Crónicas de la lectora devota:

La novela histórica — o al menos, la narración ficcional de lo histórico — ocupa un lugar complicado en el mundo de la literatura. En especial, cuando personajes y lugares de considerable interés se convierten en escenarios de algo más grande, elaborado y con frecuencia simbólico. También, cuando la percepción sobre períodos o épocas, se convierte en la espina dorsal de relatos basados en la forma de entender el pasado o, su influencia sobre el futuro.

Cual sea el caso, el relato con tintes realistas basados en hechos comprobables suele tener la libertad de reimaginar la realidad pero a la vez, atenerse a ciertos parámetros que resultan en la mayoría de los casos, complejos de superar. ¿Cuando un relato histórico sólo desea mostrar una dimensión de la época y cuando expresa ideas simbólicas respecto a ella? ¿Cual es el límite entre la realidad y la fantasía en una narración que depende — o podría depender — de detalles históricos específicos?

Las respuestas a esos cuestionamientos no siempre son sencillas. De hecho, son tan elaboradas que ponen en riesgo la integridad de cualquier relato basado en la historia. Hay una difícil conjunción entre la idea del hecho verificable y la libertad creativa, que en muy pocas ocasiones logra un equilibrio lo suficientemente coherente como para sostener una narración fluida. O al menos, que permita comprender el transcurrir del tiempo como un reflejo de la identidad.

La novela Matrix de Lauren Groff tiene la doble presión de narrar un hecho histórico — la vida de las monjas de clausura del siglo XII — pero además, relatar lo cotidiano como un hecho histórico de interés. Eso, sin recurrir a otra cosa que a la curiosidad del lector sobre cómo era la época en un siglo del que se suele analizar poco pero además, sobre personajes que no cumplen un papel de especial importancia. La apuesta de Groff es a la vida doméstica, los silencios y a las percepciones sobre lo corriente, lo que desconcierta cuando se analiza como un paisaje más amplio sobre el transcurrir del tiempo. Por si eso no fuera suficiente, Groff renuncia a cualquier posibilidad de edulcorar, embellecer o incluso usar breves elementos fantásticos para dotar a la historia de una segunda lectura.

Matrix es una historia de puertas cerradas, una mirada dolorosa y pulcra sobre lo cotidiano en otra época, contemplada como si se trata de otra región en lo que lo humano lo es todo. La novelista, que en su novela debut Fates and Furies (2015), relató la vida sexual norteamericana desde la concepción inquietante de los tabúes que la acechan, construye en Matrix una velada precisión sobre lo que damos por sentado y que sólo recién es parte de nuestra vida. En Matrix, la vida transcurre sin nada que resulte familiar al lector moderno. No hay espejos, televisores, conversaciones sobre temas filosóficos. Tampoco hay amor, grandes pasiones o emancipaciones metafóricas. Groff crea una novela histórica que define la realidad desde lo crudo y el resultado, es una narración brillante y poderosa que elabora una concepción sobre lo individual de enorme osadía.

Pero, lo que podría parecer un relato sobrio sobre datos históricos sin relevancia, tiene su propio estilo, potencia y vitalidad. Una tensión interna tan formidable que desde las primeras escenas, es evidente que se trata de una cápsula del tiempo que no intenta crear su propia versión de lo que ocurre, sino que muestra otro lugar y el pasado desde un crisol fidedigno. Mucho más, cuando las protagonistas son tan discretas como casi invisibles en el gran mapa de la historia. El grupo de monjas inglesas de clausura del medievo temprano cuya vida Groff relata al detalle, pudieran parecer solo una excusa para narrar el rico contexto religioso y guerras en un país que atravesaba una severa crisis monárquica. Pero la escritora logra que su mirada a las regiones oscuras de un convento de puertas cerradas sea apasionante por el mero hecho de resultar audaz. Desde el primer capítulo de la novela — que describe una visión religiosa que bien pudiera ser una violación — hasta el comienzo del largo recorrido del grupo de personajes por encontrar un sentido al absurdo de la existencia, la novela es un desafío a lo que el contexto histórico puede ser. Matrix es un compendio bien construido de hechos mínimos que terminan por parecer de considerable importancia.

