Crónicas de la lectora devota.

Just Us: An American Conversation de Claudia Rankine.

El racismo es un tema que en la actual Norteamérica, despierta suspicacia y directamente, incomodidad. No sólo porque se encuentra en mitad de un debate político sino porque además, debe dirimirse entre ideologías y planteamientos de fondo que evade el centro real: la forma en que el sistema naturaliza el prejuicio. Las preguntas culturales se enfrentan al hecho de una indiferencia basada en el rechazo de algo obvio: no es actual, ni tampoco un tópico tendencia el hecho de un país dividido, herido y sujeto a los horrores que habitan bajo lo corriente. Se trata de un progresiva visión del agravio cada vez más dolorosa, más cercana a la superficie, muy cerca de estallar. Un claro mensaje cultural.

No es casual por tanto, que la escritora Claudia Rankine, que ya antes meditó sobre los dolores sociales asociados a la discriminación y lo profundizó en el éxito del 2014 Citizen: An American Lyric, haya decidido que era un buen momento para publicar Just Us: An American Conversation, un libro de extraordinario valor no sólo por lo que narra, sino por capturar casi como una instantánea de la realidad, el tránsito de EEUU de ese silencio autoimpuesto sobre el racismo como herida, al tabú revelado, debatido y al final convertido, en una discusión pública tan dolorosa como inevitable. Tampoco es casual que ambas obras, estén vinculadas casi de forma involuntaria a un suceso violento que envuelve el contexto en una idea dolorosa. En el 2014, la publicación del libro de Rankine fue precedido por el escándalo que provocó que un gran jurado del condado de St. Louis decidiera no acusar a Darren Wilson por el asesinato de Michael Brown, lo que establece un inmediato paralelismo con la circunstancia trágica del asesinato de George Floyd. Tanto uno como el otro suceso, cambiaron la narrativa del miedo social por una distinta, mucho más violenta y angustiosa. Y Rankine estuvo allí para narrarlo, incluso a la periferia, por la causalidad inexplicable que sus textos fueran reflejos de lo que ocurría en las calles, aun sin que esa fuera su intención.

En el 2014, Los críticos alabaron la capacidad de la escritora para lograr que un poema, pudiera medir y sostener la crueldad de la tensión social. Citizen: An American Lyric contiene todas las imágenes de una Norteamérica transida por el odio, la violencia y la marginación, todo a través de versos tan elegantes que el mundo literario estadounidense se encontró en la extraña posición de intentar entender qué ocurría dentro de semejante uso del lenguaje para narrar el miedo. De hecho, la gran pregunta general en medio del nacimiento del movimiento Black Lives Matter y sus repercusiones culturales a todo nivel, fue si el yo expresivo de la poesía lírica, podía recrear el dolor y la crueldad de los asesinatos callejeros, los horrores de la impunidad, la indiferencia hacia la crueldad que se ejerce en el ámbito civil. No es una pregunta sencilla y Rankine no pudo responderla. Atribulada, dijo al New York Time que sólo deseaba expresar a través de los dolores y la búsqueda de la identidad colectiva, algo más pernicioso y voraz. “Hay maldad en el hombre moderno” declaró. Una frase que asombró a los lectores y en especial, a la gran público que le descubrió en medio de un debate sobre la cualidad de la literatura para narrar la realidad inmediata.

Pero la simetría inquietante que une a la obra de Rankine con lo que ocurre más allá de sus páginas, no termina allí: la portada de Citizen: An American Lyric es la fotografía de una escultura del 1993 del artista David Hammons, titulada In the Hood, un homenaje al asesinato del adolescente de 17 años Trayvon Martin en el 2012. ¿Se trató de una provocación? Hubo una considerable controversia alrededor del tema, de la percepción de la escritora como una provocadora y de utilizar la publicidad expeditiva de un acto de violencia para analizar su propia versión sobre la crueldad. Rankine tampoco respondió a los ataques. Para ella, su obra era el único vehículo elocuente de expresión y de percepción acerca del miedo.

Claro está, que Rankine haya escogido el racismo para plantear un escenario alternativo de violencia realista, además de elaborar una versión sobre la realidad profundamente dura, no es casual. Ya Colson Whitehead y otros tantos debatían sobre el tema en artículos y ensayos. Ya Toni Morrinson había llevado la discusión a un nivel académico e intelectual inédito. Pero Rankine además, extrapoló la idea del temor y lo provocador, como algo más angustioso: como cicatriz cultural que es, la discriminación histórica en EEUU es parte de una connotación sobre lo social, que se asume como caja de resonancia sobre el sufrimiento del hombre afrodescendiente. Un testimonio abrumador sobre la tentativa cultural de elaborar una hipótesis que englobe a la raza — y las nociones que convergen sobre ella — como líneas inquietantes sobre quienes somos o cómo concebimos lo que nos define.

