Crónicas de la lectora devota

La percepción sobre lo masculino, lo viril y lo que se analiza a través de una idea amplia sobre el hombre, suele ser una de las grandes obsesiones de la literatura contemporánea. En especial, en una época en la que reconstrucción del ideal masculino y la concepción sobre los géneros, atraviesa una lenta transformación hacia ideas más sofisticadas relacionadas con la identidad y expresión de género. También con la exploración de la orientación sexual no como una diferencia o espacio de exclusión, sino un elemento esencial para profundizar en la visión del mundo y la realidad de los personajes. Se trata de una percepción rupturista que le brinda una nueva dimensión a los cuestionamientos sobre el hecho del género, el sexo y en específico, la sensibilidad del hombre como parte de algo más complejo que un canon cultural.

Mucho más, si se trata de preguntas directas acerca de la forma en puede expresarse la sexualidad masculina, sus espacios brillantes y oscuros, su recorrido a través de regiones abstractas del individuo como parte del colectivo. Se trata además, de una mirada escrutadora sobre la noción del ser, a la vez, emparentada con algo más duro de asimilar desde el punto de vista de la identidad. El sexo y la masculinidad suelen ocupar espacios singulares dentro de la cultura pop, pero en especial, en la manera como se interpreta el comportamiento del mundo. Por eso, cualquier tipo de salvedad o graduación sobre lo que un hombre puede desear, anhelar o, en la forma en que se define más allá de los estereotipos habituales, es motivo de un debate incómodo y casi siempre, confuso. La ficción sobre las relaciones entre hombre — ya sean filiales, fraternas, románticas, sexuales — suele llevar a cuestas el prejuicio de lo clandestino y lo poco convencional.

También, tocar la perspectiva del tabú convertido en análisis acerca de lo privado. Todo lo anterior, se reflejarse en la literatura a partir del dolor, el desencuentro, el desarraigo y la tragedia. Una combinación que parece llevar implícita cierta angustia existencial y, sobre todo, una velada censura sobre relaciones que, la mayoría de las veces, reciben el incómodo epíteto de imposibles. De hecho, la percepción sobre las relaciones románticas y sexuales entre hombres, suele asumirse desde el parámetro del miedo y la comprensión de su imposibilidad de origen, como si se tratara de una percepción a flor de piel sobre la posibilidad del desencanto. Una versión de la realidad al margen de una idea más profunda, pero sobre todo, de una concepción mucho más persistente sobre el prejuicio como valor secular.

Sorprende, que semejante criterio impere incluso en el trasfondo literario más refinado y académico. Según un extenso artículo del New York Times de 1999, en que el escritor John Updike realizó una crítica muy poco benevolente sobre la novela The Spell (1998) de Alan Hollinghurst. En ella, insiste que la versión sobre la sexualidad del hombre siempre estará sometido al secreto o en el mejor de los casos, al dominio. En el caso de relaciones románticas, el criterio es mucho más duro: Updike insinúa que cualquier historia sobre el amor entre dos hombres debe enfrentar el inmediato handicap de encontrarse a la deriva entre géneros. ¿Cómo puede clasificarse una obra donde el amor no es más que una excusa para la lujuria pero no lo admite? se preguntaba el autor, a medida que exploraba la novela desde el cristal del hombre sometido al deseo. Además, aseguraba que las historias de homosexuales no interesaba al público en general. “No se trata de nada que resulte especialmente interesante como objetivo narrativo” escribía Updike, sobre la maravillosa prosa de Hollinghurst y su recorrido por la poderosa capacidad del despertar sexual masculino.

Resultó desconcertante que Updike, autor de varias novelas que utilizan el elemento sexual de manera directa y concreta, se haya quejado que en Hollinghurst utilizaba el sexo como “auto gratificación” y además, que convirtiera la historia en un juego “implacablemente gay” que carecía de todo aliciente “para cualquiera que no estuviera interesado en el tema”. Para Updike, la falta de consistencia en las historias homosexuales parecía radicar directamente sobre la imposibilidad y su completa inutilidad, al contrario de las heterosexuales, que “implican la perpetuación de la especie y las antiguas estructuras sacralizadas de la familia”.

A criticas semejantes tuvo que enfrentarse André Aciman cuando Call me by your name (2007) fue considerada una “fantasía sexual levemente cursi” por buena parte de los críticos. La novela se calificó de poesía nostálgica en el contexto de la adolescencia. A cambio, el escritor contraatacó en un extraordinario ensayo y dejó claro que su novela “no pretende redefinir el amor sino convertirlo en una versión de la belleza inexplorada”, criterio que sostiene no sólo su obra posterior sino esencialmente, el punto de vista de Aciman sobre las relaciones homosexuales. Tanto para Aciman como para Hollinghurst, el amor entre hombres tiene un dejo de autodescubrimiento, osadía y finalmente, algo muy semejante a un expresión de profunda convicción sobre la individualidad convertida en un ardid erótico y sensorial de extraordinarias proporciones.

