Crónicas de la lectora devota:

“Furious Hours: Murder, Fraud, and the Last Trial of Harper Lee” de Casey Cep.

Cada escritor comprende la fama — el reconocimiento, la visibilidad — de manera distinta y esa perspectiva, también elabora un concepto sobre su obra. J.D Salinger se apartó del mundo y construyó un culto a su alrededor. Charles Bukowski jamás disimuló su problemático pasado como adicto: la obra que nació durante sus años más complicados es un reflejo de la condena del talento y el dolor mundano. Ernest Hemingway elaboró un duro retrato sobre la naturaleza humana que se refleja en sus obras. Cada escritor refleja las pulsiones que le animan y a través de ellas, elabora un discurso sobre su identidad literaria. Una y otra vez, la vida del autor se entremezcla con la obra para crear un mensaje invisible sobre su repercusión literaria.

Tal vez por ese motivo, Harper Lee tuvo que vivir con el peso de una obra poderosa pero incompleta, que la convirtió en un mito ambiguo. A los treinta y cuatro años, la escritora publicó la que sería su única novela por más de cuarenta años y un clásico Universal. To Kill a Mockingbird se convirtió en un best seller aclamado por la crítica y también, en un fenómeno curioso sobre la repercusión de una única obra. Harper Lee no volvió a publicar nada hasta casi cuatro décadas después, pero aún así, seguía siendo un personaje de considerable relevancia en el mundo editorial. Pero a la vez, con cuarenta millones de copias vendidas, un premio Pulitzer de ficción a cuestas — que obtuvo en 1961 — y el reconocimiento mundial sobre los hombros, Harper Lee se convirtió en el raro rostro de un éxito sin precedentes y un anonimato involuntario. Como escritora famosa, Lee disfrutó de todos los parabienes y sinsabores del reconocimiento mundial: recluida detrás de su reputación, aplastada por el peso de lo que no pudo hacer a partir de su gran triunfo, Lee tuvo que lidiar durante buena parte de su vida con cierta actitud de derrota mal comprendida. Cuestionada una y otra vez sobre su negativa a continuar escribiendo, dejó claro que se trató de una decisión consciente. “Dije lo que debía decir” explicó al New York Times en 1984, durante una de las pocas ocasiones en que aceptó responder preguntas de la prensa. “El libro surgió del impulso de hablar sobre mi vida y lo que me hizo ser quién soy. Ya no tengo mucho más que decir”.

No resulta fácil lidiar con una versión semejante de la fama en un mundo obsesionado por la notoriedad y la atención. Pero Harper Lee pudo hacerlo. Después de todo, era una mujer con un enorme — y oscuro — sentido del humor, adicciones muy reales y que se negó a jugar bajo las habituales reglas de los famosos en su natal EEUU. Lee decidió deliberadamente dinamitar su legado y mito, a través de una indiferencia manifiesta hacia los símbolos de poder fugaz que le brindó su figura de icono literario y pop. En 1963, Gregory Peck ganó un premio Oscar por su interpretación de Atticus Finch y la escritora celebró el acontecimiento con una monumental borrachera que trascendió a la prensa, que habló sobre sus excesos y sus frases ingeniosas para disimular el escándalo. Cuando se le preguntó sobre el mérito de la obra y su llegada a la pantalla grande, Lee recordó la experiencia. “Bebí cuando supe la noticia. Es el mejor homenaje que podía rendir al éxito de la historia: La trascendencia es como la bebida, sólo deja dolores de cabeza”.

Después, Lee permaneció en silencio. Uno que se alargó por casi cincuenta años y que no rompió a pesar de suculentas ofertas editoriales, la tenaz persecución de la prensa y el desconcierto del mundo literario, que continuó cuestionando la decisión de Lee de sólo publicar una obra. “Algunas personas solo tienen un libro que contar” insistió en los últimos años, ya muy anciana y débil, con problemas de memoria y consumida por la vejez. “Yo soy una de ellas”. Lo insistió con tanta frecuencia, que finalmente el mundo pareció olvidar las relaciones con la literatura que marcaron su vida, que enlazó su libro — único — con uno de los fenómenos culturales más curiosos de su época y que convirtió a la inmortal obra en una forma de comprender un debate social muy doloroso. Desde su silencio autoimpuesto, Lee disimuló su amor a las palabras, su compromiso con su talento y sobre todo, su capacidad para construir una versión de la realidad tan poderosa como inolvidable.

