Crónicas de la lectora devota

El género epistolar suele ser una rara combinación entre lo ficcional y también, en cierta medida, de lo biográfico. Entre ambas cosas, la historia parece fragmentarse en docenas de puntos de vista distintos, que encajan entre sí para elaborar una historia capas de significado. Desde la puntillosa descripción sobre una Francia envilecida y dolorosamente realista en Las amistades peligrosas de Pierre Choderlos de Laclos, el doloroso diario de Ana Frank hasta el recorrido segmentado de información compartimentada en varias perspectivas distintas de Drácula de Bram Stoker, las cartas y diarios han sido un recurso valioso para comprender como se analiza lo que se relata a través de un ritmo incómodo, pero tan vital como para tener una identidad propia.

Incluso, las colecciones que incluyen interlocutores reales, como el famoso epistolario entre el escritor John Keats y su prometida Fanny Brawne, son un recorrido interesante a través de varios elementos que mezclados en la literatura, tienen un sentido poderoso sobre la connotación de la realidad. Si Choderlos de Laclos relató las intrigas de una sociedad decadente, desesperada y al final quebradiza en medio de transformaciones, bajo la excusa de un relato entre dos íntimos, la sencilla visión de Keats sobre su muerte y al final, su descripción del mundo como parte de una experiencia demoledora, reconstruyó el género hasta dotarlo de un sentido propio que desborda la idea de la individualidad hasta convertirlo en algo más elocuente que un reflejo del pensamiento y el mundo intelectual. Las colecciones epistolares, ya sean reales o fruto de la imaginación del autor, son relatos esenciales sobre el tiempo, el contexto de la personalidad de quien escribe. Quizás su punto más misterioso y poderoso.

Tal vez por ese motivo, Dear Senthuran de Akwaeke Emezi es una estructura amplia que se define por los lugares que reinventa a través de un relato íntimo. Se trata de un diario y como todos los diarios, cuenta una historia que se transmite a través de cartas, pequeños trozos de información dispersa y una narración con un sentido íntimo. Pero también, se trata de un libro que recorre con cuidado los espacios sobre la diferencia y la forma en que el miedo cultural puede manifestarse.

Los personajes de Emezi son tránsitos a través de los cuales la raza, la orientación sexual y el género se expresan como objetivos pertinentes y consecuentes de un diálogo social. Cada carta, hoja de diario e incluso, párrafos desordenados son extrapolaciones de un reflejo del mundo que Emezi relata a través de voces distintas. Y es esa mixtura entre lo que se expresa, se enlaza y se entremezcla entre lo ficcional y lo real, lo que hace de Dear Senthuran un extraño recorrido a través de varias visiones del mundo contemporáneo y en especial, de la comunidad afroamericana. No obstante, aunque pueda parecer local, la concepción sobre la diferencia, es tan universal y global como para extender su concepción en ideas distintas. El recorrido resulta vivencial, en la medida en que Emezi desdeña la posibilidad de revelar lo verídico de los relatos que cuenta y se concentra en la forma en que todos crean una versión realista sobre temas álgidos.

La escritora se hace preguntas correctas pero en especial, apunta en una dirección específica: ¿cuales son las dimensiones de la discriminación actual? Ya sea por el color de piel, la sexualidad o en todo caso, el hecho de ir en contracorriente contra ideas preestablecidas, Dear Senthuran es una lectura amplia sobre las condiciones del bien y del mal, la moral, la belleza y el dolor, convertidos en testimonios profundamente duros sobre la condición del ser humano en la época contemporáneo. Si algo brilla en el relato coral de Emezi es la sinceridad abrumadora para admitir la diferencia. La condición del prejuicio como un hecho que pueda suponer y conducir hacia algo más pertinente y notable. Emezi, afroamericana y queer, es quizás una voz que aspira a la libertad. Pero su principal objetivo es también abrir los espacios para debates sobre temas minoritarios que parecen carecer de importancia en el ámbito de las grandes cosas.

Hay una condición infalible y peligrosa en el hecho de construir un concepto consistente sobre quienes somos en una época en la que todo está sometido a debate. También, en medio del punto de vista de un puñado de personajes desconcertados por la probabilidad de encontrar un reflejo en que puedan reconocerse. “No es sencillo ser distinto, pero es más duro intentar encajar en el lugar que no perteneces” dice uno de los personajes de Emezi, abrumado por la culpa de su sexualidad y la búsqueda incesante de algo más profundo que la mera idea de algo más grande.

“¿Qué ocurre cuando simplemente no perteneces a ningún lugar?” se pregunta Emezi a través del coro de voces que narran lo cotidiano con una prosa elegante y delicada. “¿Qué pasa cuando ninguna calle, ciudad, país es lo suficientemente amplio para acogerte?” La pregunta puede parecer tramposa, hasta que se enlaza en algo más inquietante: el hecho real que hay una soledad inmensa y dolorosa en un recorrido que evade explicaciones sencillas. Desde hogares pobres hasta elegantes pisos con vista a ciudades extraordinarias, Dear Senthuran es un viaje hacia los lugares interiores de sus personajes, hacia los espacios inestables que se enlazan sus vivencias como algo más sensible que solo una descripción de lo que viven.