En un espacio intermedio entre la percepción de lo erótico como puente para el autodescubrimiento planteado por Aciman y la belleza voluptuosa casi icónica de Hollinghurst, se encuentra El poder del perro (1967), la extraordinaria novela debut de Thomas Savage. Como si se enfrentara la percepción de Updike sobre “el hombre aislado en su circunstancia”, la novela es una magnífica exploración sobre la fenomenología de la lujuria y algo mucho más profundo que elabora una versión de la realidad extravagante y casi dolorosa. Ambientada en la Oklahoma de principios del siglo XX, la novela utiliza el concepto del país que debe luchar contra sus prejuicios, para comprender la sexualidad en una sociedad en la que el tema se considera tabú y la homosexualidad una forma de pecado que puede convertirse en una idea fronteriza sobre el bien y el mal. En la novela de Savage, el deseo masculino — focalizado y brumoso, en mitad de la violencia — sigue siendo un prejuicio con el cual luchar y una forma de estigma, por lo que contradiciendo a Updike, se trata de una concepción del yo más cercana a la búsqueda de la identidad a través del cuerpo. Para el autor, el sexo se convierte en un vehículo de expresión, de conocimiento pero sobre todo, una profunda percepción de la intimidad que plasma a través de una prosa lóbrega, elaborada sobre la dureza de cierta melancolía amarga.

Claro está, la novela también es una forma de provocación: Phil Burbank es un hombre enfurecido, violento y obsesionado con el poder. Lo deja claro en varias ocasiones y también, su rechazo a cualquier debilidad. “Soy la tierra misma de esta Montana de piedra, de vientos secos y animales salvajes” dice con una petulancia infantil en uno de los primeros párrafos del libro. Por supuesto, es un estereotipo sobre la masculinidad poderosa. Como propietario de un rancho en que debe actuar no sólo como administrador, sino también, como capataz y obrero, atento vigilante y figura de autoridad, Phil está convencido que no puede mostrar la más mínima debilidad. Aun así, Savage de vez en cuando le muestra como una criatura dividida entre la necesidad de ocultar sus emociones — también el deseo o la percepción de lo erótico — y satisfacer el impulso primario a través de una meditada óptica sobre el absurdo de la búsqueda del placer. Cuando el personaje finalmente encuentra la gratificación, también atraviesa espacios mentales llenos de matices. De hecho para Phil, el sexo son escenas borrosas, de las que apenas recuerda nada después y que describe como “rostros en la oscuridad”. Pero el personaje además, es poderoso en su convicción de un cierto liderazgo primario, elemental, lo que le obliga a convertir al rancho (su cuerpo, su mente) en espacios graníticos sin apenas otro punto vulnerable que sus largos silencios angustiados. Savage avanza hasta encontrar una percepción sobre el bien y el mal recóndito y amoral, pero también, los matices de algo mucho más vívido del sexo casual a través de lo temores de Phil. Entre ambas cosas, el escritor crea una atmósfera brumosa y agria, profundamente existencialista y sobre todo, una limpia crítica a los tabúes como elemento desigual que rige el norte y el secreto personal.

Por años, Phil permanece a solas en su territorio — “el coto personal que divide el tiempo de Phil en un ahora continuo” escribe Savage — hasta que su hermano George, que comparte la propiedad del rancho pero por años se mantuvo a distancia, regresa en compañía de su nueva esposa. Rose, una mujer nerviosa y frágil, despierta en Phil una inmediata antipatía. También se la provoca el hijo de Rose, Peter, un adolescente misterioso, brillante y tenebroso que Phil no comprende del todo. “Es una criatura endeble en mitad de su crecimiento, más cerca de la muerte pálida de una chica que de la vida de un hombre” se burla Phil apenas le conoce. Pero Peter le mira imperturbable. No se sonroja hacia las críticas a su aspecto aniñado, ni se conduele de las burlas o se preocupa por el rechazo del nuevo pariente. En realidad, mira a Phil como una criatura remota y peculiar, sin otro interés que entender su comportamiento. “Phil me atemoriza” le comenta su madre, abrumada por el desprecio instantáneo de su cuñado. “Me provoca la misma admiración que un conejo abierto en dos, con las entrañas expuestas” responde Peter, que sueña con ser médico y destripa animales salvajes por diversión.

