Crónicas de la lectora devota:

The Worst Kind of Want de Liska Jacobs

Las historias de mujeres — sobre sus vidas, aspiraciones y temores — a menudo tiene un alto ingrediente emocional. La necesidad de enlazar a los personajes con el contexto y crear un diálogo entre la intimidad, los estereotipos y la percepción de lo femenino como elemento sensorial, hace que un considerable número de autores dote a sus personajes de un mundo privado, en apariencia profundamente. No obstante, la mayoría de las veces, el resultado es una mezcla entre pequeños espacios de intimidad poco comprensibles y la necesidad de elaborar un discurso sobre la mujer — como parte de una circunstancia narrativa — que cumpla un rol, antes que ejercer un papel dentro de una trama más intrincada.

Como si tratara de evitar ese paisaje mental y sensorial artificial, la segunda novela de Liska Jacobs The Worst Kind of Want, evoca el dolor, el deseo y la maravilla del amor primaveral, bajo la clave de cierto cinismo que dota a sus personajes e historia de un trasfondo levemente lóbrego. Se trata de un recorrido evocador por los motivos por los cuales las mujeres aman — y por qué lo hacen — pero también, de una mirada profunda y sensorial sobre la personalidad, los secretos y las grietas escondidas en medio de la forma en podemos comprender el amor. Todo, bajo el sol radiante de Italia y la percepción reveladora de la identidad como una forma de secreto personal. Para Jacobs sus personajes recorren pequeños lugares de la memoria, pero a la vez, batallan contra la naturaleza ambigua del recuerdo, mientras el amor une las piezas para reflexionar sobre los motivos por los que la pasión puede resultar engañosa y la lujuria, una panacea. La escritora — que ya demostró su habilidad para dilemas de alto contenido intelectual y moral en su deslumbrante novela debut Catalina — avanza sobre su obsesión acerca de lo femenino como esencia de sus argumentos y narraciones, hasta sostener una convicción ideal sobre las reflexiones de la identidad de la mujer.

Pero sobre todo, la novela se sostiene en las pequeñas decisiones de sus personajes, que elaboran un mapa intrigante sobre las consecuencias e implicaciones de cada elemento de nuestra vida diaria. La novela comienza con Priscilla“Cilla” Messing que toma un avión de Los Ángeles a Roma, para en sus palabras, “destruir todo lugar que pude conocer o evocar, con nuestros recuerdos”. Con cuarenta y tres años de vida, Cilla decide que necesita transitar un camino por completo y de hecho, la decisión comienza en un día cualquiera, de manera casi accidental. Para el personaje los días se suceden unos a otros de forma muy parecida, aparejados y sostenidos en una línea de acontecimientos que se repiten hasta hacerse nebulosos. “Hoy podría ser mañana y el día siguiente, cualquier otro”, cuenta Cilla, antes de caminar bajo el sol pálido y gris de la ciudad hasta una agencia de viajes en la que toma asiento sin saber que hará, a dónde irá o incluso, por qué se encuentra allí. Para el personaje, que pasó buena parte de los últimos dos años al cuidado de su madre, la libertad es una idea abstracta y como tal, Jacobs la muestra. Nada parece indicar que esta mujer solitaria, cansada y sobre todo enfurecida, está a punto de transformar cada parte de su vida en algo mucho más profundo, voraz e inteligente. Y mucho menos, cuando el tránsito hacia la percepción sobre el bien y el mal (Cilla no deja de preguntarse sobre su madre, su salud o su responsabilidad en ambas cosas) encuentra la posibilidad de continuar, de sostenerse sobre una percepción profunda de la identidad y sobre todo, algo más extraño que apenas puede comprender.

