Crónicas de la lectora devota:

Dead Astronauts de Jeff VanderMeer

La identidad del hombre moderno se encuentra en un constante análisis: no sólo a través del medio — y la noción sobre quién somos a través de una sociedad obsesionada con la comunicación — sino también, de la necesidad de asumir los elementos que sustentan la individualidad como parte de nuestra cultura. La mezcla de ambos puntos de vista, crea una percepción mucho más profunda y urgente sobre el ego colectivo, la forma en que comprendemos a la cultura como forma de expresión histórica pero más allá de eso, al núcleo que sustenta la manera en que nos asumimos como sociedad. Una mirada especulativa sobre el hombre como reflejo de sí mismo.

La novela Dead Astronauts del escritor Jeff Vandermeer medita justamente sobre las grietas sobre el paisaje de la mente humana y lo que la identifica. Y lo hace además a través de un rarísima conjetura sobre la realidad que asombra por su eficacia. Vandermeer no sólo pondera sobre la persistencia de la memoria — la incertidumbre sobre la existencia humana y la versión del futuro que asumimos inevitable — y algo más elaborado que logra recrear a partir de una concepción de “yo” brillante y enajenada. El resultado es una de las novelas más intrigantes de la última década y también una hipótesis insólita sobre la incertidumbre de la capacidad del hombre — como raza — para la autodestrucción. El escritor profetiza sobre lo que puede esperar a nuestra sociedad a siglos de distancia y a mitad de camino entre la fábula existencialista y la distopía en estado puro, logra una conclusión radical sobre lo que no espera. No se trata de la promesa de la destrucción o la redención, sino un tipo de catástrofe impensable: la raza humana convertida en un experimento sin norte que desdibuja los límites de la realidad y la fantasía.

Lo que sorprende de Vandermeer es el riesgo que toma el escritor al momento de imaginar un futuro posible: no se trata de una brillante alegoría al desastre biológica, una meditada creación sobre lo que espera a una sociedad hipertecnificada ni mucho menos, una búsqueda filosófica. Para Vandermeer, la noción sobre los siglos venideros es mucho más dura de digerir y por tanto describir y asume el futuro post apocalíptico desde una radiante concepción del miedo. En el mundo que el escritor imagina no hay un sólo lugar que no haya sido devastado por la experimentación científica y que a su vez, no se haya transformado en una versión hiperrealista de nuestros temores y esperanzas. El lienzo sobre el que trabaja la imaginación de Vandermeer es tan amplio que por momentos resulta ilimitado y esa ausencia de reglas, lo que hace a Dead Astronauts no sólo una propuesta que sorprende por su frescura — hay fragmentos enteros de la historia que parecen inéditos en la literatura de la Ciencia Ficción, un fenómeno muy poco usual — sino además, logra estructurar su perspectiva sobre el miedo y la desazón en algo mucho más amplio y desconcertante que el mero anuncio de la premisa que propone. Porque Dead Astronauts cuenta el futuro — y lo hace asombrosamente bien — y también, asume el peso de mirarlo como una serie de líneas interconectadas y profundamente significativas. Vandermeer medita sobre lo humano a través un misterioso existencialismo para lograr algo más duro y amargo: el temor a ese rostro oculto de la historia. De lo que es esconde en la ambición de nuestra cultura y sobre todo, esa mirada arrogante y desapasionada sobre nuestros propios terrores colectivos.

La novela es un mosaico caleidoscópico sobre un mundo devastado por un apocalipsis misterioso: la historia cuenta a grandes rasgos que la hecatombe climática terminó por ser imparable y también, las consecuencias inmediatas irreversibles. Pero no se detiene en analizar el motivo de la catástrofe ni que ha ocurrido con la raza humana en medio de una circunstancia semejante. El escritor parece más interesado en reflexionar sobre la travesía interior de sus personajes — un grupo de ¿fugitivos? ¿saboteadores? ¿sobrevivientes? — que atraviesan paisajes desolados en busca de un lugar en el cual poder prosperar. Por supuesto, no se trata de una idea novedosa y Vandermeer lo sabe: el viaje es un elemento común en sus narraciones y para esta ocasión, el recorrido es además de una desesperada necesidad de encontrar significado a una existencia asolada por un desastre colosal, es también una mirada al terror, al miedo y lo que sostiene los infinitos dolores morales que padecen sus personajes. La combinación resulta en una especie de experimento existencialista con aires de ciencia ficción pero que aún así, sostienen un lenguaje inteligente sobre las vicisitudes de una trama pausada, por momentos enrevesada e inquietante. Como en el resto de sus libros, la historia es una colección de alegorías, historias fabuladas y metáforas en las que el escritor logra recrear un paisaje de pesadilla sobre la conciencia humana en mitad de una tragedia incalculable e impredecible.

