Crónicas de la lectora devota:

The Sweetest Fruits de Monique Truong

Escribir sobre mujeres, suele ser un recorrido a mitad de camino entre lo emocional y algo más complejo difícil de definir. Un análisis que debe englobar no sólo la imagen cultural de lo femenino, sino además, las invisibles conexiones entre lo real y el imaginario social que suele envolver a la mujer literaria. Una labor complicada incluso para escritoras, que deben lidiar con la percepción del género como un hilo argumental por derecho propio y la versión de la realidad que intentan describir a un nivel profundo y tridimensional, sin caer en la concepción absoluta de lo que consideramos roles sociales y culturales.

La autora Monique Truong analiza las infinitas posibilidades del mundo femenino en su novela The Sweetest Fruits y lo hace a través del recurso coral utilizado una forma de contexto profundamente emocional. Truong brinda voz y una extraña corporeidad a las mujeres en la vida del escritor griego irlandés del siglo XIX Lafcadio Hearn, una extrañísima figura literaria que durante buena parte de su juventud y primera adultez, dedicó notables esfuerzos a escribir acerca de Japón, en una época en la que el mero viaje hacia el Oriente resultaba quimérico. Se trata de una durísima reflexión del amor como riesgo intelectual, el poder de la memoria y la pérdida de la identidad, todo a través del cariz de la traición emocional. Una combinación semejante podría resultar densa y claustrofóbica, pero Truong encuentra la forma de sostener un discurso inquietante sobre el secreto, la necesidad emocional y los lazos que subvierten el amor romántico en medio de una conmovedora narración a tres voces. Para la escritora, resulta de enorme importancia crear un lienzo de profundo interés en la naturaleza humana a través de sus dolores mínimos y domésticos, lo que brinda a la obra una singular profundidad.

Pero aunque pareciera la historia de tres mujeres a través de la vida de un hombre complejo, The Sweetest Fruits es mucho más intuitiva y busca crear una connotación de lo que lo emocional puede ser como hilo conductor de historias, no siempre buenas, hermosas o asombrosas. La capacidad de Truong para transformar la vida de Hearn (un conocido huraño, además de un hombre que sus contemporáneos describen como frío y distante) en un vínculo entre tres mujeres de espíritu vibrante, sorprende por su capacidad para elaborar algo más complejo que un simple rompecabezas narrativo. Se trata de una argucia literaria que además, ensambla la novela en una serie de partes disímiles en la que la versión que se cuenta— esa forma de mirar y construir un consciente percepción del individuo — es lo más importante de todo. Mucho más, cuando la escritora encuentra en el vínculo que une a Hearn con su madre, esposa y amante, una forma de reflejar la modulada comprensión del tiempo como una forma de elaborar una versión de la realidad. “¿Somos lo que contamos? ¿O quizás lo que olvidamos como parte de todas las historias que componen nuestra vida?” se pregunta una de los personajes de Truong, mientras debe recorrer el mundo para comprender el sentimiento que le une a un hombre singular y hostil.

Truong medita con cuidado sobre la forma como las personas en nuestra vida influyen en quienes somos y seremos a través de lo emocional: no obstante, ninguna de sus historias es en realidad romántica o no al menos, en un sentido tradicional. El libro comienza en la isla griega de Cythera durante el año 1840 con la vida de la madre de Hearn, Rosa, que amó a su marido Charles con una mezcla de sinceridad y pragmatismo. El apasionado romance fue su manera de huir de su padre violento y un hogar hostil y aunque el amor que profesa a su marido es apasionado, también lo es la percepción elemental sobre su naturaleza individual. “Quiero ser libre y quizás, el amor me lo permita, a la manera de las puertas abiertas que conducen a calles vacías”. La poderosa imagen acompaña a Rosa durante su breve estadía en Las Antillas y después, en su viaje a Irlanda en la que comienza a pensar que el amor es de naturaleza mucho más mundana de la que supuso. “El dolor de descubrir que el amor es vulgar siempre será agotador” narra, mientras describe las cientos de peripecias de un matrimonio pacífico y en ocasiones, simplificado por la rutina.

