Crónicas de la lectora devota:

La llamada autoficción, ha transitado un largo camino hasta ser considerada un género literario a toda regla. Desde la versión escabrosa e inquietante de Rachel Cusk hasta la memoria expandida y en constante revisión de Karl Ove Knausgård, la noción sobre la vida íntima como una forma de especulación sobre lo que ocurre más allá de lo doméstico y lo privado, ha sido motivo de debate en todo tipo de círculos académicos. ¿Cual es la línea que divide lo que crea una noción sobre la mera narración de las vivencias y ese híbrido en delicado equilibrio que combina la ficción con la noción especulativa sobre la identidad? Todavía esa percepción sobre la obra que crea al artista y que además, se nutre sobre la concepción de lo vivencial, sigue siendo parte de un gran debate sin resolución y quizás, por eso las obras más representativas, son curiosidades literarias que despiertan un tipo de especial interés.

La segunda novela de la autora Jenny Offill, Dept. of Speculation - publicada en 2014 - tenía mucho de una construcción literaria que utilizaba las vivencias de la escritora como andamiaje para desarrollarse a un nivel profundo e intuitivo. Para Offill, la novela se convirtió en una radiografía pormenorizada sobre su vida cotidiana (así fue publicitada), a través de la cual elaboró un recorrido consistente sobre la percepción de lo privado como terreno de la ficción. La misma escritora se negó a señalar que tanto de la obra formaba parte de su memoria y que tanto era producto de su imaginación, por lo que Dept. of Speculation se convirtió en una rareza que sorprendió a la crítica por su cualidad dramática, su emoción profunda y modulada pero sobre todo, su capacidad para subvertir la percepción de su cualidad como gigantesco anecdotario, hasta convertirse en ficción pura. Offill, que tiene un enorme talento para recorrer espacios poco transitados sobre lo individual y lo colectivo como parte de una idea más amplia sobre el ser humano, convirtió a su obra en un pequeño cajón de secretos al que además, añadió cierta sombra de especulación.

La nueva novela de la autora Weather, es también una obra extraña basada — o no — en la vida de su autora, pero en la que es evidente una evolución intelectual hacia lugares desconocidos de una narración singular que otra vez, toma lo anecdótico como punto de partida. A diferencia de las anteriores obras de la escritora, en esta ocasión sus largos y densos párrafos apenas sin puntuación, se transforman en frases contundentes que parecen imitar el ritmo apretado y estricto de un Tweet. O eso es lo que parece a primera vista. La narración, que comienza con una frase críptica o que al menos, no se aviene a explicaciones sencillas: “Por la mañana, entra la persona que está más iluminada. Hay etapas y está en la penúltima, piensa”. No hay explicación inmediata ni tampoco, una correlación de ideas que unan a las piezas sueltas de esa única imagen unas con otras. Pero es evidente que la autora juega a la confusión y a cierto nivel de elocuencia limitado, que sin duda es parte de lo que la novela desea expresar sobre la individualidad, la notoria comprensión sobre el auge de las nuevas tecnologías y como afectan la comunicación, a través de una idea que subyace bajo su colección de imágenes sugerentes. ¿Quienes somos?

Por supuesto, Offill también escogió al perfecto personaje para crear la curiosa sensación de aislamiento y desarraigo que la novela transmite desde sus primeras palabras. El narrador de su historia es Lizzie Benson, una bibliotecaria esposa y madre, que tiene la sensación toda su vida es la promesa de lo que pudo ser algo más extraordinario. Para Lizzie, cada espacio y elemento de su vida, parece sujeto a una leve mediocridad que no le permite alcanzar el triunfo que imagina podría alcanzar. En su matrimonio con un hombre que alguna vez fue ambicioso pero que ahora no lo es, el desamor es un vínculo silencioso que les une en la mera desesperanza. Su hijo, tan brillante como para estar en una clase de superdotados pero que a la vez, es parte del promedio más bajo de la clase, parece ser una promesa que bien podría no cumplirse. Entre una y otra cosa, Lizzie batalla con la vida moderna entre una diáfana sensación de orfandad y también, la notoria sensación que algo está ocurriendo en su interior, tan claro como misterioso. “¿Una ruptura? ¿Una brecha? ¿Finalmente una herida que no puedo curar?” se pregunta el personaje mientras mira su reflejo ajado en el espejo. Las primeras canas ya aparecen, las arrugas también y de pronto, Lizzie es muy consciente del paso del tiempo y del transcurrir de su historia hacia algo más elocuente y al final, sólo pesaroso.

