey, humanizado y construido a la medida de la búsqueda del personaje de su propio recorrido hacia la expiación del dolor que le golpea.

De modo que lo que realmente impulsa a Casey a escribir es el duelo: por sus pérdidas, por la ruta que recorre hacia su intento de reconstruirse, por la madre que apenas recuerda pero que idealiza en una preciosa relación que nunca sabemos si es real o si de hecho, tuvo el impacto que suponemos en su inspiración y recorrido artístico. En uno de los capítulos más emotivos de la novela, Casey escribe sin parar a la vez que recuerda, a todas las escritores que rindieron tributo de una forma u otra a sus madres muertas. Desde Iris Murdoch hasta Edith Wharton, la muerte de las madres — y la transfromación del vínculo materno a una idea más inquietante sobre la memoria — es un tema que sin duda, King encuentra apasionante y sobre el que medita gracias a los esfuerzos de Casey por entender su renovada necesidad de escritura. El personaje escribe sin parar, mientras la noche transcurre con lentitud, a medida que la novela comienza a revelar sus verdaderas intenciones. “Wharton envió a su esposo al funeral de su madre” piensa Casey al mismo tiempo que escribe “Y lo hizo, porque en vida, esa mujer pesarosa y amarga fue la que casi evitó pudiera tomar los lápices o soñar con libros. De modo que se quedó en casa para escribir mientras ella volvía a la tierra”. El trabajo avanza, se hace más complejo, más duro y elaborado. “También le ocurrió a Proust, que enlazó su necesidad escribir con la muerte de su madre” cuenta Casey, pero en la página, el mundo que describe es más profundo e incluso oscuro, que la sonrisa que le hace esbozar la pequeñas anécdotas “D. H. Lawrence, temía que su madre apareciera en sueños, un espectro inquietante que quizás, le perseguiría a todos lados. De forma que escribía. Sin parar, hasta el cansancio”

De modo que el paralelismo entre Casey y los grandes dramas de duelo es obvio, aunque King evita que se transformen en un cliché gracias a la poderosa capacidad de su prosa para crear un mundo dentro de otro más amplio. La Casey que escribe y la que va por la ciudad en bicicleta, en realidad son dos mujeres distintas. El mismo personaje lo reconoce, se sostiene y se adecua a esa percepción de la realidad. “ Voy con la sudadera con capucha, puños cerrados. Pedaleo, pedaleo, pedaleo” cuenta Casey que imprime la misma pasión a mantenerse a flote que a escribir, aunque no lo nota. O al menos, no es consciente de esa línea perpendicular que une ambas cosas. “Pedaleo, pienso en todo lo que deseo decir, pedaleo, aunque nadie note estoy aqui” insiste, en una inevitable metáfora de algo más elaborado, doloroso y potente. Casey vive la vida que sueña en la página, aunque no lo sepa, aunque crea que la tristeza a cuestas sea una forma de miedo. “Sigo, sin detenerme, sin sostener otra cosa que lo que soy, que lo que busco, que lo que puedo comprender como parte de mi vida”.

No es la primera vez que King vincula las pasiones de sus personajes con su forma de vivir. En el 2014, su libro “Euphoria”, contó un romance imaginario de la antropóloga Margaret Mead en medio de una de sus famosas excursiones a Nueva Guinea, durante el año 1933. La Mead de King, era una mujer obsesionada con el trabajo, aferrada a la percepción sobre su identidad en relación a su necesidad de crear. Y es además, una brillante metáfora de la mujer que crea, que se sostiene sobre el bien y el mal, que anuda y construye, algo más profundo que su mera necesidad de avanzar a través del sufrimiento. Tanto Casey como la Margaret imaginada por la escritora, son mujeres vitalistas, maravillas y llenas de un poder espiritual asombroso. También son felices, a su manera, bajo sus estratos, bajo la noción insistente que soñar con la posibilidad de la trascendencia es una forma de maravilla.

Al final, este recorrido profundo a través del amor, el talento y la percepción sobre la identidad, es también un recorrido a través de lo que hace que una mujer se mire a sí misma como parte de un acto artístico que la supera, la absorbe y al final es la fuente de todos sus deseos y pulsiones. King no habla de la felicidad, pero la muestra, en un portentoso tercer acto en que Casey no sólo atraviesa el dolor para encontrar la posibilidad de la redención, sino que celebra con su potente capacidad de goce, la idea de la vida como una idea más furiosa y potente de lo que admitimos la mayoría de las veces. Casey escribe para celebrar su vida y también sabe, que al final de la página le espera — aunque King jamás lo deja claro — un triunfo diminuto y real que le llevará a terrenos desconocidos de sí misma. La felicidad como una forma de miedo, como una amplia versión de lo individual y en especial, una búsqueda dispareja entre lo que soñamos, lo que podemos alcanzar y después de todo, lo que anhelamos en secreto.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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