Crónicas de la lectora devota:

En una época con nuevas sensibilidades, discusiones inéditas y la destrucción del concepto de tabú desde sus cimientos, la libertad de expresión y la opinión son conceptos que parecen bordear los límites que separan uno del otro con dificultad. Tal vez por ese motivo, lo primero que aclara Maggie Nelson en su libro On Freedom, es la necesidad de “volver a la libertad con toda sus dificultades y su incomodidad”. La escritora, que está convencida que la llamada cultura de la cancelación es un límite bastardo entre el estigma y la negligencia en la forma en que comprende la libertad, es también una audaz defensora de lo subversivo. On Freedom no es un libro simple de leer, tampoco de analizar.

Mucho menos, uno que sea fácil de asimilar en medio de debates sobre lo que debería ser o no lo “políticamente correcto”. Para Nelson, cualquier límite en las ideas, pensamientos o premisas, es una forma de censura. No importa que tanto pueda estar justificado o los argumentos que sostenga la omisión. “Si algo debe ocultarse, simplemente simboliza lo prohibido. Lo que realmente deja de tener relevancia se ignora y desaparece. ¿Puede decirse que temas como el racismo y la homofobia han desaparecido del discurso general? La respuesta es más que obvia y la solución es evidente. Debemos seguir debatiendo, luchando, batallando y expresando ideas sobre el bien y el mal en cada oportunidad que nos sea posible, sean del agrado del colectivo o no”.

Eso incluye claro, el hecho que la libertad para expresar ideas incómodas choca de forma frontal con la necesidad de salvaguardar el discurso colectivo del odio y extremismo. Pero lo que Nelson se pregunta en su radical y casi violenta aseveración sobre la libertad es algo concluyente. “¿Como podemos defender la libertad coartando lo que puede o no decirse? No importa lo incómodo que resulte, lo peligroso que parezca, la expresión nació para englobar un tipo de percepción sobre lo moral que puede estar equivocado pero nunca, puede ser disminuido, menospreciado o silenciado”.

Nelson, que ha llevado su alegato a universidades y congresos, en los cuales se ha enfrentado a una oposición franca, logra construir en su libro un vibrante alegato por el poder de las ideas, tan extremo que hace que la discusión sobre la libertad de expresión se sitúe y avance entre varias conclusiones acerca de lo que el debate actual puede y podría ser. “El nazismo no nació porque se le permitió existir, sino por la proyección de ideas políticas sobre el descontento colectivo. Cada década, un líder peligroso y potencialmente agresivo es escogido porque los grandes temas se disimulan y se ocultan”. Nelson, que no nombra a Donald Trump, sí deja entrever que el país que le escogió es parte de un fragmento de la población golpeada por el silencio. “Lo que no permites se muestre o se debata, se expresa en acciones”.

Por supuesto, Nelson tiene una serie de ideas que ahora mismo parecen anticuadas. Podrías incluso ser señaladas como machistas, homofóbicas o racistas. Pero Nelson, en realidad va en busca de una integridad que no se manifiesta por una reconstrucción de un lenguaje o un punto de vista. “Cada vez que alguien expresa una idea por errónea que sea, encontrará confrontación. Esa discusión violenta, discordante, que quizás sea piezas rotas de un diálogo mayor es lo que produce el cambio, no evitar que sea cualquier concepción sea debatida”. Para la escritora, hay cuatro ámbitos esenciales que deben ser renovados, reconstruidos y repensados en una época a la que llama “tímida”.

Para comenzar, se encuentra el arte: Nelson está convencida que las limitaciones y exigencias de reivindicaciones convierten a lo artístico en algo poco representativo del tiempo que intenta reflejar. “¿Quién puede asumir el tiempo de crear, cuando debe antes, analizar a qué se enfrentará?” se pregunta y expone la idea casi dolorosa que la mayor parte de los artistas y agentes de cambios de la historia eran ofensivos, incómodos y piezas sueltas de la sociedad. “Leonardo Da Vinci era gay, Caravaggio alcohólico, Marlowe un espía, Picasso misógino, Woolf snob y clasista. Todos cambiaron la historia y todos se analizaron desde los puntos de vista de los tabúes de su época” . Nelson, considerada a la vez progresista, conservadora, liberal y rupturista en una mezcla muy pocas veces comprensible, insiste que todo arte debe incomodar por necesidad. “De no hacerlo, imita. De no hacerlo se limita” insiste. Pero va más allá. La escritora insiste que la necesidad de nuestra época de hacerlo todo más consumible y empático, en realidad es un tránsito doloroso hacia una neutralidad que no dice nada, no expresa nada, no confronta nada, no alecciona sobre nada, no brinda ninguna lección”. Nelson, que se opone a todo tipo de censura, insiste en su libro que el arte debe “perturbar”. Tanto como para ser “un vehículo fecundo para nuevas y perceptivas visiones sobre el futuro. Lo que resulta arcaico, será desechado. Pero si todavía hay movimiento de masas intelectuales, si todavía hay preguntas que responder, ¿por qué no permitir hacerlas?”.