La decisión de Cilla es casi intuitiva. Extiende la tarjeta de crédito, compra el pasaje, olvida lo que deja atrás. Para Jacobs, las mujeres complicadas tienen un ingrediente imprevisible que The Worst Kind of Want no sólo muestra, sino que además analiza, bajo el auspicio de cierta licencia inquieta sobre la búsqueda de la individualidad. Soltera, convertida en un espectro pesaroso luego de dedicar buena parte de su vida al cuidado de su madre, Cilla se encuentra en una encrucijada que el boleto de avión simboliza en cierta manera inquietante. Luego de ser una productora de cine discreto éxito — su ex novio Guy, director con una carrera que avanza a considerable rapidez, todavía le hace consultas y le pide ayuda para solucionar problemas menores en el set de filmación — termina convertida en una enfermera torpe, a merced del dolor -emocional y físico — de su madre. “¿Puedo sobrevivir a sólo ser una mujer en la trastienda?” escribe, abrumada y empequeñecida por la pérdida de propósito, poder y sostén económico. De pronto, la mujer que solía seducir a los productores, que era más fuerte y más brillante que sus competidores, se levanta cada mañana de madrugada para asegurarse que su madre lleve la ropa de cama seca. “Lo humillante no es la forma en que le cuido, sino la forma en que se asume debo hacerlo” piensa, mientras mira la ropa manchada dar vueltas en la lavadora, el reflejo en el cristal de un rostro irreconocible.

De modo, que Cilla compra un viaje a Roma sin boleto de retorno. Lo hace a ciegas, sin saber qué hará o qué ocurrirá después. En una especie de bruma desconcertada, va de un lado a otro de la ciudad, aturdida por la posibilidad de liberarse de la angustia que la abruma. Porque además de cuidar de su madre, también lleva a cuestas el luto por la muerte de su hermana y padre, ambos muertos por enfermedades veloces y limpias. Dos lutos superpuestos que soporta a duras penas y que se sostienen sobre la comprensión ideal — dolorosa — de ir y venir a través de una idea más profunda sobre lo que espera del futuro. Cilla no hace más que pensar en su muerte, en lo que le espera y de hecho, el terror que le invade por la posibilidad de la incertidumbre. Y ahora, tiene un boleto a Roma. Uno que la llevará fuera de una situación insostenible y que sin duda, le dará un nuevo lugar en el mundo.

Pero ¿Lo hace en realidad? Una vez que la decisión está tomada todo ocurre muy rápido. Contrata una enfermera para la madre enfurecida, toma la poca ropa que puede incluir en dos maletas y huye al aeropuerto. No responde el teléfono — la madre que pide explicaciones — ni tampoco a los insistentes correos de Guy, que admite casi en tono pesaroso que sin su consejo, “puede venirse abajo”. Pero para Cilla, la percepción es única, es poderosa y es simple: necesita escapar. De sí misma, de los terrores, de la habitación con olor a medicina. De su vida simple, hecha pedazos. Jacobs describe el tránsito de su personaje desde una óptica de gradual optimismo, aunque en realidad, se trata de una búsqueda incidental de sus motivos y mínimas versiones de la realidad. Cilla huye de su madre, pero también de los años de silencio, de la postración de anímica, de todos los silencios. Mientras conduce con las manos temblorosas, comienza a reír. “No hay una sola forma de encontrar la libertad, pero la más inmediata, sin duda, es perder todo lo que tienes sin saber si lo podrás recuperar”.

Se trata de toda una declaración de intenciones: en el asiento del avión, contempla la pista de vuelo y siente que de pronto, la escena entera podría ser uno de sus vívidos sueños, que cada noche le recuerdan los restringidos límites de su mundo. “Ahora mamá despertará, me recordará a gritos que necesita un tranquilizante, que el médico debe llegar. Despertaré y estaré en mi cama, aturdida por el calor del sol que aún siento en las manos y en el rostro. Por la posibilidad de abandonar esta habitación, este hilo invisible de miedo”. Pero el avión despega y Cilla aprieta las manos en los bordes del asiento. Los Ángeles se convierte en un diorama de inquietante precisión y los recuerdos, en pequeños fragmentos de imágenes que aparecen y desaparecen en medio de algo más grande. “¿Realmente escapé?” se pregunta Cilla antes de caer rendida en sueño, de volar por encima de la línea azul del horizonte y finalmente, dejar atrás en dolor.

