Crónicas de la lectora devota:

The Office of Historical Corrections de Danielle Evans

Narrar lo cotidiano no es sencillo, aunque lo parezca y sea el tema habitual en buena parte de los escritores contemporáneos. Pero, el día a día es mucho más que una colección de secuencias corrientes que la literatura ensalza a nivel de símbolo. Es también un recorrido cuidadoso por todas las aristas de la realidad como una experiencia conjunta, poderosa y en especial, singular, capaz de analizar la identidad colectiva desde un punto de vista por completo nuevo.

La escritora Danielle Evans ha pasado buena parte de carrera literaria narrando la vida de personajes que miran a través de ventanas y puertas abiertas, que se dedican a cuidar de sus jardín o que se aseguran, con maníaco detalle en que las cobijas estén tendidas sobre la cama de la forma correcta. Pero también, de lo ocurre debajo de esa aparente quietud. De la madre que solloza en la soledad de la cocina o el padre que se abre las venas en el cuarto de oficios que ordenó pocos minutos antes. Hay algo fatídico, profundo y bien construido en los relatos de Evans — publicados en los mejores periódicos y revistas estadounidenses — pero también, preguntas específicas sobre la aparente normalidad de nuestra era, la forma en que comprendemos la labor de contar historias y en especial, por qué lo hacemos. Porque al final, antes o después, cada relato de Evans es una entidad viva que mira algo más que lo que esconde el rostro sonriente de un niño desconocido, la fachada impecable de una casa que no mirarías dos veces, el lento recorrido de un coche que no rebasa el límite de velocidad.

Al final, lo que la escritora narra es lo que se esconde en la oscuridad de los pequeños actos, en la inquietante belleza de los dolores invisibles y en especial, lo que sostiene un recorrido hacia lo que se desvanece en la concepción de las ideas más profundas sobre la identidad. ¿Quienes somos cuando nadie nos mira? ¿Qué decisiones tomamos cuando no hay nadie para juzgar esa percepción sobre la responsabilidad moral? ¿Quienes somos, más allá de la opinión de parientes, amigos e incluso, el rostro público que mostramos con tanto cuidado? La percepción del misterio de lo íntimo, se encuentra profundamente relacionado con la idea general sobre el bien y el mal como un hecho moral anónimo y sin forma, una abstracción a la que Evans ha logrado brindar forma con una impecable capacidad para la observación y un corrosivo sentido del humor.

La colección de relatos The Office of Historical Corrections de Evans, es de nuevo, un recorrido por el enigma de las pequeñas cosas innombradas de lo cotidiano, pero en esta ocasión, también es una revisión de una Norteamérica desconocida que la escritora analiza a través de sus personajes. Se trata de una reflexión dura sobre los dolores, simpatías y nuevas sensibilidades de un país en una batalla cultural por una transición hacia un nuevo momento histórico, a la vez que analiza la cuestión de las heridas históricas — el racismo, la misoginia, el miedo a la diferencia, la polarización — desde el rasante de un ajuste de cuentas crítico de un país en medio de grandes preguntas sin respuestas.

Por supuesto, los cuentos de Evans no son en esencia políticos, sino que de la misma manera que ocurre con frecuencia en los de Alice Munro — en que las condiciones políticas y sociales que rodean a sus personajes, crean un contexto sólido para entender las historias que narra sobre ellos — es inevitable que The Office of Historical Corrections se cuestione y confronte con el país que se enfrenta a una serie de ideas sobre las condiciones históricas, culturales y económicas que hacen de los relatos verdaderas instantáneas sobre la vida estadounidense, en medio de una transición hacia una cultura mucho más sensible pero también, segregada en extremos, convertida en trozos quizás de una versión más grande de los temores colectivos que han gravitado el país durante décadas.

Pero además, Evans hace hincapié en la forma y estilo de vida de la comunidad afroamericana a la que pertenece. Pero The Office of Historical Corrections no es un manifiesto sobre la raza, tampoco sobre el dolor histórico o la forma en que EEUU comprende el racismo, sino una extraña versión acerca de la normalidad que vive un ciudadano cuando debe temer que las leyes, la cultura y el trasfondo de lo cultural le señalen y le estigmaticen. Se trata de una comprensión de la realidad urgente y hay la percepción inquietante, que los relatos de Evans fueron escritos para reflejar lo que ocurría en las calles hace seis o siete meses, en un proceso simultáneo que resulta desconcertante por su precisión. La realidad no se siente forzada, tampoco elaborada a partir de algo más sustancial, sino que ocurre. Una lenta transición del individuo a la forma como el colectivo lo comprende y reflexiona acerca de su lugar en el mundo.

