Crónicas de la lectora devota:

Boys & Sex: Young Men on Hookups, Love, Porn, Consent, and Navigating the New Masculinity de Peggy Orenstein.

En la actualidad, el tema sobre el género, la forma en que se comprende la sexualidad, el consentimiento y sobre todo, cada extremo que se relaciona con la interpretación de la identidad de un adolescente, está sujeto a un exhaustivo análisis, basado en esencia en cómo se asume ese trascendental paso de la niñez a la primera juventud. Este análisis sin embargo, no es del todo objetivo: en una época hipercomunicada, obsesionada por la vanidad colectiva y vinculada a la percepción de la paternidad como una gran experiencia compartida, el hecho de entender el crecimiento mental, moral y físico de un niño es también, parte de nuestra cultura. Un fragmento de historia que se sostiene y se asimila como parte de algo más amplio, importante y de considerable interés social.

El libro del 2016 Girls & Sex la autora Peggy Orenstein se abrió camino en medio de una serie de temas espinosos que logró analizar desde la percepción de lo inevitable. La escritora no sólo logró poner bajo el foco de la atención pública la perspectiva sobre la nueva sexualidad adolescente — sostenida y analizada bajo una serie de datos concisos — sino además, impulsar el debate sobre el hecho de hasta qué punto, es necesario comprender que el sexo juvenil ocurre, no importa la censura, los temores o los prejuicios de los padres. Orenstein fue de las primeras escritoras de divulgación en mostrar el sexo entre parejas muy jóvenes como algo natural y también, establecer esa línea poderosa entre lo que es la concepción del deseo sexual en nuestra época y como se manifiesta.

Al principio, Orenstein se concentró en hablar sobre la sexualidad de mujeres adolescentes: un tema tabú sobre el cual reflexionó como parte de una mirada más amplia. De pronto, la escritora se encontró con la extraña circunstancia de asumir el hecho que buena parte de la sociedad norteamericana no sólo no comprende a las adolescentes, sino que las estigmatiza bajo la noción de cierta expectativa de comportamiento que jamás llega a cumplirse. Desde la poca educación sexual, hasta la percepción del sexo como inevitable, para la adolescente norteamericana no hay un punto medio de análisis sobre su cuerpo, el valor de su expresión sexual y la manera en que se relaciona con su pareja. Orenstein se dio a la tarea de profundizar a través de datos, entrevistas a investigaciones sobre la mujer que crece en una sociedad que sexualiza su cuerpo desde la niñez para luego exigirle, que debe no sólo asumir las consecuencias de embarazos no deseados, agresiones sexuales y acoso a solas, sino sin la menor información accesible sobre lo que debe comprender acerca de su vida sexual y sus implicaciones. No se trató de un a labor sencilla: la escritora se encontró en medio de acalorados, violentos y dolorosos debates sobre los encuentros sexuales adolescentes, que iban desde el radicalismo religioso a la total despreocupación. “Me topé con niñas que tuvieron sexo temprano, violento y no siempre consensuado antes de alcanzar los doce años y a la vez, a mujeres adultas aterrorizadas por su sexualidad” contó la escritora en su primer libro, convertido en un best sellers inmediato. “La diferencia entre ambas cosas tenía una relación de considerable importancia con la forma en que asumimos la sexualidad, le otorgamos un lugar importante y a la vez, manejamos la idea de lo que significa en nuestro futuro. Pocas veces, podemos comprender lo que ocurre a través del tiempo desde una perspectiva privilegiada”.

Claro está, que una actitud semejante convirtió a Girls & Sex no sólo en un éxito de librería, sino en fuente de controversia directa. El derecho al placer de las mujeres jóvenes, la objetividad en la forma en que Orenstein profundizó en el ámbito del sexo como parte de la vida de una mujer en crecimiento, trajo a colación el singular punto de vista de la sociedad estadounidense sobre la identidad femenina, el género y el sexo. Orenstein recorrió el país en medio de charlas, debates y también, una considerable confrontación con adultos aterrorizados por la posibilidad de aceptar que sus hijas sostenían relaciones sexuales. “Lo más curioso de la investigación, fue la resistencia de los padres y otros tantos familiares, en admitir la sexualidad de sus hijas”. Al final, con su primer libro convertido en lectura obligatoria para un considerable número de familias y el debate en auge, la escritora comenzó a comprender que a la discusión todavía le faltaba una pieza para ser global: los chicos.

