Crónicas de la lectora devota:

Mandíbula de Mónica Ojeda.

Si no estuviera cargada de un profundo horror y sobre todo, un recorrido durísimo por la compleja crueldad de la naturaleza humana, la novela Mandíbula de Mónica Ojeda, sería con toda seguridad, una fábula sobre la vida, el desarraigo y la soledad. Pero Ojeda no se prodiga en exceso con temas existencialistas comunes y toma la sabia decisión de convertir el enrarecido ambiente de un colegio elitesco, en un micro universo en que el miedo y la salvaje repercusión del bien y del mal construyen algo más venenoso y duro de digerir. La novela de Ojeda no es sencilla de leer y quizás, ese es su mayor valor: el recorrido de la escritora por los entresijos de la mente, es una reflexión sobre los espacios retorcidos y ponzoñosos que habitan en nuestra mente, que se enlazan con ideas más primitivas y al final, crean un caldo de cultivo ideal para los horrores que se esconden bajo la identidad colectiva.

Para Ojeda, la simbiosis entre los espacios y la conducta temible de sus personajes, crea un todo siniestro que se extiende como un hálito ponzoñoso a través de la historia. No es un recurso original: En la novela Haunting of Hill House de Shirley Jackson, el terror tiene un cariz levemente mitológico: la casa es un útero maligno que envuelve a los personajes hasta la despersonalización y la distancia emocional, que termina destruyendo a cada uno de ellos o simplemente, sumiéndolos en un tipo de horror inquietante e invisible. Lo mismo ocurre en Mandíbula, que muestra visión de los personajes desde la oscuridad absoluta — psicológica y la real — hasta evadir cualquier explicación sencilla a la vez que analiza, desde la periferia, el miedo a las pequeñas cosas y a los sucesos inexplicables desde cierta angustia existencial latente. Al final, todos los que habitan los lóbregos lugares que Ojeda describen, se convierten en rehenes de sus propios dolores y símbolos de todos los temibles y espectrales sufrimientos de quienes le rodean. El miedo convertido en un vehículo de expresión de pulsiones invisibles.

Durante buena parte de la narración de Mandíbula, Ojeda utiliza todo tipo de alegorías sobre grandes y pequeños horrores, narrados desde una óptica sencilla y desconcertante. Plagas, terrores indecibles, temores nocturnos, la locura en estado craso, enfermedades crónicas, nada parece estar fuera de la lúcida percepción de Ojeda para analizar la naturaleza de lo terrorífico. La versión de la realidad trastocada y convertida en un retorcido juego de proporciones imposibles (que emparenta directamente con el unheimlich freudiano)permite que la novela se cuestione no sólo las motivaciones e impulsos de sus personajes, sino a la vez, enlace como algo más complicado, los terrores y una siniestra ansiedad imprecisa, que la autora no define de manera clara, pero que atraviesa la historia que narra de un lugar a otro: una línea que vincula el horror con algo más orgánico. Para los personajes de la escritora, el campo de batalla en el que deben luchar por su cordura, poder y permanencia, es su propio cuerpo.

Ojeda, combina saltos temporales, argumentales y vínculos inesperados entre diferentes momentos y circunstancias, para crear algo más profundo y extraño de una típica historia de horror. Lo hace además, con toda la habilidad para narrar desde las primeras líneas, algo tan alejado de la estructura de las novelas tradicionales del género, que resulta casi imposible definir o detallar de manera clara lo que ocurre al fondo de lo que oculta la narración. Clara, una profesora de un colegio regentado por el Opus Dei, sufre de una rara condición psiquiátrica que le empuja a secuestrar a Fernanda, una de sus alumnas. Pero el hilo narrativo que las une, no es el poder, el dominio o el control de un acto desesperado con tintes delictivos. Tampoco una condición frenética sobre la necesidad de sostenerse en medio de delirios que apenas se desdibujan entre las escenas que Ojeda describe, con una prosa de asombrosa precisión. Una y otra vez, la novela abre capas de significado y redimensiona lo que ocurre, para mostrar el juego de víctimas y verdugos que trasponen su identidad de maneras inesperadas y cada vez más bruscas. Es entonces, cuando Ojeda despliega lo mejor de su repertorio: no hay nada que esta narración violenta, sensorial y durísima no abarque. Desde el terror al estilo Stephen King, hasta reminiscencias a Arthur Machen, hasta la lúgubre belleza primitiva de Lovecraft, Ojeda logra combinar con éxito un discurso sobre lo espeluznante de inusual complejidad y poder.