Lizzie escribe y lo hace además, con una pasión que ella misma califica “como absurda, sin motivo y sin sentido”, pero que alimenta con un entusiasmo maníaco que le lleva a escribir — a mano — hora tras hora durante las largas noches de insomnio. A medida que la novela avanza, Lizzie comienza a recordar el título de escritura creativa que abandonó y el dolor de la ausencia de ese trozo preciado y profundamente significativo de su vida que simbolizaba el poder narrar. Pero por ahora, la sola posibilidad de habitar en su mente — una noción solipsista que Offill alimenta de vez en cuando en su personaje como una provocación — está lejos de resultar cierta y mucho menos satisfactorias. “En mi vida, hay demasiadas personas, que dependen de mí tanto y de tantas formas, que no puedo darme el lujo de sólo vivir, en la escritura, entre los libros. Un sólo minuto de silencio” cuenta Lizzie. Su madre, una mujer brillante y extraña, se sostiene de la hija con cierta actitud parasitaria. Es una sobreviviente al servicio de salud de EEUU y a la vez, a esa cualidad de Occidente de orillar a los ancianos a cierto ostracismo involuntario. “No existo, ni en plenitud ni tampoco en evidencia” escribe Lizzie, de nuevo en frases cortas, irascibles y casi siempre caóticas. “Dejo de existir en la medida que otros viven a través de mi vida, de mis energías, de mi mera ausencia”

También está su hermano drogadicto, que Lizzie está convencida es una especie de hijo mayor y más problemático que el natural, por lo que le cuida con una evidente culpabilidad latente. La relación entre ambos es violenta, tensa y casi siempre hostil, pero de alguna forma, es también la más sincera que el personaje mantiene en su vida, por lo que las descripciones de los sentimientos entre ambos, llenan la mayor parte de las narraciones y especulaciones que Lizzie deja caer en el silencio amable de su terapeuta. “A veces creo debería echarle de la casa” dice y los ojos se le llenan de lágrimas. En ese mismo instante, Lizzie está pensando en cómo escribiría algo semejante, en cómo lograría que fuera un párrafo pulido, de profundo interés y de belleza. “¿Sabes la posibilidad y la notoriedad de lo que somos y cómo nos comprendemos?” insiste. El terapeuta no responde sino que como si se tratara de una pared en blanco, es un rostro pálido que flota en la semipenumbra de la habitación.

Por extraño que parezca, Offill también es madre, esposa, una hija dedicada y la devota cuidadora de un hermano menor, recluido hace más de cinco años en varios centros de salud. Pero mientras la escritora ha logrado el éxito como editora y escritora, su alter ego literario, parece desvanecerse entre las obligaciones, los pesares y las angustias que elaboran una composición inquietante de tu vida doméstica. Es entonces cuando la escritura logra el vínculo de unión que convierte a Weather en una extraña meta ficción que a su vez, se enlaza con algo más complicado, temible y doloroso que no llega a sostenerse del todo en medio de un complicado juego de especulaciones y medias verdades. Mientras Lizzie debate sobre sus dolores y angustias de madre y esposa modélica frustrada, de hija incomprendida y hermana aterrrorizada por la violencia del hermano, habla sobre sus sueños con “una carrera literaria y editorial, con triunfar, con escribir más de un libro y sólo dedicarse a eso”. La novela entonces fluye como una extrañísima versión sobre la vida cotidiana, novelada, construida a partir de la identidad personalísima y transmutada en algo más complicado y duro de asimilar.

Por supuesto, Lizzie es algo más que el alter ego de Offill: mientras la novela se hace más y más densa, es evidente que también es una crítica compleja y extraña a lo que subyace bajo la vida cotidiana, los secretos, dolores y miserias que se esconden bajo un esquema inquietante de extraña belleza y que, como bien que como bien indica el título, puede ser tan fluctuante como el clima, las estaciones, el correr del viento. Una y otra vez, la novela va de un lado a otro entre la ficción — o lo que suponemos es ficción — hacia algo más elaborado, por momentos dolorosos e incluso siniestro. Lizzie cuenta la tensión doméstica, la sensación inquietante de la sociedad a punto de explotar, la sensación que el país entero transmigra y colisiona con una idea más rudimentaria y peligrosa de sí mismo. Y mientras todo lo anterior ocurre, el personaje se parece cada vez más a Offill, que de una manera u otra, observa desde las solapas de los libros de la biblioteca, se escuda detrás de las paredes silenciosas para evitar el mundo cuando simplemente, es incapaz de sostenerse con mayor fuerza. Una y otra vez, escritora y personaje se confunden, juegan un juego de espejos que da la sensación exacta de sostenerse sobre cierta convicción que las líneas de la literatura pueden derrumbarse en favor de las confesiones más privadas. “Si fuera una escritora de éxito, con libros publicados y una vida apacible, podría huir, podría dejar atrás todo lo que duele y me ata. Podría tener un nuevo rostro. Una nueva vida. Un nuevo mundo al cual llegar y al cual, aferrarme en medio de las tormentas interiores” piensa Lizzie y es inevitable imaginar a Offill al otro lado de la página, mientras narra y reflexiona sobre sus temores, sus espacios de oscuridad, el silencio tenebroso que la sostiene.