Orenstein comprendió que hablar sobre sexo, placer, consentimiento y el derecho a la sexualidad de las chicas, también debía incluir al ingrediente masculino en la ecuación. Parece un pensamiento obvio pero la escritora admitió que no lo es del todo, cuando los medios y la cultura parecen estar obsesionados con el comportamiento femenino antes que el masculino. “De pronto, noté que la mayor parte del material sexual, pornográfico y sobre todo, la percepción sobre el sexo de la mujer, también incluía al hombre, ya fuera como espectador, consumidor o como parte directa del material que se difunde”. La constatación que la sensualidad femenina de alguna forma debía ser analizada al mismo tiempo y de la misma forma que la masculinidad tóxica, fue toda una revelación para la autora, que comenzó la investigación sobre el tema desde una base obvia. “Un hombre infeliz no podrá comprender a una mujer plena” a partir de allí, el siguiente paso fue obvio: abrir el espectro de investigación hacia la noción sobre el hombre y la mujer como parte de una idea más amplia — e importante — sobre la identidad colectiva.

El libro Boys & Sex: Young Men on Hookups, Love, Porn, Consent, and Navigating the New Masculinity no es una continuación directa de Girls & Sex, pero si contiene la misma capacidad de análisis y observación del comportamiento y el tránsito sexual del hombre, que hizo famoso al primer libro de Orenstein. Para la ocasión, la autora no sólo analizó el machismo, la masculinidad tóxica y las diversas presiones que soporta el hombre en la actualidad, sino también, la concepción tradicional — y casi siempre equivocada — sobre su sexualidad. Se trató, desde luego, de un recorrido incómodo que Orenstein comienza desde el origen: Para la escritora el machismo pueril, frágil y violento de la actualidad no es otra cosa que la consecuencia de una herencia cultural que se lleva a cuestas durante años y se elabora como una concepción ambivalente sobre las diferentes facetas del comportamiento masculino. Después de todo, el hombre y la forma como asume el sexo, es una mirada a su historia: Durante siglos, las emociones masculinas han sido parte de una exigencia cultural que sugiere una castración de cualquier idea de vulnerabilidad. El hombre no sólo como líder sino también como la figura dominante, se apuntala en una interpretación árida del mundo emocional masculino. La Iglesia medieval solía insistir que el hombre debía “nunca dejarse caer en emociones femeninas” y en se llegó a insistir que la lágrima del varón era una imagen de “desgracia”. El estereotipo se reforzó a medida que la imagen del “Varón heroico” — la figura popular que parece resumir todas las virtudes que se atribuyen al hombre estoico — se hizo parte de la percepción cultural del deber ser masculino. La mitología de Héroe invencible, el galante, el poderoso, abarcó cualquier idea que pudiera suponer una visión del hombre vulnerable. La capacidad de expresar emociones masculina se transformó de hecho en un tabú y más tarde en una confusa percepción de género.

Para la escritora, en la actualidad, la percepción del hombre debe sobrellevar esa carga cultural e histórica, a la vez que sostener un diálogo preocupante sobre las posibilidades y la percepción de su propia integridad como individuo. La mayoría de las veces, un adolescente soporta las exigencias del grupo social, pero también la imagen del hombre que se enlaza con una elaborada reconstrucción sobre el deber ser cultural. Orenstein hace hincapié no sólo en la concepción del hombre nacido en una sociedad machista — o que alienta el machismo — sino una que aniquila cualquier expresión de la percepción del hombre (o en este caso, el adolescente) como algo más que una figura sometida a todo tipo de exigencias. La imagen del hombre emocional pareció aplastada por una serie de ideas muy concretas sobre la virilidad y la sensibilidad. La exigencia social parecía crear todo un panorama preciso sobre quién debía ser el hombre y como debía aspirar a ser. La figura masculina se crea desde la infancia: el niño se educa para la fortaleza física, la contención emocional, el liderazgo y otras atributos que se interpretan como masculino. El mundo emocional se reprime, se reconstruye, se convierte en una serie de códigos de conductas más o menos reconocibles y uniformes, sobre la capacidad para expresar los sentimientos quedan reducidos a su mínima expresión. La presión cultural, heredada siglo a siglo, define no sólo la identidad del hombre sino también, la manera como la sociedad lo comprenderá.

