Crónicas de la lectora devota:

La narración de hechos históricos de carácter reciente, suele resultar un dilema y un reto de envergadura para cualquier escritor. En especial, si además, se trata de un hecho que le afectó de manera cercana o personal. La crónica, el relato en primera persona y en especial, el registro con tintes ficcionales, pueden entremezclar no sólo lo real con lo imaginario, sino hacer complicado el hecho de analizar la concepción sobre el núcleo de cualquier historia y cómo se cuenta. Si a eso se añade la percepción de la realidad como escenario — como puede ocurrir y de qué modo puede plantearse la verosimilitud de una circunstancia histórica — el relato se hace más complejo. Pero en especial, relacionado con las intenciones del autor. ¿Desea narrar la complejidad de una situación real desde su núcleo?. ¿Brindar su punto de vista?. ¿Intenta redimensionar los hechos? ¿Crear una concepción por completo nueva?

A un dilema semejante se enfrentó la periodista Svetlana Alexiévich cuando comenzó a recopilar su obra Voces de Chernóbil. Y aunque de origen, la obra de la escritora rusa no es sencilla ni pretende serlo, el hecho de enfrentarse a un suceso histórico sin las convenciones del periodismo fue un riesgo cuidadoso que tomó desde la óptica de la narración. Su libro se trata de un compendio de narraciones que muestran a la Unión Soviética — sus transformaciones, miserias y dolores — desde un punto de vista objetivo y duro que llega a sorprender y conmover. Alexiévich analiza a su país desde una óptica firme, con un pulso preciso cercano en la dureza. Y ese es quizás su mayor mérito. Su obra parece insistir sobre esa perspectiva de Rusia como víctima de sus propios errores y temores.

Algo semejante llevó a cabo En La guerra no tiene rostro de mujer, otro compendio de narraciones que permiten periodista mostrar una serie de dolorosos y en ocasiones escalofriantes testimonios de las mujeres soviéticas que sobrevivieron a la II Guerra. Una crónica a trozos sobre historia desconocida de un país que se define por su secretismo. Entre ambos libros, la versión de la realidad es verídica, contundente y dolorosa, pero apegada al testimonio en cierto sentido clásico de la narración basada en hechos reales y expresada además, a través de un recorrido entre la búsqueda de la identidad de sus personajes como elemento central de la historia que intenta narrar de forma ordenada o solo, comprensible.

La novela Slipping de Mohamed Kheir intenta algo semejante con la Primavera árabe, pero el escritor toma la audaz decisión de además incluir ficción en estado puro para analizar sustratos nuevos de un hecho del cual no se ha debatido lo suficiente. Al menos en el ámbito literario como un suceso que supera la mera descripción histórica o periodística. Para Kheir se trata de un recorrido cuidadoso hacia algo más elaborado: contar uno de los sucesos políticos más poderosos de las últimas décadas, pero además, contextualizar lo que ocurre en la versión de la realidad que haga más comprensible sus consecuencias. De hecho, la concepción sobre los enfrentamientos callejeros, los dos millones de hombres y mujeres que protestaron por casi seis meses en diferentes países y circunstancias, es parte de la noción sobre la condición del poder de lo político y lo social que la Primavera árabe simboliza. Pero hay algo más, algo mucho más profundo.

Para Kheir no es sólo un suceso de carácter doméstico, sino algo más amplio que abarca la historia de los países involucrados, de la condición del bien y del mal e incluso, el futuro aparejado en la sacudida histórica que provocó el conjunto de sucesos. ¿Cómo narrar algo semejante? ¿cómo lograr que cientos de líneas históricas, de personajes y en especial de matices de un mismo hecho se integren en una narración coherente? ¿Podría tratarse Slipping de un recorrido que sostiene el subtexto de lo que significa un hecho político, cultural y social que cambió el futuro de varios países en forma simultánea?