Ejemplos no faltan: En 1970, Lee ayudó a su amigo de la infancia Truman Capote a investigar sobre un crimen cometido en la norteamérica profunda y que también, llevaría a la escritura de un libro icónico que condenó a su escritor a sobrevivir a la fama. In Cold Blood fue el ejemplo extraordinario sobre la búsqueda de lo literario en la realidad y un singular experimento exitoso sobre la capacidad de la literatura para revolucionar sus propios medios y lenguajes. Y Lee estuvo allí, para presenciar el fenómeno. Comprenderlo y elaborar un inteligente alegato sobre la posibilidad que la literatura fuera algo más que una expresión intelectual válida. Una visión orgánica de la realidad. Fue también en 1970 que la escritora dejó entrever que estaba decidida, a escribir de nuevo. A usar lo aprendido en la investigación junto a Capote para crear algo por completo nuevo. Es esa posibilidad — y sus implicaciones — la que explora la obra de la escritora Casey Cep , “Furious Hours: Murder, Fraud, and the Last Trial of Harper Lee”. Una exhaustiva mirada a la figura de Lee, a las implicaciones de su silencio literario pero en especial, a ese libro que la escritora jamás pudo escribir. Cep ha decidido completar el trayecto de Lee — o intentar hacerlo — a la vez, de brindar una redimensión por completo nueva al enigma de Lee. Toda una proeza que Cep logra con una intuitiva visión sobre la voracidad intelectual, el temor escondido bajo las exigencia de la fama y la pérdida del impulso creativo.

Para Cep, las cosas están muy claras: el silencio literario de Lee no tiene relación con el ego, falta de recursos o incluso la falta de una buena historia que contar, algo que Lee adujo antes o después para justificar su negativa a publicar un nuevo libro. Pero Cep, logra dejar muy claro y de manera limpia que cualquiera sea la razón por la que Lee no escribió el libro que nació de sus correrías con Capote, no tiene relación con la carencia de material. El crimen con que Lee había tropezado en mitad de sus correrías era todo lo simbólico que puede ser en mitad de un país roto y herido por el racismo: Willie Maxwell, un predicador nacido en Alabama en 1925 y admirado por su comunidad — o eso deja entrever el silencio alrededor de su historia, algo común en la época según Cep — es acusado en 1970 por el cruento asesinato de su esposa. “Estaba hinchada y magullada, su cara cubierta con laceraciones, su mandíbula astillada, la nariz dislocada; le faltaba parte de su oreja izquierda, que la policía encontró finalmente en la tabla del piso del asiento trasero”, describe Cep con dolorosa frialdad. Un crimen tan violento que sorprendió a los patólogos de la época, que insistieron en que la víctima había sufrido un tipo de crueldad inexplicable. Según el legajo forense, Mary Lou Maxwell no sólo fue golpeada hasta morir, sino que había sufrido lo que parecía un torpe intento de estrangulamiento. Al final, el cadáver mostraba una agresión inusitada y que nadie pudo explicar lo suficiente, debido en principio por la completa ausencia de pruebas. El coche se encontraba limpio y el cadáver de la mujer, mostraba únicamente las señales de la brutal agresión que había sufrido. No parecía un asalto “Un desconocido no se toma tanto tiempo para asesinar y limpiar la escena del crimen” cuenta Cep en su estilo escéptico, duro y casi clínico. “Para la policía, fue evidente que se trataba de un crimen de odio o de amor” prosigue Cep “Y en la racista Alabama de 1970, eso sólo indicaba a un posible culpable”.

Por supuesto, no se trata de algo poco frecuente en una cultura en la que el color de piel, inclina en contra las posibilidades de inocencia. Además, el Reverendo Maxwell llevaba a cuestas una complicada historia de infidelidades, despilfarro y avaricia. Maxwell tenía largas y públicas discusiones con su esposa, además de dejar claro en más de una oportunidad, que las relaciones entre ambos eran tirantes, insoportables, la mayoría de las veces dolorosas. “Maxwell pasó buena parte de su matrimonio, diciendo a quien quisiera escucharle, que Mary Lou era una mujer insufrible, que le llevaba al borde de la paciencia” escribe Cep, para contextualizar una historia confusa que Lee investigó por años. “Pero se trataba de algo más que una velada amenaza: para Maxwell, la idea del matrimonio era casi insoportable” cuenta Cep, a la vez que recorre de manera sutil y entrelaza con la historia del Reverendo, la mirada de Lee sobre una circunstancia semejante. “Lee conocía la historia, pero también su trasfondo. ¿No había estado su niñez rodeada de una vida semejante? ¿No conocía Lee mejor que nadie el recorrido complicado de la ley en un lugar donde ser afroamericano equivale a una condena?” se cuestiona la escritora, a medida que avanza la narración. “¿Qué detuvo a Lee de contar esta historia? Quizás que no pudo explicarsela a sí misma” pondera Cep y es entonces, cuando el libro alcanza un raro cenit de dureza y belleza. Maxwell no sólo es declarado inocente sino que la sentencia abre la puerta hacia algo más doloroso y confuso. “En el Sur, la inocencia y la culpabilidad son reflejos de la historia” insiste CepLee lo sabía pero en esta ocasión, no puedo contarlo”.