Pero Mandíbula no es sólo una novela sobre el miedo convertido en una herramienta para diseccionar el pensamiento y la naturaleza del hombre hasta sus lugares más oscuros. Podría serlo y de hecho, en algunos partes lo es. Pero la escritora, que notoriamente está más interesada en crear un género atípico que responda a siniestras preguntas existenciales, crea alrededor de una historia laberíntica, algo más extraño, duro de digerir y confuso. Con una intimidad emocional sorprendente, Ojeda analiza la visión sobre lo que nos aterra y a la vez nos conmueve, moviendo las historias de sus personajes como fragmentos a punto de derrumbarse violenta sobre apetitos inconfesables, secretos retorcidos, pero sobre todo, la lógica comprensión de su dimensión como noción intelectual como partes de algo mucho más amplio y maligno. Para Ojeda, su novela no existe como entidad literaria sino además, es capaz de interactuar con el lector de maneras sensoriales imprevisibles. La autora toma la arriesgada decisión de rebasar los límites habituales de lo cognoscitivo y crear algo más poderoso, que la lleva reflexionar sobre un cierto tipo de metaficción que se sujeta a una realidad escindida y temible. No es suficiente contar la historia desde la noción del útero creativo — la noción de lo que envuelve, crea y sustenta lo que ocurre — sino que además, la dota de una poderosa visión sobre el reflejo de los símbolos que utiliza. El resultado es un recorrido de enorme poder metafórico, que se analiza desde lo extravagante, lo osado y lo desconcertante. Desde el miedo a la inocencia, para Ojeda la naturaleza humana es un crisol de experiencias que se construyen a través de cierta pulsión existencial poderosa, en la que lo maligno es el núcleo punzante de algo más doloroso.

Mandíbula es una combinación equilibrada de tonos, registros y texturas narrativas que logra confluir en un punto asombroso de pura y oscura belleza. Hay algo neurótico, obsesivo y despiadado en la forma como los personajes se perciben a sí mismos y a los que le rodean, como sostienen y elaboran algo más profundo a medida que los infinitos detalles sobre los horrores deslumbrantes que atraviesan se hacen más vívidos. Ojeda se permite la concepción del mal des de lo originario y avanza a pasos angustiosos hacia una contemplativa percepción sobre lo que define a los matices de la oscuridad intuitiva. No hay buenos ni malos, en este cuento de hadas retorcido y pulcro, en el que el bosque es sustituido por salones de clases y una cabaña diminuta, el lobo feroz es una criatura famélica y la aspiración a la bondad no existe. La fabulación del miedo, las relaciones casi eróticas de la adolescencia temprana, la búsqueda de identidad de los primeros años de juventud, crean una laberíntica impresión sobre la individualidad, que al final se desmorona como un juego de Naipes en medio de un sacudón extremo e interior. Como si se tratara de un violento movimiento telúrico, la novela se mueve sobre su eje una y otra vez, hasta que finalmente encuentra una precaria estabilidad en lo desconocido. Una incertidumbre malsana que lo ronda todo como el susurro demoníaco de la figura que se esconde en las sombras, que Ojeda describe con poética sencillez.

Pudiera parecer que por momentos “Mandíbula” carece de orden y sentido, que se deconstruye como una gran maraña de singulares reflexiones y quizás, ese es su mayor mérito. Intrincada, siniestra, dolorosa, la historia de Ojeda elabora una visión sobre lo femenino que atraviesa lo tradicional y encuentra asidero en cierta recreación de lo anecdótico y el rol de género, sin llegar a ninguna opinión ideológica. Después de todo, los personajes de la autora ocultan su sed de violencia detrás una desesperada búsqueda de significado, una elocuencia punzante que se convierte en una aterradora carrera por los horrores inconfesables. Es evidente que a la escritora no le importa ponderar ni tampoco pontificar sobre la percepción y la profundidad de su crueles intenciones sobre el mundo que analiza a la distancia, sino que busca construir un diorama intelectual sobre el complejo Universo emocional de la mujer y lo hace, a través de un ligero matiz siniestro que se agradece por su contundencia. Las protagonistas de Ojeda son poderosas, sucumben a la lujuria, el erotismo, la violencia, el horror, pero jamás lo hacen de manera sencilla o por razones evidentes. Hay una persistente disposición de la autora en crear un ámbito casi invisible para la voluntad de sus personajes, una percepción sobre el motor y propósito de sus acciones que se expresa a través de ideas complejas sobre lo tópico. Desde el amor a la violencia, para Ojeda no hay un sólo tema sencillo ni mucho menos, una versión de la realidad cierta. Sus personajes elucubran sobre los dolores existenciales a través de ciertos extremos tan dolorosos como viscerales. Sus acciones parpadean fuera y dentro del presente, del futuro, en una percepción del tiempo errática, que se sustrae de todo significado simple. Lo verdaderamente importante para la autora es la capacidad de su historia para los matices, para la realidad construida a través de pequeños horrores y asombros que se perciben entre líneas.

