Crónicas de la lectora devota:

Memorial Drive de Natasha Trethewey

Escribir es un arte confesional o al menos, es ka idea que marca la percepción sobre la literatura como una narración privada disfrazada en ocasiones de ficción. Sin duda, como toda disciplina vocacional que depende en mayor o menor medida de las experiencias, conocimientos y el mundo interno del autor en estado puro, escribir es además de una labor de profunda belleza, un recorrido sustancial por la forma en que el oficio puede transformar la idea de la conversación íntima y vivencial en algo más poderoso. Escribir no sólo es un ejercicio de memoria, búsqueda de sentido espiritual y algo más esencial. Es también, la narración de la vida del escritor, sublimada con un propósito estético.

Tal vez por ese motivo, el libro de la poeta Natasha Trethewey, comienza con una cita del escritor y activista por los derechos civiles afroestadounidense, James Baldwin “Todos los artistas, para sobrevivir, se ven obligados, por fin, a contar toda la historia; para vomitar la angustia” escribió en 1960. Se trata de toda una declaración de intenciones sobre lo que intentará crear , desde su noción de la belleza de lo pequeño, lo íntimo y lo privado. Como autobiografía solapada que es, es también el origen de un tipo de discurso ambiguo sobre la forma en que Trethewey desea contar todos sus secretos, ambiciones y al final, ser sólo comprendida — o comprenderse — a través de sus dolorosas y fundamentales vivencias. La poeta no sólo es la autora de un recorrido angustioso por la identidad a fragmentos — que ya sería de considerable importancia — sino de algo más profundo, extraño y persistente, que se relaciona con la impronta de la violencia sobre su forma de entender el futuro. Trethewey no es personaje sencillo y ella misma se niega a prodigarse con facilidad. Y para dejar claro esa intención de complejidad. No están quizás todos los enigmas de una vida azarosa y llena de situaciones de enorme dureza, pero sí, los más importantes, lo más extraños, lo más angustiosos, los imperdonables.

Memorial Drive es el relato de una mujer extraordinaria sobre su vida y la estrecha relación que mantuvo con su madre, pero también, es una mirada temible y secreta acerca del racismo, el prejuicio y la discriminación. Pero además, es una búsqueda sobre el sentido de lo femenino, bajo el peso de la identidad étnica, un tema que se toca poco y en que el estadounidense promedio suele desconocer o menospreciar. Si al hombre afroamericano se le relega desde la violencia, a la mujer negra se le erotiza, se le empuja a un papel secundario sostenido por la violencia y el estigma. Desde esa región en sombras, Trethewey cuenta su vida y avanza entre la penumbra de todos los terrores y dolores, hacia un espacio más amplio, amargo y singular.

La madre de la poeta fue asesinada en 1995 por ex marido y padrastro de Trethewey, en el estacionamiento del complejo de viviendas Memorial Drive en la ciudad Atlanta. El hecho se narra desde la distancia de más de veinte años, pero también, a partir de las consecuencias y los terrores, que le sostienen como una conjunción poderosa sobre la mujer que creció a la sombra de un hecho de inimaginable violencia. La ganadora del Pulitzer no disimula la influencia que tuvo sobre su forma de pensar y reflexionar sobre el mundo el asesinato, pero sí, logra convertirlo en algo más que una escena de pura brutalidad. Para Trethewey se trata “del encuentro de la realidad con la oscuridad del sufrimiento” y es esa zona de grises a la que “no encuentra nombres” ni tampoco un sentido real al dolor. “El dolor existe — persiste — en la necesidad de devorar nuestras lágrimas hasta convertirlas en un momento, en algo más allá de lo que idealizamos o tememos” escribe. Y lo hace con la devoción del poeta, pero también, con la trágica conciencia del duelo. En Memorial Drive, ambas cosas son lo mismo y de hecho, se confunden con tanta frecuencia que es imposible analizar cuando empieza una y acaba la siguiente, en una línea frontal y cada vez más complicada que hace del libro un recorrido circular a través de una misma idea: La muerte y la vida, sostenidas por la capacidad de supervivencia del espíritu por medio de lo artístico.

Claro está, Trethewey es una poeta y no permite que lo olvides: no lo hace en especial, porque su prosa recuerda a un extenso poema de considerable calidad, pero en especial, porque crea una historia desde la intuición y cierta capacidad ritualista. En la vida de Trethewey — contada de manera cronológica, a pesar de los saltos temporales necesarios — todo tiene un motivo, peso y conduce en alguna dirección específica. El verbo de la escritora reluce de vida en medio de paisajes aciagos y en especial, de momentos de profunda dureza. La autora se niega — y lo logra — a transformar su vida en una tragedia y de hecho, hay un intencionado juego de cambiar los registros del tono y la forma de lo que cuenta en los momentos más inesperados: hay humor en los momentos más duros, una conmovedora belleza en los más amargos. La tristeza y la alegría de vivir se funden para crear momentos tragicómicos que la escritora usa con una audacia que en manos menos hábiles, podrían haber convertido el libro en una mezcolanza poco comprensible sobre el bien y el mal, el dolor personal y los rigores del duelo, pero que gracias a Trethewey cruza la percepción de la identidad con algo más agobiante y certero. El resultado es el recorrido a través de su vida, pero a la vez, un espejo convexo que muestra la de cualquier otra persona, en medio de una situaciones con las que cualquiera podría identificarse y sobre todo, comprender.