Además, Lizzie es más de una vez la conciencia elaborada y concienzuda de si misma, en una especie de argumento privado que la escritora esgrime con la conciencia de esa dimensión que la escucha en silencio. Hay algo más en el efecto y la concepción de la vida como un conjunto de historias, que Weather logra recrear para construir un recorrido convincente a través de su propia psiquis, lo que se esconde en ella y lo que se sostiene a través de los pequeños espacios de la memoria. ¿Es a Lizzie a quien leemos en plena desesperación, aterrorizada por el cambio climático, por las vociferantes declaraciones de Trump, por los mínimos y desgarradores dolores de la vida doméstica o Offill, envuelta en el manto metódico de las palabras? La línea se hace difusa, complicada, apenas visible, para después rodear la narración como una frontera dolorosa entre la realidad y la ficción como refugio.

Weather se hace cada vez más densa, a medida que este híbrido entre dos mujeres, comienza también a vivir en dos realidades distintas: de pronto Lizzie se preocupa por el cambio climático — y la forma como avanza — a la vez, del posiblemente incompleto futuro académico de su hijo. Todo parece ocurrir a la vez, en una simultaneidad angustiosa y desconcertante que además, se anuda y conduce a través de hilos narrativos cada vez más complicados. El “aquí” y el “ahora” de lo que somos se sostiene sobre algo más profundo y extraño, a medida que la novela refleja lo que en apariencia ocurre al mismo tiempo al otro lado de la página. Offill tiene una capacidad asombrosa para crear una atmósfera creíble sobre esa condición de reflejo inmediato que se sostiene una y otra vez en una sola línea, lo que permite la creación y la consecución de la vida como algo más que una colección de anécdotas. Todo ocurre a la vez y también, hay la plena conciencia que la concepción sobre lo que Lizzie puede imaginar como su vida — el tramposo “como podría ser” — es también un recorrido por la forma en que nos miramos, atendemos a nuestra identidad y más allá de eso, a la creación consistente de una búsqueda de lo que queremos encontrar dentro de la literatura como refugio y la realidad como inspiración.

Hacia su tramo final, Offill parecer perder un poco el pulso y dialoga con su yo interior y ficticio desde cierta renuncia a profundizar en el miedo y las pequeñas cosas, en un recorrido casi demasiado rápido por las puertas y ventanas cerradas de su vida privada y de las confesiones a medio narrar. “Puede que exista una versión de lo que soy que aborda la oportunidad de ser o estar, sin que sea jamás suficiente” escribe la escritora a través de Lizzie, que inclinada sobre su cuaderno favorito, llora hasta quedarse sin aliento. “Estoy tan sola, estoy tan devastada” insiste, pero en esa soledad del llanto, de la expiación final, no hay una percepción consistente sobre lo que puede o abarcar este gran estallido que sin duda, ha tardado mucho en llegar. De súbito, el dolor y el miedo de Lizzie por su vida sin sentido, en mitad de un mundo extraño y angustioso, se enlaza con algo más definitivo, complicado y extravagante que reflexiona sobre la mirada que subyace bajo todo hecho de ficción. ¿Es Offill su propio personaje o es Lizzie la parte más sincera y profunda de su mente?

La novela no ofrece certezas ni tampoco explicaciones. De hecho, en un punto dado se traslada a una percepción casi catastrófica sobre el futuro, como si el presente que Lizzie — y presumiblemente Offill atraviesan — fuera sólo una condición de la memoria colectiva. “El compromiso con el día a día es cada vez más doloroso, más profundo y más real. No sé a dónde me lleve, si es que ha de hacerlo” reflexiona Lizzie mientras su madre grita desde una habitación interior de su diminuto departamento, su marido languidece frente al televisor y su hijo batalla con los deberes en la mesa de la cocina. “Quizás, si fuera una escritora, una realmente brillante, una que pudo escapar de todo esto, la vida sería una promesa y no un espacio violento” suspira con una angustia incontenible y una dolorosa percepción de sus limitaciones. Es inevitables pensar que en algún momento, Offill pensó de manera similar. Que sufrió lo mismo y se sostuvo sobre la misma convicción. Pero ¿Es real tal paralelismo? ¿Es consecuente? ¿Comprensible?

Al final, la novela parece encontrar una forma de construir una respuesta, pero que no es la misma ni se percibe de la misma forma a medida que Lizzie evoluciona, se transforma y cambia frente a sus pequeños pesares convertidos en reflejos en el espejo. De nuevo a solas en la habitación rostro contra rostro, el cristal que la separa de la vida que aspira parece de pronto demasiado frágil, casi inexistente. “Si por un momento fuera esa otra mujer” suspira” la que no soy la que seré”. Un juego tramposo de identidad que se sostiene sobre una astuta visión de la literatura como elemento creativo y también, solaz de la conciencia profunda difícil de explicar.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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