Crónicas de la lectora devota

La ciencia ficción actual es una combinación de varios puntos de vista y sensibilidades distintas. Por un lado, está la necesidad de construir una idea del futuro que englobe las grandes preguntas existencialistas contemporáneas. Un esfuerzo que abre las posibilidades no sólo al relato como hecho literario, sino a su proyección como expresión filosófica sobre la incertidumbre. El gran cuestionamiento sobre lo que ocurrirá en el futuro o en todo caso, lo que aspira o teme la cultura pueda ocurrir, encuentra en la ciencia ficción una forma de estructurarse en algo más novedoso que la predicción, el deseo o la profecía inconclusa. Y justo es esa capacidad del género para expandir su percepción sobre la naturaleza humana enfrentada a los terreros poco claros de lo que acontecerá, lo que le hace tan poderosa, complicada y en especial, consistente.

Sin duda por ese motivo, Arthur C. Clarke escribió lo que se considera su último gran manifiesto acerca del futuro y la vida del hombre, como parte de un presente continuo difícil de describir: “Que la humanidad reciba alguna evidencia de la vida extraterrestre, que abandone su adicción al petróleo a favor de otras energías más limpias, y que el conflicto que divide Sri Lanka llegue a su fin y se imponga la paz”. Lo dijo, no en la forma de una premonición ni tampoco, una adminición. La gran figura de la ciencia ficción imaginó la forma en que el futuro podría reconstruirse en beneficio de una herencia cultural que el desbordaba y en todo caso, era mucho más compleja de lo que podía imaginar para entonces. Lo curioso de la frase — y sus implicaciones — es que el autor de novelas como Cita en Rama o La ciudad y las estrellas siempre estuvo convencido que restaba muy poco esa primera gran conversación con el futuro y sus posibilidades, la confluencia de todo tipo de bondades hacia siglos de una prosperidad intelectual en al que la sociedad pudiera aprender de sus grandes errores pasados.

Parte de esa certeza, está en su cuento corto El Centinela, que analiza no sólo el hecho de la experiencia del ser humano al comprender sus límites y su asombro por el infinito que le rodea, sino también el peligro que entraña esa experiencia. Publicado en 1951, el cuento es una revisión sobre todos los tópicos habituales del género de ciencia ficción, pero además, hay algo más: un raro pesimismo que se adivina entre líneas. Una extrañísima visión sobre esa esperanza difusa impulsa al ser humano a creer que no está completamente sólo, que más allá de los confines de su imaginación, hay algo más.

Pero por supuesto, el cuento no llega a responder preguntas — no lo intenta — y esa incertidumbre difusa fue lo que hizo que se le catalogara como “pretencioso y arrogante”, una crítica que soportó por décadas. No es algo sorprendente: El género de ciencia ficción siempre ha estado en entredicho, quizás por los desiguales resultados de las propuestas o por esa insistencia en los clichés y lugares comunes que en ocasiones, ha creado un subgénero por derecho propio y no siempre, de verdadera calidad fílmica. Cual sea el caso, La ciencia ficción es una de las variantes más profundas e ingeniosas de la visión científica del arte — o en todo caso, esa percepción de lo científico interpretado desde el cariz de la imaginación humana — que le brinda símbolos y metáforas propias. Una manera de comprenderse por completo nueva y sobre todo, en constante renovación. Después de todo, la ciencia ficción es quizás la visión más prolífica y audaz sobre la naturaleza humana, los infinitos matices de la imaginación y más allá, esa insistente necesidad del hombre de cuestionarse así mismo una y otra vez.

Es probable que por eso, Bewilderment de Richard Powers, la continuación de la espléndida The Overstory (2018), sea una búsqueda consciente sobre la naturaleza humana enfrentada a su extinción, en un futuro lleno de dolor pero también, consciente del tránsito entre el bien y el mal de una cultura que mira sus propias heridas con atención. A pesar de su evidente comentario político, su aguda preocupación por el medio ambiente y la capacidad del escritor para enlazar tramas paralelas sobre lo incierto de un futuro sometido a una catástrofe mayor, Bewilderment no es tan vasta como su predecesora. En esta ocasión, Powers parece más interesado en una mirada más tensa sobre el bien y el mal colectivo. Y de la misma manera que Arthur C. Clarke expresó en su oportunidad sus anhelos por un tránsito de los equívocos a la esperanza, Powers decide crear en su por ahora duología una visión sobre el porvenir que busca construir la experiencia de la esperanza a través de las posibilidades.