La escritora analiza al hombre actual desde su niñez y su recorrido por las diferentes presiones, concepciones y nociones sobre la forma en que la sociedad educa a través de estereotipos, resulta desconcertante por su crudeza y directa concepción sobre el peso social que el hombre lleva a cuestas. La escritora recurre a menudo a las investigaciones de la antropóloga Margaret Mead, quien durante toda su carrera insistió en analizar los roles y papeles masculinos de una manera que revolucionó la ciencia en las primeras décadas del siglo XX, habría pensado de manera parecida. Para cuando Mead comenzó a escribir sobre el género, los temas sobre lo roles sexuales y las diferencias de género eran considerados secundarios en la investigación científica. Pero a Mead la idea del hombre y la mujer más allá de la presión y la percepción occidental le obsesionó: se interesó justamente por los matices de la percepción sobre la mujer y el hombre en diferentes sociedades primitivas. Y encontró toda una nueva y asombrosa percepción sobre géneros sexuales que chocó frontalmente con las conclusiones que hasta entonces, habían llegado célebres científicos de su época. En su libro Sexo y temperamento en las sociedades primitivas, publicado en los años treinta y en pleno auge de la teoría del rol biológico de la mujer y el hombre, armó un revuelo de proporciones imprevisibles. El libro se basa en el estudio de tres tribus de Nueva Guinea, geográficamente cercanas, en donde los papeles sexuales eran por completos distintos, a pesar que todas las tribus compartían clima, historia e incluso parentesco. Pero mientras en la primera, tanto hombres como mujeres se comportaban de manera más bien pasiva y afectuosa, maternal en la segunda, ambos sexos eran agresivos y violentos. Sin embargo fueran las observaciones de Mead sobre la tercera tribu las que generaron mayor polémica: lo varones actuaban según el estereotipo occidental femenino (cuidaban a los hijos, usaban abalorios sobre el cuerpo e incluso maquillaje ritual) mientras que las mujeres corresponden al estereotipo del varón tradicional (eran entrenadas como guerreras, eran enérgicas, decididas y líderes). La conclusión de Mead fue lógica y basada en lo evidente: los papeles sexuales no eran naturales e inmutables — como se había insistido hasta entonces — sino sobre todo culturales. Una visión que desmontó todo el viejo argumento de la visión sexual como un deber ser absoluto en la vida de todo ser humano.

Orenstein analiza los mismos postulados pero también, los retoma desde la concepción moderna del hecho del sexo, la masculinidad y la virilidad como atributos que se exigen reglados y normados bajo cierta percepción de la personalidad que se asume, debe mostrar un hombre a cualquier edad. Por supuesto, que el trabajo de Mead no fue suficiente para sacudir las bases de un monstruoso sistema de símbolos y valores que condenan al varón al ostracismo emocional. Para nuestra cultura, el hombre debe reprimir sus sentimientos en favor de la fortaleza y sobre toco, calzar en una esquema muy completo dentro del complejo mecanismo dentro de lo que es aceptado y lo que no. Y la presión es inmensa: desde el bombardeo de información constante de la cultura, que mira al hombre como una imagen que se transforma y endurece para proclamar su virilidad, hasta esa interpretación personal, la que nace a medida que el hombre se enfrenta a un mundo que le exige un tipo de perspectiva muy concreta sobre si mismo casi inalcanzable.