¿Qué evitó que Lee contara la historia de Maxwell? Cep no se prodiga en posibilidades, pero si analiza el comportamiento y la historia de la escritora para comprender su silencio. El caso Maxwell no sólo es un notorio recorrido por la cultura estadounidense y sus espacios grises, sino la búsqueda de un significado elemental a algo, que con toda seguridad, no lo tiene. Maxwell no era un hombre modélico: tenía deudas, amoríos, una hipoteca que no podía pagar, además de deber la mayoría de las cuotas de su coche. Mary Lou también estaba en apuros económicos, pero a diferencia del Reverendo tenía una docena de pólizas de vida a su nombre, de las que Maxwell era el único beneficiario. Algo tan inusual que obligó a la policía a llevar a cabo una larga investigación sobre el tema que retrasó el juicio casi un año. Al final, cuando llegó al estrado, Maxwell había tenido la oportunidad de hacer campaña a su favor desde el púlpito, buscar amigos poderosos entre su feligresía y lamentar el racismo de su “posible condena” con periodistas de Washington. Como si se tratara de un reverso maligno de la historia que contó en To Kill a Mockingbird, fue evidente que Maxwell utilizó a su favor, los movimientos sociales, culturales y civiles de una época convulsa. Una percepción poco agradable, que quizás para Lee — mucho más conservadora de lo que ella misma suponía — supuso un escollo de análisis moral insalvable.

Los años ’70 eran una buena época para ser un hombre afroamericano. O al menos, esa es la conclusión a la que llega Cep, mientras analiza el juicio de Maxwell: llevó casi dos años que el Estado le acusara del crimen de Mary Lou y apenas un par de meses, que el jurado le declara inocente. Entre ambas cosas, corrieron ríos de tinta en influyentes periódicos nacionales y locales de EEUU para “abogar” por la inocencia de un hombre que a todas luces, no lo merecía. O al menos, no de la manera apasionada e insistente en que Cep describe la necesidad de reivindicar su figura como símbolo de la lucha contra el racismo. ¿Qué significó para Lee una noción tan nociva sobre la defensa de los derechos civiles? ¿Ese pliegue incómodo entre lo que asumimos moralmente necesario y no lo es?. Cep lo analiza y además, se adentra en el mundo interior de la escritura a través de una ingeniosa mirada sobre el dolor espiritual, el desconcierto y la angustia existencial de la escritora. “¿Se preguntó Harper Lee si la gran obra de su vida había sido una versión sencilla y romántica de la realidad?” llega a cuestionarse Cep, con fino instinto para encontrar la grieta en el argumento de una obra clásica como To Kill a Mockingbird. “¿Fue Atticus Finch una excusa para elucubrar sobre la culpabilidad como panacea de los grandes dolores?” insiste Cep, con un leve cinismo. “¿Qué intentaba mostrar la escritora de To Kill a Mockingbird que no encontró en la historia dura de Maxwell?”.

El cuestionamiento se repite a lo largo de Furious Hours: Murder, Fraud, and the Last Trial of Harper Lee, a medida que la historia de Maxwell se vuelve más y más retorcida. El Reverendo, una vez declarado inocente, termina contrayendo matrimonio de nuevo y unos pocos años después, la mujer termina siendo asesinada por un misterioso atacante, que de la misma manera que a Mary Lou, le abandonó golpeada hasta la muerte en un camino rural. Esta vez, Maxwell obtuvo un pago considerable del seguro de vida, que se añadió a la cuantiosa suma que había recibido luego de la muerte de su primera esposa. Para entonces, el Reverendo había recaudado medio millón de dolares, una suma tan extraordinaria que despertó suspicacias e hizo preguntarse a sus propios defensores si todo el tránsito del caso anterior, no había sido una colección de errores. “Convertirse en viudo estaba demostrando ser un negocio lucrativo” cuenta Cep “Y también en una evidente demostración que el Reverendo era el símbolo de lo retorcido de la defensa a ultranza de ideales borrosos”.