Uno de los puntos más dolorosos del libro, se analiza en la primera carta del extenso volumen de pequeños relatos individuales que al final, crean una historia extraordinaria. En ella, la narradora anónima se describe a sí misma como “monstruo” por el mero hecho de ser una mujer transgénero. No es un epíteto grotesco ni tampoco, una forma de insulto. Se trata de la única manera en que puede traducir la sensación perenne que provoca el rechazo del mundo que le rodea. “Las criaturas exiliadas y marginadas contemporáneas no producen miedo, sino que resaltan la incapacidad de la cultura para admitir lo ajeno, lo diferente, lo inexplicable, lo que empuja al cambio” dice la narradora con pesimismo. Escribe la carta sin destinatario, tampoco la firma. Solo desea contar, a un invisible interlocutor, el duelo que pesa sobre su vida por la incapacidad de amar, mostrarse e incluso, verse com lo desea, sin exponerse a un tipo de refinada violencia. “Los monstruos caminamos a la sombra, como aberraciones a quienes les resulta imposible vivir a la luz del día. Corremos, huimos, disimulamos. No somos otra cosa que huérfanos de una perpetua sensación de insano cansancio. No es fácil luchar cuando el enemigo tiene todas las de ganar y de hecho, ganará al fin y al cabo”.

De hecho, Emezi parece muy interesada en dirimir el conflicto sobre la marginación a través de la idea que todos, antes o después, seremos discriminados, incluso aunque hagamos un intento considerable por ser idénticos al otro. “Nuestra sociedad está configurada para rechazar, incluso a los iguales. Como capas superpuestas de discriminación, hay una evidente predisposición a la cualidad del yo, a la eventualidad del ahora y a la búsqueda de un futuro que no existe”. Por supuesto, podría decirse que se trata que Emezi — guionista y también, artista dedicada a videografía cuya obra construyó un discurso basado en la identidad negra — tiene respuestas a interrogantes dolorosas, mucho más precisas que las de otros tantos escritores que han intentado disertaciones semejantes a las suyas.

Pero en realidad, se trata de un recorrido de puro sufrimiento que en esta ocasión, tiene un rasgo íntimo. Porque ya sean ciertas o no las cartas, páginas de diarios o confesiones de expresiva belleza que el libro incluye, el hecho es que su poder para sostener una historia mayor tiene la solidez suficiente para conmover. Pero si para Emezi la monstruosidad radica en la diferencia, entonces como dice la primera y estremecedora carta, Dear Senthuran implica algo más que una mirada sobre lo que nos separa, las incontables grietas que abren abismos en un mundo fragmentado de origen. Para la segunda carta, Emezi insiste en que todos estamos destinados a ser “monstruos, porque bajo la piel, somos deseos reprochables, pecados y secretos simples. Monstruos de las puertas cerradas, del desamor y la desesperanza. Criaturas rotas sin reparación posible. Accidentes sin otra concepción de su existencia más allá del absurdo”.

Para Emezi, veterana del realismo mágico y el relato simbólico cultural Dear Senthuran es una aventura. También una apuesta alta que evoca sus intentos anteriores por narrar el mundo real a través de subterfugios que transformen el dolor en lecciones. Tal como y como hizo en su libro Freshwater (2018), en que el analiza la identidad detrás de la metáfora de la raza convertida en una forma de enfermedad y la novela The Death of Vivek Oji (2020), en la que profundiza en su obsesión por lo sobrenatural como trasfondo de los horrores cotidianos que achacamos al odio, la escritora busca una forma de relatar con cuidado su angustia existencial, pero sin mostrarla de manera directa. Con sus largas reflexiones dedicadas a amantes, otros escritores, amigos, doctores, deidades e incluso al silencio, Emezi está en la búsqueda de deconstruir la idea de lo monstruoso en una época silenciosamente violenta, que evade explicaciones sencillas.

De hecho, Emezi utiliza el recurso epistolar para narrar las partes más duras de su vida, tal y como si le ocurrieran a otros. Tal y como si fueran parte de algo más grande, elaborado y considerablemente más complicado. Desde su cirugía de reafirmación de género, el amor no correspondido, el conflicto con sus padres, las cartas de Dear Senthuran son extrapolaciones del miedo convertido en algo más. Incluso cuando toca temas en apariencia sencillos como el desencanto profesional y el síndrome de impostor — que Emezi sublima a un nivel por completo al transformarlo en una criatura en sombras que acecha — el libro conserva una profunda condición sobre el individuo que se define con dificultad, que busca la manera de entender la condición de la diferencia y hacerlo a través de la libertad de las palabras. Porque en determinado punto, Dear Senthuran es una oda a la maravilla, al poder y la sustancia de la palabra como ente transformador.

A medida que Emezi avanza en sus memorias (ocultas y traspuestas en una red de delicados vínculos entre pasado, presente y futuro), su ya célebre proclama que “ser transexual le equiparaba al monstruo de Frankenstein”, se eleva a un nuevo nivel. Ya no se trata solo de contar su vida para entender la de otros, sino de narrarse a sí misma. Para su segunda mitad, es evidente que Emezi no tiene verdadero interés en ser comprendida sino en comprenderse, un ligero matiz que para sus últimas páginas se hace una sublime declaración de intenciones. “Este libro es un tesoro, es una puerta, pero también es una cerradura” explica en una de las cartas más estremecedoras de la colección. “Este es un libro que busca crear un monstruo con partes sueltas y lastimadas de la vida, que se sostiene y se afirma con el monstruo que soy, que podría ser pero que en realidad, no es otra cosa que realidades en blanco en busca de ser completadas, aniquiladas o reconstruidas”. Para Emezi la vida es una búsqueda constante. Una poderosa, una espléndida. Una contundente, una tan delirante y en ocasiones disparatada que solo puede comprender a través de un relato que está hecho a su medida, un reflejo en el espejo. Una carta sin firma que se envía a sí misma como un recorrido hacia otro lugar más poderoso que el tiempo en su forma más refinada. Quizás, lo más poderoso de un libro destinado a una mirada profunda sobre lo que somos y quienes deseamos ser.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti

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