Cada uno de los personajes de Evans, son criaturas que atraviesan el dolor y el sufrimiento de la exclusión, de considerarse ajeno, fuera de lugar, envuelto en la condición de lo ocurre en la intimidad cuando se es la víctima de un sistema. No hay sermones, tampoco un señalamiento hacia la cualidad de la raza como condicionante. Evans no lo necesita ni tampoco traspone los elementos de lo que ocurre alrededor y en las vidas de sus personajes como lecciones o mensajes simbólicos. Se trata de la realidad, en toda su prodigiosa llaneza y esa es quizás, una de las condiciones más poderosas e interesantes del libro.

Sin duda, hay un acento en la revisión antropológica en la obra de Evans, lo que enriquece el tránsito entre el relato en estado puro y también, el análisis de las condiciones que rodean a sus personajes. En cada escena, hay una percepción real de las pequeñas cosas que alimentan y sostienen la vida en sus historias. Una madre soltera aterrorizada por una pandilla, se mira al espejo y corta su cabello con pulso firme “tal vez, si me parezco mucho más a lo que se considera una madre, pase desapercibida” dice. Un hombre que sobrevive a una balacera, cuenta sus cicatrices y se horroriza al comprender la cercanía de la muerte. “La piel te cuenta lo que no quieres saber. Lo hace con la violencia de cada golpe, herida y miedo que te tatúan con cuidado una historia que puede leerse con la punta de los dedos”. Un anciano muere en un sillón, paralizado, sin posibilidades que nadie escuche sus gemidos de angustia, en medio de lo que podría ser tanto una crisis cardíaca como un derrame cerebral. “Él está a punto de morir y lo sabe. Con las cortinas abiertas hacia la calle, el suelo repleto de objetos sucios. La muerte cuando no es otra cosa que miedo”. Cada historia en The Office of Historical Corrections es un recorrido esencial hacia el centro de todos los dolores y temores sociales, convertidos en algo más sustancial y tenebroso. Evans, una mujer que ha sufrido el racismo en carne propia, se aleja del punto de pista del ataque para contar la consecuencia, para narrar a los testigos de lo que ocurre detrás del sistema que apoya, analiza y profundiza en la brecha entre ciudadanos, en la condición de la ley que mira hacia un norte específico y en ocasiones, es el principal punto de exclusión. Y quizás, ese es el mayor logro del libro.

Claro está, Evans tiene el talento suficiente para conocer los lugares comunes desde los que otros tantos escritores analizan el problema de la discriminación, de modo que los evita, pasa de ellos, para concentrarse en las vivencias pequeñas de personajes arrasados por las consecuencias invisibles de un sistema cada vez más agresivo. Uno de sus personajes, es un hombre negro con dos hijos adolescentes que ha decidido emigrar, aunque todavía no sabe a cual país ni bajo qué condiciones. “Seré negro allí a dónde vaya, pero la cualidad del color de mi piel es distinta aquí que en otros países”. Se cuestiona, se contradice y al final, no toma la decisión. Mientras tanto, vigila a sus hijos lo mejor que puede, cuida cada uno de sus pasos. El temor está en todas partes, pero también, la inevitable pregunta sobre cómo asumimos el hecho de la violencia cuando es parte de la cultura en que vivimos, cuando forma parte de todas las ideas con las que debemos lidiar. Evans no se detiene en la mera expresión del racismo, se adentra puertas adentro en las cosas que los afroamericanos deben enfrentar a diario y que hacen cada día más complicado la forma en que comprenden su identidad. La cualidad del racismo en la obra de Evans es la de una gran y grotesca vivencia compartida, en un ejercicio de temor que enlaza la condición del ciudadano excluido, del que espera la reivindicación que jamás llega, que intenta alcanzarse, que se expresa como un recorrido por el dolor y el terror como expresión de la sociedad en la que viven.