En un momento en que la palabra INCEL invoca los peores temores femeninos y que el género se somete a debate público, el libro de Orenstein no sólo recorre la concepción sobre la sociedad de consumo, la sexualidad y la forma en que un hombre es analizado desde cierta idea simplista sobre peso como ente social, sino también, la forma en que se recorre un patrón complicado que sostiene la imagen del hombre en la cultura occidental. Para la escritora, el fenómeno de la renovada agresividad contra la mujer y una artificial batalla entre sexos, no es otra cosa que una consecuencia de una renovada misoginia. Pero Orenstein la respuesta es clara ¿La sociedad está educando hombres programados desde la niñez para ser agresivos, poco empáticos y sobre todo, directamente violentos? ¿Se alienta en los hombres jóvenes el odio y el menosprecio hacia la mujer? ¿La cosificación convertida en cosa de todos los días? En su reflexión sobre la masculinidad tóxica, la escritora hace hincapié en el preocupante fenómeno de la noción sobre la mujer objeto y e hecho que buena parte de los adolescentes modernos, crecen convencidos del hecho que la mujer tiene un deber tácito de complacer al hombre y sobre todo, sus necesidades sexuales. Más allá, el problema se trata de la simplificación de la mujer en un mero objeto para la satisfacción del hombre. Para buena parte de los adolescentes en la actualidad, el fracaso romántico que deben sobrellevar tiene una relación directa con el hecho de la actitud femenina y no, con el comportamiento del grupo o del individuo que propugna sus puntos de vista. La lógica del resentimiento crea las condiciones para una venganza abstracta, hacia la mujer como objeto inaccesible, pero a la vez, digna de menosprecio. La culpa de la imagen de la mujer predadora, que es incapaz de brindar al hombre lo que necesita — y desde esa perspectiva inquietante, lo que le pertenece por derecho — y que merece sufrir un juego perverso donde el principal trofeo es inmediata y simple satisfacción sexual. La mujer que sólo existe en la medida que complace y más allá, en su capacidad para cautivar.

Por supuesto, no se trata de un fenómeno único: La cultura PUA (Pick up Artist) explora la imagen de la mujer como objeto sexual, utilizando esa visión simplificada y primitiva del hombre que asume a la mujer únicamente como una presa sexual, un fenómeno en que también profundiza Boys & Sex: Young Men on Hookups, Love, Porn, Consent, and Navigating the New Masculinity. No solo construye una imagen de un tipo de mujer manipulable sino la del hombre que puede utilizar la “debilidad” y emocionalidad de la mujer como parte del juego erótico. Una idea que no sólo asombra por su misoginia sino la implicación del planteamiento. ¿Los miembros de la cultura PUA, de la misma forma que los “INCEL” son sólo un fenómeno de mercado o algo más inquietante? ¿Reflejan la interpretación cultural del hombre de una manera distorsionada o se trata de una visión concreta sobre la opinión masculina sobre la mujer? Porque la mayoría de estos sites relacionados con ambos grupos y por supuesto, quienes acuden a ellas como último recurso para lograr algún tipo de relación emocional o física, no lo hacen bajo la idea consciente de encontrar una mujer real. La mayoría de los usuarios intentan encontrar una satisfacción inmediata, despersonalizada y por completo, accesible. La idea de la mujer objeto. La mujer convertida en una criatura sexual, símbolo de la satisfacción masculina. Una idea comercializada y estandarizada sobre el sexo crudo, sobre la percepción del hombre y sus necesidades elementales.

Para Orenstein, el asunto es incluso mucho más grave y parece tener una relación directa con la objetivación de la mujer y la transformación de su identidad en un objeto sexual carente de identidad y cualquier otro propósito que no sea complacer al otro. La misoginia extrema amparada bajo tales grupos se ha convertido en un punto resaltante en los mapas de odio y sobre todo, principal motivo de crímenes específicos amparados bajo el odio y el ejercicio de la violencia de género. Según esa perspectiva del tema — y sobre todo, la versión sobre la misoginia convertida en un arma de odio — la escritora Jessica Valenti hace una inquietante reflexión en su artículo ‘Cuando los misóginos se convierten en terroristas’ publicado en The New York Times: “A pesar de una gran cantidad de evidencias que conectan a estos asesinos en masa y grupos misóginos radicales, todavía nos referimos en gran medida a los atacantes como ‘lobos solitarios’, un error que ignora la forma prevenible de cultivar y alimentar deliberadamente el miedo y la ira de estos hombres”, algo en lo que Orenstein también profundiza al reflexionar sobre el hecho de la masculinidad moderna sometida a la presión — inevitable y constante — de lo que se le exige al hombre una sociedad que beneficia conductas agresivas. No se trata sólo de la constante percepción del hombre y la mujer como parte de fenómenos más amplios y complejos, sino también de la transformación de la identidad y la percepción de la sexualidad como algo vinculado directamente a la identidad cultural.