Por extraño que parezca, Trethewey decide utilizar el cruento asesinato de su madre como un centro núclear narrativo: todo lo que cuenta se dirige hacia ese punto y parte de él. Por eso no deja de resultar desconcertante que incluya pruebas documentales del expediente judicial de su madre — en una desgarradora escena, la escritora narra lo que le hace sentir leer las últimas palabras de su madre, antes de morir y lo compara con un árbol al caer en el silencio — y también, extensas transcripciones de las conversaciones telefónicas que su ex padrastro sostuvo con su víctima, antes de disparar contra ella. “Hay una fascinación tenebrosa en saber que ya se hablaba sobre la muerte, sin mencionarla de manera directa. Que ya se mostraba la muerte, como un valle descolorido, a medida que ella retrocedía a la oscuridad y él la empujaba con ambas manos” escribe Trethewey. El asesinato es entonces como una flor oscura en un paraje salvaje, en la penumbra del estacionamiento con olor a humedad, en el dolor de la hija que sobrevive.

La novela además, está llena de giros ingeniosos y bien construidos, en los que Trethewey cambia de voz y de punto de vista narrativo, en favor de profundizar en lo que llevó a su madre a permanecer en una relación violenta, sin amor y al final, una amenaza evidente de su propia vida. El libro cobra entonces una dimensión por completo nueva, en su búsqueda de respuestas — Trethewey es su madre y a la vez, es la niña pequeña que observa horrorizada — mientras las palizas, discusiones y agresiones se hacen más frecuentes. Una y otra vez, el cortísimo capítulo profundiza sobre la concepción de la brutalidad del machismo, la invisibilidad de la víctima pero también, la connotación sobre el dolor y la angustia, llevada a otro nivel. Un secreto inconfesable, líneas que se unen para sostener una historia a puertas cerradas. “Te avergüenzas”, escribe Trethewey en una doble voz que le contiene a ella y a su madre “y no sabes por qué. La necesidad en la voz de tu poderosa y encantadora madre te está enseñando algo sobre el mundo de hombres y mujeres, de dominio y sumisión. … Escuchas su desesperada esperanza de que , que escuchas, ponga fin al abuso. Como si el hecho de que seas un niño, que solo estás en quinto grado, cambiara cualquier cosa. Y ahora sabes que no hay nada que puedas hacer”.

El dolor aumenta, se hace tan furioso que el clima tormentoso de Atlanta es también dolor. Lo es las ventanas cerradas, los gritos al otro lado de la puerta — “en la calle, en casa, en la piel de mi madre” puntualiza Trethewey — y Joel, ex padrastro hasta ahora sin nombre, irrumpe en la vida de la escritora con un golpe en el rostro que la hace llorar. La conmina a guardar silencio, le amenaza para despojar del nombre y el horror, la miseria que acaece detrás de la aparente paz doméstica. Trethewey llega entonces a los primeros años de su infancia y en un prodigioso juego de narración y lineas temporales, narra su vida hacia adelante, cuenta sus necesidad de evasión y sus primeros dolores. De pronto, el libro es un aforo en el que el lector observa desconcertado la tragedia inminente, que avanza desde los primeros síntomas hasta la gran oscuridad final que ya Trethewey narró antes sin que casi notáramos el poder de su sufrimiento.

Para entonces, ya Trethewey quiere ser escritora y lo grita a la cara de Joel en cada ocasión posible. Este se lo prohíbe, su madre la anima y de pronto, el mero deseo vocacional se convierte en el primer espacio de resistencia contra los horrores del maltrato. La escritura se hace el centro de todo, la razón de cada elemento que ocurre y avanza en todas direcciones, que se sostiene y logra definir los terrores que habitan en la casa de paredes llenas de humedad, de cuadros torcidos y demasiados secretos a cuestas. Es la palabra el lugar en que Trethewey se refugia. Es la palabra el espacio al que corre y escapa. Es la palabra el sitio en que nadie puede seguirla. Y por supuesto, es la palabra el último testimonio de su madre. La mañana del asesinato, la policía encontrará una libreta con algunos párrafos escritos por la madre muerta. Pero una frase sobresale. “Me dijo que sería bueno y me dejó elegir la forma en que quería morir”. Un testamentos para los dolores y horrores, una despedida incompleta de un suceso de inimaginable crueldad.

Trethewey logra lo que parece imposible: contar una historia en la que cada escena tiene un subtexto que a su vez, conduce a una nueva interpretación y se entrelaza con algo más doloroso y fatal. Desde el género, el machismo, lo racial, la noción del lenguaje como un espacio lúdico para restar poder a la tristeza. Trethewey escribió su historia, pero también la de su madre. Y a la vez, la de todas las mujeres que la violencia ha destrozado y convertido en víctimas. Al final, es un acuerdo de amor, una carta de sufrimiento en estado puro, pero también una forma de liberación. “Cuando finalmente me siento a escribir la parte de nuestra historia que más he necesitado evitar”, dice Trethewey en los párrafos finales. Un adiós que no lo es tanto, que es un trayecto angustioso y una mirada angustiada hacia la naturaleza de la muerte “cuando me obligo a leer la evidencia, toda: las transcripciones, los relatos de los testigos, la autopsia y los informes oficiales, la declaración de la ADA, indicios de indiferencia policial: me derrumbo en el suelo, llorando” indica. “Pero ahora, te devolví la vida. Estás viva en cada palabra, en la resistencia de ambas, en lo que no existe sin que ambas lo descubramos. Eres y a la vez, sólo estás en mi recuerdo, el lugar más seguro que encontré para ti”. Un epílogo de enorme potencia y belleza para una historia que comienza y acaba, con un asesinato.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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