En Just Us: An American Conversation, Rankine vuelve al tema y lo hace desde una arista por completo nueva. De la pregunta muy amplia y dolorosa que engloba el hecho de ser un problema sin desearlo — el problema del negro, le llama en su obra previa — en esta ocasión, la gran pregunta se responde con un tipo de narración experimental que incluye desde artículos, ensayos, trozos de diario, incluso descripciones al arte visual y artístico, que invita a formularse otro gran cuestionamiento ¿cómo subsanar la distancia entre razas? Esta vez, la llegada del libro en un momento especialmente oportuno no es obra de la casualidad: la escritora lleva trabajando desde el 2015 en diferentes frentes para enfrentar una idea concreta ¿A qué tememos en nuestra Era? ¿Qué nos aterroriza como parte del trasfondo concreto del bien y del mal social? ¿Qué buscamos en medio de la idea de la cultura que se desmorona en medio de sus grietas más visibles.

Rakine busca un villano, pero no uno narrativo ni tampoco ficcional, sino que en su obra — inclasificable por su cualidad amplia y sobre todo, llena de aristas — trata de dirimir la cuestión sobre el racismo, desde el mal que debe erradicarse. ¿Qué mejor definición del mal contemporáneo que la concepción sobre la discriminación que gravita sobre la cultura estadounidense? ¿Qué monstruo podría ser más emblemático de lo contemporáneo que el reflejo de la oscuridad social del poder? Rankine no crea monstruos, está en busca de un paralelo entre la violencia, el sufrimiento y el miedo que pueda ser alegórico. No se trata de un fenómeno único y desconocido: Los monstruos han despertado asombro, fascinación e incluso amor durante buena parte de la historia y con frecuencia, nacen de las pulsiones, secretos y perversiones de la época que simbolizan.

Para Rankine, el monstruo moderno es una multitud enmascarada de blanco que apunta y dispara. Y también, la reflexión más inmediata sobre la forma en que concebimos el miedo, a través de los traumas sociales que representan. Y tanto serie como novela gráfica, no sólo perciben la historia como un territorio desconocido y temible, sino como la interpretación definitiva de algo más doloroso, emblemático y al final, poderoso de lo que podría suponerse en primer lugar.

Dante escribió una vez que “todo espíritu siente una impenitente predilección por los abismos”. Algo en lo que también insistió Milton en su Paraíso Perdido, en el que miró la maldad “como un tipo de belleza insoportable”. Cual sea el motivo, la atracción y fascinación que ejerce el mal sobre la consciencia del hombre moderno — tan cínico y sin embargo, tan inocente — es mayor a la de cualquier otra época, donde la oscuridad y la luz parecían tan definidas y distintas entre sí. Para nuestra época, maravillada por la soledad y sobre todo descreída de todo dios y demonios, el mal es una deformación intelectual que subyuga, asombra y sobre todo, atrae hacia el fondo de los abismos. Una visión distorsionada de su propio rostro privado. Rankine trata de expresar todo lo anterior y lo logra, con un recorrido cuidadoso por la Norteamérica que busca sentido a su historia, a lo perdido, a los espacios destruidos por el odio.

Para Rankine, la concepción del racismo nace de una comprensión sobre los dolores existenciales de su país cuidadosa y en especial, ajena a la controversia. El racismo es parte de algo más grande. El racismo golpea de forma violenta. El racismo la experiencia parece ser una idea agobiante que se traslada desde la noción de la existencia — ¿cómo percibe algo semejante el que lo sufre cada día de su vida ? — y se extiende como una visión del bien y del mal moral que evade una explicación sencilla. El resultado es una alegoría del sufrimiento social que el racismo produce pero también una búsqueda de significado y origen que se traslada desde el horror hacia la búsqueda de la memoria colectiva. Y Rankine lo logra, a través de una narración efectiva y durísima, una búsqueda emocional y paciente de todo tipo de ideas sobre la percepción del hombre sobre su circunstancia y su naturaleza. Para el escritor la esclavitud es una forma de oscuridad — mental, emocional, intelectual, social, cultural — y lo expresa en imágenes recurrentes que muestran a los carriles de los trenes que transportan a los esclavos, extendiéndose hacia las sombras. Una penumbra perenne contra la que los personajes deben luchar a cada paso en medio de un clima a vez más asfixiante y violento.