El libro está basado casi por completo en entrevistas exhaustivas a hombres muy jóvenes, especialistas y expertos en el ramo. La escritora se adentra en terrenos que muy pocas veces se tocan, como el hecho de analizar a los hombres desde el cariz de la forma en que nuestra cultura le roba a los niños la empatía y el hecho que la pornografía es de hecho, una forma de educación sexual, que sólo refuerza patrones peligrosos para la salud emocional y sexual de los hombres. Con un estilo ameno, pero sobre todo, un profundo interés en la posibilidad de asimilar la condición de la mujer y el hombre sexualizados como parte de la concepción social del individuo, Orenstein pone el acento en todo tipo de situaciones de carácter complejo que modelan y sostienen el comportamiento sexual actual. Desde víctimas y perpetradores de violencia sexual, de hombres criados bajo un machismo férreo y violento, a otros que han crecido en ambientes más empáticos y emocionalmente maduros, el recorrido de la escritora por la naturaleza masculina moderna es inteligente, provocador, profundo y sensible. Todo en medio de una constante mirada sobre quienes somos en medio de los incesantes cambios de nuestra cultura obsesionada con lo inmediato.

“Ya sabía que los estadounidenses le hablan poco a sus hijas sobre el sexo, pero pronto aprenderé que hablan aún menos con sus hijos” escribe Orenstein en su libro “Es cierto que ahora es más probable que los niños sean advertidos de “respetar a las mujeres”, pero ¿qué significa eso exactamente? ¿Qué mujeres, bajo qué circunstancias y cómo? Además, a pesar de la creciente insistencia de que solo ‘sí’ significa ‘sí’, los niños (como las niñas) son bombardeados por imágenes incesantes, en la televisión, en películas, juegos, redes sociales, vídeos musicales, de adjetivación femenina y disponibilidad sexual, que se ven reforzados por una exposición sin precedentes a la pornografía “.

Los niños necesitan saber de los hombres: “Las novias, las madres y, en algunos casos, las hermanas fueron las confidentes más comúnmente citadas entre los niños que conocí, y aunque es maravilloso saber que tienen alguien con quien hablar, y estoy segura de que las madres, en en particular, saborear el papel: enseñar a los niños que las mujeres son responsables del trabajo emocional, procesar las vidas emocionales de los hombres de una manera que sería increíble para que los hombres se hicieran ellos mismos, tiene un precio para ambos sexos ”, escribe Orenstein. “Entre otras cosas, esa dependencia puede dejar a los niños atrofiados, en un estado de desarrollo detenido, potencialmente sin preparación para formar relaciones afectuosas, duraderas e íntimas”. Para la escritora, la percepción sobre el otro y la diferencia entre géneros, es además una de las necesidades más inmediatas y dolorosas de la forma en que se comprende y se analiza las relaciones románticas, sexuales e incluso fraternas en la actualidad. “Los niños necesitan una fuerte contrapartida para desarrollar perspectivas realistas y fundamentadas sobre las mujeres, los hombres, el sexo y el amor”, escribe “Francamente, sin eso, existe la posibilidad de que no vean a las mujeres como completamente humanas, y que vean el sexo como algo que una pareja femenina hace por ellas y que le hacen a ella. Comience joven, ofreciendo a los niños pequeños libros, películas y otros medios con protagonistas femeninas complejas. Tome nota cuando las mujeres están ausentes o tergiversadas en la pantalla o en el campo de juego. Interviene, incluso si molesta a los chicos, cuestionar cómo los medios que consumen presentan roles de género, cuerpos, tanto masculinos como femeninos, raza y sexo (¿se valora o abarata? ¿Hay respeto? ¿Coerción? ¿Consentimiento?)”.

Con su mirada dura, pero sobre todo humana sobre la necesidad de educar hombres que comprendan a las mujeres como iguales y no sólo como una parte inexplicable de su vida sexual y emocional, Peggy Orenstein logra construir un largo y pormenorizado recorrido por la naturaleza de lo viril, lo masculino y lo masculinizado en una época en que los términos tienden a confundirse. Una mirada profunda y amable sobre lo que somos más allá de las conexiones que nos unen y nos sostienen, pero en especial, lo que nos hace ser cada vez más conscientes de la posibilidad de la comprensión del individuo como parte de un todo más amplio que los meros estereotipos culturales con que se nos educan. Quizás, el mayor logro del libro.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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