Crónicas de la lectora devota:

En ocasiones, hay libros a cuya publicación precede una considerable convulsión cultural. Ya sea por su contenido, las corrientes históricas que provocaron su escritura o el momento en que se publican, se convierten en símbolos, incluso antes que cualquier lector haya podido leer la primera de sus páginas. Algo que por supuesto, crea un fenómeno que brinda importancia al hecho de la literatura como reflejo cultural y además, del ánimo colectivo. Cuando un libro es capaz de provocar un efecto relevante por el solo hecho de tocar un tema sensible que despierta inquietud incluso antes de ser analizado, su publicación se vuelve un evento de una repercusión generacional. Una diatriba que sostiene una discusión más profunda y complicada que incluso, lo que el texto puede relatar o en todo caso puede mostrar en su perspectiva sobre lo que narra.

Poco después del juicio que permitió la publicación íntegra de El Amante de Lady Chatterley de D.H Lawrence en Inglaterra, se publicó los argumentos de la defensa y también, la forma en que había reaccionado el jurado. La mayoría del debate, se basaba en las opiniones de la lectura de Lady Dorothy Byrne, esposa del juez a cargo, y lo escandalizada que se encontraba por el uso del escritor de palabras “grotescas”. Durante el juicio se leyó una y otra vez pasajes que narran situaciones “terribles” según la acusación, ante el rostro desconcertado del público y el jurado. Más tarde, uno de ellos diría a un periodista “no podía creer que un adulto jamás hubiera pensado en lo que ocurría entre las mujeres y los hombres, tal y como lo describe el libro”.

Al final, la decisión fue rápida y certera: el libro podía — y debía — publicarse de manera íntegra. Pero también, hubo un curioso añadido en la sentencia, que analizaba el libro de una manera nueva. Una adenda casi inocente sobre lo que ocurría después del final feliz — realista, matizó alguien — de la historia. “Antes de que aceptara como válida, valiosa o incluso excusable la relación entre Lady Chatterley y Oliver Mellors, me hubiera gustado saber en qué clase de padres se convirtieron. El niño … Me hubiera gustado ver el tipo de casa que se proponían montar juntos; me hubiera gustado saber cómo habría sobrevivido Mellors con los ingresos de alquiler de Connie de 600 libras. Saber si adquirieron un círculo de amigos o, de no ser así, cómo sobrevivió su relación al aislamiento social”. Nunca se supo la identidad del autor del curioso párrafo, pero fue evidente que se trató de un reflejo genuino de las preocupaciones que habían inspirado tanto al fiscal acusador como al juez, para insistir en una causa perdida de origen.

Mucho después, se aseguraría que ningún juicio fue tan importante para la moral británica como el del libro de D.H Lawrence. No obstante, mucho más crucial aún, nunca fue tan importante y trascendental una decisión que dejó claro el interés y también el recorrido, de la cuestión de lo intelectual sobre la versión de la identidad colectiva, como un libro que mostraba a una pareja teniendo sexo ilícito. “Al final, todo se trató del vello púbico” ironizaba un periodista sobre el litigio, al referirse a todas las veces en que se mencionó la frase en el juicio, ya fuera para acusar o defender. “Todos dejamos de ser inocentes gracias a D.H Lawrence. Y eso es algo de agradecer” finalizó el editorial.

Algo semejante ocurrió este año con el libro The 1619 Project: A New Origin Story, una recopilación editada por la periodista de investigación Nikole Hannah-Jones, la revisión de la ya famosa colección de ensayos publicada por The New York Times Magazine en agosto de 2019. A la publicación del ejemplar le precedió un malsonante debate a lo largo y ancho de EEUU sobre los datos contenidos en el libro, incluso antes que se conociera de forma íntegra el contenido del trabajo que Jones completó luego de dos años de esfuerzos. Por supuesto, la premisa que la periodista concluyó y que forma parte medular de la posterior publicación, toca un punto sensible que sacudió la estructura académica estadounidense desde los cimientos. La afirmación de Jones que el comienzo de la historia estadounidense no ocurrió con el arribo del Mayflower en 1620, sino con el del navío White Lion, provocó malestar, incomodidad y después un agrio debate sobre el cuestionamiento de la historia como dato oficial. Mucho más, cuando Jones agregó que el White Lion traía a docenas de prisioneros africanos, que desembarcaron en Virginia como parte no de la tripulación, sino de los objetos de contrabando a bordo del barco.

Una idea semejante — que el inicio de un país proviene de un acto de barbarie y no de la colonización idealizada por siglos — provocó que Jones se encontrara en el centro de un debate violento que tuvo diferentes repercusiones. Por un lado, un debate amplio sobre el hecho que la historia al final, es un pacto social sometido a revisión. Pero también, que la presión sobre las narraciones culturales que trae aparejada la idea, necesitan de una estructura firme que sostenga la identidad de un país. A medida que la discusión se hacía mucho más agresiva y dura, también llegó un artículo en el New York Times, que escandalizó a historiadores y preocupó al mundo académico estadounidense. El ensayo, que consternó a varios de los departamentos de historia del país, no únicamente apoyaba la investigación de Jones, sino que aportaba todo tipo de datos acerca del vacío histórico acerca del origen real de la nación. “¿Puede cuestionarse el origen de un país?”, se preguntó en voz alta, un catedrático de Columbia durante un debate acerca de lo que Jones proponía en su premisa. “¿Tan a la ligera y de forma casi ingenua y que eso sea material literario?”. El debate entre publicaciones y artículos que contrastaban la investigación de Jones con medios oficiales siguió haciéndose más duro de comprender. Comenzó a tocar la idea sobre lo que EEUU comprende acerca de su propia identidad. Mucho más aún, cuando la gran y agria conversación acerca del tema, se hizo más insidiosa. “¿Cuál es la herencia de un país que debe analizar y profundizar la cuestión sobre lo colectivo, cuando no hay una base firme para hacerlo?”, se cuestionó un artículo del New Yorker.