La venta de los cerdos del convento se transforma en una batalla a ciegas contra la pobreza y el miedo. Las enfermedades en historias de horror terroríficas y con un sentido tan sobrenatural que terminan por impactar en toda su amplitud. Incluso, escenas como la revisión de libros de contabilidad terminan por convertirse en algo más elaborado y extraño. “Las monedas de oro son la frontera entre vivir y morir. Cuando lo sabes, comienzas a ver el brillo en todas partes” dice la abadesa, con un enorme sentido práctico. “La cuestión de la riqueza y la impronta de la humildad no tiene demasiado sentido cuando el plato está vacío o escupes sangre”. Matrix es una astuta percepción sobre la vida antes que la sociedad, la cultura y la filosofía pudiera nombrar y señalar a situaciones específicas. “Antes de la codicia, estuvo el hambre. Antes de la responsabilidad moral, estuvo la complicidad. Antes de los dolores emocionales, estuvo el miedo a la muerte” dice Groff, en una mirada asombrosa y firme al día a día de una época. “Cualquiera de las monjas recluidas podría haber estado frente a un fogón o siendo madre hasta que el parto la matara. En lugar de eso, la religión les brindó un refugio que sin duda, no esperaba podía otorgar”.

Por supuesto, hay una buena dosis de humor retorcido en este relato seco, por momentos emocionantes y casi siempre intrigante. Marie, la protagonista y la mayoría de las veces, el hilo conductor de las ideas es expulsada de la corte de Leonor de Aquitania y enviada como Priora a una remota abadía real, sabe que su vida de opulencia, conocimientos y sabiduría terminó. Resulta casi conmovedor la forma en que Marie relata sus lujos. “Tenía una cama con sábanas limpias, agua de tomar que mostraba el fondo del vaso y largas conversaciones que no terminaban en órdenes” cuenta la dama de la corte, ahora envuelta en las ropas incómodas de una religiosa.

Pero con todo, sabe que ha tenido suerte. Su falta para merecer la expulsión no ha sido sencilla: “¿Lo imaginas? mi error fue contestar a la Reina lo que en realidad no quería escuchar. Contradecir al poder no es sencillo, en especial cuando no tienes ninguno que te proteja” se dice a sí misma. Leonor fue terminante: no solo envió a Marie fuera de sus tierras, sino que le prohibió la comodidad, de modo que la nueva Priora viaja a caballos y con “un único caballero, que de ser atacado moriría antes con el corazón golpeado por el cansancio que por un sablazo”. Pero Groff, que sabe que la sátira sutil a la vida medieval es algo frecuente en la literatura, elabora también un delicado tránsito hacia la narración dura de una vida despiadada. “Dos noches atrás, atravesé un pueblo en el que todos habían muerto por alguna peste rápida y virulenta. Mujeres, niños, hombres. Un chico trató de escapar y alguien le asesinó, quizás por la envidia de ser un sobreviviente. Vi el cuerpo tendido, con un hacha pequeña clavada en el cuello.

Miraba el camino con añoranza, los ojos llenos de moscas” cuenta Marie a una carta a su hermana, corresponsal frecuente y que será también, uno de los grandes hilos de la novela. Hay un vigor considerable en la idea en que Groff comprende el mundo, en la naturalidad en que habla de la vida y de la muerte, de las cruentas y en ocasiones crueles condiciones de vida que que deben soportar desde los ricos hasta los más pobres. “Tener miedo se convirtió para Marie en una sensación huidiza, en algo que no podía creer y tampoco en lo que podía confiar. Tienes miedo a todo, en todas las formas, en todas las ocasiones, en todas las veces que el miedo solo es otra forma de vida”.

Groff deja pistas aquí y allá que su Marie, cansada, agobiada, casi siempre fuerte y en ocasiones, solo práctica, podría ser la poeta medieval Marie de Francia. Pero en un giro argumental que resulta poderoso y audaz, jamás lo aclara. Aunque su personaje dedica una buena cantidad de tiempo a leer y a escribir — “a dejar de ser mujer cuando podría ser varias cosas a la vez” — jamás la describe componiendo, hablando sobre versos o poemas. En lugar de eso y una vez que llega a la Abadía, Marie se transforma en una mujer con un único objetivo: “Necesito sobrevivir a los hilos de moscas que flotan del agua y de la comida, de las paredes que destilan humedad, de la tierra que se corrompe por los cadáveres mal enterrados” . Y es Marie, quien dedica esfuerzo a rehabilitar una construcción que se le viene encima. Lo hace, en compañía de diez novicias y treinta monjas “tan ancianas como para que el pecho cuelgue”, a las que llama “almas en pena en medio de un bosque de desgracias”. Pero pronto, es evidente que Marie tiene un único objetivo, deseo y en especial, una sola forma de reconstruir su vida. “Quiero estar aquí y demostrar que en cualquier lugar, la felicidad es posible”.