El Sol de Roma le espera y es entonces que Jacobs analiza las transformaciones emocionales e intelectuales de sus personajes a plenitud: Roma es otro mundo, muy lejos de la vida en suspenso que Cilla abandonó. Su cuñado viudo le espera en el aeropuerto y su sobrina de quince años, podría ser ella misma, al principio de un largo camino que se abre en direcciones opuestas y desconocidas. Ambos aguardan por ella luego de una rápida conversación telefónica. “Pero ¿vienes?” Hannah, la sobrina que apenas conoce y que ahora mismo, atraviesa el rigor del duelo por la muerte de su madre. “Vendré” dice y ambas guardan silencio. Y ahora, esa conversación es una historia entre la pequeñas que las unen en medio de la soledad y el silencio del primer encuentro. Cilla recuerda a una niña pequeña, de rostro redondo y ojos asombrados. Hannah a una mujer de sonrisa radiante. Ahora ambas son mujeres desoladas que apenas se reconocen la una a la otra.

Pero Roma también es una trampa y una peligrosa: Cilla trata de integrarse a la vida cotidiana de una familia lastimada y lo logra a medias. Hannah le presenta a sus conocidos y vecinos, entre ellos a Donato, de diecisiete años, de quien la adolescente está enamorada y a quien de hecho, ha convertido en el centro de su vida. Pero Donato, engañosamente inocente y de una belleza núbil, termina también convirtiéndose en el objeto del deseo de Cilla, que comienza una relación perturbadora por su imposibilidad y trágica por su patéticos límites, con un muchacho tan joven que se asombra de sus historias sobre un Hollywood que considera mítico. “Resulta escalofriante que el hombre que beso, considere a las películas con las que crecí clásicos de una época imposible” dice Cilla. El miedo, el deseo, la lujuria se mezclan para sacudir el mundo del personaje pero también, para mostrar un poder extraordinario y doloroso que supera toda percepción sobre las restricciones morales. “Deseo y deseo, pero también temo. Cualquier otro sentimiento que haya experimentado antes, palidece ante esa simple mezcla” dice Cilla, que comienza a pensar en su cuerpo envejecido, su piel ya no tan lozana y en el hecho que su jovencísimo amante, la mira con reverencia y cierta distancia emocional. No hay nada plácido ni mucho menos hermoso en este romance en el que Cilla se convierte en un depredador que caza a una supuesta víctima que no tiene ningún rasgo de ingenuidad. Para el personaje, el deseo que le despierta el adolescente tiene algo de su juventud pérdida, de la indómita necesidad de comprender y sostener la pérdida de los mejores años de mi vida. “Le beso y beso a la adolescente que habría amado un muchacho como él en su vida. Sólo que ahora soy una mujer que le triplica la edad, que está hundida, aplastada y aterrorizada por la necesidad del sexo, frugal y animal que Donato representa.

Para Cilla, la relación clandestina con Donato es un recorrido hacia su juventud: a sus quince años, Guy, el ex novio necesitado le doblaba la edad y es entonces, cuando Jacobs encuentra los hilos que unen y sostienen una narración durísima, sensorial y profundamente dura. La mujer que amó desde la juventud y la inocencia, ama lo mismo en Donato. Pero es la misma que le observa como un objeto, que le contempla como una pieza suelta en medio de una colección de pequeñas perversiones. “Esa barbilla cuadrada y nariz aguileña, ese cabello oscuro e indómito. Debe haber sido un bebé hermoso. Puedo imaginarlo perfectamente: el bebé Donato es quisquilloso, con dificultades para tomar el pecho” y lo piensa, mientras ambos retozan en la cama, bajo el sol de Roma y ocultándose de Hannah, que cada día le habla con fervor sobre el muchacho que ama en secreto. La historia resulta por momentos alarmante, pero también es un reflejo de una mujer que se convirtió en una absurda caricatura de sus peores temores. “Me voy a la cama con un muchacho tan joven que podría ser mi hijo y me gusta pensar, que podría serlo” piensa Cilla, a mediad que la relación se hace más turbia, extraña e inquietante.