Para VanderMeer el futuro no sólo es el resultado de una serie de trágicas decisiones culturales, sino también un reflejo de la pasividad del hombre. Dead Astronauts lo deja claro a las primeras de cambio y pondera sobre el vacío con el deben luchar los personajes por la propia subsistencia. El líder del pequeño grupo, es Grayson, un astronauta que volvió a nuestro planeta en la mitad de una conflagración desconocida que la historia no detalla y que debido a sus heridas — un trozo de metal le dejó parcialmente ciego puede ver el futuro y también lo que llama “el corazón humano”, que no es otra cosa que un extraño don para la para discernir la verdad y la mentir entre quienes le acompañan. Todos atraviesan ciudades destrozadas y devastadas a pie, con la sensación tenebrosa que son los únicos sobrevivientes sobre la tierra, aunque tal vez no lo sean. De hecho, de vez en cuando hay señales evidentes que otros tantos sobrevivientes se esconden bajo las ruinas pero no hay modo de saberlo con claridad. De modo que el grupo persiste en su interior de llegar a lugar seguro. El cielo, convertido en una colección de estratos de gases contaminantes y potencialmente letales, se entremezcla en medio de lo que parece ser algo más duro de comprender: el mundo carece de todo esperanza de salvación y cada vez, parece ser más evidente que el trayecto de los sobrevivientes es más un último intento de tozuda voluntad de sobrevivir que un intento real de triunfar contra el desastre.

Pero Greyson insiste en que más adelante “hallaran respuestas”. Con el rostro cubierto por gasa y la mitad del rostro desfigurado, avanza con una seguridad inexplicable para sus acompañantes: Chen, un matemático convencido que el juego de las probabilidades lógicas le permitirá una noción más clara sobre un mundo devastado y Moss, una criatura inexplicable, que en ocasiones tiene el aspecto de una mujer y otras, sólo de algún tipo de entidad vegetal de múltiples dimensiones corporales. Este extraño trío camina en silencio, unidos por una cadena que les sostiene en mitad de la oscuridad creciente. Y mientras Chen comienza a dudar que el recorrido les conduzca alguna parte y Moss, sufre en silencio las colosales consecuencias del Apocalipsis sin nombre, la novela se convierte en una apuesta arriesgada de una narración circular, dura y vital sobre la esperanza, el miedo y la necesidad de asumir el peso de su existencia en mitad de la muerte.

Porque el mundo que describe Vandermeer se sacude bajo lo que parecen ser los últimos coletazos de una tragedia biológica de extraordinarias proporciones, envenenada y sin sentido, más allá de lo climático. El mundo está envenenado y a medida que el grupo recorre ciudades, campos y valles silenciosos, resulta muy claro que se trata de un ambiente hostil, devorado por un tipo de ponzoñosa violencia imposible de combatir. Moss, la criatura híbrida de origen desconocido a la que Vandermeer dota de una profunda ternura e inocencia, subsiste a base de encontrar restos de comida y otros trozos de la civilización destruida que puedan ser comercializada con la industria Todopoderosa que sobrevive sobre los escombros. También, por su naturaleza vegetal, pareciera ser la clave para lograr ¿un renacimiento parcial? del mundo a partir de sus propias venas. La novela lo insinúa pero jamás aclara si Moss tiene el poder real de hacer algo semejante — aunque todo parece indicar que sí — y además, si decidirá hacerlo. En las ocasiones en que tiene el aspecto de una mujer, el personaje analiza con cuidado sus opciones y también, la posibilidad insistente de ser la respuesta que podría conjugar el horror que les rodea. Pero a pesar de todo, no se decide del todo a constatar la posibilidad. “Mi vida por la muerte, la necesidad por la búsqueda” repite en más de una ocasión, obsesionada por los espacios tétricos que le rodean, cubiertos de arena, tierra y árboles retorcidos por un fuego interior inexplicable.