Pero además, Marie decide que desea educar. De modo que abre los arcones que llevó con ella y empieza a repartir “a quien quiera tenerlos” los lais bretones, traducciones de grandes obras griegas e incluso, las fábulas de Esopo a todas las mujeres a su alrededor. “Quiero que lean, así crean que el diablo vendrá por ellas y les abrirá las piernas” se burla. Las lecturas no son bien recibidas por el grupo de religiosas, aterradas por la posibilidad de visiones o posesiones, pero poco a poco, es la lectura la que construye la idea de unidad espiritual de la Abadía. También, la complicidad que nace casi de manera espontánea mientras recontruyen el edificio poco a poco. “Leían al despertar, durante el desayuno, para después labrar la tierra, luchar contra la mampostería podrida y sembrar los jardines”. El primer tramo de la novela establece que Marie llegó por accidente y está convencida que pronto recibirá el perdón real que le permitirá volver a “casa, con mis sábanas y mis cortinas”. Pero poco a poco, encuentra que el mero hecho de tener un propósito de vida, una conexión de inusual valor con el tiempo que transcurre y la conexión con el tiempo de forma mucho más concreta de lo que una mujer suele tener, le brinda la oportunidad de “existir, de estar, de creer y de confiar”.

Para el segundo tramo de la novela, es evidente que Marie está más allá de la necesidad de volver. De hecho, en un capítulo especialmente conmovedor, se encuentra gritando a todo pulmón mientras una piara de cerdos trata de escapar de los potreros de la Abadía. “Marie corría con la libertad de los niños, con el alborozo entusiasmado y sin mácula de los que saben el cuerpo les pertenece y que los pies, son para hundirse en el barro, que las manos pueden aferrarse al cuero de los animales, a vivir tan plenamente que resulta asombroso en toda su belleza”. La escena transcurre bajo una tormenta, “la primera de noviembre, la más helada, con el viento contra la cara” y el aire de vitalidad que Groff le imprime es tan desconcertante, que tal pareciera que la novela entera podría resumirse en los párrafos que describen la emoción de un suceso común, fascinante y desbordante de sinceridad que resume el espíritu mismo de Matrix.

Para las últimas páginas de la novela, la narración avanza con vertiginosa rapidez hacia los años futuros, aunque no los cuenta. En realidad, los analiza como posibilidades, como lo que ocurrirá en un años distantes, pero que se están construyendo en una especie de presente fluido en la narración. “Mientras levanto las columnas, restriego las paredes, paso el rastrillo sobre la tierra y miro el sol, sé que seré una mujer feliz, en esta isla de mujeres en la que no llega el desaliento, en dónde no hay otra cosa que felicidad, una enorme percepción de una utopía femenina que se construye página a página. “Hablarán de nosotras, buscarán nuestros lugares en el mundo, seremos un lugar pesaroso que nos llevará a grandes triunfos que nadie conocerá. Pero será esta la Matriz de tantas cosas, el nacimiento de todas las posibilidades. Aquí y después, estoy viva por una decisión que no sé cuando llegó o cuál fue el motivo por el que la tome. Pero aquí estoy, aquí sostengo la vida, aquí soy algo más que la fuerza de lo que nadie mira, de lo que puede no existir y lo solo es porque lo recordaremos, a solas en este lugar”.

Matrix es una celebración a la vida, pero también a los secretos. Entre ambas cosas, la novela es también un recorrido por las escenas de una vida como cualquier otra, en todas las épocas, en todos los momentos, en cada percepción sobre la identidad, el tiempo y las posibilidades. “Soy poderosa porque decidí serlo. Es un pensamiento simple, pero también, el que Marie asegura le mantiene con vida “aquí hay un lugar incluso para los más locos, para los descartados, para los difíciles, como yo” dice Marie. “ Encontré en mis decisiones una grandeza de espíritu tan vasta que deja sin aliento”. Quizás el corazón mismo de la novela.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

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