Como su nombre lo sugiere, en el libro Just Us: An American Conversation, hay muchas conversaciones recopiladas de diferentes lugares, momentos y contextos. Discusiones entre hombres blancos y negros sobre la justicia. De mujeres afroamericanas acerca de la sexualización de sus cuerpos. De niños negros que temen al futuro. De ancianas que narran situaciones que en la actualidad, podrían parecer impensables: espacios de exclusión, segregación, la violencia como dogma legal. La interacción hace del libro una especie de tapiz vivo, en las que las voces se entrecruzan entre sí para expresar ideas semejantes que se complementan unas a otras. Los vínculos sociales y culturales se entrecruzan, se hacen importantes, otras veces pierden valor. Un hombre blanco acaudalado reflexiona sobre sus privilegios. Un hombre negro profesor universitario sobre su deber. Una niña que se autodenomina “mestiza” y señala el peligroso “colorismo” en el que el color del piel, puede influir tanto como para ser determinante. Una y otra vez, la escritora va de una historia a otra, de un momento a otro, de una ciudad a otra, incluso en épocas distintas en un ejercicio de imaginación extraordinario. “La verdad nos pertenece a todos” dice una mujer negra sentada junto a una blanca en la Nueva York del 2019 “incluso si resulta contradictoria”

Desde el comienzo, el libro analiza la idea histórica del racismo y el abuso del poder desde dos perspectivas muy claras: en primer lugar lugar la historia — repleto de datos exactos y profundamente sentidos — que la autora utiliza como telón de fondo de no solo lo que narra, sino el contexto emotivo de sus personajes. Muy parecido a los testimonios tradicionales como los de Solomon Northup, la novela avanza entre todo tipo de precisiones históricas de indudable valor anecdótico, pero que también abarcan la historia viva. Eso, a pesar que es evidente que para Rankine, el rastro académico de la historia no es tan importante como la narración. El argumento se nutre de una evidente investigación pero también de la capacidad de la escritora para utilizar los datos reales y crear una perspectiva de la ficción de notoria consistencia. Pero sobre todo, la autora parece obsesionada con la percepción de la tradición y la costumbre de las poblaciones sometidas a la esclavitud que muestra The Book of Negroes, de Lawrence Hill. Entre ambas cosas cosas, desarrolla un ritmo lingüístico que sostiene la idea de la circunstancia de la violencia — esa normalización dura y corriente que convirtió al racismo en un fenómeno aceptable — y también, de esa mirada hacia el dolor de un grupo de hombres y mujeres heridos por la historia. La referencia es tan fuerte, que las primeras páginas del libro transcurren en medio de una sensación de evidente reconocimiento, pero de pronto, el texto asume su propia identidad, poder y una eficaz comprensión del espacio y el tiempo que intenta desarrollar.

Pero a pesar de lo anterior, la novela no deja de ser realista: de hecho, por momentos parece brutal, abrumadora en la magnitud de sus detalles dolorosos convertidos en trasfondo de una narración cada vez más densa y cruda. Las conversaciones se hacen más profundas, menos sólo insinuaciones. Pero en medio de todo, sorprende la capacidad de la escritor para desmenuzar la capacidad de la esperanza — llana y en ocasiones, absurda — y crear una visión sobre la posibilidad del renacimiento basada en cierta inocencia. Pero Rankine no pierde nunca de vista que el racismo es un horror real, patente y total: las ilusiones truncadas, el horror de la incertidumbre y la sumisión, crean una atmósfera malsana y abrumadora que acompaña a los personajes durante todo su recorrido. Para la autora, la libertad que se pierde y el miedo a la identidad rota — el anonimato de la violencia — son una figura recurrente que dota a su historia de una rara y dolorosa belleza.

Para Rankine, el racismo no es solo una idea social de inimaginable dureza, sino una distorsión cultural que se manifiesta en todas partes y de todas las maneras posibles. A medida que transcurre las conversaciones, es más evidente que Rankine analiza la percepción sobre la eventualidad de la libertad personal, en la forma en que la discriminación puede cercenar lo que somos, lo que aspiramos como imaginamos el futuro. La percepción de la exclusión como un dolor cultural permanente — y sobre todo, una noción sobre una tragedia colectiva de durísimas implicaciones — permite al libro crear hipótesis muy claras sobre la raza y la discriminación.

Rankine no busca señalar culpables: para la escritora es bastante claro que luego de casi cien años de muertes y asesinatos, tanto en la ficción como en la realidad, es casi imposible hacerlo. Pero aún así, Just Us: An American Conversation es un alegato sobre la necesidad de comprender el dolor y la afrenta contra la memoria de una comunidad como parte de la lucha histórica por su reconocimiento. Para una escritora como Rankine, que huye de lo complaciente y también de la posibilidad de redención, la historia de Just Us: An American Conversation es una rara combinación entre la expiación y la necesidad de comprender la identidad en un país que insiste en mirar fuera de las fosas abiertas. “Todos estamos en problemas, en medio de este dolor persistente” dice una de sus voces anónimas. Toda una declaración de intenciones sobre la posibilidad de meditar sobre los secretos que se esconden, no sólo a simple vista, sino también gracias a la hipocresía colectiva. Una durísima concepción de la realidad.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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