Greyson, su amante, mezcla de terrorista tecnológico y sobreviviente al terror de la manipulación biológica y genética que la novela insinúa en todo momento sin mostrarlo, sólo tiene un objetivo: mantener con vida a su grupo. Es la mente del personaje — lastimada por el miedo, pero sublimada por la persistente noción de la posibilidad de la redención — el lugar en que la novela alcanza un tono brillante y duro de enorme eficacia. Porque al contrario de la mayoría de las distopías y otras aseveraciones futuristas, Dead Astronauts se niega a seguir los caminos habituales de la nostalgia por el pasado o incluso, la aseveración sobre las ruinas de un recuerdo cultural al que recordar con cierta premura. No hay nada en la narración de Vandermeer que refleje una percepción del pasado como deseable, ausente o perdido, sino más bien, relata una transformación progresiva del horror en algo más agudo y temerario. Su premisa no sustituye a la civilización que conocimos por una versión decadente y mucho menos, reflexiona sobre la perdida desde lo sensible. El apocalipsis fue real, violento y rápido: no hay mucho que recordar o añorar. El panorama devastado de Vandermeer es mucho más elemental, coherente y por ese motivo, creíble. Un mito concebido sobre un mundo irreconocible que aún así, conserva las pautas y el sentido general de una sociedad funcional. El escritor supo encontrar en el hecho de la destrucción cultural algo más objetivo y duro de comprender que la mera melancolía que los deseos incumplidos o los terrores aparentes de una sociedad que implosiona sobre sus cimientos. Y ese quizás, es su mayor triunfo.

Los lugares en los que se detienen Greyson, Chen y Moss en su recorrido, son una mezcla de horrores ocultos bajo nuevas dimensiones de un posible horror climático. Los cielo ardieron, también lo hizo el mar y al final la tierra se extendió como único refugio a millones de sobrevivientes que de pronto, desaparecieron. Greyson sólo recuerda el silencio en su cápsula especial, mientras que Chen, el hecho de abandonar su laboratorio aislado en algún lugar de la Antártida para encontrar al mundo que le rodeaba devastado y al borde de la extinción. En medio de un escenario semejante, las últimas trazas de las creencias religiosas, filosóficas e incluso, el temor a lo desconocido toman nuevas formas impensables. Una visión desconcertante sobre el no existir y la nada aparente que Vandermeer maneja con pulso firme hasta convertirla en una alegoría casi accidental sobre lo doloroso de la condición humana.

Los elementos conceptuales y filosóficos de la obra de Vandermeer son sorprendentes por el mero hecho de resultar incomprensibles: su visión sobre la identidad del hombre, la transformación de la especie humana en una masa híbrida sin sentido ni tampoco forma real — las mezclas genética entre especies que la narración enuncia sin profundizar tiene todo tipo de posibilidades — asumen un concepto tan original que por momentos, no pueden interpretarse de una única manera. El escritor parece obsesionado con la desconexión social — ninguno de sus personajes sabe bien quién es o a qué ocurrirá con su cuerpo contrahecho e inexplicable — pero también, con las infinitas líneas que sostienen la uniformidad de lo conocido. Una frontera sobre lo que somos — o deseamos ser — que la ciencia ficción intenta unir en una única propuesta: ¿Quienes somos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Por qué somos lo que somos? Vandermeer no contesta ninguna de esas preguntas y el mero hecho de ese vacío enorme y extraordinario, brinda a la historia una solidez argumental que emociona, abruma e intriga a partes iguales.

Vandermeer también ha imaginado villanos acorde con esta extraña concepción del bien y del mal: Un zorro azul antropomorfo con la capacidad de crear parábolas temporales, un científico con el rostro de un murciélago y un hombre pájaro tan cruel como frío. “Soy la muerte” dice en susurros, cuando pliega las alas para volar y atacar. Esta criatura es la consecuencia de la destrucción, el asesinato y el miedo de lo que sea que haya ocurrido y el grupo de Greyson, sabe que no se trata de sobrevivientes reales, sino consecuencias de algo peor. Una versión del miedo y la belleza, tan terrorífica como estimulante.