Powers está obsesionado con las particularidades del género humano. En The Overstory, el escritor planteó la supervivencia sobre la posibilidad de encontrar las respuestas en lo invisible. El libro ponderó con cuidado acerca de la naturaleza como un espacio elemental y en especial, lo sugerido como fuente de una sabiduría ancestral. Alabada por la crítica por su forma de mezclar el tópico ecológico con algo más amplio y espiritual, el relato a tres voces pareció además recorrer algo más poderoso y sincero sobre el futuro como hecho inevitable. Powers ponderó las preguntas sobre la moral, el tiempo, el transcurrir del tiempo y en especial, los hilos que vinculan la desconstrucción de la identidad social con algo más íntimo. Con su sociedad vinculada y conectada a la naturaleza en una comunicación poderosa que trascendía el planeta y alcanzaba nuevas latitudes espaciales, Powers logró establecer un pequeño hito en la ciencia ficción de las últimas décadas. El hombre por el hombre. El anuncio del temor y la percepción de lo apoteósico como una persistente concepción sobre lo emocional. El futuro esta vez, está en manos de hombres en busca del bien. ¿Utópico? ¿alentador? Lo que sorprende es que esa mirada profunda y analítica sobre la identidad del hombre y sus particularidades, no incluya un juicio de valor. La interpretación sobre la ciencia ficción de Powers, no se limita a una inteligente reflexión sobre las posibilidades que el futuro puede ofrecer — que también, lo es — sino una meditada comprensión sobre lo que hace al hombre ser una criatura racional y más allá de eso, una excepción en medio de la naturaleza. Una y otra vez, Powers se plantea la naturaleza humana como un misterio en sí misma, un descubrimiento asombroso y lo que resulta aún más desconcertante, una fuente de maravilla. Quizás, ese sea la cualidad que hace que Bewilderment, como secuela inmediata de un éxito de género, sea comprendida como la renovación de un lenguaje literario que hasta ahora, asimiló la cualidad del hombre como criatura natural como parte de una serie de ideas más o menos sustentables, pero nunca lo suficientemente sólidas como para sostener la complejidad de un planteamiento único.

Pero en Bewilderment, Powers se atreve, construye y evoca a la ciencia ficción como un reflejo no sólo de lo que el ser humano Es, sino como una idea que se elabora a través de sus matices y se asume como parte de lo que creemos esencial. Una interpretación fundacional y primitiva sobre lo que el hombre comprende como su propia humanidad. Por supuesto, que la ciencia ficción tal y como la comprende Powers es un terreno difícil: no solo se trata de construir mundos — lo que en esencia, es el mundo de la escritura — sino además, también, reformular el propio en inspiradas y en ocasiones, inquietantes visiones. Y eso, no siempre es sencillo, mucho menos manteniendo ese necesario equilibrio entre la realidad y la ciencia y la imaginación que identifican al género. Por eso, la reflexión sobre el futuro y el tiempo de Bewilderment tome lugares totalmente nuevos. Una concepción del hombre vinculado de manera muy directa con las consecuencias de sus decisiones culturales y más allá filosóficas.

Además, Powers logra con Bewilderment, un raro mérito: el de revolucionar un género en esencia vanguardista. Tantos en planteamientos como conceptos, Bewilderment crea toda una nueva perspectiva sobre el futuro como una versión ecológica y poderosa de la fe. ¿En qué cree una cultura sin Dios, esencialmente dedicada a la ciencia y aterrorizada por lo fundamental que le espera? El mundo que describe Powers en Bewilderment, es un tránsito fundamental entre dos extremos. Es el mismo universo de su primera novela — que ya sorprendió por su amplitud, sustancia y coherencia — pero a la vez, tiene matices novedosos. Ahora, el viaje al espacio — a cien años de distancia de cómo lo concebimos en la actualidad — se vincula a un tipo de sueño colectivo con cierta concepción de lo urgente. Para Powers, la distopía y la utopía se confunden para construir una visión del futuro hermosa, que roza la ciencia sin sujetarse a ella por completo, que analiza la cultura y quizás la crítica, pero siempre mantiene la esperanza. En una rara hazaña, Bewilderment es capaz de brindar un cariz realista a la pretensión de crear un futuro a la medida de lo que fue un plan multidisciplinario antiguo. “Las generaciones que nos precedieron construyeron el futuro” dice uno de los personajes, mientras contempla un mapa diversificado y específico sobre la forma en que la naturaleza que fue parte de la tierra predijo lo que es el ahora de la novela. “Es curioso cuando lo que deseamos crear, se conecta con lo que ya está creado. No existe el tiempo, si lo miras así. Todo ocurre bajo un mismo lugar y prácticamente, al mismo tiempo”.