Claro está, el segundo tema es quizás uno de los más controvertidos. Para Nelson, el sexo en la actualidad es un límite que se debate sobre el miedo, la idealización y romantización de lo que el sexo puede ser pero en realidad, acerca de la percepción de lo sexual como algo ajeno a lo polémico. “El sexo es natural, pero la forma en que lo concebimos no lo es y está sectorizado por las creencias, la religión, el dolor y el miedo. Esos cuatro aspectos debe ser analizados y debatidos. Deben ser aceptados en todas sus imperfecciones, en su cualidad como humano” Para Nelson no se trata de aceptar delitos “un delito lo es en cualquier ámbito”, sino abandonar el temor que el sexo es y será siempre humano. “Es humano y es repugnante. Es humano y es violento. Es humano y es desconcertante” escribe en uno de los párrafos más electrizantes de su reflexión, sin género claro. “El sexo es parte del ámbito humano y siendo así, es imposible creer que pueda ser otra cosa que fluidos, sudor, gemidos, a veces dolor y otras tantas miedo”. Nelson, que ha recibido críticas violentas por su postura, no está interesada en la incomodidad que levanta.

De hecho, buena parte de su libro, está enfocado en el hecho de la libertad interior es un lujo — “pienso y hago lo que quiero “— que a su vez, se radicaliza con el hecho del sufrimiento como algo inevitable. De modo que el sexo, también inevitable, tendrá en algún momento una estructura frontal. “El sexo es piel y carne. La necesidad sexual es piel y carne. Analizarlo en el ámbito de las ideas es lineal y limitado”. Para Nelson, la libertad es una “práctica permanente”. Una pretensión de recorrer caminos desconocidos y que eventualmente, llevarán a cualquiera a una conclusión única. “Si queremos despojarnos de los hábitos de paranoia, desesperación y vigilancia que han llegado a amenazar y controlar incluso a los más bien intencionados entre nosotros, debemos ser libre con todo el derecho y la obligación de asumir su costo”.

Otros de los temas a los que alude Nelson en su libro es al del clima. Ya para entonces, el libro cobra forma como una conversación amplia entre todas las personas que respeta, ama y a las que necesita escuchar. “Estar de acuerdo no es una necesidad” explica en uno de los pasajes en lo que insiste que el debate sobre el clima se ha vuelto dogmático. Es el punto del libro en que además, analiza el hecho que su debate sobre la libertad es actual y no a futuro, porque la intervención debe realizarse de forma “urgente”. ¿Hasta que punto es necesario, imprescindible y potencialmente doloroso construir algo más racional que admitir podemos equivocarnos?”

Nelson no aclara si cree o no en el cambio climático, pero para la escritora es considerable interés que la posibilidad de no hacerlo no sea censurada, en tanto la comprensión sobre sus consecuencias sea difundida y sea debatida de forma apropiada. La escritora insiste en la necesidad imprescindible que ninguna idea se imponga por la presión. “¿Es inevitable y es una amenaza? Puede serlo. Pero ¿a cuántos puedes convencer en realidad de lo importante que es su opinión si el debate termina en lo equivocado de su pensamiento previo?” Las premisas que Nelson maneja son duras, escandalosas y en ocasiones, provocadoras por necesidad, pero todas llegan a un punto obvio: es necesario la libertad para el debate, para la equivocación y para la enmienda.

De hecho, cuando llega al tema de las drogas, es evidente que la autora también desea provocar y polemizar. Pero no lo hace desde el estrato de la necesidad que su discurso sea incendiario, sino desde la percepción de concientizar en la necesidad del debate. En lo referente a los estupefacientes, sus efectos y como pueden ser más o menos parte de un debate cultural, Nelson comienza por dejar claro un hecho que parece equívoco pero que en realidad no lo es. “El abuso de toda sustancia entraña un riesgo. La gran pregunta radica es que hasta que punto la limitación del uso exagera la tentación de su uso” . ¿Un concepto muy debatido sin puntos que lleven a ninguna parte? Sin duda lo es, pero resulta refrescante que Nelson pueda articular las grandes discusiones modernas con puntos que llevan décadas debatiéndose en forma insistente. “Las drogas y sus efectos deben ser asumidos desde varias líneas de interpretación. Está el hecho médico, pero también el cultural y de nuevo, la gran pregunta es una: ¿la prohibición es suficiente para que sea erradicada su consumo? ¿prohibir la mera idea le permitirá a los pacientes recuperarse? Todos deben opinar, todos deben enfrentarse a la idea de que temen, para crear las más viables”.

Al final, Nelson es clara en su compromiso con la libertad interior. A pesar de la “renuncia, desamparo, abandono” a la que debe someterse para avanzar hacia la vida como una batalla de ideas que se libra a diario. “La práctica de negociar con las diversas restricciones materiales que dan forma a nuestras vidas es la esperanza de la libertad” insiste para las últimas páginas del libro. Una lección que Nelson insiste haber aprendido año tras año, día tras día, todos los momentos de su vida. “Creo en la libertad, porque temo perderla. Si la pierde uno, la perdemos todo”. Polémica, extravagante y al final, portentosa en sus aseveraciones, la escritora logra analizar en On Freedom el tema más importante de nuestra época con fuerza y también con esperanza. “Espero que las generaciones futuras sean poderosas, sean capaces de encontrar el espacio para tener el poder de disentir. Una diatriba que sea a la vez herramienta y espacio de discusión”. Sin duda, el mayor legado que Maggie Nelson desea heredar.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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