Dead Astronauts no tiene un único narrador, sino que avanza de un lado a otro por medio de fragmentos que van desde la mente de Greyson, las reflexiones de Moss, las obsesiones de Chen hasta incluso, las extrañas visiones sobre lo terrorífico de sus enemigos. Vandermeer tiene la suficiente osadía para crear recovecos de horror y belleza inesperada en mitad de una narración que sorprende por su delicados momentos de puro existencialismo. Moss se convierte en un símbolo de lo bueno, lo malo y lo extraordinario y el desconfiado Chen, en la naturaleza humana invencible, corrosiva y confusa. Entre ambos Greyson es un testigo extravagante de la pérdida, un hombre que sobrevivió a lo inimaginable y puede ver, lo imposible. El centro y corazón de la historia.

La capacidad de Vandermeer para contar el apocalipsis es infinita y lo demuestra en cada escena de Dead Astronauts: hay detalles extraordinarios que incluyen desde un recorrido topográfico por el mundo que podría renacer en medio del desastre biológico y ardorosas descripciones sobre la pérdida moral y los terrores que se esconden en medio de las batallas tardías. Pero sobre todo, el escritor encuentra la manera de humanizar a sus singulares personajes y dotarlos de tanta fuerza, que acaba convirtiéndolos en preciosas metáforas sobre el bien y el mal, lo conocido y lo desconocido, la frontera de la mente humana como ente creador. En medio de todo este paisaje decadente, la acción avanza en medio de batallas, enfrentamientos, alianzas y desencuentros que construyen un entramado consistente sobre los motivos secretos — ocultos — de la historia. Desde la noción conspiradora hasta la percepción del origen, la novela juega todas sus cartas para mostrar un concepción amplísima sobre la existencia. Es entonces cuando la historia anuda todos los hilos argumentales en una apoteosis brillante que el escritor remata a conciencia: una conclusión que resulta dolorosa en su metafórica belleza.

Es evidente a Jeff Vandermeer le gusta imaginar la vida y la inteligencia más allá de lo antropomórfico. Y Dead Astronauts resume la hazaña del escritor de crear vida a partir de ideas sorprendentes como una declaración de principios. Lo humano en la novela es tangencial, apenas insinuado. Para Vandermeer parece mucho más importante la combinación de ternura, razón, curiosidad que crean la perspectiva de la razón y la consciencia a pesar de la apariencia. Vandermeer desafía el género, la formalidad de la figura humana y sobre todo, apuesta por la concepción de lo sensible — y pensante — como un concepto más que por un conjunto de nociones que juntas, crean una serie de características definibles. Se aleja de toda percepción sobre lo que consideramos natural y crea formas inclasificables, complicadas, tan enajenadas que por momentos resultan incómodas. Con su rarísimo estilo, VanderMeer logra humanizar a criaturas impensables, combinaciones de datos y descripciones que a primera vista resultan dolorosas por su imposibilidad pero cuyo poder de evocación, rebasan la incertidumbre y se elevan hacia la naturaleza del símbolo. Siniestro, por momentos sofocante pero sin duda poderoso, el universo creado por Vandermeer en Dead Astronauts es un reflejo de un nuevo tipo de Ciencia Ficción en la que la biotecnología y el existencialismo se mezclan en algo de improbable belleza pero definitiva importancia. Una mirada hacia lo que nos hace humanos, pero sobre todo, lo que sostiene la conciencia de nuestra existencia como algo más profundo que nuestra mera forma física.

Dead Astronauts es una aventura inclasificable y Vandermeer logra crear un escenario de ambiguo desastre en el que la ambición, el dolor, los juegos mentales se entremezclan con los peligros reales que rodean al grupo. Al final, se trata de un trampa gigantesca, una extrañísima versión del bien y el mal, un sufrimiento disimulado que avanzan hacia un lugar lejano, borroso y poco confiable. ¿Existimos o no existimos a través de lo que nos seduce, nos atemoriza y define? Vandermeer se niega a prodigarse en explicaciones y quizás, eso es lo que hace a Dead Astronauts una novela tan dura de asimilar, tan dolorosa de comprender y mucho más, de asumir como reflejo de la identidad colectiva. Un monstruo silencioso que acecha en la oscuridad.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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