El ritmo de la novela es lento, preciso y también, con toda la elaborada oscuridad de un escenario gótico que no revela sus intenciones sino en sus páginas finales. E incluso ahí, Savage encuentra la forma de estructurar el peligro y el acecho como emociones conjuntivas que se elaboran como una emoción retorcida y a punto de estallar. Phil poco a poco se convierte en un villano retorcido, con tantos puntos en común con los tradicionales vampiros literarios, que el escritor incluso le describe como uno. “Pálido, de rostro hermoso como esculpido en mármol, los ojos enormes y azules, el cuerpo sin edad de un hombre tallado en piedra”. Pero es Peter el personaje que recibe una mirada meticulosa, lo que permite que su rápido desarrollo hacia algo más que un adolescente de conducta peculiar, sea tan brillante como deslumbrante.

La novela es un crisol de experiencias que se superponen entre sí para crear una atmósfera cada vez más agobiante. Phil, que pasó buena parte de su adolescencia y primeros años de edad adulta en el rancho, dedicado a los oficios de la tierra y a la sombra de un capataz que le tenía por pupilo, comienza poco a poco a mostrar su lado más vulnerable. Peter, que con su aspecto afeminado y frágil sufre las burlas del resto de los vaqueros y al principio, del propio Phil, se muestra como una personalidad perversa y manipuladora, tan violenta como imparable. Cuando el inevitable choque entre ambos ocurre, es evidente que el adolescente — “su misterio, su fuerza, su poder, provenía de un lugar oscuro, más oscuro del que Phil había sospechado pudiera existir” detalla Savage — no sólo es capaz de destruir a su némesis con una facilidad de pesadilla, sino que lo hará, sin recurrir a otra cosa que su ingenio.

Hay algo doloroso y vívido en la percepción desigual entre la relación de Phil y Peter, lo que ambos comparten — una especie de affaire sexual que no llega a la consumación con una conexión intelectual no del todo definida — que convierte a la narración en una búsqueda algo escueta sobre símbolos y significados personales. Savage muestra una comprensión despiadada y dolorosamente bella sobre las raíces del miedo, la orfandad espiritual y la búsqueda del significado intelectual. De hecho, buena parte de la novela, es una contundente respuesta a la trivialización y banalización de la sexualidad masculina reprimida. La narración de Savage sobre la vida, la lujuria y la melancolía de la juventud perdida, crea un marco perfecto para exponer el proceso de la verguenza de la sexualidad convertida en dolor, prejuicio y humillación. El secreto incómodo, la sexualidad convertida en un riesgo medido: todo se muestra en medio de una profundidad que asombra por su agudeza. Para Savage, sus personajes están condenados a repetir el pasado, aplastados por los ciclos incompletos creados por el dolor y el sufrimiento anónimo.

Por supuesto, habrá lectores que insistirán que la historia de Savage no es del todo universal y que Updike, después de todo tenía razón. Pero en la medida que se profundiza en El poder del perro, la percepción más amplia sobre el amor malogrado, la belleza y el terror crean una concepción sobre la historia que trasciende los límites sobre lo que cuenta, para crear algo más elaborado, sensitivo y audaz. Un enigma dentro de un enigma, que por supuesto, tiene poco o ninguna relación con lo que se espera de ella o lo que se supone puede ofrecer el epíteto de novela existencialista. Al final El poder del Perro, es una narración que intenta analizar búsqueda de individualidad desde lo espiritual, una creación dolorosa sobre la sensibilidad y sobre todo, una crítica versión del terror. Una mezcla casi imposible que Savage logra con un éxito arrollador.

Vi El poder del perro en Portland, Oregón, en el Hollywood Theatre, que abrió sus puertas en 1926, justo un año después de los acontecimientos centrales de la novela. A menos de dos cuadras del teatro se encuentra el Hollywood Transit Center, donde en 2017 dos adolescentes, ambas negras y una de las cuales llevaba un pañuelo en la cabeza, fueron abordadas en el tren ligero por un hombre que gritaba insultos contra los musulmanes. . Cuando tres pasajeros varones intervinieron para proteger a las niñas, el agresor las atacó con un cuchillo, matando a dos e hiriendo gravemente a la tercera. Durante los meses posteriores, el centro de tránsito se duplicó como un santuario, decorado con flores y pintado con tiza con expresiones de dolor e indignación.

Mientras tanto, los extremistas de derecha con los que se asoció el perpetrador continúan predicando el odio y la violencia, alentando a sus fieles a atacar en lugar de encontrar el coraje de mirar hacia adentro. Es posible que el sol se haya puesto en el género occidental, pero aún debemos recordar que aquellos con los sombreros más grandes tienen menos ganado.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

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