Quizás por su estilo caleidoscópico, se suele decir que Danielle Evans es una mujer de método y sobre todo, una escritora que asume el lenguaje como una estructura viva. En otras palabras, una noción sobre lo que le rodea, que se construye pieza a pieza a través de una observación diáfana y profunda de lo que rodea al autor. Pero Evans, no lo asume desde la complejidad — esas capas movedizas de información y reflexión que escritores como Paul Auster hizo un estilo propio — sino desde la sencillez. Desde una transparencia engañosa tan sutil que parece abarcarlo todo, asumir la existencia — en palabra y metáfora — desde la idea originaria que se construye a partir de una ensoñanción. Meticulosa, discreta y con un profundo asombro por la capacidad redentora de la escritura, Evans cimienta su estilo narrativo desde lo mínimo. El detalle que elabora. El sentimiento que sustenta.

Evans construye sus relatos paso a paso, con una prosa cuidada que sin embargo, no es ajena a cierto virtuosismo que llega a sorprender a medida que avanza la trama. No sólo descompone la realidad en sus elementos esenciales — o así parece hacerlo, en ese sentido de vaivén del bloque de información que se sustenta sobre una delicada visión de lo que se cuenta — sino que además, elabora una idea sobre lo real por completa nueva. En ocasiones, la escritora parece escribir sobre líneas, al margen, contradiciéndose, desdiciéndose y finalmente reafirmando ideas, que a fuerza de sencillas llegan a construir un entramado profundo y preciso de la emoción.

Hay una evidencia real de la sustancia en los intersticios, las elipsis, los silencios, como si la insinuación fuera en si mismo una audacia. No hay evidente ni directo en la prosa de Evans y quizás, ese sea su verdadero triunfo. El hecho ideal que lleva a sus historias a erigirse como elementos literarios de un raro valor en su belleza y buen hacer. Una y otra vez, la escritora parece tomar el camino más sutil y el más discreto, para crear una poderosa visión de lo que narra. Apunta, sugiere, se mueve a dos bandas, observa, puntualiza. Y la sencillez se hace compleja. Crea un laberinto que conduce al lector entre las sombras, las puertas entreabiertas. Una ingravidez de verbo y de propuesta que hace cada pieza literaria de la autora, inolvidable.

Quizás, el mayor triunfo de Evans sea justamente ese: su resistencia a la opinión evidente, directa, en especial, cuando el tema que toca es el racismo, tantas veces analizado y profundizado desde múltiples ángulos distintos. Al hecho de asumir el preludio y el desenlace progresivo como necesario para elaborar una idea esencial sobre su obra. Con una maestría que llega a desconcertar, Evans apela a la imaginación del lector, a su capacidad de deducción, sin prodigarse, sin insistir en la importancia del misterio que sugiere. Como autora, está convencida de la importancia de la participación consciente del que mira el mundo a través de sus ojos, del que hojea sus historias como quien paladea un álbum de fotografías ajenas. Una participación a dos manos que construye un paisaje nuevo a cada lectura.

Sin duda, Evans medita sobre la fragilidad del espíritu humano con una prodigiosa habilidad para hacernos recordar nuestras propias grietas y desigualdades. Todos sus personajes parecen a punto de quebrarse en trozos irreconciliables, de sucumbir al peso de la realidad: mirarse más allá de la rutina inevitable, de esa transformación incesante del rostro humano en busca de intimidad. Una interpretación de la mente y la naturaleza humana a través de su fragilidad, de su pequeña obsesión con el desastre y su accidentado recorrido a través de lo cotidiano. ¿Qué es lo que encuentra Evans en sus pequeños mundos inquietos? ¿En esta aparente calma plomiza que envuelve a todos sus personajes e historias? Nadie parece saberlo con claridad: El grueso de su obra transcurre en un zona imaginaria, en los confines mismos de lo que consideramos normal.

¿Una paradoja? ¿Un símbolo? Para la autora nada es simple. Su complejidad tiene mucho que ver con su capacidad para crear infinitas ramificaciones dentro de un Universo de palabras construido con un pulso tan firme como coherente. Sus historias se entremezclan en una densidad psicológica que resulta en ocasiones sofocante. A pesar de la distancia emotiva con la que la autora narra sus obras, hay una hilo de profunda sensibilidad que estructura cada relato en un mecanismo de asombrosa exactitud. Para Evans, las historias que relatan no son trozos de realidad, sino la realidad misma. Y quizás, ese sea el mayor éxito de su forma de narrar la realidad desde los pequeños trozos de belleza y dolor que elabora como una estructura poderosa de profundo significado.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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