Con una habilidad sorprendente, Ojeda dosifica las dosis de horror, terror y lo sobrenatural para crear un panorama casi irreal que se expresa en escenas por momentos surreales que se sustentan sobre una noción persistente sobre el horror. Obliga a sus personajes a dudar de sus propias mentes, a analizar los entornos desde el miedo y la fragilidad. Y de vuelta, les permite retomar su fortaleza, asumir sus errores, construir una belleza lírica que conmueve en ocasiones hasta las lágrimas.

Por supuesto, Ojeda también rinde homenaje al poder duradero e inquietante de los cuentos de Hadas. La escritora está consciente que no sólo se trata de símbolos de la percepción colectiva sobre la mujer y sus dolores, sino además, una construcción elemental sobre nuestras alegorías personales. Con un pulso rápido, certero, inteligente, Ojeda convierte a “Mandíbula” en una carta de amor al género del terror entrecruzado con lo femenino, que lo que crea una versión del miedo lleno de extrañas compulsiones y temibles tachaduras, que construyen una noción sobre la mujer a piezas, inexacta, imperfecta, radiante de pura vitalidad. No hay límites en esa descripción compulsiva sobre todos los pequeños horrores que embargan a lo femenino: toma el trabajo de fabulistas como Angela Carter, Kelly Link y Helen Oyeyemi para mezclar esa percepción sobre el entorno literario y combinarlo con ciencia ficción, la teoría homosexual y el horror. La escritora parece debatirse entre todo tipo de preguntas y análisis sobre lo que la mujer puede ser, lo que la historia ha hecho con su identidad y sobre todo, con el horror convertido en una pieza de orfebrería en la que la palabra es una pieza motriz para elaborar una percepción sobre lo urbano, lo íntimo y lo persistente de la memoria. El libro avanza entre todo tipo de pequeños ensayos disfrazados de ficción, internaliza sus pequeños fallos y dolores para finalmente, convertirlos en algo más poderoso, íntimo y quebradizo. Una obra de arte de buen gusto e inteligencia conceptual.

La fábula macabra de Ojeda representan por tanto a un tipo de mujer que pocas veces se muestra en la literatura. A mitad de camino entre la aseveración perpetúa de lo emocional — todas las mujeres la escritura están al borde del miedo, de la angustia, de todo tipo de dolores intelectuales — y algo más sensorial, “Mandíbula” mira y analiza a lo femenino desde sus bordes y aristas más incómodos. La resolución desordenada, la mujer fragmentada y rebelde, el temor que se manifiesta a través de fábulas incompletas, crea una tensión extraordinaria, que convierte al libro en un reflexión sobre cómo el mundo percibe a las mujeres pero antes de eso, como las mujeres perciben el mundo. Un péndulo que evoca poder, fuerza y temible belleza.

Para Ojeda, el núcleo del Cuento de Hadas es necesario para entender el contexto de todos los temas que toca, por lo que utiliza con fluidez el conocido vocabulario de las viejas historias de fantasía: sus historias están llenas de zorros, malhechores, mujeres que aspiran a cierta belleza idílica, vestidos exquisitos, pero creados y retratados para fines más lóbregos. Machado escribe sobre mujeres, pero también para mujeres. Analiza a la mujer como el punto de partida de todo tipo de visiones sobre lo existencial y lo anecdótico, por lo que asume el peso de su valor desde lo realista. La novela de Ojeda es un cuento de Hadas, nadie lo duda. Pero profundamente perverso, doloroso, inquietante. Pura desesperación construida a través de una prosa limpia y directa. Para Ojeda, el sufrimiento invisible femenino, la ira contra el cuerpo, la tiranía estética, la necesidad de reglar el comportamiento femenino, se convierten en historias aterradoras pero también, tan hermosas que crean un sentido único y visceral sobre el tiempo y la expresión de la fe íntima, la incapacidad para asumir la identidad como una forma de valor. Todos los trozos de las historias parecen funcionan a pesar de ser dispares e incluso, en apariencia poco elaborados. Pero el conjunto al final, resulta tan firme y espléndido, que sorprende al lector por su cualidad casi evanescente. Una formidable muestra de poesía, potencia creativa y belleza que convierte a la obra de Ojeda en un libro tenebroso e inolvidable.

