Crónicas de la lectora devota:

El idioma, la llamada geografía mental e intelectual, es de enorme importancia para la comprensión de cualquier texto literario. Los matices, el ritmo e incluso, la estructura que condensa y sostiene una narración le brinda una identidad única, que rara vez puede imitarse o trasladarse del todo a una segunda lengua. De allí, la importancia considerable de la traducción y en especial, de la forma en que el lenguaje — dialectos, jergas — puedan utilizarse creativamente, para sostener una narración, brindarle profundidad o un nuevo tipo de belleza.

La escritora Jhumpa Lahiri ha experimentado con el tema desde hace más de veinte años. Lo ha hecho, no sólo desde lo obvio — con el aprendizaje de un segundo idioma y narrando desde la dificultad de una lengua que no es la suya — sino además, creando una percepción sobre lo narrativo en conjunción con el lenguaje como un binomio elaborado. Por supuesto, se trata de una labor complicada, que además, conlleva deconstruir la forma en que se concibe el lenguaje y Lahiri lo ha hecho. En su colección de cuentos ganadora del Premio Pulitzer The Interpreter of Maladies (1999), que elaboró y retrató la inmigración desde la connotación de un nuevo recorrido a través de la identidad y la pérdida. Lo hizo al utilizar como piedra angular el idioma y en especial, el recorrido del sufrimiento generacional como una mirada a la identidad colectiva.

Ya por entonces, la escritora se hacía preguntas de considerable relevancia social sobre la manera en que asumía el peso del tiempo. En uno de los cuentos, una mujer olvidaba la palabra “madre” en el dialecto de su tribu y regresaba a África sólo para recordarlo. En otro, un hombre se tatuaba desde el hombro a los dedos de las manos con los nombres de su familia, en una forma de establecer un contacto definitivo y profundo con algo más cercano a la carne y a su herencia familiar, que en un nombre. En el más conocido, una mujer recita frente al espejo los nombres de cada miembro de su familia asesinados en una larga guerra sin nombres. Lo hace, con los ojos secos, “sin otro dolor que el que me produce que no reconozca ninguno”. Al final, todos los relatos de Lahiri están relacionados con algo más elaborado, poderoso y emocional que narraciones acerca de la naturaleza del arraigo, el reconocimiento del otro y el sentido de la pertenencia que sostiene el hecho de la emigración. Y es el idioma, la piedra angular de cada cuento, la forma en que la autora comunica la elaborada red de sentimientos y poderosas conexiones en medio del miedo, la ambición, la angustia y el desconcierto de lo que se construye y se reconstruye como algo más intrincado que una idea concreta sobre la individualidad.

Lo mismo hizo en su su celebrada novela The Namesake (2003), en la que retrata la complejidad de la vida de un niño de padres bengalíes, con nacionalidad estadounidense y una extensa herencia rusa. El personaje debe enfrentar su legado cultural desde el asombro y la autora encontró en la literatura y en la mezcla de idiomas, un recorrido cultural de inestimable valor. La estructura de la novela logra narrar con cuidado el tránsito de la niñez a la adultez de un hombre que en realidad no pertenece a ninguna parte, sino que además, se sostiene a partir de varias formas de comprender su propia vida. Es a la vez hijos de padres apátridas, descendiente de una larga y enrevesada línea de emigrantes sin tierras y por último, él mismo parece carecer del conocimiento real y formal sobre lo que sostiene su identidad. “¿Quién es el hombre que no puede comprender la lengua de sus padres, que lo hace a medias, que olvida la mayor parte de las palabras?” escribe el personaje, abrumado por una conversación incompleta con su madre, que insiste en usar el primer idioma que recuerda en su vejez. “¿Quién es mi padre o mi madre, si no podemos comprender lo que nos une?” La narración avanza y los idiomas se mezclan, crean un hilo conductor, cada vez más complicado y doloroso, a través de ideas más elaboradas e inquietantes sobre la pertenencia y el olvido. Cuando la madre muere, el personaje se encuentra en una desesperada búsqueda de sus raíces a través de la palabra. “Busco lo que soy a través de cada frase que pueda recordar el lugar en que comenzó mi historia”.