La decisión de Kheir es desconcertante: aunque no renuncia del todo a la verosimilitud histórica, si utiliza códigos del género de la fantasía e incluso terror para convertir su novela en un extraño híbrido inclasificable. Porque Slipping narra con un rigor en ocasiones inquietante los hechos ocurridos entre 2010 y 2012, añade un elemento desconcertante. Quienes narrar la historia no son los protagonistas — o al menos no los que podría esperarse — sino sus fantasmas, atrapados en un espirales interminables de sufrimiento o sucesos violentos de índole aterrador. Para el escritor, la historia se cuenta a través de sus tragedias. Lo hace, además, al atravesar la percepción profunda sobre lo que puede ser la muerte y la desolación en medio de un circunstancia que abarcó varios países a la vez y que logró cambiar la visión política de varios pueblos a la vez. Pero lo hace en especial, poniendo énfasis en las más de 61,080 personas que murieron a manos de cuerpos de seguridad y violencia gubernamental, en medio de refriegas callejeras, protestas y situaciones aun no aclaradas. “Los muertos, los que nadie reconoció, los que no tenían nombre, los que fueron arrojados a pozos sépticos, los que terminaron por descomponerse bajo el sol, los que carecían incluso de ropas para ser identificados, volvieron de la muerte como espectros. Nunca supieron por obra de qué magia o condena. Pero al abrir los ojos, miraron las calles, los edificios, las plazas. Los antiguos lugares en que habían lucharon y no encontraron otra cosa que basura”.

Se trata por supuesto, de una aproximación audaz y compleja. En especial, porque los fantasmas de Kheir están identificados como parte de la víctimas cuyos nombres llenaron los periódicos y medios de comunicación. El escritor atravesó un largo proceso de investigación para encontrar hombres y mujeres cuyos cuerpos no fueron reclamados por familiares o amigos. “Nunca supe por qué nadie vino por mí” dice uno de los espectros, que observa con ojos asombrados como su cuerpo es incinerado, contra toda tradición y creencia. “¿Es el infierno el estrato en que las cosas pierden significado y en que el que todo es oscuridad y temor?” se pregunta uno de los fantasmas, que deambula en medio de terrenos baldíos, sin preguntas, sin nombres. Olvidado su pasado y su propósito. “No sé cómo ha ocurrido o qué ha pasado para que el dolor sea solo lo único que pueda recordar en realidad” prosigue. Los apariciones en Sipping son casi reflejos emocionales de una cultura que lleva una herida abierta. La frustración de los objetivos perdidos y lo que resulta aun más poderoso y desconcertante para sus personajes, el hecho que el tiempo siga transcurriendo de la misma manera, a pesar de lo ocurrido.

Kheir elabora una idea sobre la eternidad entre las sombras como una eterna observación hacia la nada y en especial, hacia los puntos más elaborados y temibles de una tragedia a gran escala. Pero a diferencia de un terremoto o un gran incendio, la Primavera árabe “tiene el valor de las grandes gestas que pueden ser perdidas o ganadas, sin que nadie sepa en realidad que ha ocurrido hasta que es demasiado tarde”. Para el escritor, el estrato que separa la vida de la muerte es algo tan real como la batalla en las calles, que las víctimas continúan percibiendo, como un presente continuo del que no pueden escapar. De modo que los fantasmas del Kheir continúan reviviendo una y otra vez, su muerte y también lo que ocurrió minutos antes. “Recuerdo al hombre levantar el arma, disparar. Recuerdo los gritos a mi alrededor. Pero en especial, recuerdo la rabia. La profunda rabia y desconcierto de morir en mitad de lo que creía era el momento más poderoso de toda mi vida” cuenta otra de las víctimas. Se trata de un despliegue de recursos que hacen de Slipping un extraña red de interconexiones entre la belleza y el horror, un discurso elaborado y preciso sobre una tragedia a gran escala pero que además, tiene una marcada línea de consecuencias y reinterpretaciones políticas. “Como un cadáver soy un número que pesa en una conciencia” dice uno de los personajes.

Por si todo lo anterior no fuera suficiente, los fantasmas de Kheir pueden interactuar con los vivos, lo que hace que la novela parezca emparentada de una forma u otra con Pedro Páramo de Juan Rulfo. La aproximación es además, profundamente dura, porque los fantasmas de Kheir en algunas ocasiones olvidan su condición de espíritus errantes y comprenden, que su vida es el recuerdo que alguien más tiene de ellos, lo que hace que la novela cobre un sentido extraordinario del dolor y la ternura. “Mi madre sabe que estoy a su lado, a veces me mira. Sabe que sigo luchando en la calle. Sabe que sigo luchando en todos los lugares que amé y temí. Estoy viva en sus lágrimas, estoy viva en los espacios vacíos de mi vida”. La novela de Kheir (la cuarta del escritor y la primera traducida al inglés), alcanza quizás los niveles más altos de poder y emoción cuando la noción sobre la vida y la muerte se hace confusa, angustiosa y poética. “La muerte existe para quien puede verla, la vida para quien puede soportar el mero dolor de lo que somos como fragmentos de una historia más grande”.