Como en los viejos mitos, las mujeres de Ojeda están cercadas por bosques, Torres y hechizos. Y también por advertencias, moralejas en forma de acertijos, el miedo como una expresión última de aterradoras experiencias. Un sótano de terribles secretos que Ojedarevela con una delicadeza tan sutil que asombra por poderosa belleza.

entes saltos en el tiempo y acertados juegos especulares, pronto invierte las jerarquías entre víctimas y verdugos, y despliega una profunda “verdad novelesca” (cito la célebre expresión de René Girard) en el tratamiento de las relaciones de unos personajes que tensa su deseo mimético: una crueldad que es otra cara de la vulnerabilidad del contacto.

l impacto que ‘Mandíbula’ crea en el lector se atisba ya en las primeras páginas, casi en las citas iniciales que son el pórtico de apertura a un mundo que se intuye franco y desasosegante. Julia Kristeva: “Todo ejercicio de las palabras es un lenguaje del miedo”. O George Bataille: “El horror ligado a la vida como un árbol a la luz”. O Mary Shelley: “Aquí yace, con la blancura y la frialdad de la muerte”. O Leopoldo María Panero: “… la mandíbula de la muerte/ de la mandíbula caníbal de la muerte”.

Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988) ha erigido una novela con los mimbres del género de terror. Pero enseguida se percibe que la escritura de ‘Mandíbula’ va mucho más allá del género. Su capacidad “para implosionar el lenguaje” –tal y como afirma una de las protagonistas de esta historia- es más que notable. El dolor físico, el mental, la crueldad, lo prohibido, la extrañeza corporal de la adolescencia, el terror atávico y cotidiano que acecha en cualquier momento, la relación materno filial y la sexualidad son los ingredientes de un ‘thriller’ metafísico que ensancha las fronteras del género. ‘Mandíbula’ entonces como un mapa cabal sobre el sentido de lo violento y como advertencia sobre la extrema fragilidad de las relaciones humanas que se explicita de este modo: “Siempre imaginó la violencia como una consecución de olas que escondían piedras hasta que se estrellaban contra la carne de algo vivo, pero nunca como ese teatro de sombras ni como la quietud interrumpida por los pasos de una silueta encorvada”.

Una caja de resonancia

El secuestro de una chica en una cabaña en medio del bosque, la relación más que confusa con la madre ausente de la profesora de lengua y literatura convertida en su secuestradora y las compañeras adolescentes de un colegio del Opus Dei que juegan hasta el final a convocar al “Dios blanco” para herirse mutuamente, para tocar con las yemas el sabor exacto del dolor: ahí tienen los ingredientes que podrían haber convertido este libro en uno más. Pero no es el caso de ‘Mandíbula’ porque, conteniendo los parámetros típicos y tópicos sobre lo que se supone que debe ser un ‘thriller’, Ojeda sobrevuela más alto, se adentra en la espesura para entregar una ficción densa como el bosque encantado, una ficción con una potencia discursiva muy poco común (“Estar asustada era sentir la verdad como una pestaña flotando encima del ojo”) y con una endiablada habilidad técnica que permite adentrase en tiempos distintos gracias a escenas que dialogan con segmentos narrativos que ya habían aparecido. La pretensión es convertir la novela en una caja de resonancia digresiva que va in crescendo.

“Se trata de entrar en el miedo, y eso es lo difícil… Se trata de entrar en el miedo como en la altura de una ola… Uno entra en el miedo porque ya no puede vivir en el umbral, latiendo de piedra y picaduras, entonces entra en el horror para no tener que seguir esperando a que pase algo. Para hacerlo pasar”. Estos pasajes pertenecen al último capítulo del libro que se convierte en un fragmento final portentoso y que guarda una relación vertical con la primera frase del libro: “Abrió los párpados y le entraron todas las sombras del día que se quebraba”. En su momento no leí la primera novela de Ojeda, ‘Nefando’, pero esta escritora puede llegar a ser adictiva: ya he reservado un ejemplar.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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