Whereabouts, su quinta novela y quizás la más elaborada de sus novelas hasta ahora, hace Lahiri tenga que replantearse método y forma de narración, pero también, que encuentre en el idioma, un recorrido novedoso a través de la forma en que cuenta las historias que le apasionan. Ya en 2011 y luego de haberse mudado a Roma, la escritora dedicó tiempo y esfuerzo a no sólo aprender el italiano, sino además escribir en el idioma. El resultado es una espléndida narración de transición y aprendizaje, en la que el Italiano (ese nuevo territorio que Lahiri describe como “radiante”), lo es todo. La escritora trabajó durante casi dos años en escribir una obra capaz de profundizar en el miedo del crecimiento, el recorrido por los dolores y el asombro de la vida de un emigrante, sino además utilizar al lenguaje como puente conductor entre las emociones. Para cuando fue publicado, la obra asombro por su pulcritud y también, por la capacidad de Lahiri de sostener una mirada sobre el tiempo y algo más complejo de traducir. En un extraño juego de espejos, la novela fue traducida al inglés y publicada por primera vez en ese idioma con el título In Other Words (2015). Su versión original lo haría unos meses más tarde y hubo extensas discusiones por la forma en que Lahiri analizaba y usaba el idioma como una compresión poderosa, a través del tiempo y la contradicción elaborada de lo que la lengua (materna o aprendida) puede ser como un sostén deliberado para recorrer espacios oscuros de la conciencia colectiva.

Con Whereabouts sucede algo semejante. No es sólo la siguiente novela a la ya conocida The Lowland (2013), en la que medita sobre el dolor de las ausencias territoriales y las transposiciones culturales que implican “nacer, vivir y amar en fronteras distintas” y que le valió críticas por su mirada descarnada sobre el dolor de los refugiados. También es la primera que la autora escribe en italiano y traduce de su propia mano al inglés, lo que le llevó a una notoria confrontación del texto con su origen e intención. La historia, contada en dos idiomas y que al final, es un tapiz elaborado sobre sentimientos, obsesiones y necesidades de todos los que deben abandonar la tierra natal, resulta asombrosa por su cualidad multidimensional. Además, se trata de una reflexión profunda sobre la naturaleza del cambio, la construcción de lo que la individualidad puede ser y también, la búsqueda del tiempo personal. Como si se tratara de un complicado mapa de ruta hacia la concepción de lo que somos como parte de una herencia más amplia, Whereabouts avanza a través de la barrera del idioma para encontrar en las pequeñas grietas del lenguaje, algo más sentido, emocional y conmovedor.

Por supuesto, la máxima y definitiva obsesión de la escritora es la reconstrucción a partir de la emigración. La reubicación cultural es parte de toda su obra, pero también un recorrido cuidadoso por algo más consistente y brillante. Eso, a pesar de sus preguntas e interrogantes sobre el legado que se lleva como una herencia indeleble o los choques, entre la identidad cultural y la social, como un hilo que puede romperse con mucha facilidad, para narrar algo más profundo. También cambia la voz narrativa: en esta ocasión, los múltiples narradores que Lahiri suele incluir en sus historias, se reduce a una única voz sin nombre. Una profesora de literatura y aspirante a escritora, que vive en una pequeña y también anónima ciudad Italiana, en la que prácticamente ha hecho lo mismo desde hace más de veinte años. Nuestra narradora no “conoce otra tierra, otra montaña, otros sonidos” que los del lugar en que nació y eso de alguna forma, termina por agriar su carácter de soltero abrumado por la sensación que el mundo es mucho más grande “que lo que teme pero más pequeño de lo que espera”. Entre ambas cosas, la narradora hace su trabajo — “acudo a la escuela, leo en voz alta, desaparezco en los murmullos de los alumnos” — escribe capítulos de una novela cada vez más larga y además, sueña con un viaje impreciso. “No sé a dónde quiero ir ni por qué querría hacerlo, pero lo hago. Busco la manera de hacerlo, de seguir este instinto que debo encontrar un lugar al cual partir, un mundo que me desconcierte”. De modo y quizás para animarse en la aventura, comienza a llevar un diario disparejo y sin fecha en el que cuenta porque desea llevar a cabo ese recorrido, imaginario, esa búsqueda, esa noción y percepción sobre “algo nuevo en mi mente que hasta ahora, haya pasado desapercibido”. Claro está, una novela semejante, depende de la capacidad de Lahiri para narrar el cambio antes que suceda y en esta ocasión, hacia dónde puede llevar esa necesidad “de no temer a los vacíos, a no encontrar las palabras para describir los objetos. Quiero ser una extraño en un lugar extraño”.

Siendo como es una historia sobre el tránsito emocional del tedio existencial y la forma en que el personaje intenta encontrar su lugar en el mundo, Whereabouts es un ciclo que se transforma con una rapidez asombrosa. Con apenas 46 capítulos, la novela narra pequeños fragmentos sobre un viaje que no ha comenzado, pero que en la mente del narrador, comienza por despedirse de varios de sus lugares favoritos. De modo que con una precisión asombrosa, la escritora crea un recorrido por la vida de esta mujer sin nombre sin otra ambición inmediata que escribir y huir “de la vida en todas las formas en que la conoce”, que está a punto de abandonar todo lo que conoce hacia destino desconocido. Los capítulos, en realidad son trozos de una bitácora desordenada, de una serie de pequeños y asombrosos detalles que unidos entre sí, sostienen algo más sustancioso y benigno que la simple impaciencia por abandonar el tedio que le atormenta.