La voz narrativa de Truong es brillante, divertida y por momentos cruel, pero siempre conserva cierta dulzura que la hace extraordinaria. La Rosa de la escritora es poderosa, una figura formidable que lucha contra los malestares de la emigración, un matrimonio sin alicientes y su propio tedio existencial a través del ingenio. Rosa (que sueña con tener un hijo escritor que pueda “huir de lo habitual”) está obsesionada por la Irlanda verde, salvaje y desconocida que intenta comprender a través de su marido, que no entiende demasiado bien el carácter intrépido de su mujer. “Charles me ignora siempre que puede, como puede y es mejor así, porque de comprenderme, quizás se arrepentiría de haberse casado conmigo” comenta el personaje mientras una tormenta golpea los cristales de su pequeña casa frente al mar. Cuando finalmente se convierte en madre — por “obras de milagros”, comenta para resumir la pasividad de su marido — todos sus sueños e inquietudes van para el recién nacido Lafcadio, a quien sueña como “mil estrellas lejos de tierras áridas”. Toda la impaciencia de la joven Rosa se transforma en la necesidad de brindar a su hijo un “nuevo mundo que nadie a descubierto aún”.

Pero para Rosa, ni el matrimonio — que creyó necesario — o el amor — que le decepciona — son algo más que accidentes en una vida en la que el peso de su memoria, es más fuerte que cualquier otra cosa. “Soy lo que imagino, las historias que me cuento junto al fuego, al ras del mar, perdida en ninguna parte” cuenta cada vez más frustrada, aturdida por el pequeño desastre de lo doméstico. Luego de una breve estadía en Irlanda, regresa a la Isla en la creció junto con Charles, con la esperanza de revitalizar una relación “cada vez más fría, endeble, que se rompe con lentitud bajo el peso de ambos”. No obstante, la postrera tentativa termina por apagar los pocos rescoldos del amor en el joven matrimonio y para cuando el hijo en común cumple tres años, es evidente que la ruptura es algo más que los largos silencios que comparten, las noches en vela, el malestar mutuo. Charles se vuelve una criatura iracunda y malhumorada, ella misma apenas se reconoce en la mejor llorosa en que se convirtió. Al final resulta inevitable que esposo e hijo regresen a Irlanda dejándole abandonada. El último recuerdo que guarda de Lafcadio — y de alguna forma, el postrero que ambos atesoran de la relación entre ambos — es el de la figura de Rosa empequeñecida por la distancia en el puerto de la isla. Para la madre, el hijo se convertirá en un símbolo de angustia y dolor. Para el hijo, la madre será un espectro al que pasará buena parte de su vida persiguiendo a ciegas.

Truong podría seguir el tránsito de la vida de Lafcadio desde la adoración de su madre, pero toma la inteligente decisión de crear una bifurcación narrativa que sigue al personaje a través del amor más terrenal de Alethea Foley. Corre el año 1872 y la joven escapa de la esclavitud de su natal norteamérica en un periplo que desconcierta por su brutalidad y aún así, belleza sensorial. Es una mujer libre que no sabe como serlo y que intenta comprender su nueva condición desde la periferia. “La esclavitud te marca de maneras desconocidas” narra mientras intenta sobreponerse al asombro de su vida al margen de las órdenes, los látigos y la crueldad. “Pero eso sólo lo descubres cuando la libertad pesa tanto como un fardo a cuestas”. La frenética búsqueda de Alethea por comprender su vida al margen del dolor, le lleva a enamorarse perdidamente de Lafcadio, convertido en un joven tímido de Cincinnati que sigue la carrera de periodismo, pero cuya máxima aspiración es viajar. “De inmediato supe era un hombre cuyo espíritu estaba muy lejos del rostro flaco y los ojos tristes que seguramente miraba al espejo sin ver” cuenta Alethea con afecto. Para ella, el jovencísimo aspirante a escritor es una promesa. Para él, la mujer en busca de comprender el mundo que le rodea, una aventura.

Pero el amor no es suficiente para sostener las expectativas de ambos: enamorados y casados, descubren muy pronto que la vida en común tiene algo de afilado, abrumador y agresivo. Ambos están obsesionados con sus dolores y ambiciones, lo que les lleva a un enfrentamiento temprano del cual el matrimonio no se recuperará de inmediato y de hecho, no lo hace nunca. La visión del amor de Alethea se transforma, se hace endeble, atroz en su ternura agria, quebradizo en la simple idea de la promesa quebradiza. “No existo en esta casa silenciosa en la que mi marido mira por la ventana con la necesidad de huir” cuenta mientras los meses y años transcurren con una lentitud de pesadilla. Y será Alethea la que tome la decisión de romper el vínculo doloroso, helado y firme que le separa de su marido, del mundo que crearon juntos y la soledad que comparten. “Fue como una nueva emancipación, sólo que en esta oportunidad, la única persecución a cuestas era la de mi cólera”.