Jacobs no comete el error de pontificar sobre el comportamiento de Cilla, tampoco da sermones ni mucho menos lo juzga. La autora solo narra y es quizás esa ausencia de opinión, lo que se entremezcla para crear y construir una idea persistente y dolorosa sobre la forma en que Cilla se desploma en medio de una vinculo ponzoñoso. Donato le utiliza para obtener dinero, el sexo pero también, le llena de mimos y coqueteos. La utiliza y permita que ella le utilice. “¿No es extraño, no es doloroso, no es insidioso que sea mi amante y que me pregunte como era su rostro recién nacido?” Jacobs crea un vinculo helado con un lugar en la mente de Cilla en que los prejuicios retroceden y también, sus angustias mal disimuladas. Pero más allá de eso, esta su necesidad de evasión, su cinismo, su miedo, su búsqueda de ideas.

Cilla termina traicionando a todos los que conoce: al viudo de su hermana, que confía en que podrá brindar solaz y amor a la sobrina herida. Hannah, que cree encontrar en su tía una madre sustituta o lo más cercano al amor maternal que por el momento puede aspirar e incluso al mismo Donato, al que fotografía desnudo para luego mirar en secreto. “Tengo la sensación que todo es un breve espacio de caos que deseo disfrutar, que paladeo incluso en sus pequeños horrores”. Sin escrúpulos, sin ningún tipo de límite, Cilla encuentra en Roma un sustituto de la vida perdida, de sus anhelos rotos y malogrados, de la vida que aspira pero que no podrá tener. Y lo hace con la satisfacción de la transgresión y una especie de necesidad tramposa, que se anuda y se sostiene sobre los pequeños secretos inconfesables que se hacen más terribles y dolorosos cada día.

Claro está, se trata de una trampa compleja: su deseo frenético y feroz por Donato, es una forma de sentirse atractiva, de encontrarse a sí misma deseable a pesar de los kilos de más, las primeras arrugas y el cabello canoso. “Lo veo desnudo y pienso en la juventud” dice con un deliberada intención de dejar claro que Donato es un objeto atractivo con un único propósito. Una y otra vez, el personaje asume el peso que Donato — el sexo frenético que sostienen — consuela la “sospecha de que ya no soy una criatura sexual”. Para bien o para mal, se trata de una mujer que se aferra a su pasado, a la incertidumbre del presente y que sabe, no tiene futuro que anhelar. Entre todo, la percepción de su vida es angustiosa, una línea que se sostiene sobre los terrores escondidos y las pequeñas ideas apesadumbradas de su profunda angustia existencial.

Con su tono duro, directo y por momentos incómodo, Jacobs no sólo narra una aventura sexual, sino también, un tránsito sobre los peores dolores de un personaje que se sostienen sobre algo más amargo. Al final, Cilla es un símbolo de los espacios rotos de la mente de una mujer, de los lugares sin nombre que sostienen sus decisiones imprevisibles y más allá de eso, una versión de la realidad en lo que lo femenino es una búsqueda de una amplia noción sobre la felicidad y sus matices, la derrota y sin duda, las enigmáticas deudas morales que todos llevamos a cuestas. Un paisaje casi siniestro sobre los vicios y penurias que brindan sentido a lo que somos pero sobre todo, a lo que en alguna oportunidad, podemos aspirar a ser. Una ambiciosa búsqueda de identidad.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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