Por supuesto, el libro transita líneas invisibles e incómodas que se mezclan entre sí en la figura de Harper Lee y su decisión de no contar una historia semejante. Cep reflexiona sobre la inevitable sorpresa amarga de Lee ante una historia que podía debatir y rebatir sus principios más personales y a la vez, encuentra la forma de relatar la colección de errores y subterfugios que protegieron a Maxwell década a década. ¿Por qué una compañía aseguradora insistía en extender pólizas a un hombre con antecedentes legales? ¿Por qué permitía que un hombre pudiera además, obtener ganancia de la muerte de familiares a través de un sencillo trámite legal que incluso el asegurado desconocía? El Reverendo continuó matando — sin que nadie pudiera demostrar su culpabilidad — y el aro de crímenes se extendió a hermanos, tíos, incluso un hijo adoptivo. “Maxwell encontró la forma subvertir el sistema y lo hizo, gracias a la petulante condescendencia de una sociedad muy preocupada por mostrar sus buenas intenciones” escribe Cep. “Lee debió encontrar que esa ruptura con su franqueza sobre la posibilidad de la redención cultural tenía poco sentido. O incluso, no tenía valor alguno”.

De hecho, el Reverendo jamás fue detenido, a pesar de todos los indicios que apuntaban hacía él. Y es esa enorme concepción de la injusticia a través de los principios morales, lo que Cep interpreta como la caída en desgracia de esa percepción de Lee — casi ideal — sobre el bien y el mal. Furious Hours: Murder, Fraud, and the Last Trial of Harper Lee deconstruye y construye la vida interior de Harper Lee hasta hacerla cercana, dolorosamente escindida y al final, carente de verdadero objetivo. ¿Lo fue? Por supuesto, habría que suponer que el caso de Maxwell, hirió a Lee en algún lugar profundo y de una forma tan violenta que la dejó sin la capacidad para enfrentarse a sus propios dolores intelectuales. Cep reflexiona sobre el silencio literario de Lee y sobre todo, su obsesión por el caso Maxwell, en un inquietante paralelismo que deja muy claro que Lee estaba convencida que contar la historia del Reverendo que asesinó ante el ojo público, era una contradicción a todo lo que había creído y lo que había sostenido su discurso interno hasta entonces.

Lee incluso llegó a comenzar el libro sobre Maxwell. El Reverendo contaría no sólo la historia de un asesino sino las formas en que la ley sucumbe al peso del contexto que le rodea. Llegó incluso a enviar una línea a un periodista y es esa única frase, la que sostiene el mito del libro que Lee quiso escribir pero que se convirtió en otro de sus tantos secretos insalvables. “Puede que no haya creído en lo que predicó, que no haya creído en el vudú, pero que tenía una creencia profunda y permanente en los seguros”. Lee escribió (o eso asegura Cep) y reescribió muchas veces su historia, pero jamás — quizás y siempre según palabras de Cep — pudo perdonarse la hipocresía del primer libro (y todo lo que simbolizó) y la posterior caída en desgracia de sus creencias más privadas. “Intentó contar su propio desplome al cinismo pero no pudo” concluye Cep, casi con crudeza “Y ese fue su mayor dolor y derrota”.

¿Lo fue? Nada parece desmentir o afirmar la presunción de Cep. O quizás, la evidencia sea tan sutil como dolorosa: Casi cincuenta años después de la publicación de To Kill a Mockingbird, su continuación (azarosa, no demasiado firme y calificada de una tragedia literaria por algunos críticos) se publicó. En el 2015 Ve y pon un centinela llegó a las librerías: se trató de una obra menor, basada en los apuntes de Lee y que no generó otra cosa que una cierta sorpresa socarrona en sus críticos. Pero esa obra sin firma — hallada en 2011, cuando ya Harper Lee se encontraba en una casa de cuidados y sufría de problemas de memoria, por lo que es improbable haya autorizado su publicación — tenía algo del cinismo que se adivina en la única frase de la historia de Maxwell. La desesperanza más clara que nunca. El dolor de la escritora enfrentada a un sentimiento privado. La completa pérdida de la inocencia. Una historia que Lee no se atrevió a contar y que sin duda, creyó que no merecía ser escuchada.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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