Solitario y herido por una separación Lafcadio Hearn, comienza entonces el que será el período más deslumbrante y conocido de su vida. Luego de pasar algunos meses en Nueva Orleans, el joven escritor decide cumplir su viejo anhelo: viajar a Oriente. Lo hace desde cierta ingenuidad infantil, llevados por los recuerdos de Rosa y también, por el desamor, que pesa sobre sus hombros como un sufrimiento silencioso con el cual no sabe lidiar del todo. Para Lafcadio la ruptura de su matrimonio — un hecho asombroso en su época y que le convierte en un marginado en mitad de una situación incomprensible para quienes le rodean — es sólo otra forma de abandono, otro espacio sin nombre al que describir en sus primeros cuentos, ensayos y narraciones. Pero la angustia es insoportable, un estigma con el debe lidiar y mucho más, cuando descubre que en medio del mundo que reconoce como suyo, no tiene un verdadero lugar.

“No hay nadie a quien contar mi historia o al menos, nadie que quiera escuchar las desventuras de un hombre sin madre, sin mujer y sin patria” cuenta Lafcadio en su diario. O al menos, Truong lo imagina de esa forma. Usando extractos de la biografía de Hearn publicados en el año 1906 y su imaginación, la escritora crea una personaje que deslumbra por su extraños matices, en medio de las potentes voces de las mujeres que le amaron. Y mientras el Lafcadio es a la vez un personaje e hilo conductor de la historia, su recorrido por el mundo en busca “de un sentido, un lugar en el cual apoyar la cabeza”, es en realidad una pretensión profundamente diáfana de trascendencia. El escritor que busca ser algo más que un personaje en su propia vida y que termina siendo una imagen añorada por quienes le conocieron y le amaron, aún sin conocerlo en realidad.

Luego de su corta estadía en Nueva Orleans, el escritor parte hacia las Indias Occidentales en busca del “exótico propósito de existencia” que su madre le inculcó y el que lleva como una herida invisible en algún lugar de su mente. Finalmente, lo encuentra al llegar al Japón “la tierra en la que debió nacer” y en la que encuentra no sólo “el asombro perdido, el consuelo a las heridas”, sino una nueva vida. Fascinado por la exótica belleza de un país tan complejo como inexplicable, Lafcadio termina sucumbiendo por completo a su extraño influjo. Cambia su nombre por el Koizumi Yakumo y comienza a vivir “una nueva vida que es como nacer otra vez, en mitad de un paraje extraordinario que debo aprender a describir”. Con la felicidad — y el arraigo — llega también la necesidad de crear y construir algo por completo nuevo: el escritor dedica buena parte de su nueva vida a escribir y a contar el país adoptivo. También se enamora de Koizumi Setsu, hija de un samurai y encuentra en ella, la pasión “perdida por la vida y lo que nace de tierras yermas en mi memoria”. Porque la nueva amante, se convierte en no sólo la mujer de su vida, sino también, en una profunda e improbable conexión con la belleza. “No se trata sólo que le ame, que ya sería suficiente, sino que me asombra la particular capacidad de sostener mi vida sobre sus frágiles hombros” cuenta Lafcadio, deslumbrado por el amor por segunda vez en su vida.

Pero Setsu es mucho más que un símbolo de la nueva vida del escritor y Truong se ocupa de dejarlo claro. La vida en común entre ambos, se llena de detalles extraordinarios, que ella narra con una minuciosa delicadeza conmovedora. “Aprendí que los edificios modernos estaban construidos con ladrillos, rojos como las flores de camelia, con ventanas con cristales transparentes. Para él, la vida eran los colores y para mí, buscar su significado”. El amor está en todas partes y para Setsu no sólo se limita al que le inspira su marido, sino que también, abarca lo desconocido. La madre que él evoca entre dolores y la mujer perdida que teme y odia “Cierro estos ojos y me uno a él en el mundo de los sueños, donde el dolor se desliza por debajo del horizonte, reemplazado por la luna creciente de la memoria, y estamos nuevamente en Matsue con la curruca y su canción. En el que su madre vive para siempre al final de un muelle y la mujer que amó, es sólo una figura frágil que flota en el mar” . Para Setsu, el amor es una página de historias y también, una forma de comprender el mundo.

Quizás lo maravilloso e intrigante en el libro de Truong radique precisamente en eso: la cualidad de la historia para usar el amor como un puente para hablar de todo tipo de temas profundamente dolorosos y desconcertantes. El amor está en todas partes, pero también, los lúcidos análisis sobre la esclavitud, la colonización y la represión de las mujeres. Todo bajo la delicadísima apariencia de una historia romántica, o mejor dicho, de una historia en la que el amor ocupa un lugar preponderante. Pero en realidad The Sweetest Fruits es una colección de recuerdos, de narraciones y escenas. Una forma de mirar el mundo desde la compasión y la ternura, pero sobre todo, una profunda comprensión de la fragilidad de la naturaleza humana. Una versión de lo cotidiano, lo doméstico y lo doloroso de enorme belleza.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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