Crónicas de la lectora devota

El apocalipsis y las implicaciones de la destrucción de lo humano, se convirtió — por razones obvias — en un tema frecuente en novelas recientes. Pero ya en el 2014, Emily St. John Mandel analizaba en su novela Estación once la pérdida, el desarraigo y el duelo a través de una idea esencial: lo que se oculta más allá de la destrucción. La escritora, famosa por transformar sus narraciones en pequeñas estructuras emocionales que meditan sobre el espíritu humano y su capacidad para enfrentar a la oscuridad interior, meditó en el libro acerca de la belleza, el tiempo y la pérdida en medio de paisajes arrasados por una tragedia por entonces inimaginable. Pero a la vez, sobre la fragilidad de un mundo recién nacido después de una destrucción total, que abarcó incluso lo intelectual. En el escenario planteado por St John Mandel en su novela, los sobrevivientes deben no solamente enfrentarse a la reconstrucción del mundo como entidad física y estructural, sino también luchar por encontrar lo humano — o en todo caso, lo humanístico — entre los pocos elementos que resistieron la devastación.

De hecho, buena parte del libro especula sobre la desolación de la pérdida de los ideales. Lo hace, desde una mirada dolorosa acerca de una ruptura esencial con todo lo que creemos inmutable. En buena parte de Estación Once, sus personajes se cuestionan la necesidad de vivir, la versión de la muerte e incluso, la percepción del propósito predestinado. Todo en medio de un recorrido angustioso y pleno de una trágica belleza, a través de los escombros de ciudades, pueblos, países, la razón misma para vivir entre las sombras de un mundo que agoniza.

La escritora usó la especulación distópica como excusa para el análisis filosófico y también, una recreación sensible de la identidad — o sus espacios más singulares — que permite resistir el dolor y el miedo en circunstancias impensables. Estación Once, con todo su aire elegante, comedido y doloroso, es una mirada del apocalipsis que evade los terrenos sencillos de las hecatombes de ciencia ficción a gran escala. En lugar de eso, encuentra un lugar silencioso en medio de los grandes ecos del horror que describe a medias y al margen del miedo. Lo hace con la convicción acerca de la fortaleza del espíritu humano, sublimado y convertido en una idea compleja sobre el individuo. En el final de los tiempos de St. John Mandel, no hubo anuncios, tampoco grandes hechos religiosos o simbólicos. Solo el dolor y la pérdida simple de todo símbolo sobre la condición de lo colectivo. Uno de los grandes triunfos del libro.

En Sea of Tranquility (2022), la escritora usa la misma combinación de elementos y lo sostiene como algo más elaborado. La meditada especulación de St. John Mandel del futuro se basa en la convicción de la permanencia de la memoria. La novela, que enlaza la mirada hacia lo desconocido temporal, con cierta progresión sobre el tiempo como hilo conductor de historias, es mucho más ambiciosa que cualquier otro libro de la escritora. La amplitud de su propuesta, vincula de manera en apariencia accidental las predicciones sobre el presente como idea conjunta del filósofo chino Zhuangzi, la alegoría de la caverna de Platón e incluso, la percepción del bien y del mal de San Agustín.

Todo, bajo la condición que la historia del hombre avanza en línea recta hacia consecuencias inmediatas, profundas y vinculadas con la naturaleza del hombre. La autora logra construir un recorrido que crea un arco de reflexión de la identidad hasta las pequeñas preguntas acerca de la incertidumbre. Todo, entre personajes cuyas historias se sostienen a través de planteamientos de especial dureza acerca de la esperanza, el ámbito de la fe y el amor.

Resulta inevitable que St. John Mandel, decidida a crear una distopía que, a la vez, podría considerarse en ciertos puntos como una utopía, encuentre en la filosofía un terreno fértil para la especulación. Lo hace, al entretejer pequeños fragmentos de conocimiento y percepción de lo que la mente humana puede ser — o comprende su entorno — a través del desconcierto. Y no, desde la raíz de lo absurdo y lo caótico, sino cierto orden cristalizado en una conexión con lo humano desde lo perfectible. Pero en realidad, la novela es algo más que una descripción de desastres o aventuras futuros. Con su recorrido desde De 1912 a 2410, la narración no abarca únicamente siglos. También, enlaza la historia del ser humano a punto más allá del concepto de lo cronológico.

De modo que las historias que cuentan, no necesitan profundizar en la idea del cuándo ocurren, sino de la posibilidad del cómo entender la manera en que la novela modula lo real. Esa cualidad casi surreal, de sostener un estrato más amplio de situaciones con ideas conscientes sobre su valor como análisis de lo verídico. St. John Mandel se pregunta, una y otra vez, acerca de lo que esconde en las tragedias y alegrías que sus personajes disfrutan o lamentan. Analizar el avance o evolución de sus hechos, giros argumentales y el secreto que yace al fondo de la narración, con un pulso firme que no necesita comprenderse como algo conjunto o relacionado con el transcurrir del tiempo lineal.