The 1619 Project: A New Origin Story se debatió, sin aún llegar a las imprentas en campus, iglesias, foros y al final, en todos los medios de comunicación y plataformas online mundiales. Jones se enfrentó a las críticas, se convirtió en centro de acusaciones y también, en símbolo del beneplácito de un sector universitario interesado en plantear la idea de una investigación global y multidisciplinaria que todavía está en formación. Hubo programas académicos que se plantearon públicamente analizar los datos e incluirlos como contraste dentro de una “nueva visión de la narración cultural norteamericana”. Para cuando Jones ganó un Pulitzer, la confrontación había llegado un punto alarmante: el entonces presidente Donald Trump denunció el proyecto de investigación de Jones y llegó a llamarlo “subversivo”. Lo siguiente que ocurrió, es que la acusación saltó al Senado y por último, se llegó a proponer la censura solapada del proyecto, al acusar a las escuelas que debatían en las aulas sobre el tema de “promover el desconocimiento”. Incluso, un legislador insistió en que debía eliminar los fondos a los centros educativos en los que se enseñaba, mencionaba o explicaba el contenido del libro.

La versión ampliada del proyecto, llegó a librerías para convertirse además en un suceso que permitió su análisis exhaustivo. Ya el proyecto general había tenido todo tipo de señalamientos debido a incorrecciones históricas. Por ejemplo, hubo al menos tres artículos académicos que desmintieron afirmaciones sobre la abolición de la esclavitud del libro, así como la repercusión de esa idea sobre la llegada del White Lion a tierras norteamericanas. Según varios de los ensayos del libro, para 1776, la abolición de la esclavitud era un proceso en marcha y con destacada importancia en la Gran Bretaña de la época. El dato fue desmentido y a partir de allí, las correcciones históricas llevaron al libro al incómodo nivel de varias hipótesis no comprobables ni corregidas. Con todo, el impacto de la colección de ensayos empujó hacia adelante el libro como unidad temática y para su publicación este año, la noción sobre su importancia y peso, llegó a un nuevo estrato.

En realidad, The 1619 Project: A New Origin es algo más que la percepción de la colección original de investigaciones como algo más rico y fundamental. Se trata de un recorrido a través de una visión de la historia estadounidense, basada en segundas versiones a la narración social y cultural oficial. También, una mirada compleja y a menudo brillante sobre la raza y la pertenencia. Jones ha sabido crear una experiencia total que abarca desde los aciertos y errores históricos de una investigación a gran escala. Con algo mucho más intuitivo y cuyo comentario político está lejos del sensacionalismo. El libro retoma de nuevo la premisa acerca de la historia estadounidense bajo una nueva luz y lo hace, con la condición que esa percepción no cambia lo sustancial de un país que basa la especulación sobre sus virtudes y errores en el pasado, sino como ha sabido construir el futuro sobre ambas cosas. Claro está, al tratarse de un recorrido mucho más puntilloso que la serie de ensayos publicados originalmente, hay un debate extenso dentro del libro sobre la posibilidad que la historia esté siempre en constante transformación. No es una idea fácil de entender, pero sí, una que el volumen construye poco a poco. Los ensayos, esta vez ampliados y profundizados en varias partes distintas, también aumentaron su número. De los nueve originales, se agregaron siete que puntualizan, perfilan y reflexionan de manera por completa nueva sobre los datos históricos que ya formaban parte del conjunto de textos anteriores. Pero, las nuevas reflexiones añaden dimensión a la gran pregunta central: ¿Cuál es el país que nace de una afirmación semejante?

Jones también ha incluido fotografías, poemas, cuentos y relatos, aproximaciones a eventos históricos, un amplio diagrama sobre la evolución acerca la versión originaria de la historia norteamericana (quizás, un hecho inédito en el mundo académico del país), además de un recorrido pormenorizado sobre cómo la primera recopilación nació y los puentes que le unen al libro. El resultado es una forma de memoria literaria a gran escala, que convierte al proyecto en algo mucho más emocional, sentido y que abarca muchos extremos distintos. También es notorio un cambio del estilo en el modo de narrar la historia como punto de controversia: para Jones, ya no es imprescindible el debate y la confrontación. De modo que se interesa mucho más por la percepción del todo como algo conclusivo y en especial, como un recorrido a través de la conciencia en que se aglutina la investigación. Todavía conserva el modelo de ensayos que conduce a otro ensayo, pero también, se incluyen fragmentos de discursos, líneas de poemas y toda una mirada conjunta sobre una percepción total sobre la historia de la comunidad afroamericana.

The 1619 Project: A New Origin no es solo un libro para el debate de un hecho histórico, que lo es. Se trata a la vez, de un recorrido por todo lo que atañe a la cultura como médula de un sistema de valores y sociales, que se sostiene sobre pilares fundamentales. Las narraciones de apenas dos párrafos que relatan la vida durante la segregación, las investigaciones sobre el bien y el mal moral como algo más profundo. La búsqueda insistente de una mirada del tiempo — que transcurre y elabora percepciones desconocidas — sobre la identidad colectiva. Para sus páginas finales — repletas de plegarias, canciones de plantación y una larga memorabilidad a figuras afroamericanas fallecidas en los últimos treinta años — el libro deja claro el motivo por el cual fue debatido y temido antes de su publicación. Las razones de peso que le hacen extraordinario: un espíritu de reivindicación que va más allá de un descubrimiento puntual. Una mirada emocionada sobre todo lo que una herencia conjunta puede ser y cómo puede honrarse. Quizás, su mayor valor a futuro.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti

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