Este juego de planos cronológicos convierte a la novela en una precisión constante sobre lo moral, lo espiritual y lo intelectual. El personaje principal y narrador Theo Byrne es un astrobiólogo que tiene la misma visión que el libro anterior de Powers: el mundo puede reconstruirse a raíz y desde la visión del tiempo como algo más elaborado y sustentable. De modo que termina por crear un modelo de predicción que es capaz de traducir el lenguaje de la naturaleza y llevarlo a un segundo nivel: si en su anterior relato, Powers mostró como esta concepción sobre la naturaleza como origen de todo conocimiento, en Bewilderment lleva la idea a un plano nuevo y lo expresa bajo nuevas características y consideraciones. Por supuesto, se trata de un plan ambicioso que choca con la vida doméstica de Theo, padre de Robin, un adolescente huérfano de madre y con problemas de conducta. De hecho, es la viudez de Theo la forma en que Powers logra construir con meticuloso detalle su humanidad, en paralelo a sus largas horas en laboratorio y sus presunciones sobre a lo que debe enfrentarse a medida que su experimento — “ese lenguaje primigenio de las plantas, esa vieja tierra, que ahora nos relata su historia” — se hace más un proyecto vida a futuro, que una mera percepción del tiempo y el espacio.

Las dos visiones sobre la vida en el futuro colidan y chocan. Mientras Theo batalla por llevar los conocimientos aprendidos de la tierra a otras latitudes espaciales, Robin lidia con la muerte de su madre y la distancia emocional de su padre. Entre ambas cosas, el mundo del futuro se muestra, se hace cada vez más singular y elaborado. Este es un mundo en el que los árboles hablan, se comunican, cuentan historias. También es el mundo en que un adolescente debe defenderse del acoso en la escuela — “ni cien años han cambiado la dureza de estrato cotidiano que debemos enfrentar” piensa Theo, cuando Robin termina herido y casi expulsado luego de una pelea entre alumnos — y a la vez, analizar la posibilidad de un viaje espacial a veinte años de distancia. El tiempo para la Tierra corre de manera distinta, se vincula a situaciones por completo nuevas, se sostiene sobre algo más elemental que el contar de los años: la vejez es un miedo eclipsado. Pero el tiempo en su lugar carece de referencias, lo que hace la atmósfera de la novela más extraña. De modo que Robin, es un niño que lo será por muchos años. Theo, un adulto que nunca envejecerá del todo. Entre ambos, la convicción que el dolor del duelo les unirá por más tiempo del que pueden comprender, comienza a ser un peso duro de sobrellevar.

Pero también, Powers utiliza a Bewilderment para analizar las estratificaciones del poder, los gobiernos y como el conocimiento puede crear una autoridad dictatorial por el mero hecho de concebir a la sabiduría como atributo. En una de las escenas más duras de la novela, Theo debe batallar para evitar que Robin sea recluido y incluso, sometido a tratamientos psiquiátricos. “Nadie entiende la pena, la congoja y el dolor. Mi hijo sufre el duelo por la muerte de su madre, así que su cordura se somete a votación. Hasta ahora, los votos son dos de Asperger, un probable TOC y un posible TDAH”. Theo se niega a que Robin sea medicado, encerrado o apartado de la casa familiar “por su bienestar, como si el mundo cada vez más frío y helado y las emociones humanas no encajaran en ninguna parte. No estuvieran aquí o en el ahora, sino en una brumosa percepción de lo que el mundo puede ser cuando sentir no era algo prohibido o que desbordara el temor”.

Bewilderment de hecho, es una narración íntima y pequeña sobre el futuro que completa de alguna forma a The Overstory. Es una descripción detallada de la utopía que en realidad podría no ser otra forma que una distopía cuyas aristas sólo se comprenden en la cercanía. Powers construye lo que parece doloroso en su imposibilidad: mirar al futuro desde su doble prisma de asombrada probabilidad y también, desde los pequeños dolores del ser humano, en creación constante de algo más grande, definido y vibrante. Al final, Bewilderment es un recorrido por las promesas del futuro cumplidas, pero también, de la condición desconcertante de mirar el hecho del hombre — como parte de una estructura mayor — en busca de significado. Tal vez el punto más alto, interesante y singular de lo que hace al hombre ser lo que es y a la vida, lo que puede expresarse como ideas más elaboradas sobre su propio contexto. Sin duda, el mayor y más alegórico triunfo de una novela en busca de la desazón, que mira lo incierto con una ambigua amabilidad y la concepción del tiempo como algo más notorio. Su punto más alto.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

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