El gran logro de Sea of Tranquility es evitar los lugares comunes al plantear la realidad como un terreno amplio para las elucubraciones sobre la naturaleza de la realidad. “¿Se trata del tiempo, de la vida, de las condiciones por las cuales puede ser asimilado como parte de lo que somos?”, se pregunta uno de los personajes de la novela. “¿Hay la posibilidad que cada cosa en la que creemos, todo lo que aspiramos, sea una reproducción de una idea más antigua, sensible y triste?”. La novela no plantea respuestas ni intenta que las pocas que sugiere sean sencillas. Pero sí, insiste en la capacidad de la concepción del miedo para construir una mirada sobre lo venidero. “Tenemos miedo porque está creado sobre incontables futuribles” explica una madre a su hijo en la narración. “Nada es predecible por el mismo hecho, que incluso la predicción misma, transforma lo que podría ocurrir más adelante”. Por supuesto, St. John Mandel asume la distorsión de la concepción de la esperanza como una forma de inocente. Si no hay manera de predecir el bien o comprender el fluir el tiempo, ¿cómo asumir lo que vendrá? “Se trata de fe” concluye otro de los personajes de Sea of Tranquility. “La fe es la única posibilidad de creer pueda existir, incluso sin evidencias un futuro por el cual vivir. No responde a religión o a planteamiento intelectual alguno. Solo fe. Creer que es posible lo que tal vez jamás ocurra o de hacerlo, será por completo distinto a lo que esperamos o creemos pueda haber ocurrido”.

Pero además de sus preguntas sobre la naturaleza de la realidad, el tiempo y el mundo a siglos de distancia, la escritora sigue la estela de éxitos incómodos e inclasificables como La anomalía (2020) de Hervé Le Tellier, la misteriosa versión sobre la conexión entre lo invisible y lo irreal que desconcertó a la crítica hace un año. Con su extraño argumento sobre la realidad escindida y convertida en un vínculo construido a partir de nuestro desconocimiento acerca de lo que sostiene lo que percibimos del mundo, la obra de Le Tellier abrió un abanico de discusiones. “Únicamente sabemos sobre la realidad que la percibimos de manera incompleta, fragmentada y no siempre correcta a través de nuestros sentidos, sometidos al albedrío del dolor, la incomodidad y la enfermedad” explica el piloto del Boeing 787, que en la novela que sacudió a los lectores franceses. Bajo la premisa típica de la ciencia ficción de un pliegue temporal sin explicación, la novela termina por recorrer las condiciones sobre cómo asumimos la historia, el legado histórico y cultural, incluso la conciencia de lo que somos.

De alguna manera, Sea of Tranquility de St. Mandel construye la misma correlación de ideas, aunque de manera menos obvia y con mayor inclinación a una reflexión sensible. Más parecida a la épica To Paradise (2022) de Hanya Yanagihara, sobre lo plausible y el sentido mismo de las casualidades y la consciencia sobre la existencia de fenómenos inexplicables, la novela de St. John Mandel sublima la conciencia sobre la noción de existir — ser o estar — para transformarlo en algo por completo nuevo. La escritora reelabora la connotación de lo que se cuenta para analizar, lo que podría ocultarse detrás de la idea del tiempo en que viven sus personajes, las vicisitudes que atraviesan y la tragedia en puertas — que podría o no — esperarles. La autora reescribe la realidad desde su propia mitología — hay pasajes enteros de la novela que recuerdan los tristes lugares desolados de Estación Once — , con una sensación de maravilla intelectual.

Lo más sorprendente del libro es la manera que atraviesa con amabilidad la idea del tiempo, sin que sea necesario que la narración deba hacer hincapié en su descripción de lo futurista o en cualquier caso, de la búsqueda de objetivo de sus personajes. De la Canadá de principios del siglo XX a los paisajes de un mundo extraordinario, en que nuestro planeta es solo una estación — Once, para delicia de los fanáticos de St. John Mandel Sea of ​​Tranquility atraviesa siglos, momentos históricos, debates, discusiones, la realidad que se expresa como ideas profundas y dolorosas hacia parámetros más elaborados. De las montañas verdes y desconocidas que un joven inglés atraviesa para entender la naturaleza de la libertad a un hombre que trabaja en un bar en la luna, incontables siglos después, la novela podría ser varias cosas a la vez. Una reflexión sobre la realidad, una especulación amable acerca de las formas en que entendemos el tiempo y el transcurrir, una historia de amor y ternura sin personajes centrales. St. John Mandel construye una historia cápsula que parece contener varias historias a la vez. Pero también, una profunda percepción sobre la idea que lo intelectual — la interpretación del mundo — es algo más que el tiempo, el cruce de los siglos, la búsqueda de la belleza.

“Cuando el tiempo no es una barrera, hay una búsqueda ilimitada hacia el norte de las cosas” cuenta la escritora a través de uno de sus personajes. “Lo que existe es la precisión de un reloj invisible que perdió el sentido de hacia dónde debe avanzar y al hacerlo, enlaza la idea de lo posible con lo sorprendente. En un destello de oscuridad, como una ceguera repentina o un eclipse: ese es el mundo que puedo ver, en el que el futuro desaparece, la belleza se sostiene sin mácula. Ese hombre o esa mujer, que pudo ser o que fue, está en medio de una nada que se sostiene sobre pequeños fragmentos de dolor y de humanidad. Tiene la impresión de estar en un vasto interior, algo así como una estación de tren o una catedral, y hay notas de música de violín, hay otras personas a su alrededor, y luego un sonido incomprensible… ¿la vida es tan sencilla? No lo sé. Nadie lo sabe. La hay una respuesta. O quizás, esa es la única forma de entender la oscuridad que espera antes o después”.

St. John Mandel, que ha reflexionado sobre lo que conservamos incluso en la destrucción y en la voracidad de la conciencia cuando asume su falta de límites, encuentra en Sea of Tranquility un nuevo espacio para reflexionar sobre la naturaleza humana. También, sobre la identidad, que transpone y se convierte en parte de algo mayor. La percepción de la conciencia — el quienes somos y a dónde vamos — a través de la reflexión del tiempo. Quizás, el punto más alto y más singular de la novela.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

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