En la calle, En la oficina, En la piscina, En el hotel, Junto al mar, En la cama, En el registro: los títulos de cada pequeña fracción de memoria perdida, se sostienen en una especie de larga cadena de elecciones, desaciertos y preguntas que el personaje recorre mientras poco a poco, se hace la idea que no volverá o al menos por una larga temporada, al único lugar que conoce. “¿Cómo te despides de cada pequeño lugar al que tu vida dio relevancia?. A partir del segundo tramo, los capítulos dejan de ser sólo descripciones de lugares físicos para hacerse más abstractos. En mi cabeza. por ejemplo, narra los estragos de una jaqueca que al final termina por convertirse en un llanto lento e íntimo por un padre muerto. Después Al amanecer, Al despertar, relata los días finales antes de tomar la decisión de viajar.

Lahiri es lo suficientemente ingeniosa como para evitar brindar detalles sobre si en realidad el viaje es imaginario o incluso, si llegará a llevarse a cabo en algún momento del futuro. Y tal vez por ese motivo En ninguna parte, antepenúltimo capítulo de la novela es el más intrigante, el más extraño, el más duro de entender. La escritora logra establecer una línea que une la convicción del personaje sobre la necesidad del cambio y a la vez, esquematizar la percepción sobre lo que necesita encontrar y a la vez, quizás no logre hallar de inmediato. “Pero necesito el recorrido, la convicción del recorrido” dice entre lágrimas. “Necesito creer que puedo avanzar y ser más fuerte en el temor a esta soledad de ser sólo parte de mi vida a medias”.

Whereabouts es también una combinación de dolores y anhelos emocionales, que no terminan de fructificar del todo y se sostienen en un tránsito que coincide (o secunda), la noción del cambio inminente. Pero para Lahiri es mucho más importante el anuncio (la posibilidad) del cambio que quizás, narrar su desenlace. “Hay todo un mundo recién nacido en alguna parte de mi pecho” dice el profesor, mientras recorre por enésima vez la calle que le llevará a su casa. ¿Es la última vez? ¿volverá al día siguiente? Mira la calle, los transeúntes, los vecinos que conoce de toda la vida. “Podría contar todas las historias de cada uno de ellos. Las he escuchado, las he vivido, me las han contado. Como supongo, todos conocen la mía, todos comprenden mi recorrido lento hasta el hombre que soy”.

A la vez, Whereabouts es una descripción de insólita belleza sobre la soledad urbana y la impaciencia por el cambio inminente. También hay algo de la desesperada necesidad por aferrarse a rutinas y recorridos dolorosos, “Soledad: se ha convertido en mi oficio. Como requiere cierta disciplina, es una condición que trato de perfeccionar”. La narradora suele encontrarse a mitad de la noche, aturdida por la posibilidad de lo que en apariencia está a punto de suceder, por lo que poco a poco, la escritora deja claro que el paso del tiempo lo es todo en Whereabouts. Lahiri lo utiliza con la misma precisión que sus traslados geográficos en otras novelas, pero en esta ocasión, intenta encontrar una forma de brindar un sentido coherente a ese recorrido por una oscuridad interior remota y hasta críptica. “Somos misterios que nadie quiere resolver” piensa el narrador, mientras fuma, contemplando el pueblo dormido y de nuevo la estación ¿de autobuses? ¿de tren?. “La soledad exige una evaluación precisa del tiempo, siempre lo he entendido. Es como el dinero en tu billetera: tú tienes que saber cuánto tiempo necesitas matar, cuánto gastar antes de la cena, que queda antes de acostarte”.

El recorrido mental y espiritual de Whereabouts pasa por todos los tránsitos emocionales y personales de una mujer — “un espíritu, más que cualquier cosa” — en busca del sentido de la existencia. Por no se trata de un tránsito grandilocuente y poderoso, sino algo más sustancioso y veraz. Un movimiento interior tan válido, coherente y potente como sus ya conocidas narraciones sobre viajes. Sólo que en esta oportunidad, se trata de un tránsito invisible, uno que podría tener o no un final, uno que podría ser algo doloroso que una simple necesidad de transformación. “He muerto en mi imaginación tantas veces, que al despertar cada día, la necesidad de huir de la pequeña oscuridad del tedio es todo lo que tengo” dice la narradora, en el último y emocionante tramo de la novela. “Soy lo que busco, lo que encuentro, lo que necesito. Y a la vez no soy nada de eso” concluye. “Pero necesito encontrar un significado al vacío”. Uno al que la escritora brinda sentido con un sentido de la delicadeza y el poder, que quizás el idioma italiano — ese trasfondo que se adivina en toda la novela — le brindó con mucha más facilidad que el inglés. Una liberación profunda y complicada sobre la identidad, pero también todas las búsquedas que llevan a pequeños lugares en sombras. Una de las principales obsesiones de Lahiri.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti

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