La novela se divide en dos estratos. El primero, el de los fantasmas que se enlazan unos a otros hasta construir un recorrido a través de todo lo que provocó y detonó la Primavera árabe, hasta las narraciones en primera persona de Seif, un periodista que intenta reconstruir la historia diez años después y Bahr, uno de los sobrevivientes en busca del cadáver de uno de sus hermanos. Juntos recorren ciudades, pueblos y caminos, en la búsqueda de significado de un suceso de considerable importancia, pero también las historias que se entremezclan a través de ellas. Y es la combinación entre ambos puntos de vista (la de la realidad descrita punto a punto, en contraposición a la ficción, emocional y dolorosa) lo que le brinda a la novela la estructura estratificada de una recorrido hacia el centro de los horrores. Como si el lento descubrimiento de información, de vivencias y de puntos de vista sobre el conflicto que sacudió a once países.

La Primavera árabe fue algo más que una confrontación: fue un puente de historia y cultura que terminó por derrumbarse y sacudir los cimientos de un modo de vida. Y Kheir se asegura de dejarlo claro a través de un recorrido preciso y metódico por todas las circunstancias que la rodearon. Pero en especial, por su especial sensibilidad para relatar desde la emoción y el desconcierto, la ficción y lo sobrenatural. Una combinación que en sus puntos más altos resulta asombrosa y en lo más planos, simplemente desconcertante.

De hecho, lo real y lo irreal se yuxtaponen a través de toda la narración y para Kheir es de considerable importancia, que la dualidad entre lo ficticio y el dato histórico se entremezclen hasta sostener una narración, que en realidad es una mirada desde diferentes espacios, lugares y percepciones de un hecho colosal de naturaleza todavía confusa. El hilo conductor de la narración — el gran estallido social que sacudió a varios países — se extiende para crear y construir algo más profundo. Las voces de los fantasmas y sus experiencias,se convierten en el límite entre el miedo y algo más singular, relacionado con la destrucción de la identidad colectiva. Con las voces de los fallecidos cristalizadas en una especie de mezcla de pequeñas tragedias que se repiten como un eco interminable, Kheir logra dotar a su novela de una sensación cíclica. “Todos los días, comienza el día de mi muerte. Todos los días ocurre. Todos los días muerto sin saber si todo lo que hice, si el dolor de mi sangre derramada tendrá sentido” cuenta uno de los espectros. Lo hace, mientras flota sobre la mancha de sangre que marca el lugar en que cayó y que Seif fotografía con mano temblorosa. “El futuro dejó de existir, pero también el pasado. Y entre ambas cosas, el miedo lo es todo. El presente como el recorrido interminable de la bala que me matará antes o después”.

Slipping, con su aire inquietante, duro y conmovedor, tiene un elemento que le vincula directamente con Su cuerpo y otras fiestas de Carmen María Machado, la recopilación de cuentos en la que la autora también utiliza lo sobrenatural para narrar hechos de naturaleza dolorosa y catastrófica, que además, engloba a una escala personal e íntima. Tanto Kheir como Machado — a la distancia de narraciones con objetivos y nociones distintas sobre la personalidad y el tiempo — relatan desde lo ficticio el dolor, el miedo y la desesperanza, para además crear una condición sobre la vida y el tiempo, que termina por ser de una belleza frágil y a la vez, de una rara crueldad. Quizás el mayor mérito de Slipping sea tan sutil como escalofriante: brindar una mirada a un suceso histórico de considerable envergadura pero desde las sombras de las voces que ya no pueden contar la historia por sí mismas. “Solo hay silencio en la muerte” dice un espectro en una de las páginas del libro “y a veces, es necesario olvidar que la vida es más que eso”.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

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